XVI. Lorenza

Lorenza arrastra los pies por el andén. Busca y disfruta el sonido que hace la fricción de sus suelas contra el mármol. Mis sueños son tan vívidos, piensa. Más reales que el pasado: son pasado. Prefiere no observar a la gente que pasa con prisas antes de empezar. Algunos van comiendo sándwiches, tamales, donas o pan dulce caliente. Las migajas caen por todos lados. Lorena retira con la punta del pie las migajas que están en su territorio y pone la grabadora en el piso. Prende y busca el track 03.

Anoche sobreviví al final del mundo, piensa.

Un chelo inicia la canción en modo menor. Ella deja correr la música como si fuera normal llegar con una gran grabadora a una gran estación y empujar el silencio hacia las vías o a la salida del andén de enfrente. Es junio y está por empezar el verano. Hace calor; llueve.

El aire de la estación se siente espeso. Apenas son las ocho de la mañana y ya huele a sudor y comida. Lorenza no siente ganas de cantar, y aún así sube el volumen de la grabadora. Es su trabajo. Inhala, clava los pies al suelo, empuja leve el diafragma; canta. Al principio, la voz  tropieza. Hay una canción atorada como un Ícaro, pegada a los labios de Lorenza.

El lagarto está llorando… La lagarta está llorando.

Es un poema de García Lorca que ella misma musicalizó.

Anoche, Lorenza soñó otra vez que era el fin del mundo. Afuera de la estación Tormenta el cielo estaba rojo, había dos soles y la gente estaba en el último grado de desesperación posible. Curiosamente, evocar la pesadilla con un fondo de chelos en modo menor le prestó algo de vida. Sintió un bosque a sus espaldas y no yeso descarapelado.

Lorenza encuentra su columna de aire. Ya puede vibrar, lanzar la voz a la cabeza. Por fin, la canción surge.

Han perdido sin querer su anillo de desposados.

¿Son más reales las monedas que le deja su público de paso que las personas que en su sueño corrían como hormigas extraviadas, en gritos, en horror, porque el cielo se estaba abriendo?

¡Ay! su anillito plomado.

Lorenza apenas es el perchero de su vestido gris y de sus zapatos cafés, pero cuando canta produce escalofríos. La canción entra en el público y los desgaja antes de partir a sus trabajos. No es su voz clara, ni las notas altas de afinación precisa, es otra cosa. Lorenza canta desde adentro y hacia la nada. Hoy canta hacia alguien que vive en la nada: el hombre desconocido, ese que apareció anoche en la pesadilla del fin del mundo. Él la reconoció entre la multitud del sueño y la tomó de la mano. Ella en el sueño sabía, y se lo dijo a sí misma: esto es el fin, y lo acompañó a una habitación alta, con vista panorámica de la destrucción terrenal y el cielo rojo. Ella lo abrazó. Él le quitó la ropa. Se besaron con gritos de madres nombrando a sus hijos y niños llorando de fondo. Ante el fin, decidieron que la devastación los sorprendiera rumbo a los límites de sus cuerpos.

Mientras Lorenza canta a Lorca recuerda la urgencia del sueño. Caería el meteorito, o sonaría el maldito despertador, ella sólo quería sentir que habitaba por completo y exuberantemente su cuerpo, como nunca, un instante antes de que todo acabara —la vida, la noche, el sueño—, y ella fuera arrancada de la experiencia limítrofe más enérgica de su vida.

¡Miradlos qué viejos son! ¡Qué viejos son los lagartos!

¡Ay, cómo lloran y lloran!

¡Ay, ay, cómo están llorando!

Lorenza levantó las monedas. Apagó la grabadora. Se retiró a casa.

 

Mónica Flores

XV. CLEMENTINA

Clementina siempre dijo que iba a viajar. Lo dijo incluso la mañana que salió con una mochila gris rumbo a estación Tormenta mientras su esposo e hijos la veían desde la ventana en el tercer piso con un pesado sentimiento de decepción.

Clementina se repetía siempre quise viajar, convencida como lo puede estar de la vida una rama seca. Quería viajar sin saber por qué o para qué. Había empacado tres mudas de ropa y lo básico para higiene pero le faltaba romper el lazo que la mantenía unida, ya no digamos a su familia, sino a la mesa del comedor: trabajaba ahí; desayunaba, comía y cenaba ahí; educaba; se cortaba las uñas; consultaba y escribía en sus redes sociales y seguía sus series favoritas recargada en ese tablón para cuatro personas.

