XXXIII. Ema

Ema tenía once años y ya tenía que volver sola de la escuela. Comía en estación Tormenta un sándwich, iba a sus clases de tae kwon do y luego llegaba a casa a las seis, prendía la tele, miraba las últimas caricaturas de la barra infantil comiendo cereal a puños en un tazón sin leche y se quedaba dormida en el sillón de la sala hasta que algún adulto llegaba. La vida se sucedía bajo las preguntas: por qué nadie me ve y qué programa sigue.

Un día Ema alteró la rutina y decidió no llegar más a casa. Se quedó en estación Tormenta. No iría más al tae kwon do, ni a la escuela, ni a dormir a la sala con la tele prendida. Los puños cerrados. El uniforme rojo de la escuela por única ropa. Así, horas.

Le pareció ver a su madre con unos policías buscándola. Pasaron de largo frente a ella porque buscaban a una niña perdida, a una niña que correría a sus brazos; no a una niña furiosa. Su padre se les unió en la estación y gritaba Emi. Emi, el diminutivo que nunca le dijeron ahora sí lo usaban.

Ema vio a mamá y papá partir de estación Tormenta sollozando, con las manos vacías, pero a ella sólo le dolían las marcas que se había hecho con las uñas en las palmas: ocho lunas rojas. Estaba agotada cuando dieron las dos de la mañana y la estación cerró. Cuando abrieron, llegaron los de intendencia con sus máquinas para lavar el piso y ella tuvo que sortearlas. Seguía furiosa e invisible en estación Tormenta sin decidirse a abordar ningún tren.

Robó algunas loncheras. Con el paso de los días, algunos amigos del colegio le llevaron los apuntes y le regalaron ropa y así pasaron semanas. Era curioso cómo seguía sintiendo que la vida era un programa de televisión que veía a un metro y medio de distancia de los ojos y a una distancia mucho mayor de su alma. Esa sensación duró aún cuando fue encontrada y llevada a casa. Duró toda la adolescencia. La juventud. Las personas que la rodeaban no tenían profundidad. Ema las arreglaba con una mirada benévola y generosa con tal de no tener que verlas con sus verdaderos, defectuosos y humanos rostros.

Cuando Ema cumplió cuarenta y dos años, la vida dejó de verse así. Fue un cambio sencillo, simplemente el modo televisión ya no prendió más. Durante un desayuno familiar, vio a su madre incapaz hasta de cuidar de un pequeño gatito, peleaba con una amiga que insistía en regalarle uno. Vio a su padre organizando metódicamente por fechas y secciones una pila de periódicos mientras contaba chistes del mundial. En la sala, en esa misma donde se quedaba dormida de niña, sintió la mirada azul iceberg de su pareja cortarle cualquier entusiasmo con una insensibilidad pegajosa, grosera, desagradable. Todos eran como eran.

Ese día decidió todo. Caminó hasta estación Tormenta. Necesitaba empezar por ahí. Al llegar al andén sintió un escalofrío cuando miró en la banca del andén a una niña furiosa. Sola, pequeña. Con un suéter rojo comiendo un sándwich, limpiándose los lagrimones que escurrían por sus mejillas, los labios apretados. Ema se sentó junto a ella y la niña lloró aún más, su pequeño cuerpo se sacudía. Ema le dio besos muy suaves en el cabello. La tomó de las mejillas tratando de quitarle el frío de soledad con la tibieza de sus manos. La niña temblaba. Ema la abrazó y le dijo al oído que ya, por fin, había llegado una persona adulta para cuidar bien de ella, la cuidaría por siempre. La niña furiosa se calmó desapareciendo entre los brazos de Ema, que sintió en su pecho un calor tan agradable, tan luminoso, expansivo y cierto como que empezaba el verano y el resto de su vida.

 

