Certezas

Hay un tiempo para todo, dice Eugenia. Su voz se inserta en el espacio justo en el que aquello debió ser pronunciado. Ningún pájaro se escapa de su boca, no hay ave que se le atore en la garganta.

Hay un tiempo para todo. Está el tiempo en el que el mundo es hacia arriba, es preciso levantar la cabeza para mirar a los hablantes. Los frascos no se abren. La mano traza figuras fallidas, no por irreconocibles sino por involuntarias. Se es receptor de promesas que –ojalá, no siempre, vamos a ver si se puede, esta vez va a estar difícil– podrían no cumplirse.

Hay un tiempo para todo. Aprender a tejerse los cabellos alrededor del rostro para formar una especie de capullo. No mirar entre los espacios, trenzar hasta las rodillas. Los pies se me ponen fríos. Lo mejor será no mirar. Hay que mantener intacto el territorio de adentro ¿cuál adentro? ¿cuál intacto?

Hay un tiempo en el que las palabras se han estirado tanto que ya no significan nada. Se les mira desvencijadas sobre el mantel y es preciso tirarlas en el bote de basura, aquel que se abre con un mecanismo de pedal. Sabes que debes evitar observarlas mientras caen. Lo bueno es que no hacen ruido. Desvencijadas. Te lo dije.

Hay un tiempo para todo, incluso uno en el que es preciso tomar el propio rostro entre la mano. Luchar con la mandíbula, apretar los dedos. Dos años, siete meses, veinticuatro días, nueve horas, cuarenta y tres minutos. Resulta ridículo negarse a mirar.

Hay un tiempo para todo, dice Eugenia. Sospecho que tiene un guion. Por lo menos, que ha escrito los pasos a seguir en el papel de las tortillas. Todo está apuntado ahí.

 

Lolbé González Arceo

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Algo entre manos

La mano izquierda me sirve para ocultar, porque la derecha debe continuar ejecutando las labores de costumbre.

Cuando despierto tengo marcas de mis uñas en la cara interior de la mano. Justo como le ocurría a mi madre en los días de mayor tensión. No es necesario separar los dedos o asomarme para saber que aquello sigue ahí. Su presencia es rotunda.

Su presencia me acompaña con la naturalidad de un lunar o un apéndice. Excepto porque nadie debe ocuparse de cargar su apéndice para todos lados. Es así como ha habido tardes en las que me río, cuento un chiste, tomo un té y casi soy la de antes.

Hay tareas que ahora me resultan, si no imposibles, al menos innecesariamente trabajosas. Quizá por eso sueño con todo lo que podía hacer antes, cuando no me era necesario prescindir de la mano izquierda: peinarme, apagar el despertador, preparar el café, alistar los documentos, cerrar el vestido.

Pienso que, si soy disciplinada, si logro mantener mi postura por algún tiempo, es posible que esto se disuelva y sea absorbido por mi piel. Que un día abriré la mano y encontraré sólo dedos.

Tal proceso implicaría, ya lo he pensado, que los elementos de esta sustancia se incorporen de forma definitiva a mi organismo, pasen al torrente sanguíneo y me recorran las venas, integrándose a la totalidad de las células de mi cuerpo. También entiendo que no habría manera de dar marcha atrás, no importa. De todas formas, el tiempo se ha encargado de demostrarme que no es posible hacer desaparecer los objetos.

Lo que traigo entre manos es un dulce robado.

Es el cadáver de un erizo de mar.

Es el anillo que sustraje del alhajero de la tía Eunice.

Es el acordeón que metí de contrabando al examen, con tanta torpeza que me equivoqué de materia (hoy tocaba geografía, no ciencias naturales).

Nada desaparece, vuelvo a decírmelo, y lo que traigo entre manos tampoco lo va a hacer. Repetir es una forma de entender y por eso ahora sustituyo unas reiteraciones por otras.

