XXII. Beata

Últimamente, el mundo que pasa delante de Beata, así esté en el trabajo, en el supermercado, poniendo orden en el departamento o preparando la cena para sus hijos, es un mundo de amores perdidos cuya flama extinta alumbra un proyector privado. Hoy, por ejemplo, ha ignorado a varios trenes en estación Tormenta por estar en la ensoñación de un beso muy largo que se dio en un cine hace más de veinte años. Surgió así, de la nada. Ya no vive quien le dio el beso. Ya no existe el cine en el que se besaron. No recuerda el nombre de la película, pero recuerda con exactitud los pormenores de aquel momento: John Malkovich hablaba con su esposa en la pantalla, eran un matrimonio que dormía en cuartos separados, como ella ahora, cuando la mano de su amigo tocó su pierna buscando su mano. No recuerda haberle visto a los ojos, sino a los labios. Pequeños, entreabiertos, a punto de algo eterno. La ensoñación fue interrumpida por la reescritura de aquellos labios a la luz de la muerte y la ausencia. El beso le pareció entonces algo más vivo.

Beata mira la pared de estación Tormenta. Todavía está la marca de la inundación que sufrió la estación el mes pasado. Hay pequeñas zonas de yeso ligeramente abombadas y el dibujo de líneas salitrosas es el testimonio del contacto profundo que pared y agua tuvieron hace un tiempo. Sonríe. Así absorbemos cuando estamos viviendo con el cuerpo.

Con el talón, discretamente, Beata da un pequeño golpe a la parte baja de la pared y el trozo de yeso cae vuelto polvo al piso. La zona donde su pie impactó a la pared queda desnuda. Nadie más observa.

Beata se recarga parada sobre esa minúscula zona de escombros y regresa al beso. Ahora a otro, al de un parque, a un beso malogrado, lleno de ansiedad. Pasan varios trenes antes de que Beata suba al que la llevará hasta la escuela por sus hijos.

 

Mónica Flores

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XXI. Daniela

7:51 am, Daniela aborda el tren en estación Tormenta.

Alguien le cede el asiento. No lo acepta, no lo necesita.

Inhala el aire caliente del vagón que huele a panqué horneado bajo pijamas. Hoy es la primera vez después del terremoto que sale “a la vida normal”: que va vestida para la oficina, que no estará en comunicación con gente que le era completamente desconocida hasta hace dos semanas.

También hoy es la primera vez que piensa nosotros viajamos juntos. Estoy segura entre nosotros. Para Daniela, ahora todo es nosotros. Nosotros esto. Nosotros aquello. En realidad Daniela no está segura aquí, como nadie que viva en este hoyo de corrupción, pero es fresco el descubrimiento del amor colectivo. Como vamos nosotros, estaremos bien. Nosotros es el círculo humano donde el terremoto sigue ocurriendo. El grito está al fondo de este silencio.

Observa a los jóvenes delgados que van a la escuela; a las mujeres, que curiosamente, ninguna va maquillándose; a los oficinistas; a los maestros; a los vendedores ambulantes. Los imagina con un casco amarillo en la cabeza; a todos sosteniendo una pala, una cubeta, una carretilla, charolas con comida; donde ve a alguien con un celular ahora ve a un conector, un organizador, un dador de ayuda. Se estremece. Los edificios siguen cayendo en ella y todo ruido es una alarma. Quisiera hacer algo pero los mira a todos y suspira, porque somos nosotros. Intercambia miradas que ahora no son esquivas. Los pasajeros asienten con la cabeza para saludar cuando son vistos.  La caída sigue y todos están despiertos bajo sus trajes y su ropa para el frío con los pulmones llenos de polvo.

Daniela no pudo llorar después del terremoto. Ni frente a las terribles ni corruptas noticias. Ni en las cuadras fantasmales acordonadas. Ni al mover la olla con el espagueti para cien personas; ni en los recorridos llevando ropa y almohadas. Ni en el albergue, cuando los niños reían y se correteaban sin voltear a ver a sus padres. Ni después de tres noches de insomnio y ansiedad. Fue hasta hoy, dos semanas después, a bordo de un vagón repleto de desconocidos.

