LA VIDA EN PEDACITOS (RECETA INFALIBLE PARA MANTENER LA PAZ)

  1. Decimos que hay tiempo para todo. Lo decimos mientras hacemos otra cosa. Mientras procuramos no pensar en aquello que nunca pero nunca vamos a hacer. O por lo menos no juntos; no esta tarde ni mañana ni en los próximos meses.

  1. Cada uno termina con sus ocupaciones y dedicamos un momento a hablar. Lo hacemos mientras pensamos en otra cosa: en la primera vez que nos encontramos en una situación como ésta o en los recuerdos de infancia (por ejemplo, en una muñeca hecha de cuentas de colores). Hablamos. Nos decimos los días y las horas. Los espacios. Rellenamos los huecos como quien guarda el desorden en cajones, debajo de la alfombra o en el armario del desván. Nos contamos todo mientras pensamos en eso. En las palabras que jamás nos diríamos; en una profecía o en el mal agüero de una vela que se apaga a la mitad de una conversación.

  1. Uno de nosotros piensa que esto es insostenible.

  1. Uno de nosotros llora para adentro.

  1. Hablamos y uno de los dos comienza a decir algo de un espíritu oculto, de una profecía dicha hace muchos años, de una vela que se apaga a la mitad de una conversación o, peor aún, de una boda en un pueblo desértico. Uno dice las palabras no dichas. Se atreve y dice una palabra llave. Una palabra telón que devela. Uno dice por fin las cosas que no haremos. Los espacios. Pero nada de eso importa. El otro escucha mientras hace algo distinto. Intentar descifrar los secretos. En el rostro, la palabra que el otro jamás diría, seguro de que nada tiene que ver con esos sonidos que llegan de lejos, desde donde el otro le habla de la verdad de la única forma posible: en pedacitos.

 

 

Nidia Cuan

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VERSÍCULOS DEL ALMA QUE SE HIZO CUERPO

Yo me olvidé del cuerpo.

El cuerpo no se siente cuando nos hemos acostumbrado a él o cuando hemos creído que no somos cuerpo sino alma.

O cuerpo y alma, pero en una nota al pie, en los márgenes, alma sobre todas las cosas.

Con esa fantasía fui niña o un alma que se sorprendía de sí; la única en su especie, tan consciente de ser alma que no recordar la eternidad parecía un accidente.

Y un día supe que todas las almas creían ser almas únicas en su especie.

Almas nunca vistas pero en eterna travesía.

Almas nunca vistas pero con milenios inscritos en el alma.

Y entonces decidí que si no podía ser la única en mi especie, sería la mejor en mi especie, y como buena alma creí que yo podía hacerlo todo con el alma. Y conocer archipiélagos con el alma. Y reír con el alma. Y describir el olor del chapopote con el alma. Y cantar canciones enteras con el alma. Y  hacer muchas otras peripecias con el alma.

Incluso creí guardar recuerdos con el alma.

Y más tarde fui un alma joven. Más joven que todas las almas. Y como creí que yo podía amar con el alma me enamoré así. Con el alma. Y fracasó. Y yo no entendía por qué.

Y a la siguiente vez quise amar con el alma y un poquito con el cuerpo. Y fracasó. Y yo no entendía por qué.

Entonces decidí que de vez en vez me acordaría del cuerpo. A veces lo hacía. Cuando alguien dibujó una herida como alas de mariposa. Cuando la garganta quemaba como la duda o la palabra lejos. O cuando los huesos punzaban en las esquinas.

Y esas veces siempre supe que no era alma. Y cuando perdí toda ingenuidad quise recordar. Y para hacerlo no hurgué en el alma. Visité las cicatrices y los dientes fuera de sitio y las manos que tocaron el calor donde los huesos punzaban, como dije, en las esquinas.

Pero yo no sabía cómo amar con el cuerpo.

Y resulta que un día mi cuerpo dejó de obedecerme.

Por azar.

Por  obra de la multiplicación de los cuerpos.

