Este tranvía en el que vamos todos

 

Para las tranvía –y para quienes nos leen– en nuestro aniversario

 

Tranvía: Vehículo que circula
sobre rieles en el interior de una ciudad
o sus cercanías y que se usa principalmente
para transportar viajeros.

 

Lo que a continuación cuento son pedazos aislados de una misma historia, como las estaciones que conforman nuestro Tranvía donde el todo es mayor a la suma de sus partes.

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Enero del 2014. Conversación por whatsapp con Abby:

Deberíamos armar algo.
¡Sí!, ¿qué se te ocurre?
Me gustaría alguna revista o espacio que ayude a impulsar a autores del norte.
¡Yastás! Entonces ahorita abro un blog.
¡¿Ya?! Nombre, espérate, primero hay que ver lo de la convocatoria, qué autores, el diseño…
¡Ya tenemos blog!

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La vida, por ratos, te come los sueños.

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Tranvía ha pasado por dos etapas: una como revista y otra como colectivo.
La revista duró sólo tres números y casi 5 meses. Si bien de diseño hermosísimo –según nosotras–, resultó difícil compaginar las tareas editoriales con el día a día de todas esas otras actividades que alimentan más el cuerpo que el alma. Así que aunque nos sentíamos orgullosas de esos pocos números logrados y de los escritores que pasaron por sus páginas, debimos hacer un alto.

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Sucedió en el 2015:
Estimados postulantes:
Se les transcribe a continuación la lista de los alumnos seleccionados para recibir el Taller virtual y presencial de escritura documental y desapropiación impartido por Cristina Rivera Garza.
En ese taller conocí a Nidia Cuan.

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Siempre he pensado que, con un poco de suerte, los talleres –cualquiera que sea la disciplina– hermanan. A Asenat la conocí en el 2008 en un taller de Orlando Ortiz; A Abby, en Reynosa, allá por el 2011, en uno de Graciela Ramos; a Cata en el 2010, en un taller virtual de Alberto Chimal y a Nidia, como ya dije, en el 2015 con Cristina Rivera Garza.

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A Nidia le entusiasmó Tranvía, con el mismo entusiasmo frenético pero amable que pone en tantísimas cosas más.
Se lo platiqué en uno de los recesos del taller. Estábamos recargadas en la barda de Casa del Arte en Ciudad Victoria, Tamaulipas. Nidia opinó que debíamos sacar de nuevo la revista y quería ser parte del proyecto. Yo reí ante su frenesí y, por supuesto, me entusiasmé también. En eso de planear somos parecidas, en lo de meternos en broncas por no tener tiempo y no decir que no a casi nada, también. Pero éramos nosotras ideando, así que esas nimiedades pasaron desapercibidas.
El tiempo del receso se acabó. Nidia apagó su cigarro y volvimos a la clase pero la semilla del colectivo Tranvía estaba sembrada.

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Los sueños son semillas que con fortuna algún día, aún y a pesar de la vida misma, caerán en tierra fértil.

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Meses después le platiqué mi conversación con Nidia a Abby y al entusiasmo se le aunó la impaciencia milenial de Abby quien de inmediato, como en aquella primera etapa, ya quería tener el blog listo.
En mayo del 2016 iniciamos la búsqueda de las participantes y se ideó el formato. Deseábamos algo distinto. Queríamos escribir desde distintas partes de un mismo México. Ver la vida desde varios puntos de este mismo territorio nacional. Combinar personalidades y escrituras. Al esfuerzo (de Abby y mío) se sumó el de Nidia. Ella agregó la inteligencia de Karla y la sensibilidad de Lolbé. De Reynosa, se incorporó el realismo de Asenat y de Monterrey, la inocencia de Sandra. Del centro, la genialidad de la querida Cata, quien a su vez me habló de una guionista buenísima, Mónica, con la que trabajaba y quien a los pocos días se convirtió en nuestra estación Tormenta.
Cada una se volcó a la tarea de crear su estación, de darle un nombre y un lugar: una cara. Mentiría si digo que ha sido una tarea fácil. También mentira –aunque por omisión– si no les contara del enorme orgullo y alegría que siento cada que recibo sus textos y noto el camino que llevan sus palabras.
Hoy el colectivo Tranvía está de aniversario. Hoy el colectivo cumple un año de su primera publicación, hoy somos las mismas pero tenemos algo en común: la escritura en este espacio.