Mónica Flores Lobato

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XXXII. Duna

Asexual, dijo Duna, soy asexual. Asexual desde siempre. No me gustan los hombres, ni las mujeres. No quiero nunca nada. Asexual. No intentes nada, mamá, ya lo decidí.
Aunque ante el espejo, en los ensayos, su expresión era totalmente neutra, al decírselo a su madre Duna tuvo que pasarse las manos por los pants para secarse el sudor. Los ojitos de Duna se entrecerraron un poco esperando la reacción.
Su madre dejó a un lado el cereal y miró fijamente el rostro de Duna cuando escuchó por tercera vez “asexual”. Luego le miró los pechos. Otra vez la cara.
¿Estás loca? No existe eso de ser asexual. ¿Cómo crees?
Terminaron de desayunar, se alistaron y caminaron rumbo a estación Tormenta. Eran las 9 am, iban con el tiempo justo para llegar al centro cuando no hubiera tanta gente en sábado, pero la madre de Duna se detuvo frente a la panadería y tomó a Duna del codo. Ven, desayunaste muy mal, escoge un pan, por favor. ¿Prefieres una dona o un churro? ¿Quieres una concha? La madre la empujaba un poco hacia los churros. Duna la miró con asco. Ay, mamá.
Ay, mamá, qué. Es una pregunta inocente. Está bien, nos vamos sin pan a nuestras compras.
Caminaron a prisa, sin mirarse ni dirigirse la palabra pero conservando el ritmo. Entraron a la estación, pasaron los torniquetes, bajaron las escaleras y esperaron en el andén.
Duna y su madre se subieron en el primer tren. No estaba tan lleno.
Es imposible que seas asexual, Duna. Te creo que seas virgen a tus veintitrés años. No es lo normal en estos tiempos pero sí que es posible. Es sólo que no has tenido una buena oportunidad para tener sexo con un chico de tu edad.
Duna bajó la cabeza porque sintió que las palabras de su madre atraían todas las miradas hacia ella.
Eres bonita, eres inteligente, sólo te falta soltarte un poquito.
Un cantante vestido con cueros negros y una pequeña grabadora, entró al vagón, puso su pista y comenzó a cantar rock.
Duna levantó un poco la mirada y se encontró con la del cantante. El cantante, de unos treinta y dos años, descaradamente cantó toda la canción para Duna. La miraba a los ojos, hacía inflexiones sedosas con la voz, le sonreía y le cerraba los ojos en los descansos musicales.
Duna le agradeció con una sonrisa virginal.
La madre de Duna notó el la tensión sexual que se sentía entre su hija y el cantante, y siguió hablando.
Claro que me parece muy bien que seas asexual y esperes todo lo que tengas que esperar. Estamos de acuerdo. Los asexuales tienen derecho a serlo y si quieren serlo toda la vida, pues, bueno. O por algunos años más, está bien, tampoco es que exista prisa.
Pero Duna ya no la escuchaba. Sonreía y se sonrojaba y el rockero por fin se acercó a ella y le dijo Estás muy linda. ¿Te puedo volver a ver?
La madre de Duna estaba enmudecida, con los ojos muy abiertos, esperando la reacción de su hija.
@Duna en twitter, esa es mi dirección.
El rockero le pasó un dedo por la mejilla mientras la madre de Duna miraba con reprobación e incredulidad a su hija.
El rockero salió del vagón despidiéndose con la pequeña grabadora en alto y con la otra mano sobre el corazón.
¿No que asexual, Duna? Qué te pasa. ¿Con un hombre grande que canta en el transporte colectivo?
Nosotras viajamos en el transporte colectivo.
Pero Duna, ¿qué haces? No lo puedo creer.
Cambié de opinión. No soy asexual.
Ah, no, ahora vas a ser asexual hasta que yo apruebe al chico con el que quieras salir. Y este no es ningún chico, es un lagartote.
Ay, mamá.
Y discutieron hasta que por poco pierden su bajada. Corrieron a la puerta y se enfilaron hacia la salida. Duna defendió su derecho a salir con el cantante y pidió coherencia en el discurso a su madre, y la madre le cuestionó el juicio y elecciones, y pidió coherencia en el discurso de su hija.

 

Mónica Flores Lobato

Alejandra

Sucedió lo que todo el mundo temía: el clima en la ciudad llegó a 33ºC, con una percepción térmica de 40ºC al interior de los vagones, y eso se convirtió, a las tres de la tarde, en un horno de microondas que cocinaba a fuego lento los cuerpos de estudiantes y trabajadores. “¿Por qué no sirve el aire acondicionado?”, protestaban señoras y señores a los que el rostro se les comenzaba a derretir. Golpeaban las paredes del tren con sus puños sudorosos dejando ver las ruedas oscuras bajo sus brazos.

Lo primero que el calor le desdibuja a un grupo de personas reunidas en un mismo espacio es el olor. Al principio sí, cada quien sabe lo fuerte que huele su sudor o su perfume o su loción violentados. Pero después de algunos minutos y con el vagón más lleno, nadie es ya dueño de su olor. Todos respiran esa inmundicia y recuerdan que para fines prácticos, en el calor, en un vagón, son ese olor a humanidad, pobres vacas dirigiéndose al matadero.