Y entonces mis pies se hicieron grandes y la espalda y los huesos y el tiempo punzaban en las esquinas. Fue entonces que las noches se hicieron eternas y que el cuerpo no cupo en ningún lado porque un día creció como si fuese dos cuerpos.

Y entonces supe de cierto que el amor no ocurre en la fusión de las almas, sino en la transformación de los cuerpos.

En un cuerpo contra otro.

En un cuerpo que se siente en otro.

En un cuerpo que se esconde, crece o se cubre en otro.

Que crece o se duele en otro.

 

Nidia Cuan

 

PILDORITAS DE TRANQUILIDAD PARA EL QUE NO ESCRIBE

Hay cosas que he preferido dejar para los que sean capaces.

Pienso en ese hombre de la biblioteca que cuenta letras sobre las que escribe números con los que después hace líneas que se convertirán en mapas. Ni yo ni otros parroquianos sabemos de qué se trata con exactitud el asunto de las letras, pero a mí me da cierta paz pensar que ese hombre se encarga justamente de todo eso que frente a mí aparece como indescifrable.

Imagino que mientras yo escribo esto, mis letras se suman (o le restan) al infinito que él ordena todos los días en la edición matutina del Diario de Yucatán; quiero pensar que todas las letras cuentan y que no importa tanto lo que escriba mientras lo escriba cuando debo: no antes ni después, sino en el segundo en el que esta exacta combinación de grafías dibuja una coordenada en el mapa de la existencia que él, por paradójico que parezca, siempre leerá con un ligero atraso; quiero decir, en el tiempo de los humanos, que –como él bien lo ha sospechado– no es otro que el de las noticias del día siguiente.

Así, en lugar de pasarme horas intentando encontrar soluciones, cuando uno de esos misterios se me aparece me pongo a escribir y me encomiendo al señor de la biblioteca. Si se trata de algún problema existencial, practico con palabras antiguas o, si me es posible, de orígenes remotos, tratando de darle al mapa de las letras un cauce abierto, una respuesta con más –por decirlo así– variación genética, pues soy muy consciente de que no seré yo la única que se pregunta esas cosas. Si, por el contrario, se trata de algo más asequible, pensemos en algún asunto científico, me voy haciendo planas de palabras con la letra “x” intermedia o escribiendo de bajadita palabras en orden alfabético y sílabas en número ascendente. No quiero ya hablarles de esos misterios que me provocan escribir historias fantásticas o historias cualquiera, inventos o sonetos que, imagino, el pobre hombre de la biblioteca tiene que reconstruir porque si de por sí en las noticias las cosas nunca son como fueron, qué podríamos esperar de las rimas y el conteo silábico. Vaya, que por algo está él ahí.

A pesar de estos ligeros inconvenientes, hasta ahora todo ha funcionado de maravilla. Una vez que he escrito lo que me corresponde, voy al día siguiente a la biblioteca y observo con detenimiento al hombre de los periódicos. Sin falta, los días que más he escrito, él me dirige una miradita cómplice y entonces yo sé que la humanidad está un paso más cerca y que, por qué no, tal vez mañana, en el periódico, yo pueda leer la respuesta que busco hecha nada más y nada menos que de las mismitas letras que yo le mandé el día anterior.

Mientras tanto, cumplo con fe ciega y me resigno a averiguar cosas más sencillas, cosas para las que soy perfectamente capaz con solo guardar silencio.

 

Nidia Cuan

YO Y LOS ALACRANES

Mi signo zodiacal es escorpio. Y algunas veces he llegado a pensar que quizá esa es la razón por la que siento cierta simpatía hacia los alacranes; imagino que tal vez hay una conexión entre los caprichos de las estrellas, sus trazos, y nosotros; tal vez los escorpiones y yo recibimos los mismos influjos, benéficos o maléficos, las mismas melodías estelares.

Nunca había tenido la oportunidad de comprobarlo porque no me había topado frente a frente con uno. Todo esto que cuento era la pura teoría. Hasta que me mudé de casa.

