La abue

Después de inmovilizar la pierna y cadera de Marina, el Dr. Manriquez dejó la habitación junto con los hijos de su paciente para darles las instrucciones que deberían seguir en casa. Cada hijo pidió a los propios que se quedaran cuidando a su “abue”, en lo que volvían, por si necesitaba algo.

—¿Te duele? —preguntó el menor de los nietos, mientras tocaba con curiosidad la pierna.

—Ya no —respondió tranquila.

—¿Y si toco más fuerte? ¿Así?

—Tampoco.

—Debes ser muy valiente, porque en navidad le hice lo mismo a mi papá y lloró como yo cuando me pegaron por hacerle eso.

—Bueno, no tanto —dijo— pero… ¿quieren saber cómo me hice esto? —les preguntó en tono misterioso.

—¡¡¡Sí!!! —contestaron en coro.

—Bien, todo empezó cuando yo tenía casi la edad de ustedes y quise bajar a un gato que estaba atrapado en lo alto de un poste, así que intenté subir primero por el árbol que estaba junto y después…

—¿Qué tiene que ver un gato y tú cuando eras niña, con lo que pasó ahorita? —interrumpió impaciente otro de los nietos.

—Es que fue cuando me di cuenta que podía hacer cosas que otros no.

—Los bomberos bajan gatos —añadió otro nieto—, yo los he visto.

—¡Sí es cierto! —Intervino un chiquillo más—, una vez los vi rescatar a un caballo de una coladera ¡y era enorme! Tuvieron que romper con martillos el suelo para que saliera.

—A mí me dan miedo los caballos —dijo el quinto nieto—. Tienen ojos muy grandes.

—¡Mi mamá se ríe como uno! —gritó espontáneo el primero.

Y mientras todos reían, en su mente, la abuela Marina continuó la historia de la niña que rescató a un gato.

Era verano y hacía un tremendo calor. Marina regresaba a casa después de haber ayudado a una vecina a limpiar su patio. Venía de prisa porque no tardaría en meterse el sol y a su mamá no le gustaba que llegara tarde. En el camino escuchó los maullidos lastimeros de un gato.

Descubrió al felino trepado en un poste pero le llamó la atención que el gato era pequeño, de solo algunos meses.

—¿Cómo llegaste hasta allá, amiguito? —dijo en voz baja mientras se acercaba al puntal de madera; examinó el paisaje y no vio a nadie. El gatillo, al verla, arreció los maullidos —No te preocupes, yo te voy a rescatar —volvió a decir quedito pero determinante.

Miró un gran árbol, junto al poste, con suficientes ramas para llegar a poco más de medio metro del micho. Empezó a subir y a subir sin mirar hacia abajo y cuando logró llegar a lo más alto, extendió los brazos, llamándolo.

Una piedra le pasó junto a su cabeza e hizo que se tambaleara un segundo, pero con rapidez se sujetó de las ramas.

—¡La primera fue de aviso, si lo vuelves a intentar te doy en la cabezota! —dijo una voz de niño desde el suelo.

—¡Eres un niño gallina, Aldo, y no te tengo miedo! ¡Nadie le tiene miedo a las gallinas! —gritó y volvió a levantar los brazos, esta vez más alto.

La segunda piedra salió disparada de la resortera. Un gritillo rompió el silencio. La caída de la niña sucedió sin que nadie pudiera evitarlo. El culpable salió corriendo. No llegaron bomberos, ni curiosos.

Marina yacía tirada sobre su costado; de pronto, de entre sus manos se asomó una bola de pelos. En el último instante había logrado alcanzar al gatillo. Unos minutos después se acercó a la cara de Marina. Los lengüetazos hicieron que ella recobrara, poco a poco, el sentido hasta que pudo sentarse allí mismo. No había rastros de sangre ni de cometas marcados en su cara. Lentamente tomó a su bigotón amigo y lo acarició con cariño.

—Te dije que iba a rescatarte, amiguito. Aún no estoy segura cómo lo hice, pero una cosa sí sé: ese Aldo, será muy gallina pero buen tirador no es… bueno, estamos bien, que es lo importante.

Marina se dio cuenta de lo tarde que era y emprendió la carrera. Unas casas antes de llegar a la suya, se detuvo y miró al gato.

—Te llevaría conmigo pero a mi mamá no le gustan las mascotas; te voy a dejar aquí, con la señora de los gatos, ella te va a cuidar y estarás bien. Yo te veré por ahí de vez en cuando.

Le dio un beso en la cabeza, tocó la puerta y continuó su camino a toda prisa.

—¿Te sientes bien, abue? —preguntó de nuevo el nietecillo que tocaba insistentemente la pierna lastimada.

—Nunca me he sentido mejor.

—Es que llevas como cincuenta horas sin decir nada.

—¿En qué me quedé?

—En lo del gato; que estabas subiendo al poste para rescatar al gato.

—¿Gato, qué gato?

—¡Ay, abuelita, a ti ya se te va el avión!