Alejandra comenzó a sentir que sus pies palpitaban hirvientes dentro de sus tenis negros; que su cerebro se cocinaba a un ritmo lento pero constante, el resto del cuerpo quedaría cocido más rápido. ¿Cuánto tiempo más podría aguantar sin síntomas este pequeño infierno? Apenas se lo preguntó, una adolescente cayó desmayada. Trataron de hacerle espacio pero sólo se logró que con movimientos estrujados dos compañeros de ella la sacaran como pudieron en la siguiente estación. Al cerrarse las puertas, alguien, en el extremo, comenzó a tener un arranque de cólera. La deshidratación les quitó la curiosidad de entender qué decía, qué pedía, ¿qué no era todo inútil?

La gente sudaba en gotas gordas desde la frente hasta los pies e ir sentado dejó de ser un privilegio bajo esa lluvia de humores. Alejandra le cedió el lugar a un anciano. Por primera vez pensó en la muerte, en la propia, en la de otros. ¿No era esto una prueba de selección “natural” (tan natural como puede suceder en un sistema de transporte cuyo presupuesto no da para tener el aire acondicionado funcionando a la perfección)?

Alejandra se sintió desparramada: los muslos, las caderas, el tronco, todo su cuerpo se sentía pesado y resbaloso. Ni hablar. Se bajaría en la siguiente estación. Para qué quedarse a ser la siguiente desmayada.

En estación Tormenta había al menos a 6ºC menos que en el vagón, y ese gradiente térmico era suficiente para sentirse recuperada, fresca. Estaba apenas a dos estaciones de casa, así que caminaría sin problemas.

En la calle, escogió la acera norte para caminar con sombra. Era agradable sentir que la brisa iba secando su cuerpo y su ropa mientras caminaba, aunque el calor seguía a todo.

Al doblar por la esquina, notó que la seguían dos perros. Le lamían los muslos, las manos, y el más pequeño hasta intentó morderla. Alejandra decidió caminar más rápido para perderlos pero los animales se iban multiplicando, perros y gatos callejeros comenzaron a seguirla disciplinadamente como seguirían a un filete de 65 kilos medio cocido.

Alejandra no entendía y sintió miedo. Se echó a correr. En cuanto pudo, al ver vacía la cabina de un cajero automático, se encerró. Los animales afuera la miraban babeantes tras la puerta de cristal. Ahí ella recuperó la propiedad que perdió en el vagón, pudo nuevamente percibir su olor. No era el olor de su sudor mezclado con el desodorante floral ni las notas avainilladas del perfume que le regaló Gaby, la del trabajo, por el día de la secretaria. Olía a una comida que comenzaba a prometer. Los animales lo sabían y presionaban en manada la puerta. Si la dejaban el tiempo suficiente encerrada en el cajero automático, Alejandra saldría bien cocida.

 

Mónica Flores Lobato

XXX. Violeta

Hacía calor y Violeta se quedó dormida en su asiento. Soñó que tras un tranquilo desplazamiento del tren, llegaba a su estación. Bajaba y se dirigía al trabajo. En el trabajo, su jefe le pedía que comiera. Violeta sacaba de su bolsa dos tupperwares y los ponía sobre su escritorio. Uno era rojo y otro azul. Sonreía. Elegía el azul. El color que representa lo tranquilo, el cielo, la calma, la opción sin riesgos. Al abrir el recipiente había dos cucarachas cafés de buen tamaño. ¡Ah! Cuídame a mis hijos, dijo el jefe.

El jefe se marchó y Violeta sintió una frustración creciente. ¿Qué iba a hacer con dos cucarachas? No había terminado de preguntárselo cuando las criaturas ya estaban caminando veloces por el suelo. De pronto la oficina estaba muy transitada y Violeta sólo podía imaginar el riesgo de que pisaran a los hijos de su jefe bajo su cuidado. Por un momento pensó en devolverlas al tupperware azul pero era mayor su asco a tocarlas a su sentido de responsabilidad. Quiso seguirlas para poder dar cuenta al menos de dónde estaban pero no hubo manera de alcanzarlas. Lo que estaba más allá de la vista era simplemente el mundo de lo imposible y hacia ahí habían caminado las traviesas cucarachas.