 

Mónica Flores Lobato

XX. Petra

Es un septiembre que parece enero. Por la calle, la gente está tan gorda y tan pálida como si llevara dos semanas sin fiestas. Pero es septiembre y el rojo de la bandera es tan rojo, piensa Petra sin perder la cuenta en su tejido. Tal vez al rato vaya a comprar estambre, buscar madejas de lana color arena. Por ahora teje una bufanda, aunque apenas lleva los primeros quince centímetros de altura, mientras espera un tren más vacío en estación Tormenta. Quizás lo que más disfruta de tejer es respirar y apagar la mente, que el tiempo se vuelva otra cosa, algo que se mide en vueltas, algo con una progresión tangible.

De pronto siente una punzada entre las costillas: un adolescente se ha sentado junto a ella y le pide que le entregue todo. Petra no alcanza a ver el arma aunque la siente incluso a pesar del suéter.

—Toma —dice Petra serena.

—Todo. Dame eso que tienes.

Petra lo mira a la cara.

—Llevas el dinero de mis pasajes, mi celular, ¿para qué quieres mi tejido?

—Dámelo.

Petra ve pasar ese momento a toda velocidad en su cabeza. Lo había pensado muchas veces: se dijo que en un asalto podría usar el ganchillo de crochet como un arma que entrara en el cuello o en el muslo y jalara de la arteria. Era defensa personal.

Era algo atroz.

¿Valía la pena tasar sus pertenencias como algo a la par de una vida?

Ella no es atroz. ¿Qué son unas cuantas cosas? Nada. No son nada.

Miró al chico que la apuraba con los labios apretados y los nudillos presionando contra sus costillas. No había rastro de persona en los ojos grandes, eran de un negro deslavado, como de maniquí.

Petra entregó el tejido y el chico lo enrolló, lo guardó en la bolsa y miró hacia ambos lados.

—Podría ser tu madre, eh, y tejerte un suéter —dijo ella.

—Felices fiestas patrias —dijo el chico, y se fue caminando, tranquilo, con su insignificante botín.

Tenía el pulso acelerado. ¿Qué había querido robarle?, se preguntaba Petra. ¿No es esto absurdo?

Tuvo el impulso de escribirle a sus amigas tejedoras para contarles, pero en su bolsa se había ido el celular. Era una pena. No quería llegar a casa. Quería hablar con alguien que le tejiera un poco de paz, que la invitara a su casa para regalarle un abrazo apretado y un chocolate caliente.

Ahora tendría que medir el tiempo mirando el reloj.

Un niño pasó frente a ella y la señaló con el dedo.

—Mira, mamá, mira.

Petra miró en la dirección del dedo. Era su abdomen, su suéter, la banca, eran gotas de sangre en el mármol blanco del suelo. El niño la siguió viendo hasta que él y su madre se perdieron entre la multitud.

 

Mónica Flores

XIX. Orquídea

Visto desde el andén, unos jóvenes sostienen una sábana blanca que esconde a alguien. Unos pies descalzos –regordetes, pequeños, con las uñas pintadas de color azul– dan pasos cuidadosos siguiendo las líneas del mármol blanco. Por encima de la sábana se alcanza a ver un chongo de cabello negro alborotado. Esa cabeza y esos pies son de Orquídea, una estudiante de teatro. Mide 1.60 metros y pesa casi ochenta kilos, pero daría lo mismo si fueran cincuenta o cien porque Orquídea vive por completo en su cabeza y coge al mundo desde la boca. Lo coge, lo come, lo degusta, lo devora, lo escupe y lo habla, pero no sabe cómo ponerlo en la masa enorme que crece año con año debajo de su cuello.

Para Orquídea es muy extraño estar desnuda en el andén de estación Tormenta con dos amigos de la clase de teatro cubriéndola. “Esto es un performance”, dicen sus compañeros y con eso ganan espacio para caminar entre la gente con Orquídea pegada a la pared. Aunque no es hora pico, Orquídea siente cómo se forma una corriente ,con el aire caliente de todos los cuerpos en tránsito, antagónica al aire frío que la rodea en su desnudez, igual que las corrientes entre el aire de las butacas y el de proscenio. La tarea es muéstrate desnuda frente a desconocidos. Orquídea eligió este andén como escenario. Le es familiar. Queda cerca de la escuela. Quiere regresar como perro cobrador con una anagnórisis entre las fauces aunque es más probable que sólo salga con los pies extremadamente sucios.

