XVIII. Úrsula

¡Verde! Así empezó Úrsula su jueves, con el celular que no sonó, despreocupado, en la mano. Se acabó el gas y se bañó con agua fría. Cuando llegó a la pequeña mesita redonda del antecomedor, vio los materiales de su taller terapéutico de Literatura restaurativa. Debía leer el famoso fragmento de la magdalena y luego hacer algo con eso. Lo había leído en la preparatoria. Anoche había comprado un paquete Tía Rosa con dos magdalenas y usaría una bolsita de tizana de lavanda para recrear la escena y luego escribir sus impresiones para compartirlas con sus compañeros. Idealmente iba a tomarse treinta minutos, ahora debía salir en menos de diez. Prendió el agua en la estufa. Leyó dos líneas antes de guardar las fotocopias en su bolsa: “Hacía ya muchos años que no existía para mí de Combray más que el escenario y el drama del momento de acostarme (…)”. Tuvo que servirse al agua cuando apenas se formaban las bolitas más pequeñas en el fondo del pocillo.

Llegó a estación Tormenta. Ya no alcanzó banca en el andén. Recargada en la pared, sacó la bolsita de las magdalenas. La abrió ayudándose con los dientes. Cuando tuvo el panecillo emblemático entre sus dedos, puso toda la atención porque de ahí debía obtener una experiencia sublime que la catapultara a su infancia. Primero dio un sorbo a la tizana de lavanda. Luego mordió la pequeña magdalena. Masa. Muelas. Saliva. Una alfombra de grasa vegetal se extendió sobre su lengua y sobre ella pasó sin garbo el dulce avainillado del pan esponjado que acaba de masticar. Las yemas de los dedos le quedaron con brillo. Dio un trago a su tizana tibia que sólo empeoró la sensación pastosa y estéril que enterraba a sus papilas en el fondo de la mediocridad.

Su infancia había pasado casi tan inasible como los sabores agradables de esta mañana. Lo único que sabía hacer de niña era matar tardes. Todos en su edificio lo hacían en soledad. La única forma de matar las tardes era pasando todos los canales de televisión una y otra vez; alguna pausa para ir a la cocina, estirarse de puntitas y alcanzar la cajeta, las galletas Marías; dormir y despertar en el mismo programa en la interminable lista de los créditos. De su casa todos huían: sus padres, la luz del sol en las ventanas, lo divertido de cualquier juguete o juego. El tiempo era de una gordura desparramada que sólo podía organizarse con fragmentos dramáticos que tuvieran un principio, un desarrollo y un final. Se trataba de apagar la tele dos horas después de que los ojos ya dolieran de secos.

Sacó las fotocopias y se internó en las memorias de otro. Pasaron los trenes.

Se presentó con las manos vacías y perdió el turno para trabajar su asignación. Mientras los demás hablaban, Úrsula sintió que un enigma espigado, quizás como una lavanda trenzada con hojas de tilo, crecía agradable sobre su lengua.

 

Mónica Flores

Este tranvía en el que vamos todos

 

Para las tranvía –y para quienes nos leen– en nuestro aniversario

 

Tranvía: Vehículo que circula
sobre rieles en el interior de una ciudad
o sus cercanías y que se usa principalmente
para transportar viajeros.

 

Lo que a continuación cuento son pedazos aislados de una misma historia, como las estaciones que conforman nuestro Tranvía donde el todo es mayor a la suma de sus partes.

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Enero del 2014. Conversación por whatsapp con Abby:

Deberíamos armar algo.
¡Sí!, ¿qué se te ocurre?
Me gustaría alguna revista o espacio que ayude a impulsar a autores del norte.
¡Yastás! Entonces ahorita abro un blog.
¡¿Ya?! Nombre, espérate, primero hay que ver lo de la convocatoria, qué autores, el diseño…
¡Ya tenemos blog!

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La vida, por ratos, te come los sueños.

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Tranvía ha pasado por dos etapas: una como revista y otra como colectivo.
La revista duró sólo tres números y casi 5 meses. Si bien de diseño hermosísimo –según nosotras–, resultó difícil compaginar las tareas editoriales con el día a día de todas esas otras actividades que alimentan más el cuerpo que el alma. Así que aunque nos sentíamos orgullosas de esos pocos números logrados y de los escritores que pasaron por sus páginas, debimos hacer un alto.