Un llanto estridente comenzó a gestarse en su interior, tomaba fuerza la potencia contenida esperando una columna de aire para subir y salir. Era un fracaso como empleada. Como cuidadora. Como persona responsable. ¿Qué diría su jefe? Apenas pasó el nudo emocional por la garganta, Violeta pudo ser consciente de que iba a gritar y despertó. Alcanzó a hacer un ruido, una queja gutural, pero se acomodó rápidamente en su asiento, carraspeando, aparentando que no pasaba nada.

Violeta sintió que algunos pasajeros la veían. Ella no alzó la mirada. Primero pasó su mano por la comisura de la boca. Luego se ocupó de descarapelarse el esmalte viejo en las uñas.

Ya en estación Tormenta, se detuvo un momento tratando de regresar a la realidad y encontrarse. Sentía que una parte de ella se había quedado en una zona oscura tratando de arreglar algo irremediable. Miró hacia el túnel y entendió al más primitivo de los humanos porque tuvo ganas de entrar y hacer un rito. Pedirle a la oscuridad por la que había transitado le devolviera a esa que ella era antes de semejante sueño. Para no tener que partirse en dos. Para no tener una deuda capaz de alargarse tanto como las patitas de lo inalcanzable.

Mónica Flores Lobato

XIX. Casandra

Casandra, a sus cincuenta y nueve años, está harta de saber qué sucederá en el futuro, por la sencilla razón de que nadie le cree. No sabe hacer otra cosa más que anticipar qué sucederá. De su boca sale verdad, está convencida, pero en los oídos de otros ésta se debilita. Se ha ido quedando sola, poco a poco, con sus bocanadas de tiempo sobre el rostro de quienes la rodean.

Casandra espera en el andén de estación Tormenta. Ya sabe que a partir del viernes comenzará una era de felicidad inesperada para su país porque, como si de astros antiguos se tratara, las coincidencias harán que en un solo día tres compatriotas suyos descubran la cura absoluta al cáncer; la batería más poderosa y eficiente de la historia y un súper alimento capaz de anular cualquier instinto violento y malvado en quien consume apenas 5 gramos por día. Ella ve una ventana por la que podría entrar un poco de sol a un país de población tiritante. Curiosamente no puede saber qué será de ella esa misma tarde.

Pasó un hombre encorvado que viste una guayabera beige con manchas húmedas bajo los brazos. Carga un portafolio negro que combina perfectamente con el armazón de pasta de los anteojos, dándole al hombre el aura de un burócrata retro nacido en pleno trópico. El hombre tiene la cara más triste y pálida de toda la estación. Casandra no pudo aguantarse. Fue y le puso la mano en el hombro. “Señor, ¿se siente usted bien?”, dijo Casandra. El hombre la miró a los ojos como si hubiera esperado un año entero para escuchar esa pregunta, los ojos inundados, el párpado inferior tembloroso. El hombre movió negativamente la cabeza, apretando los labios para evitar el desbordamiento.

Casandra le dijo todas las cosas lindas que sucederían a partir del viernes. Le habló del prestigio académico que recuperaría el país, por no hablar del orgullo y la tranquilidad que sentiría hasta el ciudadano más vulnerable. El hombre casi sonríe. Tomó del antebrazo a Casandra y la llevó hacia una banca. La invitó a platicarle mucho más. Quería escucharle todo. Casandra, sorprendida por el efecto de sus palabras, siguió hablando sobre el futuro, sobre las cosas que ella veía en su mente dentro de esas auras luminosas con las que se enmarcan los pensamientos premonitorios. De pronto el hombre le dijo: “tome mi portafolio, ahí no tengo nada excepto un par de decenas de formas para llenar seguros de vida. Yo estoy harto. El viernes quisiera ser otra persona, una que descansa completamente en paz. Su optimismo me ha convencido para acabar con esto, digamos que no le creo nada”.

Casandra sintió un hueco en el estómago. El señor se aventaría al andén y en menos de un minuto ¿estaría muerto por culpa de ella? El tren llegó veloz como llegan los malos pensamientos. Casandra quiso gritar pero su vista, posada sobre el señor burócrata, no se movió ni un centímetro. El hombre no se movió del sitio en el que estaba parado. El tren abrió sus puertas, salió la gente, cerró las puertas, se fue. El hombre se acercó a Casandra y le dijo: “gracias por guardar mi portafolio mientras le daba una lección. “¿Una lección?”, dijo Casandra. “Sí. Usted sintió un hueco en el estómago por la anticipación que yo le prometí. Eso fue para que viera que eso es exactamente lo que usted hace al andar por ahí soltando futuros a quemarropa”, dijo el señor burócrata. “No es lo mismo. Lo que yo hago no se parece en nada a lo que usted acaba de hacer”. “¿Gusta usted un café?”, dijo él. “No lo sé”, dijo Casandra. “Ande, que podríamos ir a hablar de por qué estamos hoy aquí”, dijo él. “Bueno, pero es usted raro, señor”, dijo Casandra “sólo que me conmovió verlo tan triste”. “Santiago, me llamo Santiago. Y a que no sabía que saldría usted de mi brazo esta tarde”, dijo el señor, dándole el brazo a Casandra, con una sonrisa enorme.