Un par de adultos pregunta insistentemente a los compañeros de Orquídea “¿qué están haciendo?” “¿Es un anuncio de jabones?”. Orquídea disfruta el run-run de voces e improvisa y levanta sus brazos sobre la sábana para hacer la mímica de quitarse la ropa que invisible, vuela hacia el público. Ese movimiento sencillo, ficticio, atrae a más y más personas. Sus amigos se miran.

El aire que provoca la llegada de un tren al andén levanta la tela blanca que ondea como bandera y se pega más de la cuenta sobre el cuerpo de Orquídea. “Una encuerada”, dice un chiquillo, y lo dice con la alegría y convicción con la que se descubren continentes. El continente está ahí, apenas pasando una tela. La tela que atrapa al fantasma y le da una geografía con curvas, límites y abismos que, quién lo diría, atrae a la gente distrayéndolos de sus destinos y prisas y pasos rápidos y hambre para acercarlos al enjambre, al teatro de un cuerpo cubierto.

“Oíd”, dice Orquídea, usando su voz más teatral. “Una mujer semidesnuda aplasta a un piojo entre los dedos”. Y con un movimiento rápido arranca la sábana de las manos de sus compañeros y se envuelve en ella, dejando al frente su mano, con el dedo índice y pulgar haciendo presión. Todas las miradas van de sus dedos a su rostro, de su rostro a sus clavículas, a sus pechos y gran panza cubiertos, a sus rodillas, de vuelta a los dedos. “Entonces aplasta al mundo”. Y deja caer la sábana.

Orquídea sale en silencio de la estación. Sus compañeros narran atropellados en tono de épica lo ocurrido en el andén. Orquídea ya se puso una playera y pants y camina con ellos pero no dice nada. Soba sus brazos, puede sentir con la punta de sus dedos fríos los vellos erectos y la insurrección circulando bajo su piel. Escucha con una nueva conciencia localizada quién sabe dónde, a millones de bocas abiertas desde sus poros que le reprochan este “performance” estúpido, esta exposición, esta libertad, en gritos de frecuencias imposibles.

 

Mónica Flores Lobato

XVIII. Úrsula

¡Verde! Así empezó Úrsula su jueves, con el celular que no sonó, despreocupado, en la mano. Se acabó el gas y se bañó con agua fría. Cuando llegó a la pequeña mesita redonda del antecomedor, vio los materiales de su taller terapéutico de Literatura restaurativa. Debía leer el famoso fragmento de la magdalena y luego hacer algo con eso. Lo había leído en la preparatoria. Anoche había comprado un paquete Tía Rosa con dos magdalenas y usaría una bolsita de tizana de lavanda para recrear la escena y luego escribir sus impresiones para compartirlas con sus compañeros. Idealmente iba a tomarse treinta minutos, ahora debía salir en menos de diez. Prendió el agua en la estufa. Leyó dos líneas antes de guardar las fotocopias en su bolsa: “Hacía ya muchos años que no existía para mí de Combray más que el escenario y el drama del momento de acostarme (…)”. Tuvo que servirse al agua cuando apenas se formaban las bolitas más pequeñas en el fondo del pocillo.

Llegó a estación Tormenta. Ya no alcanzó banca en el andén. Recargada en la pared, sacó la bolsita de las magdalenas. La abrió ayudándose con los dientes. Cuando tuvo el panecillo emblemático entre sus dedos, puso toda la atención porque de ahí debía obtener una experiencia sublime que la catapultara a su infancia. Primero dio un sorbo a la tizana de lavanda. Luego mordió la pequeña magdalena. Masa. Muelas. Saliva. Una alfombra de grasa vegetal se extendió sobre su lengua y sobre ella pasó sin garbo el dulce avainillado del pan esponjado que acaba de masticar. Las yemas de los dedos le quedaron con brillo. Dio un trago a su tizana tibia que sólo empeoró la sensación pastosa y estéril que enterraba a sus papilas en el fondo de la mediocridad.