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Sucedió en el 2015:
Estimados postulantes:
Se les transcribe a continuación la lista de los alumnos seleccionados para recibir el Taller virtual y presencial de escritura documental y desapropiación impartido por Cristina Rivera Garza.
En ese taller conocí a Nidia Cuan.

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Siempre he pensado que, con un poco de suerte, los talleres –cualquiera que sea la disciplina– hermanan. A Asenat la conocí en el 2008 en un taller de Orlando Ortiz; A Abby, en Reynosa, allá por el 2011, en uno de Graciela Ramos; a Cata en el 2010, en un taller virtual de Alberto Chimal y a Nidia, como ya dije, en el 2015 con Cristina Rivera Garza.

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A Nidia le entusiasmó Tranvía, con el mismo entusiasmo frenético pero amable que pone en tantísimas cosas más.
Se lo platiqué en uno de los recesos del taller. Estábamos recargadas en la barda de Casa del Arte en Ciudad Victoria, Tamaulipas. Nidia opinó que debíamos sacar de nuevo la revista y quería ser parte del proyecto. Yo reí ante su frenesí y, por supuesto, me entusiasmé también. En eso de planear somos parecidas, en lo de meternos en broncas por no tener tiempo y no decir que no a casi nada, también. Pero éramos nosotras ideando, así que esas nimiedades pasaron desapercibidas.
El tiempo del receso se acabó. Nidia apagó su cigarro y volvimos a la clase pero la semilla del colectivo Tranvía estaba sembrada.

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Los sueños son semillas que con fortuna algún día, aún y a pesar de la vida misma, caerán en tierra fértil.

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Meses después le platiqué mi conversación con Nidia a Abby y al entusiasmo se le aunó la impaciencia milenial de Abby quien de inmediato, como en aquella primera etapa, ya quería tener el blog listo.
En mayo del 2016 iniciamos la búsqueda de las participantes y se ideó el formato. Deseábamos algo distinto. Queríamos escribir desde distintas partes de un mismo México. Ver la vida desde varios puntos de este mismo territorio nacional. Combinar personalidades y escrituras. Al esfuerzo (de Abby y mío) se sumó el de Nidia. Ella agregó la inteligencia de Karla y la sensibilidad de Lolbé. De Reynosa, se incorporó el realismo de Asenat y de Monterrey, la inocencia de Sandra. Del centro, la genialidad de la querida Cata, quien a su vez me habló de una guionista buenísima, Mónica, con la que trabajaba y quien a los pocos días se convirtió en nuestra estación Tormenta.
Cada una se volcó a la tarea de crear su estación, de darle un nombre y un lugar: una cara. Mentiría si digo que ha sido una tarea fácil. También mentira –aunque por omisión– si no les contara del enorme orgullo y alegría que siento cada que recibo sus textos y noto el camino que llevan sus palabras.
Hoy el colectivo Tranvía está de aniversario. Hoy el colectivo cumple un año de su primera publicación, hoy somos las mismas pero tenemos algo en común: la escritura en este espacio.

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Tranvía somos todos.

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A Cristina Rivera Garza le escuché decir que la escritura no es un acto solitario sino uno que sucede en comunidad. Porque se escribe con otros, decía.
Me gusta pensar que eso hacemos en Tranvía: escribir para y con el otro. De temas que nos interesan a cada una pero que también le pueden interesar a alguien más. Porque nos unimos a las pláticas que escuchamos en la calle o en las redes y las ampliamos en cada entrada. De esta forma, ese micro mundo nuestro que nace de lo que nos angustia o hace reír se vuelve parte de lo que vemos a diario. Fragmentos de otros.
Porque como bien apuntó Rivera Garza, no escribimos solas y nuestra escritura se ve afectada por nuestro entorno. Por eso escribimos para él y de él. Para entenderlo e iniciar una conversación desde este tranvía en el que vamos juntos.

 

A todos los que leen y especialmente a todas las que escriben, mi gratitud y cariño infinito.

