Ausencia programada

Julián salió de mi casa una tarde de jueves, casi cuarenta y cinco minutos después de que terminó la transmisión en vivo del partido de futbol.

Lo primero que hice tras escuchar el sonido de la puerta al cerrarse fue mirar el reloj, eran las 6:53pm. Me quedé ahí parada, como si de mi quietud dependiera la única posibilidad de que el universo conservara su forma. Contemplé el girar de las agujas hasta que dieron las 7:01 y Pitahaya, la que hasta entonces había sido nuestra gata, me mordisqueó uno de los dedos de la mano.

Me pareció ilógico que alguien se fuera así, de un momento para otro, porque siempre he tenido claro que lo último que se va es el cuerpo pero hay otras cosas que empiezan a irse desde antes, poco a poco. Traté de entender desde cuándo habría empezado a irse Julián, me llené de rabia al pensar que lo había planeado desde antes de las 3pm de aquel día y que decidió esperar cuatro horas nada más solo para ver, tranquilamente, cómo quedaba el marcador del juego.

Quizá, pensé, su determinación de dejarme había tomado forma esa misma mañana, al abrir los ojos, pero el olor a chilaquiles y café recién tostado lo habían hecho postergar la partida.

Nunca se sabe, a lo mejor las cosas venían desde más atrás, desde el día en que cambié de fecha mi exposición en el museo porque él ya había planeado una cena para los jefes de su compañía. Pudo pensar, por ejemplo, que los ravioles estaban bien y la ensalada en su punto, pero que no podía permanecer tanto tiempo al lado de una persona con tan poca convicción, una que a la primera solicitud lo mueve todo para complacer.

Aun con toda esta evidencia me queda sospecha de que él empezó a irse hace dos años, la noche en la que hablamos por primera vez. Me dijo su nombre a las ocho en punto y lo recuerdo bien porque el reloj de péndulo del salón hizo un escándalo que me obligó a preguntarle de nuevo cómo se llamaba. Estoy segura que desde ese momento supo que se iría un jueves como hoy, a las 6:53pm.

 

Lolbé González Arceo

Las desventuras de Cástulo-escenario

Cástulo-escenario camina con dificultad porque lleva alrededor del cuerpo una complicada estructura en forma de caja, que empieza en la cintura y termina arriba de la cabeza. De este modo, su rostro queda enmarcado a los lados por cortinas de rojo terciopelo y lleva, hasta arriba, un foquito que solo enciende en ocasiones especiales, por ejemplo, siempre que tiene algo que decir.

Se rumora que proviene de un país en donde todos los bebés nacen niño-escenario pero conforme crecen se dan cuenta de que la audiencia les es necesaria para sobrevivir y por eso migran. También dicen que nuestro Cástulo-escenario era un tipo cualquiera que un día rompió el record de ventas de la farmacéutica, presentó una importante tesis postdoctoral o logró introducir un tornillo en la pared sin necesidad de usar taquete, algo así.

Al principio, Cástulo-escenario se moría de pena antes de hacer una intervención:

—Disculpe usted –decía– quisiera opinar algo.

Pero la atención es un talismán que una vez conquistado confiere valor a quien lo posee, así que empezó omitiendo las disculpas antes de hablar y terminó alzando mucho la voz en las conversaciones.

Él sabe que la soberbia es una telaraña vulgar que se instala y se va expandiendo en el interior de los que creen tener conocimiento. Por eso, Cástulo-escenario se acerca con un plumero de buenas intenciones, para explicarle a la enfermera cómo inyectar, al conferencista cómo mantener la atención del público y al niño por qué ese raspón de rodilla no duele tanto como para estar llorando. Para que no se les olvide que todos podemos aprender algo.

Dice el refrán que todos los caminos conducen a Roma pero para Cástulo-escenario todos los caminos conducen a la posibilidad de aportar algo. Despliega con inteligencia sus armas retóricas y de persuasión, de modo que, así se esté hablando de guerras o de uñeros, él logra dar testimonio de los puntos a favor, las curiosidades y las disidencias.

Por eso pasa las tardes estudiando una diversidad de tópicos. Tiene claro que no hay temas menores así que lo mismo conoce sobre alicates, toronjas y materialismo histórico. Practica frente al espejo discretas maneras de tomar la palabra: “les resultará curioso, pero…”, “por increíble que parezca…”, “este dato va a dejarte pensando…”.