Su infancia había pasado casi tan inasible como los sabores agradables de esta mañana. Lo único que sabía hacer de niña era matar tardes. Todos en su edificio lo hacían en soledad. La única forma de matar las tardes era pasando todos los canales de televisión una y otra vez; alguna pausa para ir a la cocina, estirarse de puntitas y alcanzar la cajeta, las galletas Marías; dormir y despertar en el mismo programa en la interminable lista de los créditos. De su casa todos huían: sus padres, la luz del sol en las ventanas, lo divertido de cualquier juguete o juego. El tiempo era de una gordura desparramada que sólo podía organizarse con fragmentos dramáticos que tuvieran un principio, un desarrollo y un final. Se trataba de apagar la tele dos horas después de que los ojos ya dolieran de secos.

Sacó las fotocopias y se internó en las memorias de otro. Pasaron los trenes.

Se presentó con las manos vacías y perdió el turno para trabajar su asignación. Mientras los demás hablaban, Úrsula sintió que un enigma espigado, quizás como una lavanda trenzada con hojas de tilo, crecía agradable sobre su lengua.

 

Mónica Flores

Este tranvía en el que vamos todos

 

Para las tranvía –y para quienes nos leen– en nuestro aniversario

 

Tranvía: Vehículo que circula
sobre rieles en el interior de una ciudad
o sus cercanías y que se usa principalmente
para transportar viajeros.

 

Lo que a continuación cuento son pedazos aislados de una misma historia, como las estaciones que conforman nuestro Tranvía donde el todo es mayor a la suma de sus partes.

***

Enero del 2014. Conversación por whatsapp con Abby:

Deberíamos armar algo.
¡Sí!, ¿qué se te ocurre?
Me gustaría alguna revista o espacio que ayude a impulsar a autores del norte.
¡Yastás! Entonces ahorita abro un blog.
¡¿Ya?! Nombre, espérate, primero hay que ver lo de la convocatoria, qué autores, el diseño…
¡Ya tenemos blog!

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La vida, por ratos, te come los sueños.

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Tranvía ha pasado por dos etapas: una como revista y otra como colectivo.
La revista duró sólo tres números y casi 5 meses. Si bien de diseño hermosísimo –según nosotras–, resultó difícil compaginar las tareas editoriales con el día a día de todas esas otras actividades que alimentan más el cuerpo que el alma. Así que aunque nos sentíamos orgullosas de esos pocos números logrados y de los escritores que pasaron por sus páginas, debimos hacer un alto.

***

Sucedió en el 2015:
Estimados postulantes:
Se les transcribe a continuación la lista de los alumnos seleccionados para recibir el Taller virtual y presencial de escritura documental y desapropiación impartido por Cristina Rivera Garza.
En ese taller conocí a Nidia Cuan.

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Siempre he pensado que, con un poco de suerte, los talleres –cualquiera que sea la disciplina– hermanan. A Asenat la conocí en el 2008 en un taller de Orlando Ortiz; A Abby, en Reynosa, allá por el 2011, en uno de Graciela Ramos; a Cata en el 2010, en un taller virtual de Alberto Chimal y a Nidia, como ya dije, en el 2015 con Cristina Rivera Garza.

***

A Nidia le entusiasmó Tranvía, con el mismo entusiasmo frenético pero amable que pone en tantísimas cosas más.
Se lo platiqué en uno de los recesos del taller. Estábamos recargadas en la barda de Casa del Arte en Ciudad Victoria, Tamaulipas. Nidia opinó que debíamos sacar de nuevo la revista y quería ser parte del proyecto. Yo reí ante su frenesí y, por supuesto, me entusiasmé también. En eso de planear somos parecidas, en lo de meternos en broncas por no tener tiempo y no decir que no a casi nada, también. Pero éramos nosotras ideando, así que esas nimiedades pasaron desapercibidas.
El tiempo del receso se acabó. Nidia apagó su cigarro y volvimos a la clase pero la semilla del colectivo Tranvía estaba sembrada.