Alisma De León

XVII. Carmen

Carmen estaba un poco desconcertada en la antepenúltima banca del fondo del andén. ¿Realmente acababa de recordar su vida en el vientre de su madre? ¿Había avanzado a tal grado en la terapia que llevó hace años que el misterio previo al nacimiento ya no era un misterio, o alguno de sus psiquiatras, analistas, terapeutas, sus sueños, incluso sus lecturas, le habían sembrado un falso, falsísimo recuerdo? Sus dudas debían volverla una mujer llamativa porque la gente no podía evitar mirarla de reojo mientras ella esperaba paciente a que llegara el tren a la estación Tormenta.

Esto es lo que tenía vívidamente en su memoria: una temperatura cálida rodeándola. Un color específico, como durazno, como rojo, como negro rojizo. Casi un silencio. Un mundo al otro lado. Una atmósfera solitaria. Una percusión y un flujo potente. En un sueño, le pareció que vivía bajo el mar. En la vida real, ella nunca había ido al mar. En el sueño, ella sólo buscaba llegar al fondo para encorvarse y acercar su rostro vencido hacia las rodillas y seguir cayendo.

Carmen notó que su cuerpo quería decirle algo. Se siente como un corderito soñoliento al que la piel se le ha puesto fina. Lo primero que piensa: ¡estoy embarazada! Seguido por: imposible. Carmen no ha cogido en años. De pronto, una duda, que no sabe si es suya o también fue sembrada por los programas de Discovery Channel y sus propios deseos, tiene que hacerse responsable de sus propios deseos, se columpia en ella mientras trata de ser racional. ¿Y si tengo un embarazo psicológico como los animales? Carmen escuchó alguna vez la historia de una perrita que vivió muy trastornada por un problema así. Se imaginó llevando su propio deseo hasta las últimas consecuencias con todas las graduaciones posibles de locura. ¿No debería escribir esta idea en su bitácora de ideas raras en lugar de estar sintiendo que podría dar a luz después de un embarazo imaginario a un bebé imaginario?

Algunos pasaban y la miraban de reojo, otros primero veían su seno de fuera, sus brazos y luego le miraban la cara sin disimulo. Carmen estaba ensimismada pensando muchas cosas y las personas le parecían buenas mientras no despertaran a su bebé. Era un suéter, debía hacerse responsable por la realidad, su realidad, sus símbolos. Un suéter verde. Pero era un bebé si llevaba hasta el extremo su deseo, como la perrita que eligió cuidar de un calcetín, le podía pasar a cualquier creatura viva, y por si las dudas, ella pues le cantaría una canción al bebé sin importar si era suyo o si se lo había sembrado algún programa o algún hombre o un hijo de vecino o un perro alto. Alguien.

Mónica Flores Lobato

XVII. Eloísa

Eloísa estaba en la puerta de estación Tormenta desde las 5:50 de la madrugada. Tenía alerta sus sentidos: me moja el rocío, hay mucha humedad, fue un error esta chamarra de poliéster. Miraba impaciente el reloj sabiendo que al menos una vez vería hacia el sitio correcto en el momento correcto. Le urgía entrar a la estación Tormenta, sentarse en una banca y ver gente, ver sus preocupaciones, sus rostros, pescar alguna conversación, algo la inspiraría. No había escrito nada para su blog desde que se enteró que había otra escritora más o menos de su edad con un blog idéntico: perfiles de personas que esperan en una estación. El otro blog tenía más antigüedad aunque menos éxito; esa casualidad la había desanimado.

Tenía la esperanza de que el primer pasajero en entrar a la estación después de ella fuera cafeína. Uno: hombre de aproximadamente treinta y cinco, cabeza grande, cabello lavado ayer, camisa con cuello arrugado y suéter ligero, sin panza. Su mochila tiene un número 7 bordado en amarillo. Eloísa pensó: soltero, durmió en otra casa, va regresando con prisa para poder cambiarse antes del trabajo. El hombre durmió con una mujer porque de haber dormido con un hombre habría pedido una camisa limpia y un abrigo más adecuado al clima. ¿Y ahora, qué?

Desgraciadamente, debajo de los pensamientos de Eloísa, el 7 amarillo hacía trabajo sucio, apenas con verlo se detonó su compulsión por el azar. Ahora repararía en la séptima persona observada. En las temporadas largas en las que no tiene marido, el azar es su más presente interlocutor.