Cuentan que una vez se enamoró de una mujer que lo acompañaba a todas las presentaciones. Pero un día Matilde no soltó carcajada alguna en la escena de comedia y él la exilió a la tercera fila de butacas. Poco a poco ella se mudó a la fila dieciséis y a la veintisiete, hasta que un día se fue del todo. Cástulo-escenario tardó muchísimo en darse cuenta y por eso no acertó ni siquiera a saber en qué momento debió de empezar a ponerse triste, así que dejó la tarea para después.

La gente comenta que Cástulo-escenario abandonó la ciudad hace mucho y que es posible que ahora se encuentre en Guatemala o en Perú, pero yo estoy segura de haberlo visto por aquí, explicándole las complejidades del mundo editorial a la directora de una revista.

 

Lolbé González Arceo

TRAICIÓN A LA COSTRA

Arrancarse una costra, es la única manera de regresar el tiempo en el cuerpo, que no en lo demás.

Se empieza por observar de cerca la sangre cancelada. La costra se manifiesta presuntuosa de sus capacidades reconstructivas, asegura “aquí no hay herida”.

No la arranques —dijeron— te va a quedar la cicatriz.

Pero lo que quiso ser advertencia se trocó en invitación. Por eso deslizaste una uña por debajo. Primero solo un poco, nada más hasta sentir la punzada que te remitiera al dolor de origen.

Uno se hace al dolor por eso hay quien, en un afán de dar cabida a la lamentación perpetua,  espera con ansias la consolidación de la costra sólo para arrancarla de nuevo. Para deshacer en un instante lo que los días construyeron milímetro a milímetro.

En ocasiones, desprender la costra es la única manera de mostrarle a otro lo que hay debajo. Algunos se quedan a mirar todo el espectáculo mientras hacen secreta memoria de sus propias costras ausentes y otros, a medio desprendimiento, se distraen con la contemplación de algún insecto en tránsito.

¿Qué te pasó aquí?, preguntó Inés esa noche, mientras clavaba el dedo sobre mi piel.

Lo malo es que una vez arrancada la costra hay que mirar de nuevo el proceso de cicatrización. La piel queda de un rosado casi radioactivo y la sangre mana fingiéndose herida nueva.

El dolor no aflige menos pero, ya exento de incertidumbre, despojado de toda esperanza y carente de aspiraciones, es posible contemplarlo como se contempla el desplazamiento de un caracol o la cubeta que se va llenando bajo el chorro de agua.

Lolbé González Arceo

Felicidad por turnos

Malena se despierta por la mañana, sacudida por la mano del destino o, quizá, por el olor a hotcakes que se ha deslizado por debajo de su puerta hasta susurrarle al oído que es conveniente levantarse. Piensa que es afortunada de tener ocho años y vivir en la casa de una mamá que hace los mejores desayunos.

En ese lugar a veces ocurren cosas felices o desgraciadas, pero esta vez se trata de un evento feliz porque hubo un sobrante de la quincena con el que la mamá de Malena dio el primer pago para un estéreo. Es un estéreo blanco, como del futuro, con superficie brillante. Un estéreo-promesa.

Debería de haber un nombre para lo que se da antes de una promesa, lo que acompaña a la promesa antes de que esta sea formulada, piensa Malena. Porque ve en los ojos de Martha, la mamá, una alegría que de tan desaparecida ya la daba por extinta y no sabe cómo nombrarla.

De la caja salen unos trozos de nieve seca y el estéreo envuelto en plástico con burbujas. Los ojos de Malena se ponen repletos de lo que hasta hace unos momentos estaba contenido en los de su mamá, esa sustancia que no es la felicidad en sí misma sino un líquido prefelicidad hecho del mismo material del que están formadas las lágrimas.

La prefelicidad de Malena no es a causa del estéreo-promesa ni de los discos de Pablo Milanés que ahora podrán escuchar durante las fiestas. Está al fondo de la caja y no tiene color sino aire encerrado en almohadillas redondas que parecen ampollas o burbujas atrapadas.