Clementina llegó a estación Tormenta y sintió hipersensibilidad al espacio. Era raro ocuparlo, agregarse a las líneas que los trayectos de otros dibujaban o atravesarse a ellas. Clementina temía que su mochila le estorbara a los demás. Al más leve rozón con alguien pedía perdón.

Finalmente llegó a una banca. Había estado sentada ahí apenas hace tres semanas. Inmediatamente borró esa línea de pensamiento y dirigió su mente a palabras sueltas: mis hijos, mi marido, los años que pasan, mis ganas de sentir el sol a las diez de la mañana, a las seis de la tarde, el viento, el olor del mar, de buscar café temprano, de ponerme el vestido azul. Hasta llegar a las palabras clave vestido azul su mente pudo formar una imagen más nítida. Ella en el vestido azul, con tirantes y una caída ligeramente juvenil, holgada. La fantasía estaba lista para engrosarse. En su mente, el regalo de vida estaba dado: sentía el café; veía un malecón genérico, un atardecer de instagram; e incluso, en el espejo de alguna cafetería antigua, su reflejo bronceado con los hombros desnudos enmarcados por el estupendo vestido y su rostro opaco: brillante; sus largas y huesudas manos sosteniendo un espresso.

Cada vez que llegaba el tren, se abrían las puertas, la gente salía, la gente subía, sonaba el timbre, se cerraban las puertas y Clementina veía irse el tren. Comenzó a sentir la garganta cerrada y los ojos llorosos y pensó hay algo insoportable en el ambiente. Vio pasar frente a ella todos los videos y memes sobre mujeres valientes, mujeres chingonas, tips de viajeros, las cuatro recomendaciones para ser feliz, para ser libre, el decálogo del intrépido pero ninguna voluntad la hizo levantarse de la banca y subir al tren y partir rumbo al dichoso viaje.

Por fin, sus isquiones pegados a la banca se despegaron. Clementina aspiró y contuvo el aire, luego exhaló toda la negatividad acumulada. Se tomó una selfie de ella con el pulgar levantado donde pudieran verse los elementos importantes: su mochila, la estación detrás de ella, el tren llegando, ella ocupando ese espacio. Escribió la etiqueta #viaje #lifeisgood #estaciónTormenta, seleccionó el filtro Rise y posteó la imagen en sus redes sociales.

Cuando Clementina subió los tres pisos, las luces blancas iluminaban su paso mientras la electricidad hacía un ruido molesto y repetitivo. Llegó a casa y había un plato en la mesa esperándola, como siempre. Su esposo le dio un largo abrazo. Ella dejó la mochila en el vestidor y se miró en el espejo: su rostro opaco seguía opaco. La estaban llamando a cenar frenéticos, festivos. Le sirvieron unos hot cakes muy redondos con Nutella y nadie habló, jamás, de sus ojos hinchados ni de su viaje a estación Tormenta.

Mónica Flores Lobato.

XIV. LANTANA

Cuando llega el viernes y dan las ocho de la noche y su cuidadora toma un fin de semana para descansar y el cielo toma un color azul plomizo y las copas de los árboles se vuelven siluetas negras que danzan o no, dependiendo del viento, Lantana hace el ritual contraproducente de intentar no pensar en la muerte, llevando el pensamiento a un modo obsesivo y monotemático como si ese fuera el único discurso que el espejo le devuelve mientras cepilla y perfuma su escaso y blanco cabello. Teme morir mientras duerme y teme que la encuentren pestilente el lunes, por eso se embadurna con un aceite corporal de vainilla y le suplica al futuro que la acecha que no la haga morir en fin de semana. Prende el radio y quiere que la música calme al estribillo en su mente. Toma un vaso de leche caliente. Entra en una pijama suave de colores pastel. Cuando llega la hora de dormir, Lantana levanta las cobijas de su cama atenazada por las pinzas invisibles de su angustia.

Por fin sucede.