Al primero de ellos lo encontramos un viernes. Un grupo de amigas estaba conmigo; era mi primera vez con un alacrán, y una de ellas, a quien considero una mensajera astral, fue la encargada de introducirlo en un botecito y de llevarlo a vivir a un terreno baldío, lejos de los constantes lloriqueos de los perros y de nuestra impredecible presencia.

A partir de entonces he encontrado por lo menos otros cinco. Los he hallado en la cama, en medio de las sábanas, en el patio de los perros, en el armario. Nos hemos vuelto hábiles al momento de la captura y tratamos de encontrar un sitio amigable, tranquilo, donde no corra peligro de ser capturado de nueva cuenta o, peor aún, masacrado.

A veces, cuando había pasado tiempo, me descubría pensando en los alacranes. En si eran felices, en si habrían sobrevivido a la falta de comida, a los zapatos, en si están de acuerdo conmigo en que un lugar despoblado es un mejor lugar para hacer la vida.

Por mucho tiempo no recibí señales de su parte; por supuesto, no hablo de postales o de notas de agradecimiento, pero imaginaba que si esa conexión existía, yo sería capaz de averiguar su parecer.

Pero ahora las cosas han cambiado. Ayer por la noche, casi a punto de dormir, encontré a uno de ellos. Habían sido días muy estresantes, llenos de trabajo y pendientes, y la verdad es que tardé un poco más de la cuenta en ir por el botecito en el que suelen pernoctar los huéspedes que reubico. Cuando regresé, se había esfumado, metiéndose en la parte hueca de un viejo escritorio. Esperé a que saliera, porque a pesar de mi simpatía nunca me planteé la cohabitación. Después de un rato, el animalito se asomó, pero al verme volvió al instante a su escondite. Seguí esperando, esperé mucho más de lo que podría contarles ahora, pero el alacrán nunca volvió y yo, que no creo ser inmune a las picaduras, decidí mudarme a la habitación contigua hasta que salga de ahí.

Mi marido cree que cualquiera de estos días el bicho debe salir de la rendija. Yo sé que no es así. Que terminaremos abandonando esta habitación y la que sigue. Sé que si él, o algún otro de su especie, sale, será nada más para desaparecer al instante. Yo me he resignado porque sé que no queda más remedio. Estoy segura de que me han estado observando y decidieron que yo también necesito unas vacaciones.

 

Nidia Cuan

Este tranvía en el que vamos todos

 

Para las tranvía –y para quienes nos leen– en nuestro aniversario

 

Tranvía: Vehículo que circula
sobre rieles en el interior de una ciudad
o sus cercanías y que se usa principalmente
para transportar viajeros.

 

Lo que a continuación cuento son pedazos aislados de una misma historia, como las estaciones que conforman nuestro Tranvía donde el todo es mayor a la suma de sus partes.

***

Enero del 2014. Conversación por whatsapp con Abby:

Deberíamos armar algo.
¡Sí!, ¿qué se te ocurre?
Me gustaría alguna revista o espacio que ayude a impulsar a autores del norte.
¡Yastás! Entonces ahorita abro un blog.
¡¿Ya?! Nombre, espérate, primero hay que ver lo de la convocatoria, qué autores, el diseño…
¡Ya tenemos blog!

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La vida, por ratos, te come los sueños.

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Tranvía ha pasado por dos etapas: una como revista y otra como colectivo.
La revista duró sólo tres números y casi 5 meses. Si bien de diseño hermosísimo –según nosotras–, resultó difícil compaginar las tareas editoriales con el día a día de todas esas otras actividades que alimentan más el cuerpo que el alma. Así que aunque nos sentíamos orgullosas de esos pocos números logrados y de los escritores que pasaron por sus páginas, debimos hacer un alto.

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Sucedió en el 2015:
Estimados postulantes:
Se les transcribe a continuación la lista de los alumnos seleccionados para recibir el Taller virtual y presencial de escritura documental y desapropiación impartido por Cristina Rivera Garza.
En ese taller conocí a Nidia Cuan.