Eloísa apuntaba: #7: mujer con trabajo en un sitio lejano; sin maquillaje pero con una bolsa grande y uñas pintadas, seguro se maquillará en el camino.  #14: pinche de algún restaurante o carnicería, trae delantal blanco en bolsa de plástico transparente, posible enfermo, color poco saludable, casado desde hace kilos, la argolla de matrimonio le aprieta.  #21: mujer de treinta y cuatro que ignoró la mirada puesta en sus nalgas de un tipejo descarado, sólo metió la mano a su bolso y agarró algo con fuerza.

Por un momento, la chica veintiuno le movió algo, ahí había algo verdadero de lo que tal vez escribir. Ella había padecido esas miradas. Ella también metía la mano a su bolsa. Cargaba desde hace casi una década el consejo que a una amiga española le había dado su abuelo, quien había peleado en la guerra civil: si un hombre te ataca, toma entre tus dedos una llave, aunque también funciona un lápiz con punta o una pluma, como si fuera un cuchillo y la clavas en la yugular.  Pero tenía miedo siquiera de pensarlo. Se sabía capaz de matar a alguien en defensa propia pero le atormentaba demasiado pensar si llegado el momento podría hacerlo o si su defensa sería insuficiente. Tachó todo lo que pudo a la chica veintiuno.

Siguió contando y escribiendo hasta que un joven se paró delante de ella con un espejo en un marco barroquísimo que le devolvía un rostro familiar y ajeno al mismo tiempo. Ella era la #49. Así se las gastaba su amigo el azar. Exactamente así.

Escribió: #49. Mujer de cuarenta y cuatro, mirada cansada, ojos pequeños, cuello severo, cabello con freeze. ¿Qué no había algo lindo que pudiera verse? Pero el chico se llevó su reflejo barroco al entrar al vagón.

Eloísa se dejó ir sin la más mínima nostalgia. Se acabó el juego. Miró sus apuntes. Subrayó cuello severo, cabello con freeze. Cerró el cuaderno. El azar había querido decirle algo. Ya casi eran las ocho de la mañana. Eloísa saldría de estación Tormenta y pasaría a la cafetería de la esquina, pediría un chocolate caliente con leche light deslactosada y un croissant de los que tienen almendras y azúcar glass y lo chopearía. Y tal vez repetiría chocolate y croissant. Y otra vez. Otra.

 

Mónica Flores Lobato

XVI. Lorenza

Lorenza arrastra los pies por el andén. Busca y disfruta el sonido que hace la fricción de sus suelas contra el mármol. Mis sueños son tan vívidos, piensa. Más reales que el pasado: son pasado. Prefiere no observar a la gente que pasa con prisas antes de empezar. Algunos van comiendo sándwiches, tamales, donas o pan dulce caliente. Las migajas caen por todos lados. Lorena retira con la punta del pie las migajas que están en su territorio y pone la grabadora en el piso. Prende y busca el track 03.

Anoche sobreviví al final del mundo, piensa.

Un chelo inicia la canción en modo menor. Ella deja correr la música como si fuera normal llegar con una gran grabadora a una gran estación y empujar el silencio hacia las vías o a la salida del andén de enfrente. Es junio y está por empezar el verano. Hace calor; llueve.

El aire de la estación se siente espeso. Apenas son las ocho de la mañana y ya huele a sudor y comida. Lorenza no siente ganas de cantar, y aún así sube el volumen de la grabadora. Es su trabajo. Inhala, clava los pies al suelo, empuja leve el diafragma; canta. Al principio, la voz  tropieza. Hay una canción atorada como un Ícaro, pegada a los labios de Lorenza.

El lagarto está llorando… La lagarta está llorando.

Es un poema de García Lorca que ella misma musicalizó.

Anoche, Lorenza soñó otra vez que era el fin del mundo. Afuera de la estación Tormenta el cielo estaba rojo, había dos soles y la gente estaba en el último grado de desesperación posible. Curiosamente, evocar la pesadilla con un fondo de chelos en modo menor le prestó algo de vida. Sintió un bosque a sus espaldas y no yeso descarapelado.

Lorenza encuentra su columna de aire. Ya puede vibrar, lanzar la voz a la cabeza. Por fin, la canción surge.

Han perdido sin querer su anillo de desposados.

¿Son más reales las monedas que le deja su público de paso que las personas que en su sueño corrían como hormigas extraviadas, en gritos, en horror, porque el cielo se estaba abriendo?

