La soledad y los pueblos

para quienes saben de la hospitalidad

y no dudan en compartir su saber

 

 

Siempre he sido sola. Así, con la contundencia del ser y no el capricho pasajero del estar. Y digo que he sido sola no porque no guarde lazos estrechísimos con seres a los que me vinculan muchas formas de amor, sino porque cuando estoy conmigo encuentro un sentido muy puro de realidad que se proyecta en los espacios que habito y los objetos que me rodean, como si a través de ellos se manifestara la vida misma en su más nítida expresión.

Esta suerte de soledad no implica estar aislada o incomunicada del prójimo, sino que tiene lugar en un instante de contemplación donde lo observado me absorbe por completo y me devuelve otra. Ante nuevos paisajes, imágenes, músicas y ritmos de vida suceden el asombro y esa cápsula de tiempo capaz de iluminar las cosas con nuevos matices.

Suele ser difícil sumergirse en esta soledad cuando lo cotidiano nos apresura con sus urgencias y pendientes, pero de repente, un descanso de segundos posando la mirada en una planta, en el agua que corre, en el viento balanceando el césped, puede también transportarnos a ese sitio.

Estos últimos días he visitado algunos pueblos pequeños, pequeñísimos a decir verdad (dos de ellos rondaban los 150 habitantes). Repasé sus callejuelas y sus monumentos históricos, sus ruinas y sus campos, sus iglesias y plazas. Más allá de los siglos que cargan a cuestas, en cada palmo de tierra, en cada muro derruido, en cada jardín cuidado con esmero y en cada fuente, fui encontrando múltiples espacios de esa soledad donde la vida se revela en todo su esplendor, como si en cada porción de espacio palpitara algo que florece únicamente para quien se detiene a mirar.

Ahora vuelvo a una de esas que llaman grandes ciudades y recuerdo con una enorme gratitud la hospitalidad de los pueblos, recuerdo también las palabras de Pavese que desde hace mucho tiempo me acompañan y explican a la perfección el sentido de esta soledad: “un pueblo se necesita, aunque sólo sea por el gusto de abandonarlo. Un pueblo, quiere decir no estar solo, saber que en las gentes, en las plantas, en la tierra, hay algo nuestro y, a pesar de que uno se marcha de allí, siempre nos aguarda”.

 

Karla Marrufo

Este tranvía en el que vamos todos

 

Para las tranvía –y para quienes nos leen– en nuestro aniversario

 

Tranvía: Vehículo que circula
sobre rieles en el interior de una ciudad
o sus cercanías y que se usa principalmente
para transportar viajeros.

 

Lo que a continuación cuento son pedazos aislados de una misma historia, como las estaciones que conforman nuestro Tranvía donde el todo es mayor a la suma de sus partes.

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Enero del 2014. Conversación por whatsapp con Abby:

Deberíamos armar algo.
¡Sí!, ¿qué se te ocurre?
Me gustaría alguna revista o espacio que ayude a impulsar a autores del norte.
¡Yastás! Entonces ahorita abro un blog.
¡¿Ya?! Nombre, espérate, primero hay que ver lo de la convocatoria, qué autores, el diseño…
¡Ya tenemos blog!

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La vida, por ratos, te come los sueños.

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Tranvía ha pasado por dos etapas: una como revista y otra como colectivo.
La revista duró sólo tres números y casi 5 meses. Si bien de diseño hermosísimo –según nosotras–, resultó difícil compaginar las tareas editoriales con el día a día de todas esas otras actividades que alimentan más el cuerpo que el alma. Así que aunque nos sentíamos orgullosas de esos pocos números logrados y de los escritores que pasaron por sus páginas, debimos hacer un alto.

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Sucedió en el 2015:
Estimados postulantes:
Se les transcribe a continuación la lista de los alumnos seleccionados para recibir el Taller virtual y presencial de escritura documental y desapropiación impartido por Cristina Rivera Garza.
En ese taller conocí a Nidia Cuan.

