Los dichos de Irene

Irene decía que no importaba lo mal que las cosas estuvieran, siempre iban a estar bien. Cuando lo decía, y esto podía suceder en las circunstancias más diversas, yo comprendía su afirmación de modos muy distintos, uno más superficial que el otro. Frases hechas y tontas como “ve el lado positivo de las cosas” o “después de lo malo siempre viene algo bueno” acudían a mi cabeza cada vez que intentaba develar el misterio de su optimismo.

Irene solía decir que lo mejor de todo era que uno siempre podía ser feliz sin dejar de estar triste. Y ponía especial énfasis en ser, dejando muy en claro que no quería decir estar. Yo le sonreía con una candidez condescendiente y sincera, aunque tampoco lograba asimilar muy bien el sentido de lo que entonces me parecía una más de sus frases contradictorias.

Irene decía que sólo entre los tontos incomoda el silencio. Y entonces ella callaba con una media sonrisa de lo más elocuente y así nos perdíamos horas en la genialidad de un diálogo silencioso que casi dejaba escuchar el ascenso del humo del cigarro y el café, y el desplazamiento de la tarde cuando se convierte en noche.

Irene creía en la reencarnación, en la felicidad, en el destino, en las coincidencias, en los sueños y sus revelaciones, en las personas y sus promesas, en las sonrisas tanto como en las lágrimas, en la música, en la luna, en que el mar era siempre el mismo y nunca igual, en la poesía –en especial en Altazor–, en la capacidad revitalizadora de una puesta de sol, en los múltiples universos esbozados en los ojos de los gatos, en la generosidad, en el sentido del humor y en el sentido común, aunque sabía que era el menos común de los sentidos. Además, Irene creía que la respuesta a todas las adversidades con el prójimo debía buscarse en la amabilidad, en una amabilidad genuina aunque costara un enorme esfuerzo manifestarla, en una amabilidad acompañada de una leve sonrisa y una mirada de confirmación.

***

Sobreviviendo voy a los plazos inaplazables de inicios de junio. Han sido estos últimos unos meses amontonados, llenos de asuntos en desorden, como si el tiempo se hubiera cambiado de casa y todavía siguiera con las cajas a medio vaciar, desperdigadas por todo el espacio de los días. En medio del caos volví a recordar los dichos de Irene y haciendo balance advierto que las cosas han estado mal pero que nunca dejé de creer que seguirían estando bien, he sido inmensamente feliz sin dejar de estar triste un solo instante, he guardado silencio y he sido amable aun ante la hostilidad del prójimo. Sigo creyendo en las felices coincidencias, en las promesas, en el mar y en los sentidos revelados en sueños. He procurado ser generosa y vivo atenta a los múltiples universos que habitan en los ojos de los gatos y en la poesía…

No se trata de una receta, pero descubro que funciona: al final de cada día, la vida se convierte en una suave complacencia, en una certeza –pequeñita, pero al fin y al cabo certeza– de que ser parte de este universo, de esta dimensión, es un privilegio maravilloso.

Caleidoscopio [1]

En la costa más clara y en las playas solitarias que ya no existen una misma voz siempre distinta me estuvo repitiendo que en cada agujero del mundo hay una sorpresa, que la vida se encuentra tanto en las entramadas galerías de un hormiguero como en el soplo de aire que se rompe cuando los perros de la calle se hacen uno en sus ladridos, porque todo perece en su propio movimiento y renace asimismo en la quietud de lo que fue o porque quietud y movimiento son muerte y vida en distintos círculos concéntricos.

Puse el oído atento en el ombligo de un recién nacido y escuché un coro de sangres replicando las notas escritas, tramo a tramo en la piel de una madre que escucha, de una abuela que escucha, de una bisabuela que escucha, así también sílaba a sílaba, la misma canción de cuna.

Alcé las manos para tocar la oscuridad más profunda de mi sueño y ahí encontré la bondad de mi memoria configurando espacios luminosos de perfecta acústica para que habiten siempre, hermosos y sutiles, para que no dejen de hablarme nunca en el abrazo, todos y cada uno de mis muertos.

En la redondez exquisita de una gota de sudor que resbala por mi frente descubro el reflejo de todas las células que se multiplican belicosas, coloridas, entre el bien y el mal; y todas en su lucha son una fiesta de destinos arracimados, deformes, contráctiles, estriados, que sólo detendrán su danza en espiral cuando exhalen por fin el último aliento para comenzar de nuevo hospedando gusanos y semillas.