En ese momento se abrió la puerta y entraron los hijos con el médico.

—¿Todo bien, mamá?

—Sí, hijo, todo bien, estos nietos que me hacen reír mucho.

—Bien, niños, despídanse de la abuela que nos vamos. Vendremos mañana a ver cómo sigues.

Cada uno de los nietos se despidió con ternura de su abuela. Una vez solos, el doctor miró inquisitivamente  a su paciente.

—No les habrás contado cómo fue que te lastimaste, ¿o sí?

—Estoy vieja, no idiota, Aldo, aunque por un momento estuve tentada. Los niños necesitan más héroes conocidos y menos alcohólicos anónimos ¿no crees?

—Si tú lo dices, vieja decrépita.

—Lo digo y lo sostengo, niño gallina. ¿Quién iba a decir que tú serías quien guardaría mejor mi secreto?

—Ya lo ves, no seré bueno para disparar, pero sí para guardar secretos. En cuanto al autobús que se quedó sin frenos, todos a bordo están bien y en las noticias sólo dicen que fuiste atropellada por un chofer irresponsable, y ahora te llaman ¡la abuela indestructible!

—La abuela indestructible, ¡tu abuela!

 

Jaime Fernández

@SastreValiente

Maravilla en llamas

El incendio no fue el verdadero problema, aunque ustedes digan que sí y que por eso estoy aquí. El verdadero problema, si me permiten contarles, es que yo, el día que nos casamos, escuché con atención la epístola de Melchor Ocampo, ¿la conocen? En especial aquello que dice: “Éste es el único medio moral de fundar la familia, de conservar la especie y de suplir las imperfecciones del individuo que no puede bastarse a sí mismo para llegar a la perfección del género humano”. ¿Ven? “Suplir las imperfecciones del individuo para llegar a la perfección”, digo, ¿qué le costaba? Ah, no, pero en lugar de eso, vivimos bajo otras normas y sobrevino este desastre. Estoy tan pero tan molesta.

No pueden saberlo pero esa vida casi nos funcionó, hasta ahora. Verán, nos casamos a los veintidós, tuvimos a nuestro primer hijo a los veinticuatro y al segundo, a los veintiséis. Tengo estudios de maestría, pero alguien debía cuidar de los niños. El problema, supongo, es que todos nos cansamos en algún punto.

El día del siniestro, como ustedes le llaman, tuvimos una de tantas discusiones. Hacía tres meses que había vuelto a mi trabajo (él no estaba contento con eso, pero lo prefería a amarrarse el cinturón y tener que abstenerse de sus salidas nocturnas), los niños no estaban en casa y yo había recibido un llamado de la oficina para una audiencia de última hora. El boiler estaba apagado, le pedí que lo prendiera y dijo que si tanta prisa tenía, lo encendiera yo. ¿Pueden creerlo? Algo tan simple como prender el boiler y se puso aristócrata. No es que necesitara de su ayuda, en realidad lo que necesitaba era ahorrarme algo de tiempo para poder salir cuanto antes.

Como pasaban los minutos y nadie se movía, bajé para hacerlo yo misma. Él, al verme salir, pasó a mi lado y en un arranque de presunción, se detuvo frente el boiler, abrió la puertecilla, sacó el encendedor y, al maniobrar con el fuego, vi que olvidaba colocar el regulador en piloto. Al instante, se escuchó la explosión y todo a su alrededor se prendió. El viento desvió el fuego y éste alcanzó las ramas de los árboles más retirados, de ahí se extendió a todas partes y entonces, llamas a mí, y no quedó lugar de la casa y el patio sin calcinarse. ¿Qué dónde estaba yo? Pues al primer flamazo, corrí y lo observé todo a una cuadra de distancia.

Después llegó la ambulancia y ustedes detrás. Una vecina, que me odia, me señaló. Vi a mi esposo irse en la camilla y a los bomberos intentar controlar el fuego. A mí me esposaron y la patrulla me trajo aquí.

Sé que me acusan de intento de asesinato pero, en realidad, no es más que un malentendido. Sólo soy una pobre casi viuda, ¿lo ven? Porque nada, se los aseguro, nada de esto hubiera pasado si él no fuera tan necio y si tan solo recordara que, en este mundo de mujeres maravilla, la inmortal soy yo.