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Siempre he pensado que, con un poco de suerte, los talleres –cualquiera que sea la disciplina– hermanan. A Asenat la conocí en el 2008 en un taller de Orlando Ortiz; A Abby, en Reynosa, allá por el 2011, en uno de Graciela Ramos; a Cata en el 2010, en un taller virtual de Alberto Chimal y a Nidia, como ya dije, en el 2015 con Cristina Rivera Garza.

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A Nidia le entusiasmó Tranvía, con el mismo entusiasmo frenético pero amable que pone en tantísimas cosas más.
Se lo platiqué en uno de los recesos del taller. Estábamos recargadas en la barda de Casa del Arte en Ciudad Victoria, Tamaulipas. Nidia opinó que debíamos sacar de nuevo la revista y quería ser parte del proyecto. Yo reí ante su frenesí y, por supuesto, me entusiasmé también. En eso de planear somos parecidas, en lo de meternos en broncas por no tener tiempo y no decir que no a casi nada, también. Pero éramos nosotras ideando, así que esas nimiedades pasaron desapercibidas.
El tiempo del receso se acabó. Nidia apagó su cigarro y volvimos a la clase pero la semilla del colectivo Tranvía estaba sembrada.

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Los sueños son semillas que con fortuna algún día, aún y a pesar de la vida misma, caerán en tierra fértil.

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Meses después le platiqué mi conversación con Nidia a Abby y al entusiasmo se le aunó la impaciencia milenial de Abby quien de inmediato, como en aquella primera etapa, ya quería tener el blog listo.
En mayo del 2016 iniciamos la búsqueda de las participantes y se ideó el formato. Deseábamos algo distinto. Queríamos escribir desde distintas partes de un mismo México. Ver la vida desde varios puntos de este mismo territorio nacional. Combinar personalidades y escrituras. Al esfuerzo (de Abby y mío) se sumó el de Nidia. Ella agregó la inteligencia de Karla y la sensibilidad de Lolbé. De Reynosa, se incorporó el realismo de Asenat y de Monterrey, la inocencia de Sandra. Del centro, la genialidad de la querida Cata, quien a su vez me habló de una guionista buenísima, Mónica, con la que trabajaba y quien a los pocos días se convirtió en nuestra estación Tormenta.
Cada una se volcó a la tarea de crear su estación, de darle un nombre y un lugar: una cara. Mentiría si digo que ha sido una tarea fácil. También mentira –aunque por omisión– si no les contara del enorme orgullo y alegría que siento cada que recibo sus textos y noto el camino que llevan sus palabras.
Hoy el colectivo Tranvía está de aniversario. Hoy el colectivo cumple un año de su primera publicación, hoy somos las mismas pero tenemos algo en común: la escritura en este espacio.

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Tranvía somos todos.

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A Cristina Rivera Garza le escuché decir que la escritura no es un acto solitario sino uno que sucede en comunidad. Porque se escribe con otros, decía.
Me gusta pensar que eso hacemos en Tranvía: escribir para y con el otro. De temas que nos interesan a cada una pero que también le pueden interesar a alguien más. Porque nos unimos a las pláticas que escuchamos en la calle o en las redes y las ampliamos en cada entrada. De esta forma, ese micro mundo nuestro que nace de lo que nos angustia o hace reír se vuelve parte de lo que vemos a diario. Fragmentos de otros.
Porque como bien apuntó Rivera Garza, no escribimos solas y nuestra escritura se ve afectada por nuestro entorno. Por eso escribimos para él y de él. Para entenderlo e iniciar una conversación desde este tranvía en el que vamos juntos.

 

A todos los que leen y especialmente a todas las que escriben, mi gratitud y cariño infinito.

Alisma De León

Antípodas

La soledad es una amputación no visible, pero tan eficaz como si te arrancaran la vista y el oído y así, aislada de todas las sensaciones exteriores, de todos los puntos de referencia, y sólo con el tacto y la memoria, tuvieras que reconstruir el mundo, el mundo que has de habitar y que te habita.