***

Los sueños son semillas que con fortuna algún día, aún y a pesar de la vida misma, caerán en tierra fértil.

***

Meses después le platiqué mi conversación con Nidia a Abby y al entusiasmo se le aunó la impaciencia milenial de Abby quien de inmediato, como en aquella primera etapa, ya quería tener el blog listo.
En mayo del 2016 iniciamos la búsqueda de las participantes y se ideó el formato. Deseábamos algo distinto. Queríamos escribir desde distintas partes de un mismo México. Ver la vida desde varios puntos de este mismo territorio nacional. Combinar personalidades y escrituras. Al esfuerzo (de Abby y mío) se sumó el de Nidia. Ella agregó la inteligencia de Karla y la sensibilidad de Lolbé. De Reynosa, se incorporó el realismo de Asenat y de Monterrey, la inocencia de Sandra. Del centro, la genialidad de la querida Cata, quien a su vez me habló de una guionista buenísima, Mónica, con la que trabajaba y quien a los pocos días se convirtió en nuestra estación Tormenta.
Cada una se volcó a la tarea de crear su estación, de darle un nombre y un lugar: una cara. Mentiría si digo que ha sido una tarea fácil. También mentira –aunque por omisión– si no les contara del enorme orgullo y alegría que siento cada que recibo sus textos y noto el camino que llevan sus palabras.
Hoy el colectivo Tranvía está de aniversario. Hoy el colectivo cumple un año de su primera publicación, hoy somos las mismas pero tenemos algo en común: la escritura en este espacio.

***

Tranvía somos todos.

***

A Cristina Rivera Garza le escuché decir que la escritura no es un acto solitario sino uno que sucede en comunidad. Porque se escribe con otros, decía.
Me gusta pensar que eso hacemos en Tranvía: escribir para y con el otro. De temas que nos interesan a cada una pero que también le pueden interesar a alguien más. Porque nos unimos a las pláticas que escuchamos en la calle o en las redes y las ampliamos en cada entrada. De esta forma, ese micro mundo nuestro que nace de lo que nos angustia o hace reír se vuelve parte de lo que vemos a diario. Fragmentos de otros.
Porque como bien apuntó Rivera Garza, no escribimos solas y nuestra escritura se ve afectada por nuestro entorno. Por eso escribimos para él y de él. Para entenderlo e iniciar una conversación desde este tranvía en el que vamos juntos.

 

A todos los que leen y especialmente a todas las que escriben, mi gratitud y cariño infinito.

Alisma De León

XVII. Carmen

Carmen estaba un poco desconcertada en la antepenúltima banca del fondo del andén. ¿Realmente acababa de recordar su vida en el vientre de su madre? ¿Había avanzado a tal grado en la terapia que llevó hace años que el misterio previo al nacimiento ya no era un misterio, o alguno de sus psiquiatras, analistas, terapeutas, sus sueños, incluso sus lecturas, le habían sembrado un falso, falsísimo recuerdo? Sus dudas debían volverla una mujer llamativa porque la gente no podía evitar mirarla de reojo mientras ella esperaba paciente a que llegara el tren a la estación Tormenta.

Esto es lo que tenía vívidamente en su memoria: una temperatura cálida rodeándola. Un color específico, como durazno, como rojo, como negro rojizo. Casi un silencio. Un mundo al otro lado. Una atmósfera solitaria. Una percusión y un flujo potente. En un sueño, le pareció que vivía bajo el mar. En la vida real, ella nunca había ido al mar. En el sueño, ella sólo buscaba llegar al fondo para encorvarse y acercar su rostro vencido hacia las rodillas y seguir cayendo.

Carmen notó que su cuerpo quería decirle algo. Se siente como un corderito soñoliento al que la piel se le ha puesto fina. Lo primero que piensa: ¡estoy embarazada! Seguido por: imposible. Carmen no ha cogido en años. De pronto, una duda, que no sabe si es suya o también fue sembrada por los programas de Discovery Channel y sus propios deseos, tiene que hacerse responsable de sus propios deseos, se columpia en ella mientras trata de ser racional. ¿Y si tengo un embarazo psicológico como los animales? Carmen escuchó alguna vez la historia de una perrita que vivió muy trastornada por un problema así. Se imaginó llevando su propio deseo hasta las últimas consecuencias con todas las graduaciones posibles de locura. ¿No debería escribir esta idea en su bitácora de ideas raras en lugar de estar sintiendo que podría dar a luz después de un embarazo imaginario a un bebé imaginario?