Es posible, ya lo he contemplado, que esto no logre absorberse, que la mano haya sido ocupada de una vez y para siempre. Que a partir de ahora tenga que renunciar a actividades como manejar la bicicleta o cargar a un bebé. Uno tiene que asumir estas complicaciones y, con la mano que me queda libre, las asumo.

 

Lolbé González Arceo

Aviso de semicapacidad

Aquel día yo trataba de acomodar las latas de puré de tomate, ahora con menos sodio, colocando las más económicas cerca del piso, las medianamente caras a la altura del rostro y las importadas hasta arriba.

Tener tareas así de rutinarias, estoy convencida, es lo más cercano a la meditación. Por eso son buenos los días en los que me asignan a almacén o exhibición de productos. Sin embargo, aquel jueves la lectura de las etiquetas se me dificultó a causa de los gotones que me nublaban la vista. Aun así, pude ver con claridad el formulario que Ramiro me puso en frente de la cara:

—¿Esto qué es?— le pregunté mientras me limpiaba las lágrimas.

—Solicitud de aviso de semicapacidad.

—Oye, Ramiro, pero yo no estoy “semicapacitada”, hago todo lo que se me pide.

—Mira, Raquel, yo no pienso meterme en tus asuntos, pero bien que he notado que en estos días llegas despeinada, sin una gota de maquillaje y además lloras cada que crees que nadie te ve —dicho esto señaló las cámaras que estaba arriba de nosotros.

—Lo único que te pido —añadió— es que cumplamos con lo administrativo porque un trabajador triste es un peligro para la empresa.

Ramiro y yo habíamos entrado a trabajar a Víveres Tejepixtlán más o menos al mismo tiempo pero él rápidamente había escalado en puestos y responsabilidades.  Asignarle la subgerencia había sido lo que se conoce como darle alas al alacrán.

—Tienes autorización para entrar mañana con una hora de retraso bajo el entendido de que deberás entregar tu solicitud sellada por el Instituto.

Sólo de pensar en el panorama de tramitología que me esperaba en el Instituto los ojos se me volvieron a llenar de agua. Esta vez me los limpié rápido ante el temor de que Ramiro pudiera descubrirme de nuevo.

Tratar de llenar la solicitud se añadió a la lista de agobios de aquellos días pues tenía que escoger entre tres modalidades: desconsuelo común, tristeza iracunda o melancolía existencial.

Elegí tristeza común porque me pareció lo más sencillo y porque estaba segura de que no sentía ira ni estaba atravesando por un periodo de desconcierto existencial.

Al llegar frente al especialista, éste me preguntó, casi persuadiéndome, si no creía que a fuerza de voluntad yo podría recomponerme. En un arrebato de honestidad, de fe espontánea en las instituciones, le dije la verdad:

—No, creo que esto va a tardar en curarse.

Fue así como sin decir palabra escribió en mi solicitud una frase incomprensible y selló con más fuerza de la que se hubiera necesitado. Su conclusión —me enteré más tarde— era que yo necesitaba regresar al Instituto cada dos días para que él verificara el avance de mi evolución emocional.

Asimismo, solicitaba a la empresa su cooperación para enviar informes acerca de cualquier falta o irregularidad mía, que incluía, según el formato: desvaríos, alucinaciones, temblor de manos, ceño fruncido, ataque espontáneo de llanto y hasta “actitud cortante en una conversación”.

Comencé a ver al especialista todos los lunes miércoles y viernes. Invariablemente él se sentaba frente a mí y me preguntaba:

—¿Segura que no se siente mejor?

Al principio yo estaba segura pero conforme pasaron las semanas comencé a dudarlo. El instituto quedaba más cerca de mi casa que el trabajo y por eso me era posible levantarme con menos prisa. De este modo empecé a poner música por las mañanas y otro día incluso me senté junto a la ventana para tomar el café.

Cuando salía de la oficina del especialista la mayoría de la gente ya había entrado a su trabajo y por eso el camión que me llevaba a Víveres Tejepixtlán tenía asientos vacíos. Así podía yo sentarme cómodamente y contemplar los árboles que iban en dirección contraria a mí o a los pájaros negros que tomaban agua de los charcos.