J. Millás

Dicen que exactamente del otro lado del mundo tenemos un antípoda, una suerte de doble cuya vida transcurre de manera paralela a la nuestra, pues su pensar, sentir y actuar encuentran eco en el devenir de nuestra vida y viceversa. Aunque la vida propia y la de nuestro antípoda se interrelacionen con tal intensidad, dicen que resulta imposible llegar a coincidir con nuestro doble, ya que en el momento en que decidamos recorrer la mitad del mundo para llegar al otro extremo, es muy seguro que nuestro antípoda haya tenido el mismo pensamiento y llegue al punto de donde hemos partido.

Recordando las pésimas decisiones que he tomado en la vida, imagino a mi antípoda (a quien por razones que ahora desconozco llamaré Emilia) maldiciéndome por meterla en problemas con sus padres, por ser irresponsable, por decir que sí a todos, por no saberse perdonar, por no arriesgarse lo suficiente. Pero también, evocando aquellas situaciones en que no logro explicarme las razones de mis actos y mis palabras, un gesto de reclamo hacia Emilia se me escapa hasta el otro lado del mundo.

Quizás ahora Emilia esté escribiendo algo sobre mí, mientras combate un obstinado dolor de cabeza en una ciudad ajena fundada a la orilla de un río. Debe encontrarse en un punto de su vida donde ha depurado sus días de preocupaciones y compromisos, y aspira a llegar en cualquier instante a una serena calma largamente añorada. O no, tal vez esté preparando una gran sorpresa para nosotras y que yo aún no he logrado identificar en mi pensamiento.        

Saber que Emilia existe podría ser un modo de evadir mi responsabilidad, de escudarme en ella y culparla por mis actos y omisiones. Sin embargo, también es una forma de estar acompañada, de no enfrentarme tan sola a esa reconstrucción del mundo que he de habitar y que me habita. Ella, ahí, del otro lado, debe estar pensando lo mismo.

 

Karla Marrufo

El infinito mapa

El secreto está en dejarse llevar,

aun el timonel ignora

su real destino: el infinito mapa.

J. Esquinca

 

Llevo tiempo esperando un tiempo que ha llegado: el tiempo del dulce no hacer nada. Y así, de un día para otro, me encuentro suspendida en ese tiempo como si flotara en la imprecisión de las cosas que apenas suceden.

Regreso ligera a la ciudad que alguna vez fue y poco a poco voy reconociendo este sitio donde las gentes se mueven al ritmo de sus voces espesas y unos larguísimos días de verano. Me incorporo muy lentamente, como si al volver a dormir continuara el sueño truncado que apenas comenzaba a tener algo de sentido. Me pierdo en estas calles como si fuera la primera vez, aunque casi de inmediato reconozco las sombras, los colores, los vértices inconfundibles de ciertos edificios.

Regreso y no hago nada y esa nada es dulce pero confusa. Tanto nos obligamos a vivir para el futuro que cuando no hay más que presente nos sentimos un poco a la deriva. Así he empezado a dejarme llevar, despojándome de lo innecesario, intentando “vivir con lo que salvaríamos de un naufragio”

:

con nada o casi nada

apenas unas hojas y una pluma

y libros

unos cuantos

|nada o casi nada

              recuerdos

no ocupan mucho espacio y siempre

              siempre

nos llevan de la mano a lo imposible

|una fotografía quizás

            pues cómo no ayudar a la memoria

|un amuleto

|una navaja

|ningún espejo

            nunca ningún espejo

|y así, con solo apenas eso, dejarse llevar por el infinito mapa del dulce no hacer nada o del naufragio.

 

 

Karla Marrufo

Los dichos de Irene

Irene decía que no importaba lo mal que las cosas estuvieran, siempre iban a estar bien. Cuando lo decía, y esto podía suceder en las circunstancias más diversas, yo comprendía su afirmación de modos muy distintos, uno más superficial que el otro. Frases hechas y tontas como “ve el lado positivo de las cosas” o “después de lo malo siempre viene algo bueno” acudían a mi cabeza cada vez que intentaba develar el misterio de su optimismo.