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Siempre he pensado que, con un poco de suerte, los talleres –cualquiera que sea la disciplina– hermanan. A Asenat la conocí en el 2008 en un taller de Orlando Ortiz; A Abby, en Reynosa, allá por el 2011, en uno de Graciela Ramos; a Cata en el 2010, en un taller virtual de Alberto Chimal y a Nidia, como ya dije, en el 2015 con Cristina Rivera Garza.

***

A Nidia le entusiasmó Tranvía, con el mismo entusiasmo frenético pero amable que pone en tantísimas cosas más.
Se lo platiqué en uno de los recesos del taller. Estábamos recargadas en la barda de Casa del Arte en Ciudad Victoria, Tamaulipas. Nidia opinó que debíamos sacar de nuevo la revista y quería ser parte del proyecto. Yo reí ante su frenesí y, por supuesto, me entusiasmé también. En eso de planear somos parecidas, en lo de meternos en broncas por no tener tiempo y no decir que no a casi nada, también. Pero éramos nosotras ideando, así que esas nimiedades pasaron desapercibidas.
El tiempo del receso se acabó. Nidia apagó su cigarro y volvimos a la clase pero la semilla del colectivo Tranvía estaba sembrada.

***

Los sueños son semillas que con fortuna algún día, aún y a pesar de la vida misma, caerán en tierra fértil.

***

Meses después le platiqué mi conversación con Nidia a Abby y al entusiasmo se le aunó la impaciencia milenial de Abby quien de inmediato, como en aquella primera etapa, ya quería tener el blog listo.
En mayo del 2016 iniciamos la búsqueda de las participantes y se ideó el formato. Deseábamos algo distinto. Queríamos escribir desde distintas partes de un mismo México. Ver la vida desde varios puntos de este mismo territorio nacional. Combinar personalidades y escrituras. Al esfuerzo (de Abby y mío) se sumó el de Nidia. Ella agregó la inteligencia de Karla y la sensibilidad de Lolbé. De Reynosa, se incorporó el realismo de Asenat y de Monterrey, la inocencia de Sandra. Del centro, la genialidad de la querida Cata, quien a su vez me habló de una guionista buenísima, Mónica, con la que trabajaba y quien a los pocos días se convirtió en nuestra estación Tormenta.
Cada una se volcó a la tarea de crear su estación, de darle un nombre y un lugar: una cara. Mentiría si digo que ha sido una tarea fácil. También mentira –aunque por omisión– si no les contara del enorme orgullo y alegría que siento cada que recibo sus textos y noto el camino que llevan sus palabras.
Hoy el colectivo Tranvía está de aniversario. Hoy el colectivo cumple un año de su primera publicación, hoy somos las mismas pero tenemos algo en común: la escritura en este espacio.

***

Tranvía somos todos.

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A Cristina Rivera Garza le escuché decir que la escritura no es un acto solitario sino uno que sucede en comunidad. Porque se escribe con otros, decía.
Me gusta pensar que eso hacemos en Tranvía: escribir para y con el otro. De temas que nos interesan a cada una pero que también le pueden interesar a alguien más. Porque nos unimos a las pláticas que escuchamos en la calle o en las redes y las ampliamos en cada entrada. De esta forma, ese micro mundo nuestro que nace de lo que nos angustia o hace reír se vuelve parte de lo que vemos a diario. Fragmentos de otros.
Porque como bien apuntó Rivera Garza, no escribimos solas y nuestra escritura se ve afectada por nuestro entorno. Por eso escribimos para él y de él. Para entenderlo e iniciar una conversación desde este tranvía en el que vamos juntos.

 

A todos los que leen y especialmente a todas las que escriben, mi gratitud y cariño infinito.