Alisma De León

@azul_silencio

El increíble

Nunca un coraje se le había pasado tan pronto. Ni siquiera antes de la primera mutación, cuando todavía era un hombre común, un fulano de huesos delgaditos que, multa de tránsito en mano, quiso desquitar su furia pateando un hidrante. Aquellos episodios de ira representaban una lista de quebrantos en su antigua economía de gente normal: platos, cristales, macetas, electrodomésticos, cajeros automáticos. Ni qué decir de esta época. “No me provoquen, que cuando me disgusto no suelo ser yo”, alcanzaba a advertirle a los fanfarrones justo antes de que su garganta adoptara el regusto, la solidez y el color de un limón empedernido. Desde luego no era él. Esa balumba nervuda, terremoto con pelo y piernas, no era él exactamente, sino una reinterpretación suya, una versión extraña por decir lo menos; algo perteneciente quizás al mundo de la botánica. “Una masa”. Tal fue el modo como lo describieron antes de llamarlo el Increíble. Pero una vez reconocida su ulterior identidad, Increíble allá y acá: en el cielo, en la tierra y en todo lugar, demoliendo edificios mal parados, atrapando aviones con sus manos, creando pequeños tsunamis cada que algún idiota osaba hincharle los renacidos cogollos. Esta vez, sin embargo, la furia le duró bien poco. El cambio no había llegado, ciertamente, de improviso, sino a pasitos, desde mediados de febrero. Primero un tono paliducho en vez del verde habitual; luego, la cada vez menos firme insurrección del cabello. También esa como sensación de llevar un paréntesis dentro del cuerpo. Más de una vez pensó en tomar vitaminas, en recetarse una buena dosis de rayos gamma o por lo menos tomar un baño de sol. Quizá debió hacerlo, así tal vez se hubiera evitado la pena. “No soy yo”, se dijo tras del primer gruñido. Y luego otra vez, cuando se miró las manos, que, en lugar de verdes, se iban poniendo rosadas. El coraje siguió la ruta de sus piernas hasta ser absorbido por el suelo. Lo que sentía ahora ya no era furia, sino miedo. A decir verdad, lo que estaba sintiendo era algo cercano a la renuncia, a la resignación. El rosa, que ya le cubría la mitad del cuerpo, fue haciéndose más brillante. Brillante también su cabello, que descendía en cadejos colorados hasta la división del pecho, insuflado al límite como para lanzar un rugido. Lo que salió de su boca fue, vaya cosa, una armonía de trinos, y luego una parvada de petirrojos que salpicó el cielo. La primavera comenzaba.

Julio Pesina

@Hulkio

Ramo de violetas

te adivinaba en todo, y en todo te buscaba,

sin encontrarte nunca

Rosalía de Castro

La humedad de un sueño la despertó. Soñó que un hombre con un ramo de violetas la abrazaba en el centro de un prado, en el centro del mundo. No había límites ni muros ni horizontes. Sobre el césped, húmedo y brillante, flotaba una capa espesa de libélulas. El hombre metía la mano bajo su falda. De la vagina sacaba espigas de pasto y vainas de frijol.

Permaneció inmóvil bajo las sábanas durante unos minutos. Últimamente los sueños la sacudían de pies a cabeza. Por la ventana entraba el viento de marzo y los sonidos débiles de la noche dormida. Se levantó a enjuagarse el rostro. Frente al espejo, descubrió arrugas nuevas que rodeaban sus labios. Dibujó una sonrisa leve pensando en las manos del hombre de las violetas. Un hilo viscoso escurría por su muslo.

Sobre la mesa, una pila de libros y un jarrón. Siempre había colores frescos en la casa. Habló con las flores. ¿Qué les parece? ¡Espigas de pasto y una vaina de frijol adentro de mi cuerpo! Los nardos y las rosas descansaban en su misterio. Ahora no contestaron ni con el movimiento de una hoja.

Amalia apoyó la cabeza sobre el vidrio de la ventana. Tras el cristal, la luz amarilla de los faroles se mecía entre las copas de los árboles del parque. La ciudad era un monstruo acurrucado en la oscuridad. De pronto, de la quietud y el silencio, nació una certeza: alguien la esperaba en algún sitio.

El insomnio caminaba lento. Encendió un cigarro y empezó a leer un libro de poesía. Varias páginas sin sobresaltos hasta que la respiración se detuvo en unas líneas. Leyó en voz alta: “Yo no sé lo que busco eternamente / en la tierra, en el aire y en el cielo; / yo no sé lo que busco; pero es algo / que perdí no sé cuándo y que no encuentro.” Un repentino impulso la sacó de la calma. Ardió en el deseo: salir a buscar. Una voz la llamaba en la lejanía.

Se subió al coche. Condujo por la carretera, un túnel de terciopelo negro. La música de las guitarras hizo el camino más suave. ¿Dónde está el hombre de las violetas? ¿Por qué me está buscando?

Por fin, el amanecer abrió las manos. Después de siete horas de viaje, Amalia entró en un pueblo de tierra roja y campos verdes. De golpe, los recuerdos de los lugares más bellos que había visto. Ningún paisaje era tan hermoso como el que tenía alrededor. El sol ascendía. También crecía su ansiedad: aumentaba la sensación de estar muy cerca de lo que buscaba.

Caminó sobre la plaza. Un anciano alimentaba a las palomas que se posaban en sus hombros. Entró a desayunar en un restaurante antiguo. En las paredes había fotografías en tonos sepias. El dueño del café le contó la historia del pueblo.

En la esquina de una de las fotografías encontró al hombre con un ramo de violetas en las manos. Amalia regresó a casa tres días después. En la cama había crecido el césped.

