No más príncipes

Ana Luisa desvariaba por encontrar a su príncipe, emocionada, describía al hombre que importunaba sus sueños. ¡Por el afán de encontrarlo se había dado cada costalazo! Sus ilusiones se derrumbaban cuando, después de un tiempo, se dada cuenta de cuán lejos estaban de ser los héroes que ella creía.

En la madurez, Ana Luisa entendió por fin que los príncipes no existían. Decidió clausurar su corazón y se dedicó a luchar contra otro gigante: el aislamiento. Navegaba en él con desesperación, tratando de llenar cualquier recoveco con actividades que alegraran su vida.

Era obstinada y todo lo que se proponía lo lograba. Estaba conociéndose, aprendiendo a vivir con ella y ser su amiga. Ya lo había decidido: era mejor estar sola. Lo declaraba ante el espejo en voz alta y sonreía.

Una mañana cuando se dirigía al trabajo, su coche se apagó en pleno tráfico. Nadie se acomedía para ayudarla; al contrario, se les veía la cara de molestia y tocaban el claxon desesperados. Empezaba a ponerse nerviosa. Cuando marcaba en el celular para que vinieran en su ayuda, un hombre maduro se paró al lado de la ventana y, con voz grave, ordenó:

—Póngalo en neutral y yo la pucho.

Como autómata obedeció. Agarró su bolsa y cerró el carro. Se disponía a agradecerle al hombre su ayuda, cuando él le ganó y dijo con firmeza.

—Vamos, yo la llevo a donde vaya— y la tomó del brazo.

Ella pensó en negarse, pero entonces, como una nube, le llegó el recuerdo de sus cuentos de niña. Con disimulo observó la cara del hombre y supo dónde había visto ese rostro.

Magnolia De la Rosa Govea
@MAGNOLADELARG