Alisma De León

LA QUE HACE BOLITAS DE PAPEL

Hace unas semanas me quedé un rato platicando después de una cena con amigos. Cuando me puse de pie para marcharme, alguien señaló mi porción de mesa y descubrí que había decenas de bolitas de papel formando una figura. Soy, por decir lo menos, una persona con niveles de ansiedad ligeramente más altos que el promedio, así que la confección de bolitas no me sorprendió. Lo que sí me inquietó es que, por más que lo intenté, no logré recordar el momento en el que tomé la servilleta, la hice añicos, amasé los papelitos entre índice y pulgar y los coloqué formando algo así como una espiral.

Me llevé esa preocupación hasta la cama. Pensé que seguramente se trataba de un problema de amnesia precoz y comencé a probarme a mí misma intentando recordar datos inservibles que sé bien que he intentado olvidar sin éxito durante los últimos veinte años, cuando me di cuenta de que a mi memoria no le cabría mucho más: la lista de cuarto año de primaria, el teléfono de mi mejor amiga en el preescolar, el anuncio radiofónico del Centro de Copiado Palmas. A los pocos minutos me quedé sin hipótesis alguna: todo lo recordaba con mucha exactitud; tal como recordaba gran parte de la cena, a excepción del momento que me atormentaba.

Como no podía dormir, encendí las luces de la habitación. Me quedé un buen rato viendo a la nada, al hueco de la ventana, a las aspas del ventilador que de repente parecían avanzar pasmosamente lento. Y de repente ocurrió. Posé la mirada en el librero nuevo y me di cuenta de que los libros, aparentemente en desorden, en realidad estaban clasificados siguiendo una sintaxis ininteligible para el resto del mundo pero que para mi resultaba no solamente familiar, sino espantosamente perfecta. Una espiral. Corrí hacia el armario y advertí que lo mismo pasaba con la ropa y con los trastes en el fregadero y las latas de atún en la alacena.

No sé muy bien cuándo una parte de mí comenzó a llevar esa doble vida. No guardo el menor recuerdo de mí organizando los estantes o doblando la ropa según los caprichosos de mis emociones. No podría ni siquiera explicar cuál es la lógica que sigue ese aparente orden que lo rodea todo. Tan parecido al azar. Pero debo reconocer que en todo caso la labor de esa otra que no soy me ha resultado de lo más útil. Estoy tan agradecida con ella que hoy por la noche, por ejemplo, he pensado en dejarle como ofrenda una decena de servilletas.

 

Nidia Cuan

LOS OJOS DE MI PADRE

Me dicen que de mi padre soy los ojos. Los recuerdo. Cada vez más enrojecidos, cada vez más temerosos del polvo y el viento, ojos que he visto nublarse pero que guardan la misma precisión, la exactitud de un espejo.

Mi padre es el maestro de la mirada. A fuerza de mirar y mirar es capaz de distinguir lo que ya casi nadie ve. Más allá de sus estudios, mi padre es un médico forjado a la antigua. Un clínico. Si vamos por la calle le basta con observar los colores en los rostros, el cabello, las líneas, el tono de  los dientes, el matiz alrededor del iris, las manos. Así, observando, es capaz de decir si tal o cual persona come mal, si alguien padece de cirrosis o cualquier enfermedad hepática. El azul en los labios habla del pulmón, la oscuridad en los pliegues de la diabetes. Y lo mismo ocurre con las enfermedades del alma. Le basta mirar durante unos minutos el comportamiento de alguien para saber si el miedo, si la neurosis, si un antiguo dolor, si la migraña o una levísima propensión a los desordenes anímicos.