 

Mónica Flores Lobato

XVIII. Abril

Abril entró a la estación como si fuese La Limpieza misma. Era una profesional que había sido contratada para modificar estación Tormenta, devolverle un antiguo brillo y celebrar así el inicio de la Primavera. ¿Cómo quitarle esa capa gruesa de tristeza y mugre a una estación por la que transitan miles de personas al día? Para Abril, sólo había una forma: el método. Lo primero fue lavar las paredes con jabón y agua, dejarlas con la cara limpia. Hizo lo mismo con los pisos, con las bancas, con los anuncios, los pasamanos, las escaleras, los torniquetes, la caseta de los boletos. Chicles pegados al suelo, polvo y suciedad pegados a los chicles; costras de todo tipo dejando constancia de lo insuficiente que es el servicio de limpieza si se trata de combatir el hábito humano cotidiano de enmugrarlo todo. ¿A quién culpar? ¿A la gente? ¿Al smog? ¿Al administrador de la estación? Abril sabía que una cosa era la basura y otra el rastro sucio que vamos dejando en el tránsito del espacio y tiempo. La evidencia indica que nuestros despojos son feos, no como las hojas amarillentas que caen de los árboles en otoño.  Hacer este trabajo era su forma muy particular de hacerle un tributo al silencio. Sacarlo de la dimensión del sonido para buscar ritmo y pausa en el espacio. Eliminar el ruido visual. La estridencia discordante era algo que no toleraba bajo ninguna de sus formas.

Abril mostró los resultados a sus superiores, una secuencia de fotos desde distintos ángulos e iluminaciones para que pudieran apreciar el grado de limpieza que había sido devuelta a la estación. Eligió cada toma con cuidado, esperando la mejor luz cenital; quería capturar la belleza de una atmósfera luminosa y de amplitud en el viejo andén. La publicidad era nuevamente legible, gracias a que ya no había rayones ni manchones entre el poster y la mirada de los pasajeros en tránsito. El piso se veía caro, antiguo, y sobre todo, exageradamente limpio. Le dieron una palmada en el hombro y luego pasaron a otros temas de mantenimiento.

Al llegar a casa, Abril abrió las fotos en su computadora. Algo no estaba bien. Cada escena podía estar aún más limpia. Las herramientas virtuales le ayudarían a terminar su trabajo. Con una goma virtual, borró en el siguiente orden los rostros de todas las personas: las cejas, las narices de todos los tamaños, las ojeras, los ojos, los pómulos, los labios cerrados de la gran mayoría. Dejó manchas lisas color piel sobre los hombros de cada persona. Alejó su silla algunos centímetros para apreciar los maniquíes ambulantes llenando la estación como a una maqueta. Todo podía estar más limpio. Borró una a una las personas. Adiós señoras, adiós señores, adiós ancianos, adiós infantes. Se sirvió de otras herramientas para rellenar con mucho cuidado cada vacío en cada imagen: pegar, rellenar, colorear, un trabajo fino con la paleta en grises de la estación. Dieron las tres de la mañana y Abril por fin sintió que podía apagar la computadora e irse a dormir. Había terminado con el trabajo. Sólo faltaba ir al baño a limpiarse el rostro: las cejas, los ojos, los pómulos, la nariz, los labios cerrados, secos y partidos, los labios que habían olvidado tantos motivos para mantenerse hidratados. Estaba tan cansada. Su rostro sobraba en el espejo. Su silueta.

 

Mónica Flores Lobato

XXVII. Sandía

Cuando Sandía eligió, allá en Beijing, allá en su clase de español, llamarse Sandía en lugar de Sun, le pareció que la palabra era una sonrisa franca y fresca. Quedó prendada de los cuadros de Rufino Tamayo y de los rojos que tenían un matiz alegre. Pero llegada a las tierras mexicanas donde nadie sabe ya con qué comerse su dolor, el nombre Sandía desató burlas, parecía cargar con una nube del ridículo. La sonrisa que calculó generar, desaparecía, como si a la paleta de Tamayo le hubiesen caído chorros de cinismo lúgubre, llevándose los colores oaxaqueños.