Por esa capacidad que tienen algunos niños de ver tesoros en cualquier lugar, Malena imagina lo mucho que va a divertirse reventando las burbujas de a una, estirando el plástico hasta que éste explote. Se ve a sí misma, en un futuro posible, liberando pequeñas porciones de viento contenidas en las prisiones circulares, casi las escucha hacer poc entre sus pequeños dedos.

Por esa capacidad que tienen las madres para anticipar catástrofes y pleitos entre los hijos, Malena se cuida muy bien de no demostrarle a su mamá que tiene interés en el plástico, lo que significaría que Rodri, el hermano menor, puede interesarse también y que habría que dividir a la mitad el hallazgo. Por eso la niña esquiva la mirada de Martha, para que nadie le note la prefelicidad en los ojos. Así que Malena se ofrece a sacar la basura, dobla su tesoro en ocho partes y se lo coloca entre el calzón y la espalda, como una pequeña joroba que se disimula gracias al holgado vestido de flores.

Después de instalado el estéreo-promesa caminan Malena, la madre y Rodri a casa de la abuela. Es peligroso porque la madre puede tocar la espalda de Malena y darse cuenta de que algo no anda bien así que la niña mantiene un poco la distancia, pero sin bajarse de la acera. Concluye que si cuenta las líneas del asfalto, si se concentra exclusivamente en enumerarlas, llegará a casa de la abuela sin ser descubierta.

Una vez ahí la madre se despide, tiene que regresar a la oficina.  Entonces Malena puede ir al baño a limpiarse un poco la espalda sudorosa y a liberar su plástico-promesa porque la abuela nunca la obliga a compartir, sólo le dice mi Malena, y le da un beso en el pelo o le hace un pellizco suave en la nariz.

Pero el olor a buñuelos recién hechos provoca que Malena baje la guardia y aparte la vista del plástico aquel, con todas sus promesas de felicidad. Es entonces cuando Tomás, el primo más pequeño, encuentra las burbujas y se pone a saltar sobre ellas. Pero es tan chico Tomás que rebota y tarda mucho en poder reventarlas todas.

Malena disfruta las carcajadas de Tomás y al mismo tiempo resiste la angustia de presenciar cómo, lo que estuvo tan cerca de ser, acaba no siendo. Mira el espectáculo hasta que aquello queda convertido en un plástico liso, roto y sucio a causa de la suela de los pequeños zapatos. Entonces se limpia la boca llena de migajas de buñuelo con miel, se acuesta boca abajo en la cama y llora debajo de una almohada hasta que todo alrededor de su rostro se vuelve caliente y da trabajo respirar. O más bien, hasta que la abuela la encuentra y le pregunta qué pasó, y más adelante ¿por qué no le dijiste a Tomasito que el plástico era tuyo?.

Tienes que decir las cosas, dice la abuela Espero que sea lección aprendida, agrega. Le besa la frente y le da un buñuelo más que a los otros nietos. Pero Malena solo aprende que a veces, para que unos sean felices otros tienen que sentarse y mirar, que en ocasiones la felicidad es por turnos.

Lolbé González Arceo

Accidente gramatical

Del lat. simulāre.

  1. tr. Representar algo, fingiendo o imitando lo que no es.

 

Yo simulo: que las cicatrices son marcas antiguas y no dolores actuales, que tengo derecho de escribir, que estos límites no los pasa nadie, que las cosas estarán bajo control, que puedo ganarle al tiempo, que soy capaz dar amor sin esperar nada a cambio, que prefiero la comida saludable, que estoy segura de lo que hago, que me deslizo sin sobresaltos por las paredes del sueño.

 

Tú, ¿simulas? Que estás comportándote como dios manda, que si te organizas vas lograr estirar la quincena, que los zapatos no te aprietan, que la oficina no te ahoga, que tienes paciencia para hacer la tarea con los niños, que sabes hacia dónde vas y conoces qué día pasa el camión de la basura, que si clasificas los desechos el mundo se acabará menos pronto, que se puede vivir con un secreto como el tuyo.

 

Él, sin duda, simula que las cosas se pueden retomar, que es cuestión de ignorar el peso de los días, que más vale la paz, que somos lo que deberíamos estar siendo, que no se necesita otra cosa.