 

Por Carmen Alanís

@LaBauba

Narradora. Ha trabajado en el área de libros y lectura en algunas instancias culturales. Promotora de lectura. Tallerista en temas de cultura escrita. Docente en áreas de literatura. Lectora en voz alta. Ha publicado en las revistas MiaUtopía, Variopinto, Snob y Barrio Antiguo.

El errante

Justo en ese momento, antes de comenzar las noticias de las diez, esa vieja loca me apagó la televisión. Recogió su plato de galletas a medio morder  y la taza de chocolate del que sólo había tomado la espuma. Respiré fuerte para que escuchara y entendiera mi enojo, pero ni siquiera volteó a verme. Puse las manos sobre las ruedas de mi silla y empecé a moverme para dar el recorrido e inspeccionar que todo marchara como debía de ser; como cada noche que recorría el pasillo.

 —Tus hijos siguen dejando sus porquerías por todos lados, qué falta de respeto para este viejo que no puede andar— dije casi a gritos.

Abrí la puerta  de la recámara de mi hijo. La música en sus oídos me hizo pensar que cualquier palabra que le dijera quedaría en el aire, aún así logré gritarle: Apaga ese ruido que por eso te estás volviendo loco y para locos, ahí está la calle. Cerré la puerta.

Me dirigí  a la recámara de al lado y abrí lentamente para pasar desapercibido. La cama aún estaba tendida, sobre ella, un pingüino me miró, sin moverse, con sus enormes ojos negros.

—¿Dónde está tu hija?— grité —Seguramente anda en las calles como una cualquiera, sabes que no me gusta que ande por donde le da la gana.

Nadie respondió, seguramente el ruido de la música hizo que no escucharan. Después de una hora, el volumen de la música bajó un poco. Recorrí todo el pasillo hasta llegar al final de él. Una luz muy débil salía por la puerta entreabierta que se encontraba frente a mí, la empujé un poco pero el rechinido de las bisagras hizo voltear a mi mujer. Inmediatamente giré las llantas de mi silla para atrás y alcancé a ver su sonrisa que me decía que sabía que yo estaba ahí.

Tomó mi fotografía, la puso a un lado del espejo y encendió una veladora. Entrelazó los dedos bajo la cabeza y, con voz muy baja, dijo: Gracias, Dios mío, por esta segunda semana llena de paz en mi vida. Apagó la lámpara del buró y se recostó en una cama individual con sábanas limpias.

La vi sonreír mientras dormía, me acerqué a la ventana para ver a los perros que me ladraban desde la banqueta. Miré el recorrido de la luna para hacer tiempo a que amaneciera y poder oler el café del desayuno como cada mañana.

Por Asenat Velázquez Jiménez

@AsenatLdi

(Papantla, 1984). Poeta y narradora. Radica en Reynosa desde hace 19 años. Ha participado en diferentes recintos con lectura de cuento y poesía. Acreedora en conjunto del Programa de Desarrollo  Cultural Municipal 2004 – 2005 para la publicación del libro de poesía “Celebres Ocultos” editado en octubre 2005.

Sobre la literatura de imaginación

Está empezando a propagarse en México, entre cierto grupo de autores y lectores interesados, el término literatura de imaginación. Se le utiliza para hablar, sobre todo, de obras narrativas: algunas de la tradición ya conocida de la literatura mexicana y muchas producidas en la actualidad por escritores vivos, entre los cuales hay muchos jóvenes. Y las preguntas habituales de muchas personas que lo oyen mencionar son dos: o bien “¿No se supone que toda literatura requiere de imaginación?”, o bien “¿La literatura de imaginación es un género como la fantasía o la ciencia ficción?”.

Hay que dejar claro que lo que llamamos literatura de imaginación –yo mismo soy de quienes utilizan el término– no es un “género”, es decir, no es un tipo homogéneo de historias que nos interese promover: no es un conjunto identificable por sus personajes, sus argumentos y sus escenarios, como las narraciones de fantasía épica a la manera de J. R. R. Tolkien o, para el caso, las novelas sobre narcotraficantes. Ni siquiera es algo que se escriba o se pueda escribir únicamente en castellano o en México. Es, en cambio, lo que en otro tiempo se llamaba, sin dificultades ni confusiones, literatura fantástica. Podríamos ser todavía más precisos y hablar de narrativa que utiliza la imaginación fantástica: de las historias que emplean la imaginación, como casi todas, pero con el objetivo preciso de contar historias sobre sucesos que sabemos imposibles: la que logra el efecto de precisar y discutir lo que entendemos por realidad al ir más allá de sus límites.

 Este uso particular de la imaginación proviene de una corriente literaria que desde su comienzo admitió muchos tipos de obras diferentes: el Romanticismo de los siglos XVIII y XIX. Rehechuras de cuentos tradicionales, especulaciones sobre el desarrollo de la ciencia y la tecnología, visiones de horror afincadas en la vida cotidiana y mucho más –incluyendo propuestas sin sucesores ni precursores evidentes, absolutamente inclasificables– ha sido el campo de lo fantástico durante siglos, y el interés por dividir ese terreno en “géneros” como horror sobrenatural, ciencia ficción y otros muchos no reduce la enormidad de las posibilidades narrativas de la imaginación fantástica como recurso: como estímulo creativo.