Fue así como cerca de las tres semanas, al fin, pude responder que sí, que ya me sentía mejor. El especialista sonrió, seguro de que había hecho conmigo un excelente trabajo. Antes de darme el documento de liberación me tomó la temperatura, me pesó e incluso revisó mis amígdalas.

Cuando le entregué el documento a Ramiro éste me miró con algo de reservas, pero yo tuve la precaución de peinarme ese día y de meter los tenis a la lavadora para que él se sintiera seguro. Me entregó el papel de vuelta y añadió:

—Me alegra haberte ayudado.

 

Lolbé González Arceo

Se traspasa florería

De todas formas, ya nadie compraba flores. Por eso casi sentí alivio el día en el que cerré la puerta con candado y le entregué la llave al chico de bienes raíces.

Empecé por cambiar mi turno completo en la biblioteca por un medio tiempo que me permitía estar en la florería por las tardes para sacar las cuentas y cerrar. Poco a poco mi padre, conforme sus dolencias aumentaron, me fue dejando más responsabilidades hasta que acabé encargándome de todo.

Para hablar con la verdad nunca le encontré sentido a nuestra pequeña empresa. Ni siquiera entendí cómo, de aquel negocio pasado de moda, había podido salir para mantener la casa y pagarme la escuela.

—Los geranios eran los favoritos de tu madre — siguió diciendo papá por años.

Mucho después de que ya todos en la familia sabíamos que mamá no murió, como él afirmaba siempre, sino que se había ido a Estados Unidos a probar suerte como actriz.

Según la tía Raimunda, le pareció verla por ahí de los noventa en un talk show. Bajo su rostro, cuenta Raimunda, había un cintillo que decía: Ella es Isabel y su hija es adicta a la música satánica.

Yo no sé. Es posible. Lo único que le reprocharía a mi madre es que gracias a su inquietud vocacional papá nunca me dejó tener televisor en la casa. Por lo demás, uno se hace al medio y a mí me cuesta incluso recordar el color de su cabello.

Cuando era niña lo de la florería familiar me apesadumbraba. Una vez arranqué una flor en el jardín de la escuela porque quería que papá la viera y me dijera cuál era su nombre. La madre superiora me dio un jalón de oreja y luego preguntó si me había dolido.

—Agradece que no te la arranqué, cosa que tú sí le hiciste a la planta— me dijo.

Yo nunca había pensado en mi padre así, en los términos de un mutilador, de un cómplice del tráfico de órganos vegetales.

Por un tiempo estuve obsesionada con averiguar si las plantas podían sentir dolor, placer o miedo, pero sumergirme en esas investigaciones también me dejaba la sensación de que estaba traicionando a papá, de estar fraguando una emboscada contra él.

De todas formas, el negocio decayó cuando hubo que vender el vivero y empezamos a comprar flores a otros proveedores. Recuerdo que los paquetes llegaban en camiones refrigerados, como si en verdad se tratara de órganos.

Los ramos sólo de rosas sin otros hierberíos casi siempre eran compradas por hombres que querían impresionar a una o varias mujeres. Uno podía saber mucho de las inclinaciones estéticas y amorosas de un caballero revisando el historial de sus pedidos.

Yo, por ejemplo, sabía que jamás hubiera podido ser amante de uno de esos que tenían la indecencia de pedir arreglos en forma de corazón o que junto con las flores solicitaban también un pequeño oso de peluche.

Pero lo más redituable para nuestra florería habían sido las coronas fúnebres y los arreglos para sepelios que casi siempre llevaban rosas blancas, proteas y muy poco musgo.

También podía conocerse algo de la familia por su comportamiento en la compra de la corona. Algunos estaban obsesionados con el tamaño, otros no confiaban en que la corona pudiera quedar bien y se quedaban a presenciar toda la elaboración. También hubo familias que protagonizaban verdaderos dramas que salían a la luz en el mostrador de la florería.

Básicamente vivíamos de las aventuras amorosas de los hombres en particular y de la muerte de los humanos en general.