 

Ella simula que es cuestión de adaptarse, que el tiempo es el mejor maestro, que no hay razón para tomar virajes drásticos. Que de los errores hay que aprender porque no se puede andar cometiéndolos tantas veces.

 

Está claro, nosotros simulamos. Ustedes, ¿simulan?

 

Lolbé González Arceo

Fecha

La primera vez que me preguntaste la fecha pensé que hacía demasiado calor como para que tuvieras dos blusas encima. Quisiste saber cómo iba con mi vida y te dije que bien, sin más detalles, porque nunca sé cómo contestar a eso.

La segunda vez que me preguntaste la fecha pensé que había sido una distracción, así que te expliqué las actividades de los días anteriores para que no hubiera lugar a dudas. Platicamos del almuerzo de la semana pasada y de que mi tío te llevó al banco para que pudieras cobrar la pensión.

La tercera vez, empecé a sentirme nerviosa. Preguntabas como quien lo hace por primera vez en la historia de la humanidad y tu semblante reflejó una sorpresa que me llenó de miedo cuando te dije que era trece. Trece de enero.

Intentando disimular te hablé sobre otras cosas, lancé interrogaciones acerca de cómo iba el negocio y qué tan bien te habías sentido en los últimos días. Tú me explicaste que el cuerpo te fallaba y que el hombro estaba que no lo podías aguantar. También me dijiste que los negocios iban flojos, que a estas alturas nadie te había pagado, y entonces preguntaste “¿Qué fecha es hoy?”.

Te miré lo más cerca que puede mirarse a alguien mientras revisabas en tu libreta un dato que (qué curioso) ya no recuerdo cuál era. Miré el reloj, era momento de irme. Te di besos deseperados y te dije que regresaba el miércoles para conversar.

Tú quisiste saber cuánto faltaba para el miércoles así que  preguntaste: ¿qué fecha es hoy?

 

Lolbé González Arceo

Qué hacer en caso de simulacro

Guarda la calma y sitúate en las circunstancias de un peligro posible con la tranquilidad de saber que no corres ningún riesgo.

Evalúa la situación. Para esto será de mucha utilidad mirar a los demás, en los rostros de angustia o la risa nerviosa podrás comprobar que se trata de un simulacro. A fin de cuentas, es en la mirada ajena en donde se encuentran muchas de las respuestas.

Puede darse el caso, quizá por el poder de la sugestión, de que sientas que estás a punto de incendiarte, que se te calienta el cuerpo, que te cuesta respirar. Aun así, será mejor que actúes con la tranquilidad de quien conoce que esto es casi un juego, que no vas a morir hoy, no en este edificio ni con estas personas.

Lee los signos del antes: ¿Viste algo raro en las últimas horas?, ¿los animales se comportaron de forma diferente?, ¿se te erizó la piel sin razón? Si en la reconstrucción del pasado cercano no encuentras los rasgos premonitorios de la catástrofe, respira.

Evita hacer el repaso de tus faltas, de los adioses pendientes y de los pecados menores, eso sólo agravará tu estado de agitación y te impedirá, en caso de que esa sea la consigna, salir ordenadamente del lugar.

Algunas veces, durante el simulacro, se hará un corte en la energía eléctrica para dar una mayor sensación de realismo, para ayudar a los que les es difícil creer. En ese caso deberás guiarte por las paredes y los cuerpos. Toma una mano, la primera que encuentres, y no te dejes obnubilar por la aparente intimidad del momento.

Por los próximos minutos no eres más un individuo. Formas parte de un grupo y, como tal, debes olvidarte del albedrío y demás aptitudes individualistas. Tenlo presente.

Refúgiate en la condición de mentira de todo simulacro, recuerda que está en su naturaleza hacerte creer que caminas en la orilla del abismo sin que esto sea cierto.

Es el fingimiento, ese de pacto de ficción entre los participantes, lo que te pondrá a salvo así que hazlo bien. Si es posible mantén un rostro sereno y repite hacia tus adentros “esto es un simulacro”.

Alguna vez una mujer deseó que la emergencia fuera real porque de esa forma habría encontrado un uso práctico para el pánico que ya traía consigo, pero esos son casos muy aislados.