¡Ay! su anillito plomado.

Lorenza apenas es el perchero de su vestido gris y de sus zapatos cafés, pero cuando canta produce escalofríos. La canción entra en el público y los desgaja antes de partir a sus trabajos. No es su voz clara, ni las notas altas de afinación precisa, es otra cosa. Lorenza canta desde adentro y hacia la nada. Hoy canta hacia alguien que vive en la nada: el hombre desconocido, ese que apareció anoche en la pesadilla del fin del mundo. Él la reconoció entre la multitud del sueño y la tomó de la mano. Ella en el sueño sabía, y se lo dijo a sí misma: esto es el fin, y lo acompañó a una habitación alta, con vista panorámica de la destrucción terrenal y el cielo rojo. Ella lo abrazó. Él le quitó la ropa. Se besaron con gritos de madres nombrando a sus hijos y niños llorando de fondo. Ante el fin, decidieron que la devastación los sorprendiera rumbo a los límites de sus cuerpos.

Mientras Lorenza canta a Lorca recuerda la urgencia del sueño. Caería el meteorito, o sonaría el maldito despertador, ella sólo quería sentir que habitaba por completo y exuberantemente su cuerpo, como nunca, un instante antes de que todo acabara —la vida, la noche, el sueño—, y ella fuera arrancada de la experiencia limítrofe más enérgica de su vida.

¡Miradlos qué viejos son! ¡Qué viejos son los lagartos!

¡Ay, cómo lloran y lloran!

¡Ay, ay, cómo están llorando!

Lorenza levantó las monedas. Apagó la grabadora. Se retiró a casa.

 

Mónica Flores

XV. CLEMENTINA

Clementina siempre dijo que iba a viajar. Lo dijo incluso la mañana que salió con una mochila gris rumbo a estación Tormenta mientras su esposo e hijos la veían desde la ventana en el tercer piso con un pesado sentimiento de decepción.

Clementina se repetía siempre quise viajar, convencida como lo puede estar de la vida una rama seca. Quería viajar sin saber por qué o para qué. Había empacado tres mudas de ropa y lo básico para higiene pero le faltaba romper el lazo que la mantenía unida, ya no digamos a su familia, sino a la mesa del comedor: trabajaba ahí; desayunaba, comía y cenaba ahí; educaba; se cortaba las uñas; consultaba y escribía en sus redes sociales y seguía sus series favoritas recargada en ese tablón para cuatro personas.

Clementina llegó a estación Tormenta y sintió hipersensibilidad al espacio. Era raro ocuparlo, agregarse a las líneas que los trayectos de otros dibujaban o atravesarse a ellas. Clementina temía que su mochila le estorbara a los demás. Al más leve rozón con alguien pedía perdón.

Finalmente llegó a una banca. Había estado sentada ahí apenas hace tres semanas. Inmediatamente borró esa línea de pensamiento y dirigió su mente a palabras sueltas: mis hijos, mi marido, los años que pasan, mis ganas de sentir el sol a las diez de la mañana, a las seis de la tarde, el viento, el olor del mar, de buscar café temprano, de ponerme el vestido azul. Hasta llegar a las palabras clave vestido azul su mente pudo formar una imagen más nítida. Ella en el vestido azul, con tirantes y una caída ligeramente juvenil, holgada. La fantasía estaba lista para engrosarse. En su mente, el regalo de vida estaba dado: sentía el café; veía un malecón genérico, un atardecer de instagram; e incluso, en el espejo de alguna cafetería antigua, su reflejo bronceado con los hombros desnudos enmarcados por el estupendo vestido y su rostro opaco: brillante; sus largas y huesudas manos sosteniendo un espresso.

Cada vez que llegaba el tren, se abrían las puertas, la gente salía, la gente subía, sonaba el timbre, se cerraban las puertas y Clementina veía irse el tren. Comenzó a sentir la garganta cerrada y los ojos llorosos y pensó hay algo insoportable en el ambiente. Vio pasar frente a ella todos los videos y memes sobre mujeres valientes, mujeres chingonas, tips de viajeros, las cuatro recomendaciones para ser feliz, para ser libre, el decálogo del intrépido pero ninguna voluntad la hizo levantarse de la banca y subir al tren y partir rumbo al dichoso viaje.