Nuestra ruina empezó el día en el que las funerarias comenzaron a ofrecer paquetes completos que incluían salas de velatorio, coronas de flores, misa y hasta bocadillos para los invitados.

Tuve que decirle a papá que las cosas iban tan bien que habíamos podido contratar una empleada a fin de que yo pudiera cuidar de él sin perjudicar el negocio. En algunas ocasiones incluso le he pasado a comprar flores sueltas que pido que me sean entregadas sin celofán, material que a papá siempre le pareció de lo más vulgar. Todo con tal de hacer más verosímil la mentira.

En los días en los que él está mejor alguna gente me sugiere decirle la verdad porque sostener una mentira así por años es vivir con un pendiente irresoluble. Una criatura que sólo crece con el paso del tiempo.

Yo lo dudo mucho y agradezco que la silla de ruedas le haga imposible una excursión hasta el centro de la ciudad, en donde teníamos la florería. Quizá lo peor de todo es que al final acabé siendo, al igual que mamá, una especie de mala actriz que actúa para el reducido público que es mi padre.

 

Lolbé González Arceo

Este tranvía en el que vamos todos

 

Para las tranvía –y para quienes nos leen– en nuestro aniversario

 

Tranvía: Vehículo que circula
sobre rieles en el interior de una ciudad
o sus cercanías y que se usa principalmente
para transportar viajeros.

 

Lo que a continuación cuento son pedazos aislados de una misma historia, como las estaciones que conforman nuestro Tranvía donde el todo es mayor a la suma de sus partes.

***

Enero del 2014. Conversación por whatsapp con Abby:

Deberíamos armar algo.
¡Sí!, ¿qué se te ocurre?
Me gustaría alguna revista o espacio que ayude a impulsar a autores del norte.
¡Yastás! Entonces ahorita abro un blog.
¡¿Ya?! Nombre, espérate, primero hay que ver lo de la convocatoria, qué autores, el diseño…
¡Ya tenemos blog!

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La vida, por ratos, te come los sueños.

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Tranvía ha pasado por dos etapas: una como revista y otra como colectivo.
La revista duró sólo tres números y casi 5 meses. Si bien de diseño hermosísimo –según nosotras–, resultó difícil compaginar las tareas editoriales con el día a día de todas esas otras actividades que alimentan más el cuerpo que el alma. Así que aunque nos sentíamos orgullosas de esos pocos números logrados y de los escritores que pasaron por sus páginas, debimos hacer un alto.

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Sucedió en el 2015:
Estimados postulantes:
Se les transcribe a continuación la lista de los alumnos seleccionados para recibir el Taller virtual y presencial de escritura documental y desapropiación impartido por Cristina Rivera Garza.
En ese taller conocí a Nidia Cuan.

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Siempre he pensado que, con un poco de suerte, los talleres –cualquiera que sea la disciplina– hermanan. A Asenat la conocí en el 2008 en un taller de Orlando Ortiz; A Abby, en Reynosa, allá por el 2011, en uno de Graciela Ramos; a Cata en el 2010, en un taller virtual de Alberto Chimal y a Nidia, como ya dije, en el 2015 con Cristina Rivera Garza.

***

A Nidia le entusiasmó Tranvía, con el mismo entusiasmo frenético pero amable que pone en tantísimas cosas más.
Se lo platiqué en uno de los recesos del taller. Estábamos recargadas en la barda de Casa del Arte en Ciudad Victoria, Tamaulipas. Nidia opinó que debíamos sacar de nuevo la revista y quería ser parte del proyecto. Yo reí ante su frenesí y, por supuesto, me entusiasmé también. En eso de planear somos parecidas, en lo de meternos en broncas por no tener tiempo y no decir que no a casi nada, también. Pero éramos nosotras ideando, así que esas nimiedades pasaron desapercibidas.
El tiempo del receso se acabó. Nidia apagó su cigarro y volvimos a la clase pero la semilla del colectivo Tranvía estaba sembrada.