Irene solía decir que lo mejor de todo era que uno siempre podía ser feliz sin dejar de estar triste. Y ponía especial énfasis en ser, dejando muy en claro que no quería decir estar. Yo le sonreía con una candidez condescendiente y sincera, aunque tampoco lograba asimilar muy bien el sentido de lo que entonces me parecía una más de sus frases contradictorias.

Irene decía que sólo entre los tontos incomoda el silencio. Y entonces ella callaba con una media sonrisa de lo más elocuente y así nos perdíamos horas en la genialidad de un diálogo silencioso que casi dejaba escuchar el ascenso del humo del cigarro y el café, y el desplazamiento de la tarde cuando se convierte en noche.

Irene creía en la reencarnación, en la felicidad, en el destino, en las coincidencias, en los sueños y sus revelaciones, en las personas y sus promesas, en las sonrisas tanto como en las lágrimas, en la música, en la luna, en que el mar era siempre el mismo y nunca igual, en la poesía –en especial en Altazor–, en la capacidad revitalizadora de una puesta de sol, en los múltiples universos esbozados en los ojos de los gatos, en la generosidad, en el sentido del humor y en el sentido común, aunque sabía que era el menos común de los sentidos. Además, Irene creía que la respuesta a todas las adversidades con el prójimo debía buscarse en la amabilidad, en una amabilidad genuina aunque costara un enorme esfuerzo manifestarla, en una amabilidad acompañada de una leve sonrisa y una mirada de confirmación.

***

Sobreviviendo voy a los plazos inaplazables de inicios de junio. Han sido estos últimos unos meses amontonados, llenos de asuntos en desorden, como si el tiempo se hubiera cambiado de casa y todavía siguiera con las cajas a medio vaciar, desperdigadas por todo el espacio de los días. En medio del caos volví a recordar los dichos de Irene y haciendo balance advierto que las cosas han estado mal pero que nunca dejé de creer que seguirían estando bien, he sido inmensamente feliz sin dejar de estar triste un solo instante, he guardado silencio y he sido amable aun ante la hostilidad del prójimo. Sigo creyendo en las felices coincidencias, en las promesas, en el mar y en los sentidos revelados en sueños. He procurado ser generosa y vivo atenta a los múltiples universos que habitan en los ojos de los gatos y en la poesía…

No se trata de una receta, pero descubro que funciona: al final de cada día, la vida se convierte en una suave complacencia, en una certeza –pequeñita, pero al fin y al cabo certeza– de que ser parte de este universo, de esta dimensión, es un privilegio maravilloso.

Caleidoscopio [1]

En la costa más clara y en las playas solitarias que ya no existen una misma voz siempre distinta me estuvo repitiendo que en cada agujero del mundo hay una sorpresa, que la vida se encuentra tanto en las entramadas galerías de un hormiguero como en el soplo de aire que se rompe cuando los perros de la calle se hacen uno en sus ladridos, porque todo perece en su propio movimiento y renace asimismo en la quietud de lo que fue o porque quietud y movimiento son muerte y vida en distintos círculos concéntricos.

Puse el oído atento en el ombligo de un recién nacido y escuché un coro de sangres replicando las notas escritas, tramo a tramo en la piel de una madre que escucha, de una abuela que escucha, de una bisabuela que escucha, así también sílaba a sílaba, la misma canción de cuna.

Alcé las manos para tocar la oscuridad más profunda de mi sueño y ahí encontré la bondad de mi memoria configurando espacios luminosos de perfecta acústica para que habiten siempre, hermosos y sutiles, para que no dejen de hablarme nunca en el abrazo, todos y cada uno de mis muertos.

En la redondez exquisita de una gota de sudor que resbala por mi frente descubro el reflejo de todas las células que se multiplican belicosas, coloridas, entre el bien y el mal; y todas en su lucha son una fiesta de destinos arracimados, deformes, contráctiles, estriados, que sólo detendrán su danza en espiral cuando exhalen por fin el último aliento para comenzar de nuevo hospedando gusanos y semillas.