Tú, que no eres un caso aislado, sitúate en el punto de reunión y, una vez congregados todos, alégrate de que la mayoría de ustedes se habría salvado. Resalta las virtudes de tus compañeros, el liderazgo de una, la serenidad de aquel.

Durante el resto del día prescinde de las conversaciones acerca de la inminencia de la muerte y aborda temas neutrales como las noticias o el clima.

Por la noche, justo antes de dormir, alégrate de haberte apegado al guion, de haber colocado la razón por encima del impulso. Algún día la emergencia será real y la práctica del simulacro fortalecerá tu creencia de que ese día estarás a salvo.

 

Lolbé González Arceo

Gallinas perversas

“¿Qué es lo que había en sus vísceras para hacer de ella un ser?”

Clarice Lispector

Mi familia se rige por los refranes, los utiliza como bálsamo, referente de certidumbre y advertencia para las futuras generaciones. Mi abuela suele decir, por ejemplo, “gallina que come huevo, ni que le cortes el pico”.

Hace muchos años teníamos una pequeña granja para uso familiar con la que mi abuela nos suministraba productos básicos porque, visionaria, pensaba que lo que se vendía en el supermercado estaba lleno de hormonas y conservadores.

Así que, cuando se trata de gallinas, ella sabe de lo que habla. Porque si alguna vez, a causa de la lluvia o el cansancio, omitía la tarea de ir a darles de comer, ellas, desafiando el eterno tabú del canibalismo, adquirían una especie de locura y devoraban los huevos que habían puesto. Ya entradas en ese trajín incluso consumían los huevos de las demás, desconociendo del todo el concepto de propiedad privada.

No lo hacían sólo una tarde para sobrevivir, sino que, una vez atravesado el límite, ciertas gallinas, presas de una perversidad naciente, se quedaban atadas a ese vicio y lo repetían como si de aquello les dependiera la vida. No querían más alimento convencional y la tortilla remojada, otrora manjar, comenzaba a resultarles un platillo desabrido y soso.

Ante esto, el único remedio era sacrificar a la gallina perversa porque el vicio era contagioso. Ya lo habíamos visto antes, pronto las demás, por imitación o sonsacamiento, comenzarían a poner y comerse los huevos con un frenesí propio del delirio.

Con esta ilustrativa y cruel situación mi abuela nos explicó, pasado el tiempo, que “a algunos toros es mejor mirarlos desde la barrera”, es decir, la importancia de evitar determinados gustos que pueden quedarse anclados para siempre a las costumbres personales.

Debido a esto, por mucho tiempo me he reservado de cruzar ciertos territorios, a causa del añejo temor de perder la cordura y, como esas gallinas, no regresar nunca más a la senda del bien.

La cosa es que, en estos días, destruir las cosas, repensarlas, se me está dando con frecuencia. A diferencia de las aves de corral yo no estoy impulsada por una necesidad fisiológica, mi locura es de un tipo incierto.

Tendría unos seis años la primera vez que fui consciente de esto. Pasábamos las vacaciones en un pequeño pueblo de Campeche. Mi mamá y mi tía, muy jóvenes por entonces, entretenían a mi hermana haciendo una torre con pequeñas fichas de madera del tamaño de un dominó, eran pedazos de tablas que habían sobrado de la construcción del gallinero.

Mientras las miraba me di cuenta de que a mí nadie buscaba entretenerme porque ya se sabía que yo era la que podía quedarse mucho rato sentada, sin molestar. Quise entonces ser como los niños que hacían berrinche para obtener un dulce o como esos otros que trepaban árboles. No porque todo el tiempo hubiera estado conteniéndome de hacerlo sino porque quería ser lo que hasta entonces no había sido. Me puse de pie y me acerqué a ellas.

—Mira, ya pusimos las fichas bien alto –dijo mi tía.

Sin pensarlo mucho levanté del suelo mi pequeña sandalia ortopédica y di una suave patada que bastó para derrumbar el edificio de tablitas. Observé sus caras y supe que había hecho algo importante, luego me fui al fondo del patio a buscar caracoles.

Somos nuestra consciencia, pero también somos la pequeña suma de actos que terminan por definirnos, por trazar una senda. A veces, como en aquella ocasión, solo se necesita probar que uno todavía está a tiempo de ser otra cosa, incluso una completamente distinta si es que así se lo propone, pero creo que siempre se empieza por observar, eso es también una parte del proceso.