En el olor de la hierba recién cortada, en el de la lluvia que no llega, en el del flamboyán que se abre a punto del verano, encuentro a la niña que jugaba con la tierra y en la cúspide del árbol, la que respiración contenida se estiraba saladamente hasta tocar el fondo del mar, la que miedo vencido escapó de casa a la mitad de una noche anaranjada. La encuentro y me sonríe: “te lo dije, en cada agujero del mundo hay una sorpresa”.

Porque todo perece y renace en su propia quietud y en su propio movimiento, a veces somos ese ojo que espía lo evidente y lo insondable, lo que ha sido y lo que en las tardes de nostalgia imaginamos que fue, lo que se multiplica a nuestro alrededor con la vitalidad instantánea de lo que se sabe sorpresa y está a punto de la revelación.

[1] Parafraseando a Tamara Kamenszain.

Karla Marrufo

Autosabotaje

Siempre me ha conmovido la compasión implícita en un reloj que de pronto se detiene. Imagino que al mirarlo, en su tiempo congelado, me dice “mira, no vayas deprisa, no te aflijas, sigue durmiendo, come despacio, lanza de nuevo la pelota a tu perro, no pasa nada, he detenido el tiempo”.

También imagino que se trata de una decisión y no de un destino impuesto por fuerzas ajenas. Así, el reloj decide no andar más y yo me pregunto qué aspecto del mundo le habrá llevado a tomar esa decisión

:

si será el peso de lo cotidiano, con su aplastante segundo a segundo

si será la nostalgia por el tiempo desbordado de alguna pasión inconfesable en su minutero

si habrá en él una voluntad en rebelión negándose a seguir las convenciones temporales

si sabrá que la inmovilidad es el ámbito más puro para la existencia plena.

Me pregunto también por qué decide detenerse a una hora particular. Busco señales, regreso sobre mis pasos intentando recordar qué sucedió en ese momento, le atribuyo posibles sentidos a la hora fijada definitivamente.

En tiendas de antigüedades, en bazares, en una de las casas donde alguna vez viví, he visto cementerios de relojes, todos abandonados, todos detenidos. Y en ese espectáculo de un espacio destinado a albergar la representación más vívida del tiempo muerto, he encontrado la mejor expresión de lo que es la vida: una colección de momentos cristalizados en el cementerio de la memoria, algunos aún brillan pero no hay posibilidad de continuidad en ellos.

Tal vez a esto se deba mi afición por los relojes, a la esperanza de que algún día se detendrán para hablar de mis prisas innecesarias o de sus nostalgias, para recordarme que la paz existe en algún lado, para hacer de cada momento un posible tesoro en mi archivero personal.

Pero al escribir esto miro mi reloj más nuevo, veo la hora y también advierto el autosabotaje: es solar, no utiliza pila, se carga con la luz del día o la de cualquier foco y, por supuesto, nunca se detendrá.

Karla Marrufo

Ven conmigo y ve [1]

Para quienes se desaniman a veces.

Para quienes no saben cómo.

Para quienes han sobrevivido.

Para quienes están por nacer.

Ven conmigo y te diré. Súbete, observa por encima de mis orejas que son la espiral menos áurea que existe, ven y contempla desde ahí arriba cómo manufacturan sus nidos de hamaca las oropéndolas.

Ven y ve los sargazos rojizos desvelarse a la orilla de tus sueños y los míos, en la costa de este mar verde opulencia, y ve cómo nos ven nacer con cada ola.

Ven y ve los cabellos al viento de las mujeres de esta tierra y el calor en sus pupilas y en sus manos, en las bolsas cansadas de sus frutas y en las semillas de naranja que han dejado en las aceras.

Ven y ve las parejas de enamorados besándose a la luz de este sol de piedra, a la sombra que no existe bajo nuestros árboles y que imaginamos a veces como mundos de tarjeta postal.

Ven a desahogar tus instintos brujos, tus miedos, tus lamentos, ven y ve cómo el sol rebota siguiendo cada uno de nuestros pasos hasta aventarnos a una versión del paraíso ubicado al fondo de un tarro de cerveza.

Ven y ve cómo está lleno de amor por ti mi timo deforme y sus arritmias, mi uña más encarnada en el pulgar de mi pie izquierdo, mi estrabismo sin fin y los puntos suspensivos atascados en mis cuerdas vocales. Ven a verte renacer y sobrevivir en la piedra azul que he guardado en mis riñones.

Ven y ve cómo a veces podemos reírnos cual gallinas y ver que nuestra risa se eleva con un aleteo de mangos y cocodrilos.

Ven a verte sobrevivir en la lluvia promesa, en el cielo amarillo de inmortales lunas blancas.