En el olor de la hierba recién cortada, en el de la lluvia que no llega, en el del flamboyán que se abre a punto del verano, encuentro a la niña que jugaba con la tierra y en la cúspide del árbol, la que respiración contenida se estiraba saladamente hasta tocar el fondo del mar, la que miedo vencido escapó de casa a la mitad de una noche anaranjada. La encuentro y me sonríe: “te lo dije, en cada agujero del mundo hay una sorpresa”.

Porque todo perece y renace en su propia quietud y en su propio movimiento, a veces somos ese ojo que espía lo evidente y lo insondable, lo que ha sido y lo que en las tardes de nostalgia imaginamos que fue, lo que se multiplica a nuestro alrededor con la vitalidad instantánea de lo que se sabe sorpresa y está a punto de la revelación.

[1] Parafraseando a Tamara Kamenszain.

Karla Marrufo

Autosabotaje

Siempre me ha conmovido la compasión implícita en un reloj que de pronto se detiene. Imagino que al mirarlo, en su tiempo congelado, me dice “mira, no vayas deprisa, no te aflijas, sigue durmiendo, come despacio, lanza de nuevo la pelota a tu perro, no pasa nada, he detenido el tiempo”.

También imagino que se trata de una decisión y no de un destino impuesto por fuerzas ajenas. Así, el reloj decide no andar más y yo me pregunto qué aspecto del mundo le habrá llevado a tomar esa decisión

:

si será el peso de lo cotidiano, con su aplastante segundo a segundo

si será la nostalgia por el tiempo desbordado de alguna pasión inconfesable en su minutero

si habrá en él una voluntad en rebelión negándose a seguir las convenciones temporales

si sabrá que la inmovilidad es el ámbito más puro para la existencia plena.

Me pregunto también por qué decide detenerse a una hora particular. Busco señales, regreso sobre mis pasos intentando recordar qué sucedió en ese momento, le atribuyo posibles sentidos a la hora fijada definitivamente.

En tiendas de antigüedades, en bazares, en una de las casas donde alguna vez viví, he visto cementerios de relojes, todos abandonados, todos detenidos. Y en ese espectáculo de un espacio destinado a albergar la representación más vívida del tiempo muerto, he encontrado la mejor expresión de lo que es la vida: una colección de momentos cristalizados en el cementerio de la memoria, algunos aún brillan pero no hay posibilidad de continuidad en ellos.

Tal vez a esto se deba mi afición por los relojes, a la esperanza de que algún día se detendrán para hablar de mis prisas innecesarias o de sus nostalgias, para recordarme que la paz existe en algún lado, para hacer de cada momento un posible tesoro en mi archivero personal.

Pero al escribir esto miro mi reloj más nuevo, veo la hora y también advierto el autosabotaje: es solar, no utiliza pila, se carga con la luz del día o la de cualquier foco y, por supuesto, nunca se detendrá.

Karla Marrufo

Ven conmigo y ve [1]

Para quienes se desaniman a veces.

Para quienes no saben cómo.

Para quienes han sobrevivido.

Para quienes están por nacer.

Ven conmigo y te diré. Súbete, observa por encima de mis orejas que son la espiral menos áurea que existe, ven y contempla desde ahí arriba cómo manufacturan sus nidos de hamaca las oropéndolas.

Ven y ve los sargazos rojizos desvelarse a la orilla de tus sueños y los míos, en la costa de este mar verde opulencia, y ve cómo nos ven nacer con cada ola.

Ven y ve los cabellos al viento de las mujeres de esta tierra y el calor en sus pupilas y en sus manos, en las bolsas cansadas de sus frutas y en las semillas de naranja que han dejado en las aceras.

Ven y ve las parejas de enamorados besándose a la luz de este sol de piedra, a la sombra que no existe bajo nuestros árboles y que imaginamos a veces como mundos de tarjeta postal.

Ven a desahogar tus instintos brujos, tus miedos, tus lamentos, ven y ve cómo el sol rebota siguiendo cada uno de nuestros pasos hasta aventarnos a una versión del paraíso ubicado al fondo de un tarro de cerveza.