Aun así, algunas veces todavía amanezco con el recuerdo de una pesadilla en la que una mano delgada me expulsa del cálido gallinero y se ve obligada a sacrificarme porque no sé comportarme como dios manda que debe hacerlo una buena ave de corral. Quizá es debido a que el sueño se ha repetido muchas veces, pero últimamente despierto sin miedo.

Visitante epitelial

Hace unas semanas me apareció sobre la frente una arruga vertical, arriba de la nariz, donde empieza la ceja derecha.

La primera vez que la percibí hice como no la veía. Pensé que podía ser efecto de la luz o que sería de esas que nada más salen por día como producto de haber dormido aplastando una parte del rostro.

Circulan una gran cantidad de advertencias, sobre todo entre los adultos mayores, acerca del peligro de que un mal viento coincida con una mueca desafortunada y entonces uno se quede así para siempre. Quise creer que aquel no sería mi caso.

Por la tarde, después de pensarlo un rato, decidí que después de bañarme iba a mirarla de frente, como se tienen que mirar las cosas que incomodan.

Me desenredé el cabello despacio, preparándome para la ceremonia de encararla, dejé la toalla de lado y me acerqué a mi reflejo. Exploré pecas, poros, vellos y la encontré, indiferente a mis observaciones, decidida a quedarse ahí como si aquel territorio le perteneciera desde siempre.

Los cazadores de significados, entre los que me incluyo, tenemos la tara de leer señales donde no las hay. Para cubrir todos los frentes acudo al psicoanalista, consulto el tarot, reviso mi horóscopo, descifro la forma de las nubes y le pregunto a mi abuela qué opina de tal o cual cosa.

Interpreto mi nueva arruga similar a las marcas que hacen los náufragos para no perder la cuenta de los días, en particular de estos, en los que todo está ocurriendo, días en los que tragedias, nacimientos, adioses y sueños convergen.

No lo veo como una forma de escapar a la realidad sino como un medio para expandirla, crearle un aparte en mi universo personal que dilata la experiencia y me permite verla bajo un impreciso microscopio, observarla con detenimiento.

Le he mostrado mi arruga a algunas personas que, preocupadas por mi frágil vanidad, me dicen que ni siquiera se nota, que es apenas una línea de expresión. Ensimismada en mis interpretaciones no he podido explicar que más que avergonzarme me emociona la idea de que todos podemos levantarnos un día sin reconocernos, siendo, gracias a algún añadido, alguien diferente.

Lolbé González Arceo

Lección de pesca

El pez, ese que muere por la boca, ignora –entre otras cosas– que vive dentro del agua

y que, en el mundo de afuera, los niños juegan pesca–pesca (el que lo dijo la pesca) que consiste en correr y ponerse a salvo o correr y ser alcanzados.

Es necesario hacer la precisión de que en el juego infantil perder significa convertirse en predadores de otros, cosa que para los pescados significa morirse.

El pez deambula frente al tentador anzuelo sin entender de festividades ni atinar a comprender por qué en cierta época del año las personas canturrean afirmando que reiterativamente se bebe el río.

—Si está fuera del agua se dice pescado –aclara alguien.

Y Juan piensa que sería maravilloso poderse llamar Ramón cada vez que abandona la casa, ser alguien distinto, empezar otra vez.

Pescar significa capturar algo, pero a un pez, además de atraparlo, es preciso hacerlo morir o bien, dejar que se muera. Mirar su danza frenética, ese baile de despedida, que de a poco se convierte en vals y finaliza en asombro.

Nadie, por mucha valentía que ostente, sostiene la mirada con la entereza con la que lo hace un pescado desde el congelador.

Si se tensa el cordel significa que ya picó el anzuelo. Por supuesto que no tiene pico, ¿te parece que luce como un ave? Se trata de una expresión, una corrección política para evitar la desagradable imagen de un anzuelo picando al pez, atravesándole el paladar.

Ajustamos el lenguaje para poder llamarle cena en lugar de cadáver y degustarlo sobre una cama de arroz sin que el conocimiento de su origen acabe por perturbarnos la conciencia o provocar una indigestión.

Lolbé González Arceo