***

Los sueños son semillas que con fortuna algún día, aún y a pesar de la vida misma, caerán en tierra fértil.

***

Meses después le platiqué mi conversación con Nidia a Abby y al entusiasmo se le aunó la impaciencia milenial de Abby quien de inmediato, como en aquella primera etapa, ya quería tener el blog listo.
En mayo del 2016 iniciamos la búsqueda de las participantes y se ideó el formato. Deseábamos algo distinto. Queríamos escribir desde distintas partes de un mismo México. Ver la vida desde varios puntos de este mismo territorio nacional. Combinar personalidades y escrituras. Al esfuerzo (de Abby y mío) se sumó el de Nidia. Ella agregó la inteligencia de Karla y la sensibilidad de Lolbé. De Reynosa, se incorporó el realismo de Asenat y de Monterrey, la inocencia de Sandra. Del centro, la genialidad de la querida Cata, quien a su vez me habló de una guionista buenísima, Mónica, con la que trabajaba y quien a los pocos días se convirtió en nuestra estación Tormenta.
Cada una se volcó a la tarea de crear su estación, de darle un nombre y un lugar: una cara. Mentiría si digo que ha sido una tarea fácil. También mentira –aunque por omisión– si no les contara del enorme orgullo y alegría que siento cada que recibo sus textos y noto el camino que llevan sus palabras.
Hoy el colectivo Tranvía está de aniversario. Hoy el colectivo cumple un año de su primera publicación, hoy somos las mismas pero tenemos algo en común: la escritura en este espacio.

***

Tranvía somos todos.

***

A Cristina Rivera Garza le escuché decir que la escritura no es un acto solitario sino uno que sucede en comunidad. Porque se escribe con otros, decía.
Me gusta pensar que eso hacemos en Tranvía: escribir para y con el otro. De temas que nos interesan a cada una pero que también le pueden interesar a alguien más. Porque nos unimos a las pláticas que escuchamos en la calle o en las redes y las ampliamos en cada entrada. De esta forma, ese micro mundo nuestro que nace de lo que nos angustia o hace reír se vuelve parte de lo que vemos a diario. Fragmentos de otros.
Porque como bien apuntó Rivera Garza, no escribimos solas y nuestra escritura se ve afectada por nuestro entorno. Por eso escribimos para él y de él. Para entenderlo e iniciar una conversación desde este tranvía en el que vamos juntos.

 

A todos los que leen y especialmente a todas las que escriben, mi gratitud y cariño infinito.

Alisma De León

Escudo

Al final sólo nos queda la memoria, pero si la frontera entre el recuerdo y la imaginación es tan endeble ¿a partir de dónde construimos nuestras evocaciones?

Las mías, y esto lo he pensado ya varias veces, inician en la biblioteca de papá. Yo no tenía por costumbre hurgar entre sus libros sobre impuestos y retenciones gubernamentales pero esa mañana me desperté y mis pies de seis años se dirigieron a su estudio instalado en el rincón de un cuarto.

De la pared colgaba un cuadro de madera tallada con el escudo de la ciudad en donde podía verse un castillo y una criatura de proporciones extrañas que en su momento interpreté como un dragón.

Cuando papá no estaba en casa yo solía sentarme por mucho rato en su gran sillón del escritorio para mirar aquel escudo. Me preguntaba por qué lo tendríamos en casa ¿nos lo habría dado un rey?, ¿un presidente?, ¿era el premio a papá por ser el mejor contador del mundo?

Preguntar era algo que no me pasaba por la cabeza, prefería mirar el escudo y elaborar improbables hipótesis que siempre desembocaban en que papá era un hombre honorable y que aquel halo de virtud a su alrededor nos abarcaba también a nosotras, es decir, a mamá y a mí. A Julián todavía no lo incluía en el nosotros porque apenas era un bebé y yo ignoraba sus opiniones sobre las cosas importantes del mundo.