Algunos pasaban y la miraban de reojo, otros primero veían su seno de fuera, sus brazos y luego le miraban la cara sin disimulo. Carmen estaba ensimismada pensando muchas cosas y las personas le parecían buenas mientras no despertaran a su bebé. Era un suéter, debía hacerse responsable por la realidad, su realidad, sus símbolos. Un suéter verde. Pero era un bebé si llevaba hasta el extremo su deseo, como la perrita que eligió cuidar de un calcetín, le podía pasar a cualquier creatura viva, y por si las dudas, ella pues le cantaría una canción al bebé sin importar si era suyo o si se lo había sembrado algún programa o algún hombre o un hijo de vecino o un perro alto. Alguien.

Mónica Flores Lobato

XVII. Eloísa

Eloísa estaba en la puerta de estación Tormenta desde las 5:50 de la madrugada. Tenía alerta sus sentidos: me moja el rocío, hay mucha humedad, fue un error esta chamarra de poliéster. Miraba impaciente el reloj sabiendo que al menos una vez vería hacia el sitio correcto en el momento correcto. Le urgía entrar a la estación Tormenta, sentarse en una banca y ver gente, ver sus preocupaciones, sus rostros, pescar alguna conversación, algo la inspiraría. No había escrito nada para su blog desde que se enteró que había otra escritora más o menos de su edad con un blog idéntico: perfiles de personas que esperan en una estación. El otro blog tenía más antigüedad aunque menos éxito; esa casualidad la había desanimado.

Tenía la esperanza de que el primer pasajero en entrar a la estación después de ella fuera cafeína. Uno: hombre de aproximadamente treinta y cinco, cabeza grande, cabello lavado ayer, camisa con cuello arrugado y suéter ligero, sin panza. Su mochila tiene un número 7 bordado en amarillo. Eloísa pensó: soltero, durmió en otra casa, va regresando con prisa para poder cambiarse antes del trabajo. El hombre durmió con una mujer porque de haber dormido con un hombre habría pedido una camisa limpia y un abrigo más adecuado al clima. ¿Y ahora, qué?

Desgraciadamente, debajo de los pensamientos de Eloísa, el 7 amarillo hacía trabajo sucio, apenas con verlo se detonó su compulsión por el azar. Ahora repararía en la séptima persona observada. En las temporadas largas en las que no tiene marido, el azar es su más presente interlocutor.

Eloísa apuntaba: #7: mujer con trabajo en un sitio lejano; sin maquillaje pero con una bolsa grande y uñas pintadas, seguro se maquillará en el camino.  #14: pinche de algún restaurante o carnicería, trae delantal blanco en bolsa de plástico transparente, posible enfermo, color poco saludable, casado desde hace kilos, la argolla de matrimonio le aprieta.  #21: mujer de treinta y cuatro que ignoró la mirada puesta en sus nalgas de un tipejo descarado, sólo metió la mano a su bolso y agarró algo con fuerza.

Por un momento, la chica veintiuno le movió algo, ahí había algo verdadero de lo que tal vez escribir. Ella había padecido esas miradas. Ella también metía la mano a su bolsa. Cargaba desde hace casi una década el consejo que a una amiga española le había dado su abuelo, quien había peleado en la guerra civil: si un hombre te ataca, toma entre tus dedos una llave, aunque también funciona un lápiz con punta o una pluma, como si fuera un cuchillo y la clavas en la yugular.  Pero tenía miedo siquiera de pensarlo. Se sabía capaz de matar a alguien en defensa propia pero le atormentaba demasiado pensar si llegado el momento podría hacerlo o si su defensa sería insuficiente. Tachó todo lo que pudo a la chica veintiuno.

Siguió contando y escribiendo hasta que un joven se paró delante de ella con un espejo en un marco barroquísimo que le devolvía un rostro familiar y ajeno al mismo tiempo. Ella era la #49. Así se las gastaba su amigo el azar. Exactamente así.