(Sólo en Hispanoamérica, la literatura fantástica –entendida como lo propongo en esta nota, llamada así explícitamente en muchas ocasiones– ha tenido una larga tradición y muchas figuras importantes, desde Gustavo Adolfo Bécquer hasta Jorge Luis Borges, Felisberto Hernández, Julio Cortázar o, en México, autores como Juan José Arreola, Carlos Fuentes, Elena Garro o Francisco Tario. ¿Cuánto tienen en común las obras de estos autores que emplean la imaginación fantástica? En realidad, muy poco.)

¿Para qué intentar lo que en el fondo no es sino un cambio de nombre? ¿Por qué podría interesarnos el insistir en que nuestras obras no sean llamadas de fantasía? Porque el término, desgraciadamente, se ha desgastado con el tiempo: la mayor parte de las personas, debido a la influencia de los medios masivos, escucharán hablar de lo fantástico y pensarán en los libros de Harry Potter, en películas como El hobbit o series de televisión como Game of Thrones.

Peor aún, este desgaste facilita que se propague el prejuicio de que un escrito etiquetado como fantástico es invariablemente similar a alguno de esos pocos ejemplos muy difundidos…, y este prejuicio, por lo menos en México, viene unido a otro, según el cual toda obra de imaginación es intrínsecamente inferior, indigna de alguna manera. Las prácticas autoritarias que han imperado en largos periodos de la historia nacional, y el interés de muchos poderes fácticos en imponer una visión única de la realidad como una forma de control, pueden tener la culpa de esto; en cualquier caso la imaginación fantástica se encuentra en muchas ocasiones no sólo en la posición de ser subversiva, sino simplemente incomprendida.

Hay que asomarse a las obras de grandes autores nacionales como las que he mencionado; hay que asomarse a la obra de autores más jóvenes, o incluso emergentes, desde Verónica Murguía hasta Pablo Soler Frost, desde Mario González Suárez hasta José Luis Zárate, desde Daniela Tarazona hasta Rafael Villegas. Aun si no prospera la nueva denominación, tal vez nos podría servir para llamar la atención a una serie de formas y posibilidades de escritura muy diversa, muy viva, y que incluso a pesar de las dificultades no deja de ganarse lectores.

Por Alberto Chimal

@albertochimal

Alberto Chimal (Toluca, 1970) es considerado uno “de los narradores más polifacéticos e imprevisibles de la literatura hispanoamericana actual”, según la revista española Quimera. Además de narrador y ensayista, es tallerista literario y una autoridad en el campo de la escritura en medio digitales. Sus libros más importantes: Gente de mundo, Éstos son los días (Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí, 2002), Grey, Los esclavos, El Viajero del Tiempo, La generación Z, La torre y el jardín (finalista en la XVIII edición del Premio Internacional de Novela “Rómulo Gallegos”).Su sitio: www.lashistorias.com.mx.

Cuentos agónicos

I

Nunca supe que vivía en la ciudad de los cuentos hasta que vi cómo doblaron las páginas y salté del libro.

II

Sabía que no tenía tiempo que perder, sin narrador la historia se esfumaría. Los recuerdos volverían a la pluma que los escribió, el autor regresaría a su infancia y nunca escribiría sobre nosotros.

III

Recibí un fuerte golpe al caer. Mi vista era borrosa. Las voces seguían ahí. Mis manos, aún encadenadas, me arrastraban. Sentí escurrir mi espesa sangre entre los dedos. Mis párpados se cerraron y volví al mundo.

 

 

Por Damián González

Damián González (Reynosa, 1984). Narrador. Coordina Salas de Lectura dentro del Programa Nacional Salas de Lectura con “SORDOS Leyendo”. Miembro y promotor cultural comunitario en el Colectivo SEHRES. Participa en lecturas públicas con el grupo Literario Lomas de San Antonio. Obtuvo Premio Honorífico en el Certamen de Cuento Universitario 2004. Fue incluido en las Antologías Voces Literarias de la Frontera (2011), Palabra de Poeta Antología de poesía sobre poesía (ALJA, 2012), Brevedad urbana Antología de microrrelato en la ciudad (ALJA, 2012) y Confusión de cuerpos Antología de poesía erótica (ALJA, 2013).

En septiembre

Después de comer, Cayetano Treviño, prestamista, subió a la terraza techada del segundo piso de su casa, única del rumbo hecha de ladrillos. El aire bochornoso de la intermitente lluvia de ese mediodía, hacía que todo pareciera transcurrir a paso lento.  Desde lo alto, vio con fastidio las viviendas del asentamiento irregular donde hacía años había decidido construir y habitar solo; eran chozas y tejabanes rodeados de charcos y lodo. El extremoso clima de la región les había dado varios años de sequía y ahora la copiosa lluvia no había parado en dos meses seguidos.