Lantana sube al sueño. El vagón está parado en estación Tormenta, hace años que no pasaba por ahí. Toma asiento, hay poca gente y todos están sentados. Mira los rostros, ¿qué tienen de peculiar? Hay algo en ellos, algo en común. Nadie luce cansado. Mira por la ventana. Qué raro. Están en estación Tormenta pero en los anuncios hay nubes que cambian una y otra vez de color: comienzan blancas, luego son grises, luego sólo parecen sucias como si las hubieran borrado mal, luego toman colores caprichosos y alegres. Naranja. Rosa. Lila. Violeta.

Suena el timbre de las puertas y Lantana duda, ¿cómo llegué aquí? ¿Me quedé dormida o me morí sin darme cuenta? ¿Podría no darme cuenta? Que alguien me diga, ¿este tren nos está llevando a un sueño o a la muerte? Nadie contesta, la miran como si fueran su reflejo en versión inexpresiva. Ella no quiere ir más en ese horrible tren.

Lantana se para rápidamente y corre hacia la puerta anticipando que tendrá que poner los codos y el cuerpo como oposición al cierre. Va dispuesta a luchar; ella se siente tan joven por dentro, casi de cincuenta, también de veinte y de cinco. Pero llega a la puerta y no pasa nada. El timbre calla y las puertas siguen abiertas. Es libre de salir del vagón. El tren está inmóvil. No llegan más pasajeros. Sólo los anuncios de nubes alternan colores. Asoma la cabeza. En el andén se escucha en loop el canto de al menos tres especies de pájaros. ¿Son la vida o son un sistema para tranquilizar a los pasajeros en tránsito?

Lantana sigue asomada como una Adelita que llegó a los cien años con los ojos incapaces de descifrar el horizonte. Ve una estación des-conocida. No sabe si subir al tren o bajar del tren. Ojalá pudiera gritar y despertarse. Ojalá pronto fuera lunes.

 

Mónica Flores Lobato

XIII. Olga

No pertenece a la locura ninguna de las personas en el andén de estación Tormenta si saben la diferencia entre el infierno y el mar.

Olga es una mujer corpulenta, ancha, que lleva varias capas de vestidos, faldas y suéteres azules y rojos. Ella escogió su nombre a los cuarenta y nueve años, cuando comenzó a errar por grandes distancias.

Entra a estación Tormenta como barco abriendo las olas, la gente se pega a las paredes para dejarla pasar. Despide un olor nauseabundo pero así huele el mar en el fondo, a donde todos los que estamos aquí iremos a parar. Su mirada está de cacería. Por fin llega al andén y sonríe tanto con la boca tan abierta que si hundiera la cara en el mar se llenaría de peces: encontró el mármol blanco que tanto había buscado. Olga cae de rodillas y abre sus brazos en cruz; toca con su pecho el piso para besar la santa superficie blanca, blanca como la arena más pura.

Un señor se le acerca. ¿Está usted bien, señora? ¿Se siente bien?

Olga levanta de nuevo el tronco, queda de rodillas en actitud devota.

—Estoy bien, llegué al Banco— dice Olga.

—No, señora, es una estación—, contesta el señor.

—¡Esto un Santo Banco Blanco lleno de dinero!—, dice violenta. —¡Mi iglesia! Yo voy a rezar a mi banco para que me llene de dinero. Creo en el dinero como creo en el mar. ¿Usted no cree en el dinero?

El hombre mira para todos lados. La mano de Olga está por alcanzarlo porque Olga se siente en gracia y tal vez lo pueda tocar e iluminar antes de que se vaya al fondo,  pero el hombre la esquiva y se aleja rápido.

Olga junta las manos, cierra los ojos y reza.

Ella es una isla. Siente con los poros, en la nuca, cómo los peces la rodean curiosos, querrían que estuviera descalza para comer piel de sus pies, devorarle las callosidades; siente las ondas suaves de las miradas nerviosas de todas esas criaturitas antes de que escurridizos sigan sus trayectos. Olga abre los ojos.

Cuatro policías buscan levantarla mientras una rueda de mirones espera acción. Los policías tienen un gesto contraído. Olga aletea para impedir que la levanten. Por fin la agarran de los brazos, de las axilas, y comienzan a subirla bufando.

—No me diga usted que no moriría por su fe—, dice Olga.

El policía no contesta.