Fue en una de esas incursiones en su estudio que dejé de lado mis elucubraciones sobre el origen del escudo y comencé a rondar por sus libros que no tenían ningún dibujo, como los míos, y que estaban llenos de anotaciones, resaltados, subrayados y notas con letra preciosa. Fue en Enfoques para la administración de inventarios, con su solapa azul marino y letras doradas, que encontré dos billetes de quinientos pesos. Supuse que además de importantes, en mi familia éramos lo bastante ricos como para tener esos billetes por cada rincón de la casa, que el dinero había sido colocado ahí como una especie de juego de pascua y que yo había sido lo bastante lista como para encontrarlo.

Creí que mi premio podía ser el dinero, o bien, el reconocimiento familiar. Ante el reciente nacimiento de Julián al fin yo iba a tener una hazaña que los asombraría a todos.

Es así como fui corriendo hasta donde estaba mamá, los ojos se le iluminaron. “Lo sabía”, pensé.

—Nati –dijo mamá–, ¿de dónde sacaste eso?

Mi nombre en diminutivo me dio la clave de que había hecho algo extraordinario, que pronto escucharía las trompetas del triunfo. Le expliqué que había encontrado el dinero dentro de uno de los libros de papá, ella sonrió y lanzó una propuesta:

—Hagámosle una broma.

Esa complicidad era poco usual entre nosotras así que la percibí como parte del premio que me había ganado. La broma consistía, según me explicó mamá, en que yo le entregara a ella los billetes y ambas simularíamos que no habíamos encontrado nada.

Esperé toda a la tarde junto a la ventana a que papá llegara del trabajo. Cuando escuché el ruido del motor de su auto y el tintinear de las llaves corrí a mi cuarto para hacerme a la dormida.

Como nadie venía por mí para levantarme en brazos ni para felicitarme entre risas, pegué la oreja a la puerta. Pronto descubrí varias cosas, por ejemplo, que no éramos ricos. También supe que papá había escondido ese dinero de nosotras. Que mamá en realidad no quería hacer una broma, ella sabía desde el principio que aquello no iba a hacer reír a nadie.

Me enteré de que teníamos problemas de dinero y que aquella circunstancia enmarcaba las frustraciones, reclamos y gritos en medio de los cuáles había nacido mi hermano Julián.

Más tarde descubriría también que el escudo en la oficina de papá distaba mucho de ser el regalo de un rey.  Podía comprarse en una esquina del centro de la ciudad y en la compra de dos escudos venía de regalo un abrecartas de madera con el mango en forma de búho.

La semana pasada mi padre murió y yo regresé a casa en busca de aquel escudo, pero nadie, ni Julián ni mi mamá, supo darme razón acerca de él.

He pensado en mencionarle a mi madre el día del libro y el dinero pero temo mucho que por vergüenza u olvido ella haya trasladado ese recuerdo al cajón de las incertidumbres, de lo que quién sabe si fue. Y las pérdidas, ya se sabe, es mejor dosificarlas.

 

Lolbé González

Sitios incomunicables

Hay lugares que son sólo míos. Ya sea porque en ellos encuentro remanencias de un silencio esquivo (de esos útiles en los días de guerra) o porque en su interior habita la oscuridad cerrada, el diablo de la infancia.

Dentro esos lugares acomodo, en orden alfabético y por colores, los secretos que me crecen debajo de la lengua o atrás de las orejas. Así, para protegerlos, construyo murallas, laberintos, cuevas subterráneas y puertas protegidas con toda clase de contraseñas:

  1. El nombre de mi primer pez
  2. El número de lunares que tengo en el brazo izquierdo
  3. El único cuento que mi padre solía contarme antes de dormir

A veces, cuando amo a alguien, empiezo por contarle de la posible existencia de estos lugares y, así, voy preparando el terreno para el caso de que un día yo quiera invitarle a dar un recorrido.

Algunos han escuchado con una incredulidad tal que no me atrevo ni siquiera a mencionar de nuevo los nombres de esos territorios imposibles.