Sandía debía tomar una decisión: cambiarse el nombre o intentar abrirle un espacio a su inocencia, a la candidez con la que se enamoró de un color y de una palabra justo en el país donde esa palabra tenía algún significado dulce.

Abrió su Facebook y por todos lados estaba la noticia del rinoceronte blanco que acababa de morir. Ningún emoticón, ningún comentario, meme o pensamiento era suficientemente triste. Ella estaba en estación Tormenta y, de pronto, supo cómo se sentía sentirse devastada. Levantó la vista del celular. ¿Cómo podemos seguir así? Tenía ganas de gritarle a todos “el hermoso rinoceronte blanco está a punto de desaparecer para toda la eternidad, carajas madres” (todavía no sabía enojarse bien en español) e imaginó un mundo en el que todos se detenían en shock, luego lloraban, luego sus vidas se modificaban para siempre adquiriendo una sencillez iluminada en la que las prioridades cambian. No un shock como cuando murió Xu Ting o David Bowie, no. Un shock cuya inercia comenzó en el inicio de las especies, cruzó todos los tiempos y vino a estamparse frente a nosotros en el año 2018. Pero Sandía no dijo nada. Lloró sola y el poquísimo rímel de sus pestañas escurrió en gotas negras sobre su blusa.

Dejó un comentario en una página de periódico lamentando la muerte del animal. No había terminado de leer los otros comentarios cuando comenzaron a atacarla por su nombre. “¡Me voy con melón!”, le decían. “Sandía, qué pinche feo nombre te pusieron”. “Cállate, pinche fruta”.

Sandía cerró su teléfono sin tomar ni media letra personal. Era algo más triste. Como si el mundo forjara un horizonte de piedras lanzadas por manos bárbaras. Los rinocerontes blancos de todas las especies y sensibilidades, ¿con qué contaban?, sus defensas eran fantasmales, su amor por la vida muy etéreo, tomaba tanto tiempo y trabajo materializar una vía para cruzar ese horizonte que parecía imposible.

En este día tan triste, el shock atemporal no hizo vibrar a muchos ni un poquito.

Sandía tuvo el deseo de saltar a las vías en ese instante. No lo hizo. Secó sus ojos. Dejó bajar a las personas con prisa. Abordó el tren repleto. ¿No sería ella misma un rinoceronte blanco?

 

Mónica Flores Lobato

Monique

Soñé que estaba en estación Tormenta, pero también era mi casa. Soñé que entraba al andén y una mujer parecida a mí exhalaba intimidad como si estuviera desvistiéndose en su recámara.

La mujer parecida a mí seguía retirando cada prenda y colocándola cuidadosamente en el piso. Se levantaba un poco de polvo. Me acerqué y le dije “¿no tienes miedo?”. Pero no me escuchó. Se quedó en ropa interior y echó a un lado su cabello largo. Comenzó a tejer una trenza bastante suelta. Di un paso atrás. Una señora, con tono chismoso y cómplice, se acercó a comentar: “¿está sola? ¿Está pidiendo que la ataquen?”.

Hubiese querido defender el derecho a la desnudez como un gesto radical, pero en mi pesadilla una mano invisible me amordazaba y se extendía sobre mi cabeza y la empujaba para que asintiera y exprimía mi garganta para que le dijera a la señora “sí, qué barbaridad, sí, sí, es terrible”.

Llegó el tren y bajaron de él hombres y mujeres en tropel. Se abrían líneas, como si fueran hormigas quienes iban a las salidas, rumbo a sus trabajos. Los que se dirigían hacia la mujer parecida a mí eran otro tipo de animales. Unos tipos enterraban el cuello entre los hombros riendo como idiotas, tocándole los senos a la mujer parecida a mí como si estuvieran tocando palabras que suenan sucias. Unas mujeres le gritaban “Tápate, loca. Qué haces. Tápate”, y aceleraban el paso. Un hombre desabrochó su cinturón con el gesto idéntico al de un comensal que se coloca una servilleta blanca sobre la camisa antes de atascarse de carne. Tuve una elipsis, todo se fue a negro. Luego vi que la mujer parecida a mí entraba de nuevo a la estación. Se detenía en el andén como si estuviera en su recámara. Volvía a retirarse prenda por prenda. Le pregunté “¿Por qué haces esto?” y dijo: “El sábado entraron a mi casa. Nadie debió hacerlo sólo porque está en la calle. Porque no tiene alarmas”. Y yo entendí, no sin una enorme opresión, que perdimos el derecho a la herida. Otra vez, negro.