Incluso si no mira traduce lo mirado; para el diagnóstico es suficiente con una descripción escueta, nada fuera de lo habitual: derecha o izquierda, punzada o dolor continuo, rojizo o café. Ha aguzado la vista a tal punto que intuye lo mismo en los animales, pero también los mosaicos flojos en pisos y paredes, las casi imperceptibles desviaciones en los muros, la inexactitud milimétrica en la medida. Así, a mi padre no hay que decirle muchas cosas. Con él, que aprendió a mirar, es suficiente con guardar silencio. He ahí que a veces salgo con un vestido corto que deja al descubierto piernas y espalda. Él me mira de reojo y encuentra un moretón, una marca en el brazo, un piquete, un rasguño; en mi rostro un nuevo lunar, en mi hombro un golpe, en mis ojos un secreto, en mi boca un dolor que no tiene palabras ni nombres ni culpables. Casi nunca hace preguntas; con mi padre no hay necesidad de demasiadas explicaciones. Sabe, él lo sabe, si el moretón obedece a una caída o a un golpe; si el rasguño fue autoinflingido o alguien más dejó sus uñas, su paso, sobre mi piel. La convivencia diaria con decenas y decenas de seres humanos, seres en pena, seres que recuerdan su cuerpo a través del dolor, le ha enseñado a leer cada gesto, a descubrir la mentira y no menospreciarla por menos cierta que la verdad. Él reconoce la culpa, reconoce la fragilidad y valora, sobre todas las cosas, lo que no se dice. Por eso en días en los que todo parece estar fuera de lugar,  no hay otra persona cuya silenciosa presencia pueda devolverme a la cotidianeidad sin fisuras, sin sobresalto; devolverme entera, como si un pintor en su fantasía me colocara ahí y dibujara una infancia, trazando olas, una madre, un hermano y pasillos de hospital. En esos días revueltos sólo busco a mi padre y a sus ojos que me seguirán siempre, esos que ven todo lo que yo no: lo que viene, lo que está más allá.

 

Nidia Cuan

NICHOS DE OPORTUNIDAD

Últimamente me da por ver nichos de oportunidad en todas partes. Así con esas palabras que puestas en mi boca suenan  a todo menos a éxito rotundo.

Supongo que una parte de mí se ha dejado seducir por el discurso del emprendimiento, que entre otras cosas cumple con el objetivo de darme una razón para justificar el por qué hay que pasarse las vacaciones comiendo de abonado o acampando en la casa familiar: no he sido suficientemente emprendedora ni previsora ni libre ni atrevida ni ingeniosa ni innovadora.

Imaginé que el primer paso para ser una emprendedora era hacer una labor de introspección y ver cuáles son esas características de uno mismo que pueden servir para algo jamás imaginado por ningún otro ser. Descarté desde el primer momento mi facilidad para caer en pánico ante cualquier evento que ponga en peligro el frágil equilibrio universal, pues eso al parecer no le sirve a nadie para nada. Lo mismo hice con mi facilidad para carcajearme ante el más mínimo estímulo y con mi habilidad de hablar al revés.  Poco a poco advertí que mis mayores virtudes —ser capaz de comer lo mismo por muchos días, esconder el desorden en cajones y alacenas sin que nadie lo note y decir mentiras— no servían para absolutamente nada.

Sin ninguna idea en la cabeza, decidí ir mejor por rubros de negocio. Creí que tal vez podía dedicarme a vender algo, pero pensé que mi terror a incomodar a los demás me prohíbe insistir lo suficiente como para vender cualquier cosa, así sea el periódico por entregas. Lo mismo me pasó con las áreas de “asesorías” y “finanzas”, áreas que además no son para nada innovadoras ni atrevidas ni libres.

Ya con el cerebro seco, estaba a un paso de sentirme completamente desilusionada de mí misma por no ser capaz de encontrar nichos de oportunidad para mí, aunque bien lo he hecho con otros. Pero, ¡oh, sabio universo!, después de 24 horas de pensarlo, después de hiperventilar, dar vueltas como una loca alrededor de la casa y de googlear varias veces “1000 ideas de negocios” o “Ideas de emprendimiento”, me di cuenta de una cosa: soy suficientemente emprendedora como para levantarme todos los días e ir a mi nada innovador y poco estresante trabajo. Y eso ya es bastante.

 

Nidia Cuan

PERDERSE EN LOS AÑOS

Hace un par de meses que vivo en otras coordenadas. En otro año. Cuando alguien me pregunta por una cita o un pendiente impostergable, no puedo hacer más que guardar silencio, abrir la agenda y repasar las hojas en blanco mientras intento recordar, aunque sea vagamente, los números, las fechas, los datos exactos que mi interlocutor exige.

