Tutsie

Mi debilidad son las mujeres y no me importa el físico a la hora de cogérmelas. Soy práctico, directo. No discrimino. En mí no caben complejos. Me encanta el sexo tanto como la poesía de Neruda. Suelo escribir después del coito. Eso me inspira.
Por mi vida han pasado morenas, pelirrojas, rubias, flacas, gordas, altas y bajitas. Nunca digo no cuando se trata de coger, pero entre todas ninguna se compara a Tutsie, una mulata que me arrancó del alma los mejores versos. Era una maestra en la cama. A veces le bastaban cinco minutos de leves caderazos para provocarme una eyaculación intensa.
Tutsie vivía en la misma vecindad que yo, en el barrio de Tepito, cada cual en uno de doce cuartos salitrosos de 6×3 que compartíamos con ratones y cucarachas. El baño estaba afuera, era colectivo. Yo siempre le cedía mi lugar a la hora de hacer fila. Ella me agradecía siempre la caballerosidad con una sonrisa.
Caderas anchas, pechos redondos y macizos, piel azabache y nalgas bien formadas. Así era Tutsie, curiosamente mitad jarocha y mitad cubana. Siempre anheló triunfar, ser una gran bailarina como su abuela materna en La Habana, pero no pasó de ser la estrella de un carnaval provinciano de Veracruz y, luego, la predilecta en burdeles de arrabal y la más codiciada en Sullivan, una calle de la Ciudad de México donde se encuentra la pasarela de rameras más grande del mundo.
A veces, después de sus jornadas, tocaba a la puerta, ya casi amaneciendo. Yo como siempre, desvelado y borracho, postergaba mis escritos para escucharla contar las odiseas que enfrentaba al prostituirse. Nunca faltaban los maniáticos. Lo que ella no sabía es que yo también era uno de esos.
—¿Y ahora qué haces, poeta? —me preguntaba con un acento caribeño y dulce.
Frente a una vieja máquina Remington que rescaté de un basurero, le decía: “Lo de siempre, escribiendo sobre esta ciudad marchita y deshojada.”
Tutsie se quedaba pensativa, como intentando traducir aquellas metáforas cursis que me publicaban en un diario local. A veces pienso que la editora lo hacía por lástima, al ver mi aspecto de viejo menesteroso más que un porte de escritor con un futuro lleno de éxitos.
En ese diario eternicé a Tutsie. Una vez me dijo: “¿Por qué no escribes sobre mí, poeta?”
Y yo le dije: “No hay poema que pueda describirte. No hay palabras que suenen como suena el mundo cuando mueves el culo. Si la ciudad estalla en ruido no es porque enloquezca, ese es su grito apache con el que alaba tu existencia a Dios.”
Y Tutsie se quedó pensativa otra vez, intentando descifrar con su lenguaje cotidiano mis palabras rebuscadas. ¡Pero qué poético era su modo de hablar e incluso su silencio!
Ella decía: “Poeta, a veces pienso que somos el sueño largo de una hormiga. Cuando despierte, se desvanecerán nuestras angustias como una cortina de humo.”
Luego de escuchar las palabras de aquella negra mujer, le daba un trago a la cerveza para deshacer una bola de sentimientos estremecedores que se me atoraban en el gaznate como una flema incómoda.
Después de conversar, ella siempre se acercaba a mí para abrazarme como una niña tierna, desprotegida, y yo la abrazaba como un viejo libidinoso a una bailarina exótica, como a una puta que merece el aplauso por la maravillosa ejecución de su trabajo. Y nos hacíamos uno en la incómoda tina que rescaté de un basurero para transformarla en una cama excéntrica.
Tutsie me abrazaba fuerte como quien abraza a un padre que no ve desde hace mucho tiempo. Y yo la estrechaba como a la mujer indecente que soñé para satisfacer mis fantasías sexuales. Siempre terminábamos bañados en sudor adentro de aquélla tina cochambrosa. Mientras mi cuerpo transpiraba alcohol, el de ella desprendía el olor del mar.
Algunas veces intenté decirle que dejara de prostituirse, que nos fuéramos a vivir a otra ciudad pero siempre terminaba ebrio y caía dormido junto a la máquina de escribir, soñándola bailar feliz sobre la nube de sus sueños. Así fue que le escribí un poema en uno de mis desvelos embriagados:

Tutsie sueña lo inalcanzable
mientras Dios la busca en Sullivan
a bordo de una limousine para besar su sexo
sin el más mínimo deseo que saciar su sed.
Lo inalcanzable para Tutsie es una nube,
una estrella,
un beso de amor,
que retoñe una flor bajo su vientre espinado.
Tutsie sueña con el final feliz que siempre
tuvieron sus muñecas…

Ese fue el último poema que me recibieron en el diario. La razón la ignoro, aunque deduzco que se dieron cuenta de mi falta de capacidad poética. Por desgracia, Tustie jamás pudo leerlo. Alguien tocó la puerta de mi pocilga durante la madrugada, pero al abrirla no había nadie. Un viento helado golpeó mi rostro soñoliento. Al amanecer vería en los periódicos una trágica noticia el mismo día de mi publicación. La encontraron muerta, estrangulada en un cuarto de hotel. Me tocó identificarla en el Servicio Médico Forense. Al regresar a casa, rompí la máquina de escribir al estrellarla contra el suelo. Bebí una cerveza caliente que reposaba sobre una mesa artrítica y le arrebaté a un ratón un pedazo de pan rancio. Estuve muchas horas con la mente en blanco. Decidí salir a recorrer una ciudad marchita que para mí ya no era la misma. El sueño largo de la hormiga parecía estar a punto del final. La ciudad se veía más triste que nunca. Faltaba la diosa de la noche. Definitivamente, faltaba Tutsie en Sullivan.

Por Marcos Rodríguez Leija

Advertisements