—Desde tiempos antiguos, es asfixiante vivir entre peces y aún así los amo. Ustedes no son peces, ¿verdad? Son fieras. Si no matan a nadie, entonces sí son más como peces… hasta que quieran dinero. Entonces matan… pero no es por dinero. Ya nadie quiere dinero, como yo, óiganlo bien, el dinero es el mayor acto de magia, el mayor acto de fe. Ustedes quieren otra cosa.

Dejaron a Olga fuera de estación Tormenta. La gente recuperó su prisa, sus carriles. Los policías se quedaron cansados haciendo guardia en la  entrada mientras miraban a Olga errar y hablar en voz alta con camino hacia el norte.

 

Mónica Flores Lobato

XII. BEA

Bea lleva un abrigo largo color marrón, guantes y bufanda rosa pálido, lentes oscuros. Está tan cubierta porque siente que su deseo es neón brillante y una pulgada de piel expuesta podría delatarla. Debajo del abrigo, la bufanda, debajo del pantalón y de la tanga a juego con su abrigo, está su sexo expectante como una planta exótica de la familia de las mimosáceas, una de esas sensibles plantas que se pliegan al tacto.

Bea y Julio esperaron más de quince años. Haciendo cuentas, se gustaron desde el minuto uno de conocerse, cuando eran jóvenes y cada uno tenía novia y novio. Pasaron las relaciones, pasaron los matrimonios, pasaron los divorcios asincrónicos, las maestrías, pasaron los hijos, los trabajos absorbentes y las segundas vueltas con sus respectivos fracasos y duelos.

Hoy la cita es a las 10 de la mañana en un hotel de paso a cuatro estaciones de estación Tormenta, pero Bea está en el andén desde las 8 haciendo tiempo. ¿Cómo entrará al cuarto? ¿Qué dirá? ¿Julio la pegará a la pared y le dará un beso desesperado? ¿Hablarán?  ¿Ella logrará verse en las pupilas dilatadas de él? ¿Y si no se dilatan? ¿Y si se enamora? Tantas emociones, tantas fantasías durante años, ¿es justo terminarlas con una dosis de realidad? ¿Y si Julio no le volvía a hablar? Ese escenario le entumió el corazón. Sería terrible si no le hablaba nunca más. Su autoestima se iría a la basura. Tendría que ahogar bajo almohadas sin funda una de sus fantasías más duraderas. Su sexo pedía en el lenguaje del cuerpo que apagara el temor, que apagara toda la verborrea cerebral y fluyera en su versión palpitante.

Estaba en ese contrapunto cuando vio entrar a una pareja al andén. Era Julio con su tercer esposa, no la conocía. Iban de la mano. Esperaron juntos el tren y él puso su mano en la espalda de ella mientras entraban. Ella se veía tranquila. Bea se quedó con esa imagen. Desanduvo sus pasos. Regresó a casa. Vio porno. Pidió pizza. Le habló a sus amigas. Jugó por la noche plants vs zombies. Su sexo peciolado, expectante, no dejó de latir ni un segundo.

 

Mónica Flores

XI. Roberta

A las 4:00 am la estación Tormenta estaba en absoluta oscuridad y calma. Para Roberta, los sitios así eran un placer adquirido y gracias a su trabajo conocía muchos. Antes de las 6:00 am clausuraría los torniquetes y las entradas; primero haría una inspección, después el reporte que pasaría al equipo de fumigación, no sin antes darse unos minutos para meditar.

Roberta se fue directo al andén. Echó una ojeada rápida, apagó la luz del celular. El piso, los anuncios en las paredes, la herrería negra, las bancas para sentarse, las líneas amarillas de seguridad desaparecieron en su mente unos segundos después de apagar la luz. Los ojos también miraban el silencio subterráneo.

Dejó el carrete de cinta amarilla para clausurar en el suelo. Roberta podía oír el vacío aumentado del túnel: la humedad resonaba en su propia frecuencia. Le pareció escuchar su nombre pero eso en situaciones de privación de sonidos y luz ya le había pasado.

Caminó a oscuras. ¿Así habrán  andado en las cuevas antiguas, erguidos y a tientas en la oscuridad? Inhaló, exhaló. Así había aprendido a controlar la ansiedad hasta que logró dominarla en los sitios como éste, infestados de sombras para domesticar. Roberta le imprimió algo de carácter a sus pasos por el placer de escucharlos romper el silencio.