Esa mañana de septiembre el sol había salido pero ya para mediodía volvían la nublazón y la llovizna. Había sido abundante la comida y Cayetano se movía con lentitud. Irritado, decidió tomar una siesta. Además de  la pesada digestión, le agobiaba  recordar el sueño recurrente donde, la noche anterior, la Parca le volviera a avisar: Cuando veas pasar un fuego veloz y escuches el bramido de la bestia, vendré por ti.

Absurdo sueño; y ni modo de realizarse por ahora, con todo este agual, se dijo con sarcasmo y se recostó. Se fue quedando dormido en un sillón bajo el techo protector de su terraza, al arrullo murmurante de la creciente lluvia, ahora arropada por nubes cada vez más negras. En las noticias de un radio lejano alguien hablaba de presas, ríos y canales, que venían altos por las lluvias incesantes. Al mismo tiempo, por los caminos y brechas abiertas entre mezquites y huizachales ya circulaban de prisa las grandes lluvias. Pronto las aguas memoriosas inundaron las áreas bajas buscando llegar al lecho del río.

En segundos, el lodo avanzó en avalancha con velocidad rabiosa y al instante el  bravísimo torrente ya arrasaba con cercas, láminas, paredes, y las chozas y los  árboles eran arrancados de raíz. Cuando la gente abandonó en tropel sus pobres viviendas inundadas e intentó trepar sobre los techos, ya todo era inútil. Buscando salvarse, algunos desesperados vecinos irrumpieron en la casa de dos pisos. Ya se escuchaba el sonido del oleaje que pronto se convirtió en rugido y estruendo. Con el estrépito abajo, arriba, en la terraza, el dueño de la casa despertó de su pesado sueño. No comprendía nada. Por un lado los vecinos estaban junto a él, demudados sus rostros. Por el otro, viendo hacia la calle, pasaban frente a él, flotando como barcas danzantes, árboles, animales  y cuerpos humanos.

Pero mi casa es sólida, pensó con furtivo alivio. Todos los ojos estaban clavados en la encrespada avenida de aguas encontradas: las de la lluvia y las del desbordado río. De pronto miraron pasar flotando una choza y vieron por la pequeña ventana su interior: Adentro había una mesa con una lámpara de petróleo encendida, allí aun ardía el fuego, y este fuego corría, navegaba por el río que bramaba como animal herido, como  bestia enfurecida, ciega y obcecada. Segundos antes de la confusión de tinieblas que lo envolvería, Cayetano alcanzó a escuchar el estruendo de las voraces aguas arrancando los cimientos de su casa.

Por Graciela Ramos Domínguez

Graciela Ramos Domínguez (Reynosa, 1946). Escritora y pintora. Ha publicado libros de cuento, ensayo y dramaturgia (ITCA, UAT). Colabora en diarios, revistas y suplementos culturales y es promotora cultural independiente, así como en el programa de lectura itinerante “El escritor ante el lector” con el Instituto Tamaulipeco de Cultura. En 2011 fue merecedora de la medalla de oro en el Primer Concurso Estatal de poesía del Río Bravo. En 2012 coordinó el Diplomado de Escritura Creativa a invitación del IRCA.

Los conejos no hablan

Hubo un tiempo en el que los conejos podían hablar como los humanos. Todo empezó cuando el señor conejo, que iba por el bosque tratando de encontrar mejores tierras donde hacer su madriguera, se topó con una vieja cabaña. Con sigilo, caminó hacia atrás para rodear la choza pero un agradable aroma le hizo detener la retirada. Se dejó guiar por su olfato hasta donde se desprendía ese olor y encontró, colocado en el balcón, un delicioso pastel de manzana. Pensó que sería un buen regalo para la señora conejo que estaba triste porque sólo pudo dar a luz a dos conejos en su primera camada.

Regresó contento a su guarida, pero su esposa, que ya lo esperaba impaciente, le llamó la atención por haber tomado algo que no era suyo.

—Es lo que hacemos, tomar lo que está en el bosque —se justificó de inmediato.

—Se toma lo que está en la tierra, no en las ventanas de los humanos, ¡debes pensar en las consecuencias! —explicó ella.

—Pues para mí sigue siendo manzana —refunfuñó él con torpeza, mientras se rascaba la cabeza con sus patas.

Muy enfrascados estaban en sus diretes, que no se percataron cuando sus críos empezaron a caminar hacia el pay y, en menos de lo que canta un gallo, los dos gazapos terminaron con el objeto de la discordia.

Ambos padres se quedaron viendo uno al otro, ella con mirada acusadora y él sólo enseñaba los dientes y agachaba las orejas en señal de disculpa.

A la mañana siguiente, muy temprano, empezaron a escucharse ruidos desconocidos que salían del nido del señor conejo. Poco a poco las otras criaturas se acercaron a la entrada atraídas por los sonidos. Estaban a punto de tocar la puerta cuando, sin aviso, saltaron de ahí los conejitos corriendo y hablando en un lenguaje inusual.