Pero la verdad es que vivo en otro año y lo de revisar la agenda es un gesto inútil. Ni siquiera sirve que anote en una de las hojas en blanco la fecha que me piden con números gigantes o que marque los pendientes con plumones fosfo y letreritos de urgencia.

Esta vuelta atrás, este vivir en otro año, es algo irremediable.

Por eso, en lugar de pelearme con el asunto he preferido aceptarlo. Abro los ojos y con solo ver la luz me doy cuenta de que estoy otra vez en 1992, el año del eclipse, y que ahí afuera se siente exactamente el mismo calor, se respira la misma humedad cargada, el mismo brío de espejos contra el cielo. Otras, despierto y veo que estoy en 2009, el año que regresé a mi casa, y que las nubes lucen exactamente igual que aquellas tardes de café junto a amigos que, sin saberlo, me enseñaban otra vez por primera vez a hablar, a caminar, a reír, a comer.

Y es que al parecer llega un momento en que la vida se nos desborda. En que los recuerdos se acumulan y el cuerpo tiene que sacar los remanentes. La vida se nos ordena de maneras inusitadas: se nos ordena en la piel y basta un roce; se nos guarda en la nariz, y un aroma; en los dedos de los pies y la piedra en el zapato. Y de pronto el más mínimo estímulo, la hace estallar. O, mejor dicho, abalanzarse. Avasallar. Tal como una bola de nieve.

Así, de año en año, me he pasado los días de abril y los de mayo. Nunca sé en qué año voy a parar. Si voy a terminar el día sonriendo o extrañando tocar lo que apenas es un olor, el vago recuerdo de una voz que nunca volveré a escuchar. En todo caso, no importa. Si hago falta, búsquenme allá: en 2010, el año en que soñaba que para tanta vida sólo bastaría con una nueva.

Nidia Cuan

LO QUE APRENDÍ EN LA PRIMARIA

Nunca voy a olvidar el día en que me regañó mi maestra de primaria. Estaba de pie, mostrándole mi cuaderno, mientras ella hablaba con alguien más. Yo había observado muchas veces a mi papá hacer un juego con la lengua y la mejilla, una especie de chasquido muy leve que me gustaba repetir porque me parecía algo muy de adulto, una expresión entre solemne y reflexiva que siempre antecedía a un comentario perspicaz.

¡Tú, deja de hacerme muecas!, gritó de repente.

Es que no…

No me contestes, interrumpió antes de continuar su conversación.

Creo que es probable que ese sea mi recuerdo más antiguo de la palabra frustración. De la frustración cayendo sobre mí como cemento fresco, como arenas movedizas. Sin dobles intenciones, había hecho algo con mi cuerpo, algo que no sabía que estaba prohibido, que no sabía que era igual a rebelarse contra la autoridad, que hasta ese momento no cabía en la larga lista de faltas que repasaba a diario con el propósito de no caer. De ser perfecta.

Un rato después, la maestra se acercó a mí. Recuerdo con claridad ese sentimiento ambiguo entre el deseo de replicar y la impotencia; por los ojos casi se me escurrían las lágrimas.

¿Qué tienes?, preguntó.

No estaba haciendo muecas…

Yo sé que no estabas haciendo muecas…

¿Y entonces por qué me regañó?, pregunté.

Porque a veces me equivoco.

Yo nunca pensé que iba a dedicar varios años de mi vida a dar clase. Pero cada que pienso en lo que eso significa recuerdo a esa maestra, porque quizá –entre muchas otras cosas– de eso se trate enseñar: de aprender en conjunto, de reconocer en comunión que hay un espacio en donde alumno y maestro somos iguales; ese espacio, mucho más elocuente que cualquier frase célebre, mucho más definitivo que los años que nos separan, que nos hace iguales: vulnerables, seres humanos que inevitablemente se equivocan.