En un punto de la pared, Roberta se deslizó hasta el suelo frío, suciamente liso. Hace 3000 años ella podría haber hecho exactamente el mismo movimiento. Sintió que sus manos querían arrastrarse un poco, sin vista no había asco. Sentía el polvo en las palmas. El tiempo era tan chicloso en estos lugares. Prendió el celular: 4:44 am. Trató de calcular un minuto. Prendió el celular y seguía en 4:44.

El oído estaba cada vez más limpio del ruido exterior. Ya distinguía, por ejemplo, el chillido y el ir y venir de las ratas en las vías. Qué importa. Inhaló y exhaló. Meditaría un poco. Algunos duermen para no sentir hambre, pensó.

Unas risas agudas muy lejanas llegaron hasta ella. Provenían del otro lado del andén, probablemente de las escaleras. Se incorporó como pudo. Tomó su celular, echó luz, salió del andén, corrió hacia las escaleras, cruzó hacia el otro lado escuchando el eco de sus pasos mezclarse con las risas; caminó más cautelosa. Las risas aumentaban de volumen. Al llegar ahí no había fuente alguna que las produjera. Como si una civilización de cinco personas hubiese desaparecido dejando un fuego, unas risas, encendido.

Roberta desanduvo las escaleras hasta llegar al otro lado. Las risas quedaban como migas de pan esparcidas entre la duda de lo que acababa de pasarle. Había dejado de escuchar también a la humedad y a las ratas. Sólo sus dudas y su corazón sonaban para ella. No se diga más. Tomó la cinta amarilla y clausuró ambas entradas de estación Tormenta.

Inhaló y exhaló. Regresó nuevamente a las escaleras donde las risas agudas. ¡Ahí seguían! Roberta se sentó en uno de los escalones y desabotonó la cintura de su overol; sacudió los brazos y mejor se quitó el uniforme completo.

Cuando la encontraron sus compañeros, de Roberta salía un torrente de frío en la forma aterradora de carcajada. Era tan contagiosa, dijo.

 

Mónica Flores Lobato

X. Silvana

Silvana caminaba con calma por el largo andén de estación Tormenta mientras su cerebro se sentía completamente bailarín. Antes de salir de la oficina recibió una gran noticia, su proyecto de investigación sobre El entorno y la felicidad había sido aprobado, tendría presupuesto para hacer trabajo de campo, los resultados servirían para influir en políticas públicas. Silvana hizo, mientras esperaba el tren, un mapa mental para subrayar las zonas en las que trabajaría. Sin duda, las colonias aledañas a estación Tormenta y el perfil de los pasajeros serían parte de la investigación.

Lo siguiente sucedió muy rápido. Sonó el tren llegando a la estación y cuando Silvana apenas había dado un paso en dirección a las líneas amarillas, una mujer más o menos de su edad y estatura, aunque de complexión más robusta y de alma violenta, la tomó por el brazo.

—Te apuesto 100 pesos a que te quito la sonrisa —dijo la mujer.

Silvana en ese instante se volvió demasiado consciente de que sonreía y casi, para no perder la apuesta no aceptada, sostuvo sus labios extendidos, con las comisuras hacia arriba; dijo “no” con la cabeza.

Caminó un par de metros por el andén cuando la mujer le interrumpió el paso.

Sonó el timbre, las puertas del tren se cerraron y el tren partió.

—Si no quieres apostar, de todas formas te voy a quitar esa estúpida sonrisa de la cara —dijo la mujer violenta, que tomó a Silvana del cuello con la mano izquierda. Había poca gente en la estación y los pocos cercanos se dispersaron hacia los extremos del andén como gotas de mercurio. La mujer violenta raspaba su puño sobre la boca de Silvana buscando borrarle la sonrisa. Silvana intentó moverse, pero estaba detenida con una llave inmovilizadora. ¿Si dejaba de sonreír la dejaría en paz? ¿Iba a darle gusto a esta escoria?

No. Silvana sostuvo la sonrisa. Uno de los nudillos se atoró en un diente y sangró; la mujer violenta dejó de molestar a Silvana para lamerlo.

—Gané, lo tomo como un doble o nada. Me debes 200 —dijo Silvana sonriendo.