—¡Están hablando humano! —dijo alguien, y todos murmuraron sorprendidos.

—¿Cómo es posible? —agregó otro, y más murmullos.

Los papás no alcanzaban a entender cómo había sucedido eso. No es que no les importara, pero sentían tanto orgullo por ser padres primerizos, que disfrutaron al atraer toda la atención.

Pasaron los meses y el rumor de los conejos parlanchines se extendió a lo largo y ancho de las otras tierras.

Sucedió entonces que los que ahí vivían empezaron a hartarse de ellos, pues hablaban y hablaban hasta el anochecer; y no sólo hablaban como humanos, sino que también reían como humanos; y les gustaba reír a costa de los demás: planeaban bromas para todo el que encontraran en su camino. Lo vigilaban muy de cerca, escondidos en los arbustos y cuando éste se hallaba distraído, salían gritando para que creyeran que eran humanos y el animalito huyera despavorido. Así hicieron con todos, hasta que los mapaches y demás roedores se fueron a vivir a los ríos; las aves dejaron sus árboles y volaron a las montañas; las arañas y serpientes no volvieron a salir de las piedras y así, poco a poco, el bosque empezó a quedar vacío.

Al ver lo que estaba ocurriendo, el papá conejo comprendió que había cometido un error y regresó a buscar ayuda en aquella cabaña. Luego de correr un rato, se detuvo a tomar aire. En eso estaba cuando de pronto escuchó una voz.

—Conejo blanco, ¿qué es lo que buscas?

—¿Quién eres? —preguntó asustado.

—No temas, sólo dime qué es lo que buscas y te ayudaré.

—Busco… debo encontrar a un humano, alguien que hizo… alguien a quien robé algo y ahora eso nos ha traído problemas —confesó.

—Yo puedo ayudarte —dijo la voz después de una larga pausa.

—¿De verdad? Pero, ¿por qué harías tal cosa? —volvió a cuestionar.

—Soy la que hizo ese pastel, del que no supe nada hasta hace unos días al escuchar los rumores de tus hijos —dijo, serena, saliendo de donde se encontraba.

—Ailév, la bruja de los bosques de Dulcan —murmuró sorprendido el conejo.

Avergonzado explicó a la maga lo ocurrido y ella, en un gesto de total misericordia, perdonó su acción pero le hizo ver que aún debía solucionar lo que había empezado.

—Tendrás que tomar una decisión —advirtió la bruja—, el conjuro que realice romperá el hechizo pero sólo salvará a uno de tus hijos, debes decidir a cuál.

—Ss…sí, puedo hacerlo —enfatizó aquél— pero ¿qué pasará con el otro? —preguntó temeroso.

—Si él está lejos de mí, se convertirá en humano; así que debo llevármelo.

El conejo recordó las palabras de su esposa: ahora enfrentaba la verdadera consecuencia de sus actos, sin embargo tenía que resolver ya. Justo estaba por decir el nombre de uno de ellos cuando se oyeron ruidos entre los matorrales; eran los críos que habían escuchado todo y al verse descubiertos salieron corriendo. Ya no hubo tiempo de hablar. La bruja y el señor conejo salieron tras ellos.

Se acercaban a los límites del bosque. Aliév sabía que era su última oportunidad sabía que su magia no tendría efecto si lograban salir de allí. Alcanzó a ver un pequeño claro y disparó. En el último instante ambos hermanos saltaron evitando el rayo que pegó directo en el suelo e hizo un profundo agujero. Se miraron con picardía y corrieron hacia él pero, antes de que ambos desaparecieran, papá conejo llegó de un brinco y pescó con su boca a uno de ellos. Finalmente, el hoyo se cerró.

Cabizbajo y con su hijo aún en su boca, el señor conejo llegó hasta donde estaba la bruja para preguntarle “y ¿ahora qué?” Ella le respondió que aún tenía que llevarse a su hijo pero que él podría visitarlos de vez en cuando. Reveló que a ella su hijo, al hablar humano, le sería de mucha utilidad, pero eso sí, aseguró que levantaría otro hechizo para que ya nunca, ni por error, ninguna criatura del bosque pudiera volver a hablar esa lengua. Después el conejo le preguntó por su otro hijo y la bruja se limitó a responder que cuando un encanto abre un hueco en la tierra, éste puede llegar a lugares insospechados y, ¿quién sabe?, tal vez en el futuro, alguien comentaría haber visto a conejo blanco que hablaba como humano.

Es por eso que, desde entonces, los conejos siempre tienen esa expresión tan seria, como si quisieran contarnos algo.

Por Jaime Fernández

@SastreValiente

Jaime Fernández (Xalapa, 1974). Narrador. Con su llegada crece y muere la posibilidad de otro hijo ilustre, mala influencia para muchos, pensador anónimo, juez y parte de su propia historia. Vaya, un “Artcidente” de la vida, adoptado por Reynosa, Tamaulipas.