Me quité las prendas y la sensación en mi cuerpo era la de quitarme capas de yeso, mi piel tenía ese peso, esa textura, ese color. Sentía la exposición total de mis ladrillos. Sabía, como en un deja vú, que cuando se abrieran las puertas del vagón los salvajes bajarían en jauría sobre mí. Me culparían por frágil. Por expuesta. Por no tener rejas suficientes ni chapas de alta seguridad. Y yo era, en esta reencarnación, una casa defendiendo su derecho a estar vulnerable. Mi esperanza era una mujer parecida a mí que me observaba con miedo e incredulidad a unos metros de distancia. Alguna otra, algún otro.

Y de nuevo, cuando la jauría bajó del tren, nadie entendió mi protesta.

“La culpa no es de la casa”, alcancé a decir, antes de despertar agitada.

 

Mónica Flores Lobato

XXV. Samya

El Colectivo Pink Hat convocó a las 13 horas para una protesta de besos en estación Tormenta. Algunos despistados creen que se trata de besar a quien más les guste. Otros creen que será uno de esos experimentos que circulan por internet donde tienen que mirarse fijamente a los ojos por un minuto y luego besarse apasionadamente. Lo que Samya sabe, porque ha ido a varias protestas, es que el evento consiste en agrupar a las personas por sus preferencias políticas y después de que todos han accedido a participar con un beso, se les comunica que besarán a alguien del grupo contrario. Samya piensa que detrás de cada boca hay una cabeza con una acumulación de ideas más o menos correctas, más prejuicios, desinformación, conveniencia, y, porque se siente una persona promedio, que probablemente su cabeza tenga más o menos la misma cantidad de basura que la de los demás. Pero en algo sí cree y es en la abolición del odio. Odiar sólo lleva a la ruptura, lo sabe porque ha odiado y ha sido odiada. Y no quiere vivir en un país donde las decisiones se tomen odiando a los de enfrente, vamos, no quiere ese estilo de vida ni para su cuadra o su edificio. No le desea eso a nadie. Así que en un acto pacifista está dispuesta a darle un beso a algún enemigo político, como una afirmación simbólica de aceptación a pesar de las diferencias previas a cualquier diálogo.

En la entrada, los de Pink Hat reciben a todos con pancartas para que no quede duda: quien entra a la estación acepta los términos de la protesta. Samya está formada. Mastica un chicle de hierbabuena para causar una buena impresión. Mira en todas direcciones y cree no equivocarse en su lectura sobre a qué partido político corresponde cada persona. Se lleva algunas sorpresas. Cuando los acomodan, el barbón de lentes y suéter hippie se va al partido conservador mientras una señora de traje sastre y tacones queda en el partido comunista. Cada quien va sonriendo a “los suyos”. Samya queda en el partido de izquierda que jamás ha tenido un presidente en el poder. Ha votado por ellos desde los dieciocho.

Samya espera, pero siente una mirada fuerte y no sabe si levantar la vista. Quema, es una energía que podría reventarle la cabeza en una sobreexposición. Levanta la vista y es el barbón de lentes a unos cuantos metros, desde el ala conservadora. ¿Acaso la está odiando? Samya desvía la mirada.

El colectivo Pink Hat da unas instrucciones mientras una pareja de chicas adolescentes demuestran los besos permitidos y luego los no permitidos. Son muy explícitas, quedó claro para todos.

 Comienzan a hacer las parejas y a Samya le toca un hombre mayor del partido de centro-derecha. Cuando dan la señal, el hombre mira a Samya con miedo y responde con una mueca de asco a la expresión amistosa de Samya. El señor sale de la fila y se marcha diciendo “No puedo”, “No puedo”.

Un chicho de Pink Hat toma a otro conservador y lo lleva hasta Samya, es el barbudo de lentes. A Samya no le nace sonreírle. Le parece un embustero que en realidad quiere mirar a los ojos a todos los que odia. Quiere provocar. ¿Y si es de los que a la hora de la hora sueltan una mordida y salen en las noticias? O tal vez quiere ser besado para someter, sentir la prepotencia de aceptar un beso con desprecio. Ahora es ella la que siente un gran rechazo. No quiere besarlo, no se siente capaz de no odiarlo. El hombre ve la tormenta en Samya; cierra los ojos, respira profundo y después de una larga exhalación, los abre. Su rostro está neutro, como una página en blanco. Samya siente el trabajo de voluntad que está haciendo ese hombre y quiere poder quitar su propia cara de asco y enojo antes de ser ella quien se marche diciendo “No puedo”.