Por fin, sus isquiones pegados a la banca se despegaron. Clementina aspiró y contuvo el aire, luego exhaló toda la negatividad acumulada. Se tomó una selfie de ella con el pulgar levantado donde pudieran verse los elementos importantes: su mochila, la estación detrás de ella, el tren llegando, ella ocupando ese espacio. Escribió la etiqueta #viaje #lifeisgood #estaciónTormenta, seleccionó el filtro Rise y posteó la imagen en sus redes sociales.

Cuando Clementina subió los tres pisos, las luces blancas iluminaban su paso mientras la electricidad hacía un ruido molesto y repetitivo. Llegó a casa y había un plato en la mesa esperándola, como siempre. Su esposo le dio un largo abrazo. Ella dejó la mochila en el vestidor y se miró en el espejo: su rostro opaco seguía opaco. La estaban llamando a cenar frenéticos, festivos. Le sirvieron unos hot cakes muy redondos con Nutella y nadie habló, jamás, de sus ojos hinchados ni de su viaje a estación Tormenta.

Mónica Flores Lobato.

XIV. LANTANA

Cuando llega el viernes y dan las ocho de la noche y su cuidadora toma un fin de semana para descansar y el cielo toma un color azul plomizo y las copas de los árboles se vuelven siluetas negras que danzan o no, dependiendo del viento, Lantana hace el ritual contraproducente de intentar no pensar en la muerte, llevando el pensamiento a un modo obsesivo y monotemático como si ese fuera el único discurso que el espejo le devuelve mientras cepilla y perfuma su escaso y blanco cabello. Teme morir mientras duerme y teme que la encuentren pestilente el lunes, por eso se embadurna con un aceite corporal de vainilla y le suplica al futuro que la acecha que no la haga morir en fin de semana. Prende el radio y quiere que la música calme al estribillo en su mente. Toma un vaso de leche caliente. Entra en una pijama suave de colores pastel. Cuando llega la hora de dormir, Lantana levanta las cobijas de su cama atenazada por las pinzas invisibles de su angustia.

Por fin sucede.

Lantana sube al sueño. El vagón está parado en estación Tormenta, hace años que no pasaba por ahí. Toma asiento, hay poca gente y todos están sentados. Mira los rostros, ¿qué tienen de peculiar? Hay algo en ellos, algo en común. Nadie luce cansado. Mira por la ventana. Qué raro. Están en estación Tormenta pero en los anuncios hay nubes que cambian una y otra vez de color: comienzan blancas, luego son grises, luego sólo parecen sucias como si las hubieran borrado mal, luego toman colores caprichosos y alegres. Naranja. Rosa. Lila. Violeta.

Suena el timbre de las puertas y Lantana duda, ¿cómo llegué aquí? ¿Me quedé dormida o me morí sin darme cuenta? ¿Podría no darme cuenta? Que alguien me diga, ¿este tren nos está llevando a un sueño o a la muerte? Nadie contesta, la miran como si fueran su reflejo en versión inexpresiva. Ella no quiere ir más en ese horrible tren.

Lantana se para rápidamente y corre hacia la puerta anticipando que tendrá que poner los codos y el cuerpo como oposición al cierre. Va dispuesta a luchar; ella se siente tan joven por dentro, casi de cincuenta, también de veinte y de cinco. Pero llega a la puerta y no pasa nada. El timbre calla y las puertas siguen abiertas. Es libre de salir del vagón. El tren está inmóvil. No llegan más pasajeros. Sólo los anuncios de nubes alternan colores. Asoma la cabeza. En el andén se escucha en loop el canto de al menos tres especies de pájaros. ¿Son la vida o son un sistema para tranquilizar a los pasajeros en tránsito?

Lantana sigue asomada como una Adelita que llegó a los cien años con los ojos incapaces de descifrar el horizonte. Ve una estación des-conocida. No sabe si subir al tren o bajar del tren. Ojalá pudiera gritar y despertarse. Ojalá pronto fuera lunes.

 

Mónica Flores Lobato

XIII. Olga

No pertenece a la locura ninguna de las personas en el andén de estación Tormenta si saben la diferencia entre el infierno y el mar.

Olga es una mujer corpulenta, ancha, que lleva varias capas de vestidos, faldas y suéteres azules y rojos. Ella escogió su nombre a los cuarenta y nueve años, cuando comenzó a errar por grandes distancias.