Otros se han apresurado creyendo, en un alarde de brusquedad, que la mejor forma de acceder a esos sitios es forzar las puertas: empujar, arruinar la cerradura, incendiar las chapas. Tras aquello, mis lugares terminan como una ciudad saqueada, sin nada que ofrecer más que ruinas, polvo, pedazos de espejo. El único remedio es la clausura temporal y, miles de años después, la reconstrucción en solitario.

Hay quien, una vez que ha accedido al lugar, intenta imponer su orden o hacer observaciones sobre cómo debería decorarse un sitio de esas dimensiones. Toma uno de los secretos y, tras leer la etiqueta de clasificación, dice cosas como “esto no debería estar aquí”.

Otros pocos, los menos, hacen el recorrido y observan de forma atenta, pero sin asombro. Sé entonces que ellos guardan mapas de sitios similares con contraseñas quizá más complicadas que las mías.

Pero también hay otro tipo de visitantes, los que no se exaltan ante la noticia de un suelo inesperado, los que esperan detalles de la ubicación con la paciencia de un viajero de mil años. A esos (pero sobre todo a esas) les pido sus ojos, sus oídos. Les escribo, con una caligrafía impecable, la invitación para que estén siempre. Para que, por favor, no se vayan.

 

Lolbé González Arceo

Ausencia programada

Julián salió de mi casa una tarde de jueves, casi cuarenta y cinco minutos después de que terminó la transmisión en vivo del partido de futbol.

Lo primero que hice tras escuchar el sonido de la puerta al cerrarse fue mirar el reloj, eran las 6:53pm. Me quedé ahí parada, como si de mi quietud dependiera la única posibilidad de que el universo conservara su forma. Contemplé el girar de las agujas hasta que dieron las 7:01 y Pitahaya, la que hasta entonces había sido nuestra gata, me mordisqueó uno de los dedos de la mano.

Me pareció ilógico que alguien se fuera así, de un momento para otro, porque siempre he tenido claro que lo último que se va es el cuerpo pero hay otras cosas que empiezan a irse desde antes, poco a poco. Traté de entender desde cuándo habría empezado a irse Julián, me llené de rabia al pensar que lo había planeado desde antes de las 3pm de aquel día y que decidió esperar cuatro horas nada más solo para ver, tranquilamente, cómo quedaba el marcador del juego.

Quizá, pensé, su determinación de dejarme había tomado forma esa misma mañana, al abrir los ojos, pero el olor a chilaquiles y café recién tostado lo habían hecho postergar la partida.

Nunca se sabe, a lo mejor las cosas venían desde más atrás, desde el día en que cambié de fecha mi exposición en el museo porque él ya había planeado una cena para los jefes de su compañía. Pudo pensar, por ejemplo, que los ravioles estaban bien y la ensalada en su punto, pero que no podía permanecer tanto tiempo al lado de una persona con tan poca convicción, una que a la primera solicitud lo mueve todo para complacer.

Aun con toda esta evidencia me queda sospecha de que él empezó a irse hace dos años, la noche en la que hablamos por primera vez. Me dijo su nombre a las ocho en punto y lo recuerdo bien porque el reloj de péndulo del salón hizo un escándalo que me obligó a preguntarle de nuevo cómo se llamaba. Estoy segura que desde ese momento supo que se iría un jueves como hoy, a las 6:53pm.

 

Lolbé González Arceo

Las desventuras de Cástulo-escenario

Cástulo-escenario camina con dificultad porque lleva alrededor del cuerpo una complicada estructura en forma de caja, que empieza en la cintura y termina arriba de la cabeza. De este modo, su rostro queda enmarcado a los lados por cortinas de rojo terciopelo y lleva, hasta arriba, un foquito que solo enciende en ocasiones especiales, por ejemplo, siempre que tiene algo que decir.

Se rumora que proviene de un país en donde todos los bebés nacen niño-escenario pero conforme crecen se dan cuenta de que la audiencia les es necesaria para sobrevivir y por eso migran. También dicen que nuestro Cástulo-escenario era un tipo cualquiera que un día rompió el record de ventas de la farmacéutica, presentó una importante tesis postdoctoral o logró introducir un tornillo en la pared sin necesidad de usar taquete, algo así.