La mujer agresiva sacó el billete verde y lo zarandeó con su mano en las narices de Silvana. Cuando Silvana iba a tomarlo, la mujer le soltó un jab. Luego un rodillazo en el estómago con el que le sacó todo el aire. Silvana se dobló y la mujer se puso en cuclillas sólo para tener mejor visibilidad y confirmar si Silvana había perdido o no la sonrisa. No la había perdido.

—Ahora me debes 400 —dijo con el poco aire recuperado.

Llegó el tren, sonó el timbre de las puertas, y la mujer violenta de la apuesta se subió pintándole dedo.

Silvana sonreía. Un largo escalofrío precediendo un dolor generalizado recorrió su cuerpo. El rostro seguía sonriente. La sonrisa estirada en lugar del grito; de la discusión; de la mordida salvaje. Como la felicidad en tiempos de guerra en algunos entornos, en algunos hogares.

                                                                                                        Mónica Flores Lobato

IX. Denise

Denise vivía en una nube personal de perfume cítrico e inocentón que se ponía en las muñecas, cuello, escote y tobillos. También vivía, recién, bajo el yugo de la culpa. Tenía oleadas culposas que iban y venían y que procuraba ignorar. ¿Para qué pensar en ello? En diez minutos llegaría al hotel, se encontraría con Oscar. En veinte minutos estaría desnuda en el cielo.

¿Cuántas veces más girará la ruleta?, se preguntó Denise. Ella había estado soltera, casada, casi viuda, divorciada; había sido sexualmente activa; más casta que un canario enjaulado; había seducido, rechazado; pero nunca le había tocado ser “la amante”, hasta ahora. Sentía que competir con una mujer a la que su compañero de vida no quiere era hostil y burdo; se soñaba a sí misma en el podio después de la meta celebrando eufórica mientras una mujer con los tobillos fracturados la miraba inmóvil desde la salida. Esa pesadilla la había perseguido, con distintas variaciones, en los últimos tres meses.

Denise extrañaba las miradas de trazos rápidos y gruesos que se daba con Oscar. Un día, Denise sintió que su jefa o sus compañeros lo notarían, que cualquiera podría reconocer en ellos el territorio que el erotismo había arrebatado a la rutina.

El tren ya se había tardado. La gente, en el andén, hacía filas que perdían la forma apenas la alcanzaban. La ropa de invierno se pegaba sudada a la piel.

Denise sintió una onda caliente sobre la nuca. Volteó. Apenas a diez metros, una mujer la miraba como si la estuviese matando lentamente. Denise estaba segura, era la mujer de su pesadilla. Era ella, lo sentía, aunque el cabello fuera distinto, el tono de piel, la edad, el tipo de ropa. Denise sonrió descuidada y volvió la vista al frente. ¿Qué debo hacer? ¿Me sigue? Más que pensamientos articulados, la invadieron frecuencias paranoicas que la aceleraron como un motor encendido sin maquinaria que dirigir. Miró teatralmente hacia el reloj de estación Tormenta para tratar de tener a la mujer en su campo visual. Imposible. ¿Dónde está ahora? Sangre y muerte pasaron por su cabeza. Oscar parecía lejano, imposible. Llegó el tren y se levantó un barullo. De pie, Denise volvió a sentir esa mirada horrible y una temblorina involuntaria se apoderó de sus piernas. Trató de caminar hacia la puerta más cercana mientras las bocas del vagón se abrían. Parecía que nunca hubiera estado sobre unos tacones, la sostenían frágiles, hasta que los tobillos tronaron como dos ramitas secas. Denise cayó, doliéndose en el suelo. Un matrimonio mayor se acercó a ayudarla. Ella puso sus manos sobre los tobillos, no sabía si había o no fractura. Levantó la vista. Sonó el timbre del tren y las puertas se cerraron. Le pareció que la mujer de sus pesadillas la miraba desde una de las ventanas sonriendo, celebrando.

Mónica Flores Lobato

VIII. María

María salió de estación Tormenta expulsada de un vagón a reventar. Jaló su bolso pero alguien tiraba desde dentro del vagón. Sonó el timbre de las puertas y ella gritaba, no, no, mi bolso, ay, pero las puertas se cerraron con el bolso adentro. El tren comenzó a andar y la gente, adentro, miraba a María gesticular como en cámara lenta, correr sin que su peligro significara nada, sólo un chico lleno de barros en la piel sacó su teléfono y filmó esa desesperación silenciosa; los demás tenían otras historias proyectándose en sus mentes o celulares.