Todos a su alrededor ya se están besando. La mujer en tacones se agachó un poco para besar, primero en las mejillas, luego un beso suave en la boca, a su regordete y moreno equivalente conservador. Otros antagonistas sí que se están besando en el límite de los besos. Hay pasión y juventud en muchos, evidentemente.

Samya y el barbudo se ríen. Parecen dos ridículos adolescentes tímidos en una kermes. Samya dice “paz” y se acerca. El dulce olor a hierbabuena llega hasta las barbas del hombre, que responde “paz” y se acerca otro poco al rostro de Samya. Miran sus labios sin deseo, con respeto, con reconocimiento. Se besan. No están preparados para esa tibieza pero la abrazan, dejan que llegue hasta sus ideas y prejuicios. Para eso están ahí. La tibieza y suavidad de ambos labios quedará grabada en cada uno y cuando todo el mundo esté incitando al odio y a la descalificación, Samya, el barbudo y algunos cientos más de pacifistas amorosos, repetirán que el odio no es el camino.

 

Mónica Flores Lobato

XXIV. Pina

Pina llevaba demasiados años en psicoanálisis y así como a los citadinos los delata la piel pálida, a los psicoanalizados los delata el musgo que deben rasurarse de la cara por las mañanas y la tierra que acumulan bajo las uñas cada vez que se ponen de rodillas para desenterrar su infancia. Han perdido frescura a cambio de tener en el piso de su memoria un catálogo de piezas identificadas, dispuestas y accesibles para explicar las siguientes piezas que se explorarán y clasificarán.

Pero Pina, justo ese día, se propuso vivirlo como “un día sin análisis”. ¿Podría dejar pasar las horas y tener una interacción con la realidad más instantánea? ¿Sería capaz de contener su instinto de escarbar a la primera provocación? ¿Existe la posibilidad de una mirada limpia? ¿Cómo sería pasar un día sin sentir el peso de todas las etiquetas y juicios que ya se había acostumbrado a cargar?

Pina casi muerde su puño al notar que de tres estaciones cercanas, sin chistar, ella había elegido estación Tormenta. Pero trató de que el nombre de la estación no le hablara, no le estuviera diciendo nada más sobre sí misma y sus acciones.

Si quería limpiar su mirada hacia las personas, debía dejar de juzgar lo más mínimo sobre ellas. Debía mirarlas y reconocer su total opacidad.

Pasaron diez minutos sin trenes y el andén se llenó. La gente miraba impaciente sus relojes. Punto. Tenían caras de angustia o fastidio. Punto. Pina se sintió afortunada por partida doble: durante diez minutos su mente había estado callada y además había conseguido asiento.

De pronto llegó un hombre que se sentó en la esquina izquierda de la banca al que Pina tuvo que mirar rápidamente a los ojos para no analizar su posible personalidad partiendo de juicios sobre la vestimenta, los colores elegidos, el tipo de zapatos, la higiene, etcétera.

—¿Puedo? —dijo él.

—Sí, claro —dijo Pina.

Pasaron dos minutos más sin trenes y el andén ya parecía un hormiguero. La gente se iba replegando hacia las paredes. Pina pensó que sería bueno platicar con el hombre y probar ser espontánea, fresca como si nunca hubiera pasado por un diván. Una mujer y dos hijos pequeños quedaron bastante cerca de Pina. La mujer, de pie, cargaba mochilas y tomaba a los niños de la mano mientras ellos decían “mamá, me quiero sentar”. “Mamá, ya me cansé”. “Mamá, tengo hambre”.

Pina le dijo al hombre que estaba sentado junto a ella en la banquita:

—¿Sabe? Cuando escucho la palabra “mamá” siento un deseo de sumergir los pies en agua caliente y quedarme dormida. Probablemente…

Y Pina habló durante 20 minutos más después de que el andén se hubo despejado.  Después de que la madre y sus dos pequeños lograron abordar. El hombre no supo cómo detener el flujo narrativo de esa mujer extraña que le estaba vaciando su vida y la ponía enfrente de él en piezas pequeñas y grandes con etiquetas, muy ordenada, catalogada, mientras salía tierra de sus uñas y un paño de musgo tupido comenzaba a cubrir su frente.

 

Mónica Flores Lobato