Ven y ve a los gatos que abandonan la sombra para unirse en un duelo jadeante, amoroso, fértil, lleno de agudos espejismos donde siempre nos reflejamos.

Ven y ve cómo a veces nos morimos de tanto no saber de qué color son las dudas que nos cercan, las interrogantes que nos miran de frente como incitando al duelo. Ven a aliarte conmigo contra las torres de Babel y los gigantes.

Ven y ve cómo te llamo, cómo nos miro, cómo nos vamos por un sendero de agua tapizado de recuerdos que no fueron pero que siguen latiendo.

Ven y ve cómo lo ciudad es nuestra cuando el crujido y el humo entonan su canción más desafinada y uno se alegra porque sí porque a veces porque siempre porque nunca porque no hay más, porque camina y porque el sudor y el viento ardiente, porque está vivo, pues.

Ven y ve y te diré, todos los días, mira, aquí estamos, renacemos, sobrevivimos.

[1] Invitación estilo Palinuro.

Karla Marrufo

Reencarnación

A veces eres el viento desordenando árboles, pájaros al vuelo, los escritorios de aquellos sitios donde nadie alcanzó a cerrar a tiempo una ventana, ni a detener la cortina que volcó el café sobre los papeles importantes.

Ciertos días te he escuchado guardar el silencio más justo entre el trinar mañanero de las aves. Otras veces te he visto precipitarte, ola sobre ola, en la arena, como si marcaras el compás de una canción donde nunca figuró la mujer con sombrero.

Sé que en las noches claras recapacitas en la luna, en las nubes ausentes, en los años luz de fuego extinto en las estrellas. Te he visto espiral cuando el humo del incienso se aletarga en una calma tres veces eterna, así como en el vuelo áureo de ciertos insectos.

Cuando abrazo a los seres que amo, cuando apoyo mi rostro en la almohada, cuando mi mano amortigua la espera en mi barbilla, escucho tu aleteo de hojarasca, libre y viva.

A veces también es tu voz la que vuelve para decirme cómo se escribe una palabra, para despertarme dudas, para repetir la broma infalible, la afirmación más oportuna, la palabra del adiós.

En el tiempo te desplazas con prisa y con cautela, con el vértigo de la inmovilidad amenazada. Y es en esa convención del segundero donde sé que a veces caminas, como siempre fue tu costumbre, sin volver la vista atrás.

Has sido el hilo entretejido en mis pulseras, los centavos que encuentro al azar en el camino, mi café siempre portátil, las páginas de los libros que llevo conmigo a todas partes, mi caligrafía más despreocupada, la torpeza y la debilidad creciente de mis manos. No me creerías si te dijera que incluso eres a veces la mirada infinita y caleidoscópica de mi perro, su suavidad de nube y su abrazo impostergable.

Justo ahora, en medio del viento implacable de un abril que inicia sin titubeos, escucho tus palabras al decir “yo sí creo en la reencarnación” y mi ingenuo intento por querer saber en qué pensabas reencarnar. Ya comprendo la elocuencia del silencio con que entonces respondiste y tu media sonrisa de punto final, ésa que últimamente se me ha venido apareciendo, al final de cada día, en el espejo.

 

 

Karla Marrufo

Las cartas que no escribí

*inicios fallidos

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  1. he leído este libro unas cinco veces e invariablemente, las cinco veces he terminado sumergida en el idioma más elocuente de las lágrimas.

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  1. no sé cómo empezar a hacer esto. presentar. comentar. dar a conocer. invitar a la lectura. dicen que debemos guardar las formas. eso: la formalidad. eso: lo formal: que sólo quede patente el profesionalismo, la capacidad de síntesis, la razón por encima de la emoción, las palabras precisas para decir “a esto nos dedicamos”, a las palabras, a no admitir que a veces faltan, a no reconocer que a veces, muchas veces, salen sobrando.

:

  1. dice lobo antunes que escribir es el arte de hacer llorar sin ofrecer un pañuelo. hay obras de arte que, entonces, para qué explicar.