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Tranvía somos todos.

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A Cristina Rivera Garza le escuché decir que la escritura no es un acto solitario sino uno que sucede en comunidad. Porque se escribe con otros, decía.
Me gusta pensar que eso hacemos en Tranvía: escribir para y con el otro. De temas que nos interesan a cada una pero que también le pueden interesar a alguien más. Porque nos unimos a las pláticas que escuchamos en la calle o en las redes y las ampliamos en cada entrada. De esta forma, ese micro mundo nuestro que nace de lo que nos angustia o hace reír se vuelve parte de lo que vemos a diario. Fragmentos de otros.
Porque como bien apuntó Rivera Garza, no escribimos solas y nuestra escritura se ve afectada por nuestro entorno. Por eso escribimos para él y de él. Para entenderlo e iniciar una conversación desde este tranvía en el que vamos juntos.

 

A todos los que leen y especialmente a todas las que escriben, mi gratitud y cariño infinito.

Alisma De León

Escudo

Al final sólo nos queda la memoria, pero si la frontera entre el recuerdo y la imaginación es tan endeble ¿a partir de dónde construimos nuestras evocaciones?

Las mías, y esto lo he pensado ya varias veces, inician en la biblioteca de papá. Yo no tenía por costumbre hurgar entre sus libros sobre impuestos y retenciones gubernamentales pero esa mañana me desperté y mis pies de seis años se dirigieron a su estudio instalado en el rincón de un cuarto.

De la pared colgaba un cuadro de madera tallada con el escudo de la ciudad en donde podía verse un castillo y una criatura de proporciones extrañas que en su momento interpreté como un dragón.

Cuando papá no estaba en casa yo solía sentarme por mucho rato en su gran sillón del escritorio para mirar aquel escudo. Me preguntaba por qué lo tendríamos en casa ¿nos lo habría dado un rey?, ¿un presidente?, ¿era el premio a papá por ser el mejor contador del mundo?

Preguntar era algo que no me pasaba por la cabeza, prefería mirar el escudo y elaborar improbables hipótesis que siempre desembocaban en que papá era un hombre honorable y que aquel halo de virtud a su alrededor nos abarcaba también a nosotras, es decir, a mamá y a mí. A Julián todavía no lo incluía en el nosotros porque apenas era un bebé y yo ignoraba sus opiniones sobre las cosas importantes del mundo.

Fue en una de esas incursiones en su estudio que dejé de lado mis elucubraciones sobre el origen del escudo y comencé a rondar por sus libros que no tenían ningún dibujo, como los míos, y que estaban llenos de anotaciones, resaltados, subrayados y notas con letra preciosa. Fue en Enfoques para la administración de inventarios, con su solapa azul marino y letras doradas, que encontré dos billetes de quinientos pesos. Supuse que además de importantes, en mi familia éramos lo bastante ricos como para tener esos billetes por cada rincón de la casa, que el dinero había sido colocado ahí como una especie de juego de pascua y que yo había sido lo bastante lista como para encontrarlo.

Creí que mi premio podía ser el dinero, o bien, el reconocimiento familiar. Ante el reciente nacimiento de Julián al fin yo iba a tener una hazaña que los asombraría a todos.

Es así como fui corriendo hasta donde estaba mamá, los ojos se le iluminaron. “Lo sabía”, pensé.

—Nati –dijo mamá–, ¿de dónde sacaste eso?

Mi nombre en diminutivo me dio la clave de que había hecho algo extraordinario, que pronto escucharía las trompetas del triunfo. Le expliqué que había encontrado el dinero dentro de uno de los libros de papá, ella sonrió y lanzó una propuesta:

—Hagámosle una broma.

Esa complicidad era poco usual entre nosotras así que la percibí como parte del premio que me había ganado. La broma consistía, según me explicó mamá, en que yo le entregara a ella los billetes y ambas simularíamos que no habíamos encontrado nada.

Esperé toda a la tarde junto a la ventana a que papá llegara del trabajo. Cuando escuché el ruido del motor de su auto y el tintinear de las llaves corrí a mi cuarto para hacerme a la dormida.