Escribió: #49. Mujer de cuarenta y cuatro, mirada cansada, ojos pequeños, cuello severo, cabello con freeze. ¿Qué no había algo lindo que pudiera verse? Pero el chico se llevó su reflejo barroco al entrar al vagón.

Eloísa se dejó ir sin la más mínima nostalgia. Se acabó el juego. Miró sus apuntes. Subrayó cuello severo, cabello con freeze. Cerró el cuaderno. El azar había querido decirle algo. Ya casi eran las ocho de la mañana. Eloísa saldría de estación Tormenta y pasaría a la cafetería de la esquina, pediría un chocolate caliente con leche light deslactosada y un croissant de los que tienen almendras y azúcar glass y lo chopearía. Y tal vez repetiría chocolate y croissant. Y otra vez. Otra.

 

Mónica Flores Lobato

XVI. Lorenza

Lorenza arrastra los pies por el andén. Busca y disfruta el sonido que hace la fricción de sus suelas contra el mármol. Mis sueños son tan vívidos, piensa. Más reales que el pasado: son pasado. Prefiere no observar a la gente que pasa con prisas antes de empezar. Algunos van comiendo sándwiches, tamales, donas o pan dulce caliente. Las migajas caen por todos lados. Lorena retira con la punta del pie las migajas que están en su territorio y pone la grabadora en el piso. Prende y busca el track 03.

Anoche sobreviví al final del mundo, piensa.

Un chelo inicia la canción en modo menor. Ella deja correr la música como si fuera normal llegar con una gran grabadora a una gran estación y empujar el silencio hacia las vías o a la salida del andén de enfrente. Es junio y está por empezar el verano. Hace calor; llueve.

El aire de la estación se siente espeso. Apenas son las ocho de la mañana y ya huele a sudor y comida. Lorenza no siente ganas de cantar, y aún así sube el volumen de la grabadora. Es su trabajo. Inhala, clava los pies al suelo, empuja leve el diafragma; canta. Al principio, la voz  tropieza. Hay una canción atorada como un Ícaro, pegada a los labios de Lorenza.

El lagarto está llorando… La lagarta está llorando.

Es un poema de García Lorca que ella misma musicalizó.

Anoche, Lorenza soñó otra vez que era el fin del mundo. Afuera de la estación Tormenta el cielo estaba rojo, había dos soles y la gente estaba en el último grado de desesperación posible. Curiosamente, evocar la pesadilla con un fondo de chelos en modo menor le prestó algo de vida. Sintió un bosque a sus espaldas y no yeso descarapelado.

Lorenza encuentra su columna de aire. Ya puede vibrar, lanzar la voz a la cabeza. Por fin, la canción surge.

Han perdido sin querer su anillo de desposados.

¿Son más reales las monedas que le deja su público de paso que las personas que en su sueño corrían como hormigas extraviadas, en gritos, en horror, porque el cielo se estaba abriendo?

¡Ay! su anillito plomado.

Lorenza apenas es el perchero de su vestido gris y de sus zapatos cafés, pero cuando canta produce escalofríos. La canción entra en el público y los desgaja antes de partir a sus trabajos. No es su voz clara, ni las notas altas de afinación precisa, es otra cosa. Lorenza canta desde adentro y hacia la nada. Hoy canta hacia alguien que vive en la nada: el hombre desconocido, ese que apareció anoche en la pesadilla del fin del mundo. Él la reconoció entre la multitud del sueño y la tomó de la mano. Ella en el sueño sabía, y se lo dijo a sí misma: esto es el fin, y lo acompañó a una habitación alta, con vista panorámica de la destrucción terrenal y el cielo rojo. Ella lo abrazó. Él le quitó la ropa. Se besaron con gritos de madres nombrando a sus hijos y niños llorando de fondo. Ante el fin, decidieron que la devastación los sorprendiera rumbo a los límites de sus cuerpos.

Mientras Lorenza canta a Lorca recuerda la urgencia del sueño. Caería el meteorito, o sonaría el maldito despertador, ella sólo quería sentir que habitaba por completo y exuberantemente su cuerpo, como nunca, un instante antes de que todo acabara —la vida, la noche, el sueño—, y ella fuera arrancada de la experiencia limítrofe más enérgica de su vida.