Ven y ve cómo está lleno de amor por ti mi timo deforme y sus arritmias, mi uña más encarnada en el pulgar de mi pie izquierdo, mi estrabismo sin fin y los puntos suspensivos atascados en mis cuerdas vocales. Ven a verte renacer y sobrevivir en la piedra azul que he guardado en mis riñones.

Ven y ve cómo a veces podemos reírnos cual gallinas y ver que nuestra risa se eleva con un aleteo de mangos y cocodrilos.

Ven a verte sobrevivir en la lluvia promesa, en el cielo amarillo de inmortales lunas blancas.

Ven y ve a los gatos que abandonan la sombra para unirse en un duelo jadeante, amoroso, fértil, lleno de agudos espejismos donde siempre nos reflejamos.

Ven y ve cómo a veces nos morimos de tanto no saber de qué color son las dudas que nos cercan, las interrogantes que nos miran de frente como incitando al duelo. Ven a aliarte conmigo contra las torres de Babel y los gigantes.

Ven y ve cómo te llamo, cómo nos miro, cómo nos vamos por un sendero de agua tapizado de recuerdos que no fueron pero que siguen latiendo.

Ven y ve cómo lo ciudad es nuestra cuando el crujido y el humo entonan su canción más desafinada y uno se alegra porque sí porque a veces porque siempre porque nunca porque no hay más, porque camina y porque el sudor y el viento ardiente, porque está vivo, pues.

Ven y ve y te diré, todos los días, mira, aquí estamos, renacemos, sobrevivimos.

[1] Invitación estilo Palinuro.

Karla Marrufo

Reencarnación

A veces eres el viento desordenando árboles, pájaros al vuelo, los escritorios de aquellos sitios donde nadie alcanzó a cerrar a tiempo una ventana, ni a detener la cortina que volcó el café sobre los papeles importantes.

Ciertos días te he escuchado guardar el silencio más justo entre el trinar mañanero de las aves. Otras veces te he visto precipitarte, ola sobre ola, en la arena, como si marcaras el compás de una canción donde nunca figuró la mujer con sombrero.

Sé que en las noches claras recapacitas en la luna, en las nubes ausentes, en los años luz de fuego extinto en las estrellas. Te he visto espiral cuando el humo del incienso se aletarga en una calma tres veces eterna, así como en el vuelo áureo de ciertos insectos.

Cuando abrazo a los seres que amo, cuando apoyo mi rostro en la almohada, cuando mi mano amortigua la espera en mi barbilla, escucho tu aleteo de hojarasca, libre y viva.

A veces también es tu voz la que vuelve para decirme cómo se escribe una palabra, para despertarme dudas, para repetir la broma infalible, la afirmación más oportuna, la palabra del adiós.

En el tiempo te desplazas con prisa y con cautela, con el vértigo de la inmovilidad amenazada. Y es en esa convención del segundero donde sé que a veces caminas, como siempre fue tu costumbre, sin volver la vista atrás.

Has sido el hilo entretejido en mis pulseras, los centavos que encuentro al azar en el camino, mi café siempre portátil, las páginas de los libros que llevo conmigo a todas partes, mi caligrafía más despreocupada, la torpeza y la debilidad creciente de mis manos. No me creerías si te dijera que incluso eres a veces la mirada infinita y caleidoscópica de mi perro, su suavidad de nube y su abrazo impostergable.

Justo ahora, en medio del viento implacable de un abril que inicia sin titubeos, escucho tus palabras al decir “yo sí creo en la reencarnación” y mi ingenuo intento por querer saber en qué pensabas reencarnar. Ya comprendo la elocuencia del silencio con que entonces respondiste y tu media sonrisa de punto final, ésa que últimamente se me ha venido apareciendo, al final de cada día, en el espejo.

 

 

Karla Marrufo

Las cartas que no escribí

*inicios fallidos

:

  1. he leído este libro unas cinco veces e invariablemente, las cinco veces he terminado sumergida en el idioma más elocuente de las lágrimas.