Como nadie venía por mí para levantarme en brazos ni para felicitarme entre risas, pegué la oreja a la puerta. Pronto descubrí varias cosas, por ejemplo, que no éramos ricos. También supe que papá había escondido ese dinero de nosotras. Que mamá en realidad no quería hacer una broma, ella sabía desde el principio que aquello no iba a hacer reír a nadie.

Me enteré de que teníamos problemas de dinero y que aquella circunstancia enmarcaba las frustraciones, reclamos y gritos en medio de los cuáles había nacido mi hermano Julián.

Más tarde descubriría también que el escudo en la oficina de papá distaba mucho de ser el regalo de un rey.  Podía comprarse en una esquina del centro de la ciudad y en la compra de dos escudos venía de regalo un abrecartas de madera con el mango en forma de búho.

La semana pasada mi padre murió y yo regresé a casa en busca de aquel escudo, pero nadie, ni Julián ni mi mamá, supo darme razón acerca de él.

He pensado en mencionarle a mi madre el día del libro y el dinero pero temo mucho que por vergüenza u olvido ella haya trasladado ese recuerdo al cajón de las incertidumbres, de lo que quién sabe si fue. Y las pérdidas, ya se sabe, es mejor dosificarlas.

 

Lolbé González

Sitios incomunicables

Hay lugares que son sólo míos. Ya sea porque en ellos encuentro remanencias de un silencio esquivo (de esos útiles en los días de guerra) o porque en su interior habita la oscuridad cerrada, el diablo de la infancia.

Dentro esos lugares acomodo, en orden alfabético y por colores, los secretos que me crecen debajo de la lengua o atrás de las orejas. Así, para protegerlos, construyo murallas, laberintos, cuevas subterráneas y puertas protegidas con toda clase de contraseñas:

  1. El nombre de mi primer pez
  2. El número de lunares que tengo en el brazo izquierdo
  3. El único cuento que mi padre solía contarme antes de dormir

A veces, cuando amo a alguien, empiezo por contarle de la posible existencia de estos lugares y, así, voy preparando el terreno para el caso de que un día yo quiera invitarle a dar un recorrido.

Algunos han escuchado con una incredulidad tal que no me atrevo ni siquiera a mencionar de nuevo los nombres de esos territorios imposibles.

Otros se han apresurado creyendo, en un alarde de brusquedad, que la mejor forma de acceder a esos sitios es forzar las puertas: empujar, arruinar la cerradura, incendiar las chapas. Tras aquello, mis lugares terminan como una ciudad saqueada, sin nada que ofrecer más que ruinas, polvo, pedazos de espejo. El único remedio es la clausura temporal y, miles de años después, la reconstrucción en solitario.

Hay quien, una vez que ha accedido al lugar, intenta imponer su orden o hacer observaciones sobre cómo debería decorarse un sitio de esas dimensiones. Toma uno de los secretos y, tras leer la etiqueta de clasificación, dice cosas como “esto no debería estar aquí”.

Otros pocos, los menos, hacen el recorrido y observan de forma atenta, pero sin asombro. Sé entonces que ellos guardan mapas de sitios similares con contraseñas quizá más complicadas que las mías.

Pero también hay otro tipo de visitantes, los que no se exaltan ante la noticia de un suelo inesperado, los que esperan detalles de la ubicación con la paciencia de un viajero de mil años. A esos (pero sobre todo a esas) les pido sus ojos, sus oídos. Les escribo, con una caligrafía impecable, la invitación para que estén siempre. Para que, por favor, no se vayan.

 

Lolbé González Arceo

Ausencia programada

Julián salió de mi casa una tarde de jueves, casi cuarenta y cinco minutos después de que terminó la transmisión en vivo del partido de futbol.

Lo primero que hice tras escuchar el sonido de la puerta al cerrarse fue mirar el reloj, eran las 6:53pm. Me quedé ahí parada, como si de mi quietud dependiera la única posibilidad de que el universo conservara su forma. Contemplé el girar de las agujas hasta que dieron las 7:01 y Pitahaya, la que hasta entonces había sido nuestra gata, me mordisqueó uno de los dedos de la mano.