Se acabó el andén y María soltó su bolso.

El tren y su rastro sonoro fueron absorbidos por la oscuridad.

María se giró lenta, vencida. Su rostro parecía tan vivo en contraste con sus ojos. Una bruma, casi un listado de pérdidas, le embriagaba.

Las personas en el andén la miraron un momento antes de perder el interés.

Era un ensayo de muerte, eso de perder algo querido.  En el bolso iba su diario. En el diario, su vida desde su voz y torpeza. ¿Alguna vez escribió para el chico con acné que la filmó sádico? No.  ¿O para los que no jalaron la palanca de emergencia porque no se les dio la gana? Tampoco. Sintió asco de la honestidad dejada en las casi cien hojas de ese cuaderno que llegarían a manos de quién sabe quién. “No estamos solos, estamos sin vínculos. Al corazón se le está olvidando como hablar o escuchar, pienso”, había escrito apenas hoy en la oficina mientras tomaba café y sentía un hueco en el estómago al ponerse la diadema y cubrirse de valor para escuchar a tanta gente hostil y decepcionada que exigía so-lu-cio-nes. ¿Quién la leería? ¿Qué pensarían de su mezquindad al describir a algunos clientes, o de sus anhelos? Tal vez su diario, su intimidad, seguiría en el piso dentro del bolso porque alguien ya había tomado su dinero y sus tarjetas. María se sentía fragmentada, una parte de ella se había ido en ese tren y frente a algunos ojos estaba abierta y expuesta, desvinculada de su origen. ¿Se habría ido su parte más sensible en ese cuaderno y habría quedado un cascarón al que se le olvidarían los momentos verdaderos y las palabras que les correspondían? Ahora era ella quien debía llamar a alguien con diadema para hacer los trámites de reporte de sus tarjetas, al menos. En unos cuantos minutos sería ella una cliente desesperada que buscaría empatía y encontraría indiferencia en un guion, casi un carril de alguna voz.

¿Y si lloraba?

¿Y si lloraba?

María quería escribir.

Compraría un nuevo cuaderno saliendo de estación Tormenta.

 

 

Mónica Flores

VII. Habana

¿Qué tradición impidió a Bruno quedarse conmigo?, pensó la pequeña Habana clavándose las uñas en los muslos hasta marcarse medias lunas. Una sola cosa, y la frase parpadeó en su mente con un pulso eléctrico, neón: la tradición de mandar todo a la verga.

A diez metros de distancia nadie la nota. A cuatro metros de distancia los ojos de otros la saltan: menuda, pequeña, apenas ocupando la esquina de una banca en el andén de estación Tormenta. A un metro es distinto, cualquiera la evita porque emite una frecuencia disonante, casi un perfume que repele a otros. Si ella supiera todo eso, lloraría.

La belleza de algunas estaciones, y estación Tormenta entre ellas, es que ponen el escenario para que ciertas cosas sucedan. Enmarcan al presente, con pasado y futuro fuera de los márgenes pero absolutamente inmediatos. La estación Tormenta, con sus costillas negras por fuera y sus pasillos para recorrer, bien podría ser para algunos un útero frío del que pronto se saldrá, y eso es una buena noticia.

La gente que llega en el tren en turno baja aprisa. Habana, que no sabe ni cuántos trenes ha dejado pasar. Después de algunos abrigos, algunos zapatos, algunos anteojos de pasta clonados al infinito, todos pasando de largo y con prisas, mira sus muslos recientemente marcados. Es la primera vez que siente esto: ella es suficiente. No existe más “la banca menos Bruno”, “la estación menos Bruno”, “el mundo menos Bruno”.

Habana abre tímidamente las rodillas para que sus muslos sientan el aire que el tren provoca. Y ese aire entra a su estado de ánimo. Ella se levanta y aborda el vagón desbordada en suficiencia. Sólo quiere llegar a casa de Bruno a mostrarle qué diferente y maravillosa es sin él.

Cada quien sus tradiciones. Cada quien su viaje.

Mónica Flores Lobato