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  1. querido lector, una advertencia que diga, ahí en las páginas de cortesía, estese usted atento porque la confrontación, porque la tristeza, porque la pérdida, porque las ausencias, porque la muerte, porque, querida lectora, si usted es mujer, si usted es madre, si usted es hija, si usted triste, si usted ausencia, si usted muerte, se hallará perdida en medio de estas páginas, una advertencia que diga, ahí en los blancos de la cortesía. advertir cortésmente, con toda formalidad: esta historia contiene altas dosis de no puede ser posible, en qué cabeza cabe e incontables por qué por qué por qué…

 

*cartas fallidas

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  1. Querida Ele,

esta es la más difícil presentación que he hecho jamás en la vida. no sé si lo logre. no sé qué diré. el tiempo, el tiempo carnicero, dice que menos de 24 horas y contando. no quiero llorar porque la formalidad, porque el espacio público, porque no todos comprenden el idioma de las lágrimas, porque porque porque…

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  1. Querida Ele,

leerás todos estos intentos de carta. porque después de la presentación te los obsequiaré a manera de testimonio, de intercambio, de diálogo, quizás. porque a veces sólo así se aplacan ciertos demonios.

:

  1. Querida Ele,

no lo estoy logrando. no estoy diciendo… lo único que me consuela es que aquí, a mi lado, de muchas maneras distintas, me acompañas en el duelo.

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  1. Querida Ele,

me gustaría empezar agradeciéndote la invitación a presentar tu libro y a la gente que ha asistido esta tarde y decir formalmente, con ecuanimidad, lo que una debe decir y ya está. sonreír, porque en estos casos dicen que es lo deseable, saludar y dar la cara. eso, entregar cosas que no te pertenecen porque, a veces, se conducen solas…

 

 

*la no-carta que sí leí

:

dicen que “la poesía es una forma de restaurar el tiempo”[1] y yo lo creo. En este caso particular, además de restaurar el tiempo, se trata de un modo de “amaestrar lo que ha dolido”. Creo que “esto no es un libro, sino un camino de palabras hacia la memoria”[2], la individual y la colectiva. En este camino deambulan historias que por desgracia reconocemos, recordamos: la enfermera asesinada, desollada, y cuyo cuerpo fue abandonado al pie de la carretera; el homicidio de una prostituta en Mexicali, la chica que advirtió en Facebook que su ex novio la hostigaba y terminó matándola, la madre que vendió a la hija por 8 mil pesos. Son historias que identificamos no porque hayamos estado al tanto de las noticias en ese momento, sino porque suenan a algo que podría pasar, a cosas que pasan, a sucesos familiares, cotidianos, a veces incluso anodinos en su repetición: ah, otra prostituta muerta, una más

dicen que es necesario levantar la voz, nombrar los hechos, dar cuenta de los nombres, y yo lo creo; así como creo que escribir y que un cierto tipo de escritura, no es un pasatiempo accesorio o una frivolidad, sino un pronunciamiento político. Creo que escribir el dolor y la belleza, la historia personal en el marco de lo colectivo, nombrar los signos atroces que han cercenado vidas y memorias, es una vía efectiva, y sobre todo necesaria, para la denuncia y el testimonio

Las cartas que no leí de Nidia Cuan es esto y muchas cosas más. Es un acercamiento, a través del lenguaje coloquial y poético, a aquellos detalles que dotan de una dimensión vital las historias de estas mujeres. Si bien, algunas de ellas tienen un nombre y un apellido, los signos dispuestos para contar una parte de sus vidas genera una cercanía con el lector, la lectora, que lleva este testimonio a espacios mucho más cercanos a la reflexión, la imaginación y la conciencia. En la reconstrucción de los hechos se encuentra la necesaria/urgente empatía para mirar y para mirarnos en los demás

en este contexto de urgencia, sin embargo, todavía hay voces empeñadas en decir que ya no hace falta exigir derechos, manifestarse públicamente, hablar de las situaciones que viven todos los días miles de mujeres en este país, por decir lo menos. Pero el día a día nos dice otra cosa, las notas del diario, los portales en línea e incluso los buscadores, dan cuenta de una serie de creencias y actitudes que siguen orillando a las mujeres a espacios de opresión y violencia de todo tipo. En el poema “Google search: imagine, console, history, tips”, la autora configura algunas de las posibilidades derivadas de una simple búsqueda en Google con las palabras “Mi esposo no quiere que…/mi novio no quiere que…”, desplegando una gama de conductas totalmente vigentes en nuestra sociedad: “Mi esposo no quiere que/ mi esposo no quiere que trabaje,/ que estudie/ que lo toque/ que vea a mi familia […] Mi novio no quiere que/ mi novio no quiere que trabaje/ aunque soy biodegradable/ que salga/ que lo toque/ (el único pero es que no tengo cosquillas)/ no quiere que estudie/ El único pero, pienso, es que no tengo cosquillas. Pero ¿si lo dejo ir y es el hombre de mi vida? Después de mí lo va a demostrar” (35-36)