Me pareció ilógico que alguien se fuera así, de un momento para otro, porque siempre he tenido claro que lo último que se va es el cuerpo pero hay otras cosas que empiezan a irse desde antes, poco a poco. Traté de entender desde cuándo habría empezado a irse Julián, me llené de rabia al pensar que lo había planeado desde antes de las 3pm de aquel día y que decidió esperar cuatro horas nada más solo para ver, tranquilamente, cómo quedaba el marcador del juego.

Quizá, pensé, su determinación de dejarme había tomado forma esa misma mañana, al abrir los ojos, pero el olor a chilaquiles y café recién tostado lo habían hecho postergar la partida.

Nunca se sabe, a lo mejor las cosas venían desde más atrás, desde el día en que cambié de fecha mi exposición en el museo porque él ya había planeado una cena para los jefes de su compañía. Pudo pensar, por ejemplo, que los ravioles estaban bien y la ensalada en su punto, pero que no podía permanecer tanto tiempo al lado de una persona con tan poca convicción, una que a la primera solicitud lo mueve todo para complacer.

Aun con toda esta evidencia me queda sospecha de que él empezó a irse hace dos años, la noche en la que hablamos por primera vez. Me dijo su nombre a las ocho en punto y lo recuerdo bien porque el reloj de péndulo del salón hizo un escándalo que me obligó a preguntarle de nuevo cómo se llamaba. Estoy segura que desde ese momento supo que se iría un jueves como hoy, a las 6:53pm.

 

Lolbé González Arceo

Las desventuras de Cástulo-escenario

Cástulo-escenario camina con dificultad porque lleva alrededor del cuerpo una complicada estructura en forma de caja, que empieza en la cintura y termina arriba de la cabeza. De este modo, su rostro queda enmarcado a los lados por cortinas de rojo terciopelo y lleva, hasta arriba, un foquito que solo enciende en ocasiones especiales, por ejemplo, siempre que tiene algo que decir.

Se rumora que proviene de un país en donde todos los bebés nacen niño-escenario pero conforme crecen se dan cuenta de que la audiencia les es necesaria para sobrevivir y por eso migran. También dicen que nuestro Cástulo-escenario era un tipo cualquiera que un día rompió el record de ventas de la farmacéutica, presentó una importante tesis postdoctoral o logró introducir un tornillo en la pared sin necesidad de usar taquete, algo así.

Al principio, Cástulo-escenario se moría de pena antes de hacer una intervención:

—Disculpe usted –decía– quisiera opinar algo.

Pero la atención es un talismán que una vez conquistado confiere valor a quien lo posee, así que empezó omitiendo las disculpas antes de hablar y terminó alzando mucho la voz en las conversaciones.

Él sabe que la soberbia es una telaraña vulgar que se instala y se va expandiendo en el interior de los que creen tener conocimiento. Por eso, Cástulo-escenario se acerca con un plumero de buenas intenciones, para explicarle a la enfermera cómo inyectar, al conferencista cómo mantener la atención del público y al niño por qué ese raspón de rodilla no duele tanto como para estar llorando. Para que no se les olvide que todos podemos aprender algo.

Dice el refrán que todos los caminos conducen a Roma pero para Cástulo-escenario todos los caminos conducen a la posibilidad de aportar algo. Despliega con inteligencia sus armas retóricas y de persuasión, de modo que, así se esté hablando de guerras o de uñeros, él logra dar testimonio de los puntos a favor, las curiosidades y las disidencias.

Por eso pasa las tardes estudiando una diversidad de tópicos. Tiene claro que no hay temas menores así que lo mismo conoce sobre alicates, toronjas y materialismo histórico. Practica frente al espejo discretas maneras de tomar la palabra: “les resultará curioso, pero…”, “por increíble que parezca…”, “este dato va a dejarte pensando…”.

Cuentan que una vez se enamoró de una mujer que lo acompañaba a todas las presentaciones. Pero un día Matilde no soltó carcajada alguna en la escena de comedia y él la exilió a la tercera fila de butacas. Poco a poco ella se mudó a la fila dieciséis y a la veintisiete, hasta que un día se fue del todo. Cástulo-escenario tardó muchísimo en darse cuenta y por eso no acertó ni siquiera a saber en qué momento debió de empezar a ponerse triste, así que dejó la tarea para después.