¡Miradlos qué viejos son! ¡Qué viejos son los lagartos!

¡Ay, cómo lloran y lloran!

¡Ay, ay, cómo están llorando!

Lorenza levantó las monedas. Apagó la grabadora. Se retiró a casa.

 

Mónica Flores

XV. CLEMENTINA

Clementina siempre dijo que iba a viajar. Lo dijo incluso la mañana que salió con una mochila gris rumbo a estación Tormenta mientras su esposo e hijos la veían desde la ventana en el tercer piso con un pesado sentimiento de decepción.

Clementina se repetía siempre quise viajar, convencida como lo puede estar de la vida una rama seca. Quería viajar sin saber por qué o para qué. Había empacado tres mudas de ropa y lo básico para higiene pero le faltaba romper el lazo que la mantenía unida, ya no digamos a su familia, sino a la mesa del comedor: trabajaba ahí; desayunaba, comía y cenaba ahí; educaba; se cortaba las uñas; consultaba y escribía en sus redes sociales y seguía sus series favoritas recargada en ese tablón para cuatro personas.

Clementina llegó a estación Tormenta y sintió hipersensibilidad al espacio. Era raro ocuparlo, agregarse a las líneas que los trayectos de otros dibujaban o atravesarse a ellas. Clementina temía que su mochila le estorbara a los demás. Al más leve rozón con alguien pedía perdón.

Finalmente llegó a una banca. Había estado sentada ahí apenas hace tres semanas. Inmediatamente borró esa línea de pensamiento y dirigió su mente a palabras sueltas: mis hijos, mi marido, los años que pasan, mis ganas de sentir el sol a las diez de la mañana, a las seis de la tarde, el viento, el olor del mar, de buscar café temprano, de ponerme el vestido azul. Hasta llegar a las palabras clave vestido azul su mente pudo formar una imagen más nítida. Ella en el vestido azul, con tirantes y una caída ligeramente juvenil, holgada. La fantasía estaba lista para engrosarse. En su mente, el regalo de vida estaba dado: sentía el café; veía un malecón genérico, un atardecer de instagram; e incluso, en el espejo de alguna cafetería antigua, su reflejo bronceado con los hombros desnudos enmarcados por el estupendo vestido y su rostro opaco: brillante; sus largas y huesudas manos sosteniendo un espresso.

Cada vez que llegaba el tren, se abrían las puertas, la gente salía, la gente subía, sonaba el timbre, se cerraban las puertas y Clementina veía irse el tren. Comenzó a sentir la garganta cerrada y los ojos llorosos y pensó hay algo insoportable en el ambiente. Vio pasar frente a ella todos los videos y memes sobre mujeres valientes, mujeres chingonas, tips de viajeros, las cuatro recomendaciones para ser feliz, para ser libre, el decálogo del intrépido pero ninguna voluntad la hizo levantarse de la banca y subir al tren y partir rumbo al dichoso viaje.

Por fin, sus isquiones pegados a la banca se despegaron. Clementina aspiró y contuvo el aire, luego exhaló toda la negatividad acumulada. Se tomó una selfie de ella con el pulgar levantado donde pudieran verse los elementos importantes: su mochila, la estación detrás de ella, el tren llegando, ella ocupando ese espacio. Escribió la etiqueta #viaje #lifeisgood #estaciónTormenta, seleccionó el filtro Rise y posteó la imagen en sus redes sociales.

Cuando Clementina subió los tres pisos, las luces blancas iluminaban su paso mientras la electricidad hacía un ruido molesto y repetitivo. Llegó a casa y había un plato en la mesa esperándola, como siempre. Su esposo le dio un largo abrazo. Ella dejó la mochila en el vestidor y se miró en el espejo: su rostro opaco seguía opaco. La estaban llamando a cenar frenéticos, festivos. Le sirvieron unos hot cakes muy redondos con Nutella y nadie habló, jamás, de sus ojos hinchados ni de su viaje a estación Tormenta.

Mónica Flores Lobato.