dicen que el principio más elemental de una carta es la ausencia. Por eso, en ese espacio entre quien escribe y el destinatario, hay cabida para todos los detalles, momentos, recuerdos, simplezas, observaciones, fabulaciones y preguntas con las que se intenta compensar esa ausencia. Estas cartas que no fueron o no llegaron, precisamente juegan con las posibilidades del decir, para que la palabra no se limite a su significado, sino que se relacione con lo que podría llegar a ser, con lo que hubiera sido, con lo que nunca fue

además de poesía y denuncia, Las cartas que no leí es un intento por contar la historia que no se contó, la historia familiar, signada por la violencia, la ausencia y el anonimato; la historia que habría estado en las cartas de quienes no estuvieron, pero de la que han quedado ciertos vestigios que quizá sólo a través de la poesía es posible reunir para hacerla asequible y darle un espacio en la constelación familiar. Esta vuelta al pasado también es una lucha con las trampas de la memoria, con todo aquello que se empeña en desaparecer cuando uno lo persigue con mayor empeño. Así se levanta esta lucha en libro: “dicen los científicos que un recuerdo es siempre el recuerdo de un recuerdo” y que al final todo recuerdo es una mentira. Y sin embargo, algo verdadero, para uno mismo, queda impreso en estas réplicas memorísticas, algo que puede llegar a tener un sentido y ayudarnos a conciliar el pasado con el presente

pero así, la memoria infantil regresa para mezclarse con el presente y reacomodar la vida de las mujeres de la familia: la abuela, la madre, la hija. A través de este ajuste de generación en generación se van tendiendo hilos hacia las historias previas, pero también hacia el momento actual, y en ese entramado participa el lector como testigo y parte de una narración a muchas voces que se sigue, que seguimos, contando

he dicho ya que este libro expresa la sensibilidad de nuestra época, nuestro país y de un sinnúmero de mujeres cuyas historias son el eco de estas páginas y de esta memoria que vuelve a pasar por el corazón con la consigna de “amaestrar lo que ha dolido”. Lo que no había dicho es que, a pesar de todo, Las cartas que no leí se perfila hacia un final feliz, pues “no es del todo desdichado quien es capaz de contar su propia historia”[3] y entregarla a los otros en un acto de franca, genuina, comunión.

[1] Ernesto Kavi

[2] Ibid.

[3] María Zambrano.

 

Karla Marrufo

Superpoderes

Siempre he tenido un extraño sentido de la responsabilidad y las consecuencias. Quizá en un principio se debió al miedo inherente a las posibilidades de recibir un castigo si no obedecía o cumplía con mis deberes. Pero después fue otra cosa.

Por una parte, sí, era el miedo al enojo de la autoridad en turno, fuera cual fuera. Por otra parte, era el profundo desagrado que hasta ahora me genera el proyectar una imagen de pereza, mediocridad o indiferencia. Pero había otras cosas que fortalecían en mí esa noción de que debía, por todos los medios, ser responsable.

Entre estas cosas figuraba una serie de creencias en torno a la lógica del universo y que muy en mi fuero interno sigo albergando, no porque realmente crea en ellas, sino porque en momentos críticos afloran en mi memoria de un modo peculiar.

Creencia número uno: si no cumplía con algún deber, el curso de mis días y horas, y el destino todo de mi vida entera, se vería afectado negativamente por esa falta. Lo curioso es que ni entonces, ni mucho menos ahora, podía imaginar en qué consistía el curso de toda una vida; ni tampoco era capaz de concebir de qué modo una falta tan trivial como no hacer una tarea de matemáticas, mal lavar los platos o esconder el polvo barrido debajo de un tapete, podía impactar mi futuro de un modo determinante. Lo que sí puedo asegurar es que a pesar de que esta creencia prevalece más bien como una duda, aún me esmero en lavar los trastes lo mejor posible y en que ninguna motita de polvo se esconda en los rincones.

Creencia número dos: si desempeñaba alguna obligación con desgana, desidia o a medias, siempre habría, en ese justo momento, un ser superior, vigilante, que daría cuenta de mi falta ante las respectivas autoridades. Nunca le puse nombre a ese ser, ni tampoco alcancé a definirlo en cuanto a naturaleza, características, poderes, ni nada parecido. Creo que más bien se trataba de una abstracción (luego supe que la habían bautizado como “superyó”), pero con la capacidad de revelar mi falta a través de coincidencias y sin evidenciar su naturaleza sobrehumana: alguien entraba al cuarto para descubrirme en flagrancia, todos notaban a la hora de la comida que había mal lavado los trastes, la maestra de matemáticas se enteraba misteriosamente de que había copiado toda la tarea.