La gente comenta que Cástulo-escenario abandonó la ciudad hace mucho y que es posible que ahora se encuentre en Guatemala o en Perú, pero yo estoy segura de haberlo visto por aquí, explicándole las complejidades del mundo editorial a la directora de una revista.

 

Lolbé González Arceo

TRAICIÓN A LA COSTRA

Arrancarse una costra, es la única manera de regresar el tiempo en el cuerpo, que no en lo demás.

Se empieza por observar de cerca la sangre cancelada. La costra se manifiesta presuntuosa de sus capacidades reconstructivas, asegura “aquí no hay herida”.

No la arranques —dijeron— te va a quedar la cicatriz.

Pero lo que quiso ser advertencia se trocó en invitación. Por eso deslizaste una uña por debajo. Primero solo un poco, nada más hasta sentir la punzada que te remitiera al dolor de origen.

Uno se hace al dolor por eso hay quien, en un afán de dar cabida a la lamentación perpetua,  espera con ansias la consolidación de la costra sólo para arrancarla de nuevo. Para deshacer en un instante lo que los días construyeron milímetro a milímetro.

En ocasiones, desprender la costra es la única manera de mostrarle a otro lo que hay debajo. Algunos se quedan a mirar todo el espectáculo mientras hacen secreta memoria de sus propias costras ausentes y otros, a medio desprendimiento, se distraen con la contemplación de algún insecto en tránsito.

¿Qué te pasó aquí?, preguntó Inés esa noche, mientras clavaba el dedo sobre mi piel.

Lo malo es que una vez arrancada la costra hay que mirar de nuevo el proceso de cicatrización. La piel queda de un rosado casi radioactivo y la sangre mana fingiéndose herida nueva.

El dolor no aflige menos pero, ya exento de incertidumbre, despojado de toda esperanza y carente de aspiraciones, es posible contemplarlo como se contempla el desplazamiento de un caracol o la cubeta que se va llenando bajo el chorro de agua.

Lolbé González Arceo

Felicidad por turnos

Malena se despierta por la mañana, sacudida por la mano del destino o, quizá, por el olor a hotcakes que se ha deslizado por debajo de su puerta hasta susurrarle al oído que es conveniente levantarse. Piensa que es afortunada de tener ocho años y vivir en la casa de una mamá que hace los mejores desayunos.

En ese lugar a veces ocurren cosas felices o desgraciadas, pero esta vez se trata de un evento feliz porque hubo un sobrante de la quincena con el que la mamá de Malena dio el primer pago para un estéreo. Es un estéreo blanco, como del futuro, con superficie brillante. Un estéreo-promesa.

Debería de haber un nombre para lo que se da antes de una promesa, lo que acompaña a la promesa antes de que esta sea formulada, piensa Malena. Porque ve en los ojos de Martha, la mamá, una alegría que de tan desaparecida ya la daba por extinta y no sabe cómo nombrarla.

De la caja salen unos trozos de nieve seca y el estéreo envuelto en plástico con burbujas. Los ojos de Malena se ponen repletos de lo que hasta hace unos momentos estaba contenido en los de su mamá, esa sustancia que no es la felicidad en sí misma sino un líquido prefelicidad hecho del mismo material del que están formadas las lágrimas.

La prefelicidad de Malena no es a causa del estéreo-promesa ni de los discos de Pablo Milanés que ahora podrán escuchar durante las fiestas. Está al fondo de la caja y no tiene color sino aire encerrado en almohadillas redondas que parecen ampollas o burbujas atrapadas.

Por esa capacidad que tienen algunos niños de ver tesoros en cualquier lugar, Malena imagina lo mucho que va a divertirse reventando las burbujas de a una, estirando el plástico hasta que éste explote. Se ve a sí misma, en un futuro posible, liberando pequeñas porciones de viento contenidas en las prisiones circulares, casi las escucha hacer poc entre sus pequeños dedos.