Entra a estación Tormenta como barco abriendo las olas, la gente se pega a las paredes para dejarla pasar. Despide un olor nauseabundo pero así huele el mar en el fondo, a donde todos los que estamos aquí iremos a parar. Su mirada está de cacería. Por fin llega al andén y sonríe tanto con la boca tan abierta que si hundiera la cara en el mar se llenaría de peces: encontró el mármol blanco que tanto había buscado. Olga cae de rodillas y abre sus brazos en cruz; toca con su pecho el piso para besar la santa superficie blanca, blanca como la arena más pura.

Un señor se le acerca. ¿Está usted bien, señora? ¿Se siente bien?

Olga levanta de nuevo el tronco, queda de rodillas en actitud devota.

—Estoy bien, llegué al Banco— dice Olga.

—No, señora, es una estación—, contesta el señor.

—¡Esto un Santo Banco Blanco lleno de dinero!—, dice violenta. —¡Mi iglesia! Yo voy a rezar a mi banco para que me llene de dinero. Creo en el dinero como creo en el mar. ¿Usted no cree en el dinero?

El hombre mira para todos lados. La mano de Olga está por alcanzarlo porque Olga se siente en gracia y tal vez lo pueda tocar e iluminar antes de que se vaya al fondo,  pero el hombre la esquiva y se aleja rápido.

Olga junta las manos, cierra los ojos y reza.

Ella es una isla. Siente con los poros, en la nuca, cómo los peces la rodean curiosos, querrían que estuviera descalza para comer piel de sus pies, devorarle las callosidades; siente las ondas suaves de las miradas nerviosas de todas esas criaturitas antes de que escurridizos sigan sus trayectos. Olga abre los ojos.

Cuatro policías buscan levantarla mientras una rueda de mirones espera acción. Los policías tienen un gesto contraído. Olga aletea para impedir que la levanten. Por fin la agarran de los brazos, de las axilas, y comienzan a subirla bufando.

—No me diga usted que no moriría por su fe—, dice Olga.

El policía no contesta.

—Desde tiempos antiguos, es asfixiante vivir entre peces y aún así los amo. Ustedes no son peces, ¿verdad? Son fieras. Si no matan a nadie, entonces sí son más como peces… hasta que quieran dinero. Entonces matan… pero no es por dinero. Ya nadie quiere dinero, como yo, óiganlo bien, el dinero es el mayor acto de magia, el mayor acto de fe. Ustedes quieren otra cosa.

Dejaron a Olga fuera de estación Tormenta. La gente recuperó su prisa, sus carriles. Los policías se quedaron cansados haciendo guardia en la  entrada mientras miraban a Olga errar y hablar en voz alta con camino hacia el norte.

 

Mónica Flores Lobato

XII. BEA

Bea lleva un abrigo largo color marrón, guantes y bufanda rosa pálido, lentes oscuros. Está tan cubierta porque siente que su deseo es neón brillante y una pulgada de piel expuesta podría delatarla. Debajo del abrigo, la bufanda, debajo del pantalón y de la tanga a juego con su abrigo, está su sexo expectante como una planta exótica de la familia de las mimosáceas, una de esas sensibles plantas que se pliegan al tacto.

Bea y Julio esperaron más de quince años. Haciendo cuentas, se gustaron desde el minuto uno de conocerse, cuando eran jóvenes y cada uno tenía novia y novio. Pasaron las relaciones, pasaron los matrimonios, pasaron los divorcios asincrónicos, las maestrías, pasaron los hijos, los trabajos absorbentes y las segundas vueltas con sus respectivos fracasos y duelos.

Hoy la cita es a las 10 de la mañana en un hotel de paso a cuatro estaciones de estación Tormenta, pero Bea está en el andén desde las 8 haciendo tiempo. ¿Cómo entrará al cuarto? ¿Qué dirá? ¿Julio la pegará a la pared y le dará un beso desesperado? ¿Hablarán?  ¿Ella logrará verse en las pupilas dilatadas de él? ¿Y si no se dilatan? ¿Y si se enamora? Tantas emociones, tantas fantasías durante años, ¿es justo terminarlas con una dosis de realidad? ¿Y si Julio no le volvía a hablar? Ese escenario le entumió el corazón. Sería terrible si no le hablaba nunca más. Su autoestima se iría a la basura. Tendría que ahogar bajo almohadas sin funda una de sus fantasías más duraderas. Su sexo pedía en el lenguaje del cuerpo que apagara el temor, que apagara toda la verborrea cerebral y fluyera en su versión palpitante.