:

  1. no sé cómo empezar a hacer esto. presentar. comentar. dar a conocer. invitar a la lectura. dicen que debemos guardar las formas. eso: la formalidad. eso: lo formal: que sólo quede patente el profesionalismo, la capacidad de síntesis, la razón por encima de la emoción, las palabras precisas para decir “a esto nos dedicamos”, a las palabras, a no admitir que a veces faltan, a no reconocer que a veces, muchas veces, salen sobrando.

:

  1. dice lobo antunes que escribir es el arte de hacer llorar sin ofrecer un pañuelo. hay obras de arte que, entonces, para qué explicar.

:

  1. querido lector, una advertencia que diga, ahí en las páginas de cortesía, estese usted atento porque la confrontación, porque la tristeza, porque la pérdida, porque las ausencias, porque la muerte, porque, querida lectora, si usted es mujer, si usted es madre, si usted es hija, si usted triste, si usted ausencia, si usted muerte, se hallará perdida en medio de estas páginas, una advertencia que diga, ahí en los blancos de la cortesía. advertir cortésmente, con toda formalidad: esta historia contiene altas dosis de no puede ser posible, en qué cabeza cabe e incontables por qué por qué por qué…

 

*cartas fallidas

:

  1. Querida Ele,

esta es la más difícil presentación que he hecho jamás en la vida. no sé si lo logre. no sé qué diré. el tiempo, el tiempo carnicero, dice que menos de 24 horas y contando. no quiero llorar porque la formalidad, porque el espacio público, porque no todos comprenden el idioma de las lágrimas, porque porque porque…

:

  1. Querida Ele,

leerás todos estos intentos de carta. porque después de la presentación te los obsequiaré a manera de testimonio, de intercambio, de diálogo, quizás. porque a veces sólo así se aplacan ciertos demonios.

:

  1. Querida Ele,

no lo estoy logrando. no estoy diciendo… lo único que me consuela es que aquí, a mi lado, de muchas maneras distintas, me acompañas en el duelo.

:

  1. Querida Ele,

me gustaría empezar agradeciéndote la invitación a presentar tu libro y a la gente que ha asistido esta tarde y decir formalmente, con ecuanimidad, lo que una debe decir y ya está. sonreír, porque en estos casos dicen que es lo deseable, saludar y dar la cara. eso, entregar cosas que no te pertenecen porque, a veces, se conducen solas…

 

 

*la no-carta que sí leí

:

dicen que “la poesía es una forma de restaurar el tiempo”[1] y yo lo creo. En este caso particular, además de restaurar el tiempo, se trata de un modo de “amaestrar lo que ha dolido”. Creo que “esto no es un libro, sino un camino de palabras hacia la memoria”[2], la individual y la colectiva. En este camino deambulan historias que por desgracia reconocemos, recordamos: la enfermera asesinada, desollada, y cuyo cuerpo fue abandonado al pie de la carretera; el homicidio de una prostituta en Mexicali, la chica que advirtió en Facebook que su ex novio la hostigaba y terminó matándola, la madre que vendió a la hija por 8 mil pesos. Son historias que identificamos no porque hayamos estado al tanto de las noticias en ese momento, sino porque suenan a algo que podría pasar, a cosas que pasan, a sucesos familiares, cotidianos, a veces incluso anodinos en su repetición: ah, otra prostituta muerta, una más

dicen que es necesario levantar la voz, nombrar los hechos, dar cuenta de los nombres, y yo lo creo; así como creo que escribir y que un cierto tipo de escritura, no es un pasatiempo accesorio o una frivolidad, sino un pronunciamiento político. Creo que escribir el dolor y la belleza, la historia personal en el marco de lo colectivo, nombrar los signos atroces que han cercenado vidas y memorias, es una vía efectiva, y sobre todo necesaria, para la denuncia y el testimonio