Por esa capacidad que tienen las madres para anticipar catástrofes y pleitos entre los hijos, Malena se cuida muy bien de no demostrarle a su mamá que tiene interés en el plástico, lo que significaría que Rodri, el hermano menor, puede interesarse también y que habría que dividir a la mitad el hallazgo. Por eso la niña esquiva la mirada de Martha, para que nadie le note la prefelicidad en los ojos. Así que Malena se ofrece a sacar la basura, dobla su tesoro en ocho partes y se lo coloca entre el calzón y la espalda, como una pequeña joroba que se disimula gracias al holgado vestido de flores.

Después de instalado el estéreo-promesa caminan Malena, la madre y Rodri a casa de la abuela. Es peligroso porque la madre puede tocar la espalda de Malena y darse cuenta de que algo no anda bien así que la niña mantiene un poco la distancia, pero sin bajarse de la acera. Concluye que si cuenta las líneas del asfalto, si se concentra exclusivamente en enumerarlas, llegará a casa de la abuela sin ser descubierta.

Una vez ahí la madre se despide, tiene que regresar a la oficina.  Entonces Malena puede ir al baño a limpiarse un poco la espalda sudorosa y a liberar su plástico-promesa porque la abuela nunca la obliga a compartir, sólo le dice mi Malena, y le da un beso en el pelo o le hace un pellizco suave en la nariz.

Pero el olor a buñuelos recién hechos provoca que Malena baje la guardia y aparte la vista del plástico aquel, con todas sus promesas de felicidad. Es entonces cuando Tomás, el primo más pequeño, encuentra las burbujas y se pone a saltar sobre ellas. Pero es tan chico Tomás que rebota y tarda mucho en poder reventarlas todas.

Malena disfruta las carcajadas de Tomás y al mismo tiempo resiste la angustia de presenciar cómo, lo que estuvo tan cerca de ser, acaba no siendo. Mira el espectáculo hasta que aquello queda convertido en un plástico liso, roto y sucio a causa de la suela de los pequeños zapatos. Entonces se limpia la boca llena de migajas de buñuelo con miel, se acuesta boca abajo en la cama y llora debajo de una almohada hasta que todo alrededor de su rostro se vuelve caliente y da trabajo respirar. O más bien, hasta que la abuela la encuentra y le pregunta qué pasó, y más adelante ¿por qué no le dijiste a Tomasito que el plástico era tuyo?.

Tienes que decir las cosas, dice la abuela Espero que sea lección aprendida, agrega. Le besa la frente y le da un buñuelo más que a los otros nietos. Pero Malena solo aprende que a veces, para que unos sean felices otros tienen que sentarse y mirar, que en ocasiones la felicidad es por turnos.

Lolbé González Arceo

Accidente gramatical

Del lat. simulāre.

  1. tr. Representar algo, fingiendo o imitando lo que no es.

 

Yo simulo: que las cicatrices son marcas antiguas y no dolores actuales, que tengo derecho de escribir, que estos límites no los pasa nadie, que las cosas estarán bajo control, que puedo ganarle al tiempo, que soy capaz dar amor sin esperar nada a cambio, que prefiero la comida saludable, que estoy segura de lo que hago, que me deslizo sin sobresaltos por las paredes del sueño.

 

Tú, ¿simulas? Que estás comportándote como dios manda, que si te organizas vas lograr estirar la quincena, que los zapatos no te aprietan, que la oficina no te ahoga, que tienes paciencia para hacer la tarea con los niños, que sabes hacia dónde vas y conoces qué día pasa el camión de la basura, que si clasificas los desechos el mundo se acabará menos pronto, que se puede vivir con un secreto como el tuyo.

 

Él, sin duda, simula que las cosas se pueden retomar, que es cuestión de ignorar el peso de los días, que más vale la paz, que somos lo que deberíamos estar siendo, que no se necesita otra cosa.

 

Ella simula que es cuestión de adaptarse, que el tiempo es el mejor maestro, que no hay razón para tomar virajes drásticos. Que de los errores hay que aprender porque no se puede andar cometiéndolos tantas veces.

 

Está claro, nosotros simulamos. Ustedes, ¿simulan?

 

Lolbé González Arceo

Fecha

La primera vez que me preguntaste la fecha pensé que hacía demasiado calor como para que tuvieras dos blusas encima. Quisiste saber cómo iba con mi vida y te dije que bien, sin más detalles, porque nunca sé cómo contestar a eso.