Estaba en ese contrapunto cuando vio entrar a una pareja al andén. Era Julio con su tercer esposa, no la conocía. Iban de la mano. Esperaron juntos el tren y él puso su mano en la espalda de ella mientras entraban. Ella se veía tranquila. Bea se quedó con esa imagen. Desanduvo sus pasos. Regresó a casa. Vio porno. Pidió pizza. Le habló a sus amigas. Jugó por la noche plants vs zombies. Su sexo peciolado, expectante, no dejó de latir ni un segundo.

 

Mónica Flores

XI. Roberta

A las 4:00 am la estación Tormenta estaba en absoluta oscuridad y calma. Para Roberta, los sitios así eran un placer adquirido y gracias a su trabajo conocía muchos. Antes de las 6:00 am clausuraría los torniquetes y las entradas; primero haría una inspección, después el reporte que pasaría al equipo de fumigación, no sin antes darse unos minutos para meditar.

Roberta se fue directo al andén. Echó una ojeada rápida, apagó la luz del celular. El piso, los anuncios en las paredes, la herrería negra, las bancas para sentarse, las líneas amarillas de seguridad desaparecieron en su mente unos segundos después de apagar la luz. Los ojos también miraban el silencio subterráneo.

Dejó el carrete de cinta amarilla para clausurar en el suelo. Roberta podía oír el vacío aumentado del túnel: la humedad resonaba en su propia frecuencia. Le pareció escuchar su nombre pero eso en situaciones de privación de sonidos y luz ya le había pasado.

Caminó a oscuras. ¿Así habrán  andado en las cuevas antiguas, erguidos y a tientas en la oscuridad? Inhaló, exhaló. Así había aprendido a controlar la ansiedad hasta que logró dominarla en los sitios como éste, infestados de sombras para domesticar. Roberta le imprimió algo de carácter a sus pasos por el placer de escucharlos romper el silencio.

En un punto de la pared, Roberta se deslizó hasta el suelo frío, suciamente liso. Hace 3000 años ella podría haber hecho exactamente el mismo movimiento. Sintió que sus manos querían arrastrarse un poco, sin vista no había asco. Sentía el polvo en las palmas. El tiempo era tan chicloso en estos lugares. Prendió el celular: 4:44 am. Trató de calcular un minuto. Prendió el celular y seguía en 4:44.

El oído estaba cada vez más limpio del ruido exterior. Ya distinguía, por ejemplo, el chillido y el ir y venir de las ratas en las vías. Qué importa. Inhaló y exhaló. Meditaría un poco. Algunos duermen para no sentir hambre, pensó.

Unas risas agudas muy lejanas llegaron hasta ella. Provenían del otro lado del andén, probablemente de las escaleras. Se incorporó como pudo. Tomó su celular, echó luz, salió del andén, corrió hacia las escaleras, cruzó hacia el otro lado escuchando el eco de sus pasos mezclarse con las risas; caminó más cautelosa. Las risas aumentaban de volumen. Al llegar ahí no había fuente alguna que las produjera. Como si una civilización de cinco personas hubiese desaparecido dejando un fuego, unas risas, encendido.

Roberta desanduvo las escaleras hasta llegar al otro lado. Las risas quedaban como migas de pan esparcidas entre la duda de lo que acababa de pasarle. Había dejado de escuchar también a la humedad y a las ratas. Sólo sus dudas y su corazón sonaban para ella. No se diga más. Tomó la cinta amarilla y clausuró ambas entradas de estación Tormenta.

Inhaló y exhaló. Regresó nuevamente a las escaleras donde las risas agudas. ¡Ahí seguían! Roberta se sentó en uno de los escalones y desabotonó la cintura de su overol; sacudió los brazos y mejor se quitó el uniforme completo.

Cuando la encontraron sus compañeros, de Roberta salía un torrente de frío en la forma aterradora de carcajada. Era tan contagiosa, dijo.

 

Mónica Flores Lobato