Creencia número tres: cuando mi voluntad para cumplir con mis obligaciones era por completo nula, imaginaba y llegaba a creer que con la fuerza de mi imaginación sería capaz de detener el tiempo y más que detener el tiempo, que podría detener el curso de las vidas de todos los seres y, al quedar todo lo demás en suspenso, sólo yo podría continuar gozando del devenir. En esa pausa, que por cierto duraría todo lo que yo quisiera, podía mirar caricaturas, saquear el refrigerador y aplazar la realización de tareas y quehaceres domésticos; y sólo cuando hubiera cumplido las obligaciones y aprovechado para gozar de un rato de esparcimiento, devolvería al mundo y al tiempo su fluir habitual. La fabulación de este magnífico poder hubiera sido perfecta de no ser porque invariablemente venía acompañada de una consecuencia terrible: todo el tiempo que yo detuviera a lo largo de los años se me iba a venir encima el día menos esperado. Apenas se asomaba este pensamiento, mi ser se sumía en el desasosiego y el consuelo de que mejor era terminar los deberes a tiempo y ya. Alguna vez llegué a preguntarme a cuánto ascendería mi deuda con el tiempo y el universo si hubiera adquirido ese poder. Sobra decir que sigo siendo malísima para las matemáticas.

En estos días he llegado a sentir que el tiempo no es suficiente para hacer todo lo que se supone que tengo que hacer. He llegado a desear ese superpoder para detener la vida y su fluir incesante, y he recordado no sin cierta sorpresa esas creencias que asediaron mis quehaceres de niña. A veces paso varios días con la idea dando vueltas en mi cabeza: “qué haría ahora si pudiera detener el tiempo…”. Cierto es que aún no soy capaz de hacerlo, pero de lo que sí he sido capaz es de ponerme en pausa, mirar a mi alrededor y actuar como si en efecto el tiempo se hubiera detenido.

 

Karla Marrufo

Desenfocada

“Hay minutos en que todo parece escaparse de las manos. El día ha sido como un cheque sin fondos. Hemos caminado de prisa y de pronto nos detiene una duda: ¿dónde vamos? Resulta que no lo sabemos. Una bruma desconsoladora nos envuelve. Creemos que los anuncios luminosos y las lámparas de los arbotantes no han sido bien encendidos. Suponemos que el mundo es demasiado grande y que no lo habita nadie. Algo así como si sus habitantes se hubieran ido a pasear a otro planeta. La soledad nos sobrecoge de improviso. Y con ella, el deseo punzante de hacer algo indefinible, desde tomar una taza de café hasta realizar una hazaña heroica. Y no es ni lo uno ni lo otro. Buscamos dentro de nosotros mismos, nos interrogamos: ¿qué será? No se atina con la respuesta. Contempla uno la vida y la compara a una botica, en la que hay de todo. Sin embargo, no tenemos la receta. No puede saberse la medicina. Es el vacío.

Esa noche, Epigmenio no tenía la receta. Era uno de esos días en que los pequeños y apurados planes que hace cualquiera para tener una meta inmediata a la que asirse, para salvarse del vacío, le habían fallado”.

Así comienza Edmundo Valadés uno de los cuentos que más le admiro: “Todos se han ido a otro planeta”. Aunque el cuento de Valadés discurre por el profundo sentimiento de soledad que embarga a Epigmenio, un hombre sencillo enamorado de una fichera, el de hoy es uno de esos días en que puedo decir que comprendo a cabalidad a Epigmenio; no por sentirme sola ni por estar enamorada de una fichera, sino por el sólo hecho de contemplar la vida y no dar con la receta.

En el transcurso de la mañana me había suspendido en la contemplación del cielo azulísimo y sus nubes esporádicas, había paladeado el primer café como si en uno de esos tragos se me fuera a revelar el secreto proustiano de la infancia y el ser, había recorrido en bicicleta algunas calles tarareando una canción muy viejita y saboreando el aire fresco que me entumía el rostro. También leí poesía, respiré profundo, me sumergí en la mirada abismal de mi perro, y a pesar de que en todas aquellas pequeñas cosas advertía la generosidad de la vida, no lograba sintonizarme con su grandeza. Era como si hubiera despertado 91 centímetros desenfocada, afuera de mi cuerpo y de las cosas. Por mucho que intentara ajustarme al fluir del día, siempre quedaba 91 centímetros apartada, literalmente, fuera de lugar.