La segunda vez que me preguntaste la fecha pensé que había sido una distracción, así que te expliqué las actividades de los días anteriores para que no hubiera lugar a dudas. Platicamos del almuerzo de la semana pasada y de que mi tío te llevó al banco para que pudieras cobrar la pensión.

La tercera vez, empecé a sentirme nerviosa. Preguntabas como quien lo hace por primera vez en la historia de la humanidad y tu semblante reflejó una sorpresa que me llenó de miedo cuando te dije que era trece. Trece de enero.

Intentando disimular te hablé sobre otras cosas, lancé interrogaciones acerca de cómo iba el negocio y qué tan bien te habías sentido en los últimos días. Tú me explicaste que el cuerpo te fallaba y que el hombro estaba que no lo podías aguantar. También me dijiste que los negocios iban flojos, que a estas alturas nadie te había pagado, y entonces preguntaste “¿Qué fecha es hoy?”.

Te miré lo más cerca que puede mirarse a alguien mientras revisabas en tu libreta un dato que (qué curioso) ya no recuerdo cuál era. Miré el reloj, era momento de irme. Te di besos deseperados y te dije que regresaba el miércoles para conversar.

Tú quisiste saber cuánto faltaba para el miércoles así que  preguntaste: ¿qué fecha es hoy?

 

Lolbé González Arceo

Qué hacer en caso de simulacro

Guarda la calma y sitúate en las circunstancias de un peligro posible con la tranquilidad de saber que no corres ningún riesgo.

Evalúa la situación. Para esto será de mucha utilidad mirar a los demás, en los rostros de angustia o la risa nerviosa podrás comprobar que se trata de un simulacro. A fin de cuentas, es en la mirada ajena en donde se encuentran muchas de las respuestas.

Puede darse el caso, quizá por el poder de la sugestión, de que sientas que estás a punto de incendiarte, que se te calienta el cuerpo, que te cuesta respirar. Aun así, será mejor que actúes con la tranquilidad de quien conoce que esto es casi un juego, que no vas a morir hoy, no en este edificio ni con estas personas.

Lee los signos del antes: ¿Viste algo raro en las últimas horas?, ¿los animales se comportaron de forma diferente?, ¿se te erizó la piel sin razón? Si en la reconstrucción del pasado cercano no encuentras los rasgos premonitorios de la catástrofe, respira.

Evita hacer el repaso de tus faltas, de los adioses pendientes y de los pecados menores, eso sólo agravará tu estado de agitación y te impedirá, en caso de que esa sea la consigna, salir ordenadamente del lugar.

Algunas veces, durante el simulacro, se hará un corte en la energía eléctrica para dar una mayor sensación de realismo, para ayudar a los que les es difícil creer. En ese caso deberás guiarte por las paredes y los cuerpos. Toma una mano, la primera que encuentres, y no te dejes obnubilar por la aparente intimidad del momento.

Por los próximos minutos no eres más un individuo. Formas parte de un grupo y, como tal, debes olvidarte del albedrío y demás aptitudes individualistas. Tenlo presente.

Refúgiate en la condición de mentira de todo simulacro, recuerda que está en su naturaleza hacerte creer que caminas en la orilla del abismo sin que esto sea cierto.

Es el fingimiento, ese de pacto de ficción entre los participantes, lo que te pondrá a salvo así que hazlo bien. Si es posible mantén un rostro sereno y repite hacia tus adentros “esto es un simulacro”.

Alguna vez una mujer deseó que la emergencia fuera real porque de esa forma habría encontrado un uso práctico para el pánico que ya traía consigo, pero esos son casos muy aislados.

Tú, que no eres un caso aislado, sitúate en el punto de reunión y, una vez congregados todos, alégrate de que la mayoría de ustedes se habría salvado. Resalta las virtudes de tus compañeros, el liderazgo de una, la serenidad de aquel.

Durante el resto del día prescinde de las conversaciones acerca de la inminencia de la muerte y aborda temas neutrales como las noticias o el clima.

Por la noche, justo antes de dormir, alégrate de haberte apegado al guion, de haber colocado la razón por encima del impulso. Algún día la emergencia será real y la práctica del simulacro fortalecerá tu creencia de que ese día estarás a salvo.

 

Lolbé González Arceo