Pterodáctilo

Como todos los domingos, acompañé a mi abuela a misa. Había tenido un sábado de fiesta y el aroma dulzón de veladoras e incienso me provocó náuseas apenas entrar a la iglesia. En el suelo resaltaban los diseños de pequeñas florecitas que adornaban los mosaicos; flores plásticas más grandes, en jarrones de latón, salpicaban de color el altar.

Mi abuela se sentó entre sus amigas ancianitas. Todas, vestidas más elegantes de lo que ameritaba la misa, me sonrieron hipócritas y me barrieron con la mirada: desde los mechones azules de mi cabello hasta mis inseparables converse sucios; para ellas, yo iba como limosnera de crucero o lista para limpiar los parabrisas de los coches. Me senté junto a Agatha, como saludo pellizcó mis mejillas y me dio un beso que dejó una marca en mi frente.

Las campanadas llamaron a comenzar la misa. Sacudí la cabeza para recuperarme del mareo y la resaca. Agatha amplió sus labios rojo manzana para sonreírme y sacudió su cabecita platinada en reprobación a mi gesto. El sermón y toda la misa me pasaron sin hacer eco. Me entretuve contando florecitas en el piso.

De pronto todos se pusieron de pie para recibir la bendición del padre, la misa había terminado. El sacerdote sacó de sus atavíos una botellita de agua bendita. Comenzó a salpicarnos. Agatha tembló y golpeó mi hombro con su espasmo. Nadie lo notó. Estrepitosa, se dejó caer en la banca, temblando más y más; su cabeza se infló hasta convertirse en una piraña enorme, con escamas plateadas y un hocico tan rojo que parecía cubierto de sangre. Me mostró unos afilados dientecillos y el resto de su cuerpo explotó en pirañas diminutas que cayeron a mis pies. Retrocedí aguantando las arcadas para no vomitar.

A mi alrededor, la gente se difuminaba, se evaporaba y en su lugar aparecían otras criaturas. Busqué con la mirada a mi abuela pero sólo encontré un conejito blanco de ojos miel, una cobra le encajó sus colmillos varias veces. Aparté la vista cuando el conejo cerró los ojos. Apenas parpadeé y un dragón de Komodo pasó frente a mí masticando al conejo y a la cobra. Vi un mono araña con tutú balancearse en uno de los candelabros del techo y un cuervo de plumas azuladas volaba en círculos sobre mí.

Quise alejarme y se me revolvió otra vez la panza al sentir las pirañas reventarse bajo mis pies. El sacerdote, aún en el altar, con voz avícola gritaba convertido en un loro parlanchín; voló hacia la salida, donde escurría a goterones de chocolate la puerta y caía sobre los que intentaban salir, y una lengua gigante lo atrapó. Era una flor salida de los mosaicos hecha un titán monstruoso. Ni siquiera me atreví a intentar huir con aquellos gendarmes carnívoros cuidando la salida. Las flores del altar se mecían en sus jarrones y entonaban cánticos gregorianos con voces guturales.

En cualquier momento me llegará la metamorfosis, pensé, y la palabra metamorfosis me hizo cosquillas. Mis manos comenzaron a arder, las puntas de mis dedos estallaron en filosas garritas, mi cuerpo se llenó de bello azul y del beso manchado en mi frente brotó un fleco rojo que casi me cubrió los ojos.

El panorama, entre nubes transparentes, aumentó de tamaño. Me di cuenta que era yo quien encogía; estaba en cuatro patas, me lamía y ronroneaba. ¿Un gato? Me habría gustado ser un pterodáctilo con alas tornasoladas, pensé. Y al primer maullido de queja ¡zaz! Crecí. Me brotaron las alas, se alargó mi mandíbula. Del mechón rojo en mi frente nació un penacho que se extendió transversal por mi cráneo y dorso. Quise volar. Aleteé hasta que con un salto, una corriente de aire y mucha suerte logré planear por el interior de la iglesia. Le grazné a las flores-monstruo que lanzaron mordidas al aire para atraparme.

El estallido de un cristal me sorprendió. Creí haber chocado con algún vitral pero no. Fue mi abuela: tropezó con la manguera de mi shisha y ésta se estrelló en el suelo.

—Ay, ‘mijita, ya quebré tu lamparita —la oí decir entre pink floyd y el despertador—. ¿Cómo? ¿Todavía no estás lista? Ya se nos hizo tarde para misa de siete.

Salió del cuarto y volvió con una escoba. Mientras ella limpiaba yo cerré los ojos. Luego extendí mis alas para pasear por la ciudad.

Por Abby García

@AiAkako

Abby García (Nuevo Laredo, 1987). Narradora. Ha participado en diversas lecturas colectivas bajo la organización de Fomento Cultural Reynosa y la Casa de la Cultura de Reynosa. Colaboró para la revista Letras Raras en su edición del mes de Octubre del 2013.