Continué buscando cosas, acciones, que me regresaran al cauce de lo que sabía pero no lograba sentir como algo genuino y propio. Me comí uno de mis postres predilectos, escuché una mezcla de músicas del mundo que siempre me conmueve, intenté evocar recuerdos significativos, abracé muy fuerte a mi persona favorita en este mundo, volví a mirar a mi perro e intenté observar con su mirada…

Al final del día, no había logrado regresar a mi lugar. Seguía fuera de foco. Releí el cuento de Valadés: al final, Epigmenio recibe un beso de despedida de la fichera, es un beso “cálido, lleno de ternura, infalsificable. Decididamente, un beso con magia”, un beso que había logrado que el mundo volviera a poblarse de gentes y de animales, de risas y lágrimas, de “todo eso que es la vida”. Me conmovió una vez más la historia de Epigmenio, pero no me hizo anular los 91 centímetros que me apartaban del mundo y ese fluir al que generalmente le atribuimos un sentido (provisional, lleno de quehaceres cotidianos, pero sentido a fin de cuentas). Lo que sí logró el cuento fue hacerme creer que, a veces, hay un cierto encanto en no dar con la receta.

Karla Marrufo

El futuro que no fue

*

La memoria también mira hacia adelante.

En el día a día, en la fila del banco, a raíz de alguna coincidencia con personas ausentes de nuestro panorama por largo tiempo, al mirar a nuestros amigos y el curso que han seguido sus vidas, la memoria retrocede y reformula los pasos para configurar ese yo que seríamos si no fuéramos el que hoy somos. Eso: el trabalenguas (y el trabamemorias) del subjuntivo.

**

Hace muchos años, la pregunta llegaba con una puntualidad impecable: qué vas a ser cuando seas grande. En la escuela, en reuniones con adultos, entre los amigos igual de inexpertos que uno, la duda flotaba en el aire como una nube pertinaz y enrarecida. Qué importaba lo que uno fuera o no a ser de mayor. En ese entonces se me figuraba que los seres nacíamos incompletos, insuficientes, que los niños apenas habíamos recorrido unos cuantos pasos equivalentes a nada en el larguísimo trayecto del llegar a ser algo. Cada vez imaginaba respuestas distintas: astronauta, médico forense, dentista, bióloga, futbolista profesional, actriz. En la diversidad de mis respuestas descubrí que quería serlo todo, por lo menos, alguna vez en la vida.

***

En el texto titulado “Ex futuros” Héctor Abad Faciolince dialoga con López Velarde, Flaubert, Borges, Unamuno y otros para plantear la idea de que escribir literatura equivale a un ejercicio memorístico hacia el futuro que no fuimos: uno escribe, como desdoblándose, para dar vida (literaria) a las muchas posibilidades que tuvo de ser y sencillamente no fue. Así como Borges diría “Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach”; del mismo modo, quien se dedica a escribir ficción, se las ingeniaría para salirse de su yo y dar vida a una posibilidad de ser que no será sino en el texto, casi como regalarse el placer de desfallecer en los brazos de Matilde Urbarch al menos en la página de un libro.

****

Nunca entre mis respuestas de niña figuró llegar a ser aeromoza. Sin embargo, las encrucijadas de la vida me llevaron en algún punto a prepararme para ello. Aprendí de aerodinámica, de relaciones humanas, de primeros auxilios, los nombres de las nubes y los aviones, el reglamento de aeronáutica civil, memoricé el alfabeto aeronáutico, pasé un examen de vuelo en un simulador y uno de seguridad que consistía en desalojar un avión en llamas.

Pero esa vida que me llevó a mirar el cielo y sus aviones como un destino viable, fue la misma que me colocó en otra encrucijada en una serena tarde de verano mientras iba en mi carro pensando en terminar los trámites para obtener mi licencia de sobrecargo de aviación. Mi imaginación deambulaba por un escenario aeroportuario en Cancún, a punto de abordar un Boeing 747 con destino allende los mares, mi uniforme lucía impecable y mi mirada no se despegaba de las nubes, hasta que una voz grave pero serena destacó entre la publicidad de la radio y comenzó a leer un poema de Alberti que yo había guardado en mi memoria desde los ocho años. Al finalizar la lectura, la misma voz decía algo de una escuela de letras y como por arte de magia los aviones y los aeropuertos desaparecieron de mi horizonte.

*****

Rara vez he vuelto a encontrarme con ese yo exfuturo tan dispuesto a ser sobrecargo de aviación. Seguro se debe a que me mareo en los aviones, los despegues y los aterrizajes no sólo me aterran sino que invariablemente me recuerdan lo efímero de la vida, además de que tardo varios días en recuperarme de un jetlag. Será también porque desde que escuchó aquel poema en la radio, el yo que he llegado a ser se ha dedicado de lleno a la literatura, y en leer y escribir ha encontrado el mejor modo de serlo todo, por lo menos, alguna vez en la vida.