Las cartas que no leí de Nidia Cuan es esto y muchas cosas más. Es un acercamiento, a través del lenguaje coloquial y poético, a aquellos detalles que dotan de una dimensión vital las historias de estas mujeres. Si bien, algunas de ellas tienen un nombre y un apellido, los signos dispuestos para contar una parte de sus vidas genera una cercanía con el lector, la lectora, que lleva este testimonio a espacios mucho más cercanos a la reflexión, la imaginación y la conciencia. En la reconstrucción de los hechos se encuentra la necesaria/urgente empatía para mirar y para mirarnos en los demás

en este contexto de urgencia, sin embargo, todavía hay voces empeñadas en decir que ya no hace falta exigir derechos, manifestarse públicamente, hablar de las situaciones que viven todos los días miles de mujeres en este país, por decir lo menos. Pero el día a día nos dice otra cosa, las notas del diario, los portales en línea e incluso los buscadores, dan cuenta de una serie de creencias y actitudes que siguen orillando a las mujeres a espacios de opresión y violencia de todo tipo. En el poema “Google search: imagine, console, history, tips”, la autora configura algunas de las posibilidades derivadas de una simple búsqueda en Google con las palabras “Mi esposo no quiere que…/mi novio no quiere que…”, desplegando una gama de conductas totalmente vigentes en nuestra sociedad: “Mi esposo no quiere que/ mi esposo no quiere que trabaje,/ que estudie/ que lo toque/ que vea a mi familia […] Mi novio no quiere que/ mi novio no quiere que trabaje/ aunque soy biodegradable/ que salga/ que lo toque/ (el único pero es que no tengo cosquillas)/ no quiere que estudie/ El único pero, pienso, es que no tengo cosquillas. Pero ¿si lo dejo ir y es el hombre de mi vida? Después de mí lo va a demostrar” (35-36)

dicen que el principio más elemental de una carta es la ausencia. Por eso, en ese espacio entre quien escribe y el destinatario, hay cabida para todos los detalles, momentos, recuerdos, simplezas, observaciones, fabulaciones y preguntas con las que se intenta compensar esa ausencia. Estas cartas que no fueron o no llegaron, precisamente juegan con las posibilidades del decir, para que la palabra no se limite a su significado, sino que se relacione con lo que podría llegar a ser, con lo que hubiera sido, con lo que nunca fue

además de poesía y denuncia, Las cartas que no leí es un intento por contar la historia que no se contó, la historia familiar, signada por la violencia, la ausencia y el anonimato; la historia que habría estado en las cartas de quienes no estuvieron, pero de la que han quedado ciertos vestigios que quizá sólo a través de la poesía es posible reunir para hacerla asequible y darle un espacio en la constelación familiar. Esta vuelta al pasado también es una lucha con las trampas de la memoria, con todo aquello que se empeña en desaparecer cuando uno lo persigue con mayor empeño. Así se levanta esta lucha en libro: “dicen los científicos que un recuerdo es siempre el recuerdo de un recuerdo” y que al final todo recuerdo es una mentira. Y sin embargo, algo verdadero, para uno mismo, queda impreso en estas réplicas memorísticas, algo que puede llegar a tener un sentido y ayudarnos a conciliar el pasado con el presente

pero así, la memoria infantil regresa para mezclarse con el presente y reacomodar la vida de las mujeres de la familia: la abuela, la madre, la hija. A través de este ajuste de generación en generación se van tendiendo hilos hacia las historias previas, pero también hacia el momento actual, y en ese entramado participa el lector como testigo y parte de una narración a muchas voces que se sigue, que seguimos, contando

he dicho ya que este libro expresa la sensibilidad de nuestra época, nuestro país y de un sinnúmero de mujeres cuyas historias son el eco de estas páginas y de esta memoria que vuelve a pasar por el corazón con la consigna de “amaestrar lo que ha dolido”. Lo que no había dicho es que, a pesar de todo, Las cartas que no leí se perfila hacia un final feliz, pues “no es del todo desdichado quien es capaz de contar su propia historia”[3] y entregarla a los otros en un acto de franca, genuina, comunión.

[1] Ernesto Kavi

[2] Ibid.

[3] María Zambrano.

 

Karla Marrufo