Al principio, Cástulo-escenario se moría de pena antes de hacer una intervención:

—Disculpe usted –decía– quisiera opinar algo.

Pero la atención es un talismán que una vez conquistado confiere valor a quien lo posee, así que empezó omitiendo las disculpas antes de hablar y terminó alzando mucho la voz en las conversaciones.

Él sabe que la soberbia es una telaraña vulgar que se instala y se va expandiendo en el interior de los que creen tener conocimiento. Por eso, Cástulo-escenario se acerca con un plumero de buenas intenciones, para explicarle a la enfermera cómo inyectar, al conferencista cómo mantener la atención del público y al niño por qué ese raspón de rodilla no duele tanto como para estar llorando. Para que no se les olvide que todos podemos aprender algo.

Dice el refrán que todos los caminos conducen a Roma pero para Cástulo-escenario todos los caminos conducen a la posibilidad de aportar algo. Despliega con inteligencia sus armas retóricas y de persuasión, de modo que, así se esté hablando de guerras o de uñeros, él logra dar testimonio de los puntos a favor, las curiosidades y las disidencias.

Por eso pasa las tardes estudiando una diversidad de tópicos. Tiene claro que no hay temas menores así que lo mismo conoce sobre alicates, toronjas y materialismo histórico. Practica frente al espejo discretas maneras de tomar la palabra: “les resultará curioso, pero…”, “por increíble que parezca…”, “este dato va a dejarte pensando…”.

Cuentan que una vez se enamoró de una mujer que lo acompañaba a todas las presentaciones. Pero un día Matilde no soltó carcajada alguna en la escena de comedia y él la exilió a la tercera fila de butacas. Poco a poco ella se mudó a la fila dieciséis y a la veintisiete, hasta que un día se fue del todo. Cástulo-escenario tardó muchísimo en darse cuenta y por eso no acertó ni siquiera a saber en qué momento debió de empezar a ponerse triste, así que dejó la tarea para después.

La gente comenta que Cástulo-escenario abandonó la ciudad hace mucho y que es posible que ahora se encuentre en Guatemala o en Perú, pero yo estoy segura de haberlo visto por aquí, explicándole las complejidades del mundo editorial a la directora de una revista.

 

Lolbé González Arceo

TRAICIÓN A LA COSTRA

Arrancarse una costra, es la única manera de regresar el tiempo en el cuerpo, que no en lo demás.

Se empieza por observar de cerca la sangre cancelada. La costra se manifiesta presuntuosa de sus capacidades reconstructivas, asegura “aquí no hay herida”.

No la arranques —dijeron— te va a quedar la cicatriz.

Pero lo que quiso ser advertencia se trocó en invitación. Por eso deslizaste una uña por debajo. Primero solo un poco, nada más hasta sentir la punzada que te remitiera al dolor de origen.

Uno se hace al dolor por eso hay quien, en un afán de dar cabida a la lamentación perpetua,  espera con ansias la consolidación de la costra sólo para arrancarla de nuevo. Para deshacer en un instante lo que los días construyeron milímetro a milímetro.

En ocasiones, desprender la costra es la única manera de mostrarle a otro lo que hay debajo. Algunos se quedan a mirar todo el espectáculo mientras hacen secreta memoria de sus propias costras ausentes y otros, a medio desprendimiento, se distraen con la contemplación de algún insecto en tránsito.

¿Qué te pasó aquí?, preguntó Inés esa noche, mientras clavaba el dedo sobre mi piel.

Lo malo es que una vez arrancada la costra hay que mirar de nuevo el proceso de cicatrización. La piel queda de un rosado casi radioactivo y la sangre mana fingiéndose herida nueva.

El dolor no aflige menos pero, ya exento de incertidumbre, despojado de toda esperanza y carente de aspiraciones, es posible contemplarlo como se contempla el desplazamiento de un caracol o la cubeta que se va llenando bajo el chorro de agua.

Lolbé González Arceo