Karla Marrufo

El tiempo es el que es

sólo fui un obstinado de la vida;
no perdí nunca el tiempo, él me perdía
al transcurrir sin pausa, inútilmente,
y por tener conceptos infinitos.

Oraciones

Eduardo Langagne

Conocer 10 pueblitos mágicos, cambiar de régimen alimenticio, ver el top ten de películas de arte, seleccionar mejor a los amigos, leer cien obras clásicas, correr un maratón, ver la aurora boreal, adquirir 15 hábitos saludables antes de los 30… Por todas partes encuentro listas y en ellas la obligación de cumplir con un deber extraño, una suerte de reverso del otro discurso también exigente, ese que nos explicaba qué era el éxito y cómo se obtenía, el que nos exhortaba a acumular títulos, granjearnos puestos en empresas, darlo todo por la estabilidad, el dinero, el futuro.

En ambos discursos encuentro una exigencia fuera de lugar o más bien, fuera de tiempo, pues la vida, sin importar si tomas para el Norte o para el Sur, no deja de ser una carrera, una competencia para aventajar la indolencia de los años que pasan y pasan sin preguntarte.

Cuando era niña creía que el tiempo se iba adecuando maravillosamente a los deseos personales. En mi candidez, el transcurso de eso que denominan una hora –y que yo no alcanzaba a comprender del todo- se desplazaba con una velocidad indomable o muy morosamente según mis actividades. Así, si yo pasaba la tarde entera jugando en la calle, al entrar a casa y encender el televisor, Dartacán y los tres mosqueperros estaría siempre a punto de comenzar. Muchas veces, por una coincidencia que atribuyo más a los ritmos del cuerpo que a mi entonces egocéntrica concepción del tiempo, sucedió así: la caricatura me esperaba sin falta. Pero hubo un buen día en que no y luego hubo otro y otro más en que la programación local sencillamente no iba conmigo.

Poco a poco fui comprendiendo “cómo funcionaba” el tiempo, que había que ganarle y no perderlo nunca. Debo admitir que hasta hace muy pocos años compartí la idea de la vida como una competencia que se mide en años, meses, días, horas, aniversarios, fechas límite o en el elocuente término “deadlines”. Y así como creí en la competencia, me incorporé a varias líneas de muerte de las que salí victoriosa pero cuyo triunfo, al final, no guardaba mucho sentido. Qué relación había entre el número de vueltas que la tierra había dado alrededor del sol con todo lo que yo hubiera logrado durante ese trayecto, cuál es la diferencia entre un año o dos o tres en la cuenta de mis días más allá de las ligeras variantes en mi aspecto y metabolismo, de qué me vale acumular logros, películas vistas, pueblos visitados, títulos, amistades, sólo porque así nos han dicho que debe ser, si al final del tiempo mío no quedará nada de esas experiencias y los demás, los otros que me rodean, tal vez hagan una brevísima pausa, pero sólo para continuar con sus competencias personales intentando ganarle al tiempo.

Las convenciones temporales nos aplastan con un deber ser y hacer, decía, bastante extraño: tener treinta, cumplir cuarenta, ser mayor de edad, arrastran consigo ciertos esquemas de comportamiento que uno asume así sin más… aunque entre una etapa y la otra sólo medien unos cuantos segundos, imperceptibles y, después de los cuales por mucho que uno se esfuerce, sigue sintiéndose exactamente idéntico al que antes era.

He visto con mucha devoción El Ministerio del Tiempo, cuyo lema, apabullante en su simplicidad, he adoptado de inmediato: el tiempo es el que es y no se le puede cambiar, da igual si lo ganas o lo pierdes, si lo inviertes o lo dejas pasar haciendo nada. Creo que por eso voy ahora por la vida un poco más despreocupada, sin el peso de las líneas de muerte acosándome a cada momento, sin lamentar no haber hecho, no haber triunfado, no haber obtenido, no haber conocido, no haber visto nada de lo que se supone uno debe haber experimentado a mi edad. A veces paso tardes enteras jugando con mi perro, mirando la noche y sus estrellas, leyendo por placer títulos que no figuran en ningún top ten, haciendo siestas y, de vez en cuando, escapando a algún sitio excluido de las guías turísticas. Al llegar a casa, a la hora que sea, mi ilusión de niña se reanima, pues si enciendo el monitor siempre está a punto de iniciar justo lo que me apetece ver en ese momento… la suerte de vivir en tiempos de Netflix.

Karla Marrufo