YO Y LOS ALACRANES

Mi signo zodiacal es escorpio. Y algunas veces he llegado a pensar que quizá esa es la razón por la que siento cierta simpatía hacia los alacranes; imagino que tal vez hay una conexión entre los caprichos de las estrellas, sus trazos, y nosotros; tal vez los escorpiones y yo recibimos los mismos influjos, benéficos o maléficos, las mismas melodías estelares.

Nunca había tenido la oportunidad de comprobarlo porque no me había topado frente a frente con uno. Todo esto que cuento era la pura teoría. Hasta que me mudé de casa.

Al primero de ellos lo encontramos un viernes. Un grupo de amigas estaba conmigo; era mi primera vez con un alacrán, y una de ellas, a quien considero una mensajera astral, fue la encargada de introducirlo en un botecito y de llevarlo a vivir a un terreno baldío, lejos de los constantes lloriqueos de los perros y de nuestra impredecible presencia.

A partir de entonces he encontrado por lo menos otros cinco. Los he hallado en la cama, en medio de las sábanas, en el patio de los perros, en el armario. Nos hemos vuelto hábiles al momento de la captura y tratamos de encontrar un sitio amigable, tranquilo, donde no corra peligro de ser capturado de nueva cuenta o, peor aún, masacrado.

A veces, cuando había pasado tiempo, me descubría pensando en los alacranes. En si eran felices, en si habrían sobrevivido a la falta de comida, a los zapatos, en si están de acuerdo conmigo en que un lugar despoblado es un mejor lugar para hacer la vida.

Por mucho tiempo no recibí señales de su parte; por supuesto, no hablo de postales o de notas de agradecimiento, pero imaginaba que si esa conexión existía, yo sería capaz de averiguar su parecer.

Pero ahora las cosas han cambiado. Ayer por la noche, casi a punto de dormir, encontré a uno de ellos. Habían sido días muy estresantes, llenos de trabajo y pendientes, y la verdad es que tardé un poco más de la cuenta en ir por el botecito en el que suelen pernoctar los huéspedes que reubico. Cuando regresé, se había esfumado, metiéndose en la parte hueca de un viejo escritorio. Esperé a que saliera, porque a pesar de mi simpatía nunca me planteé la cohabitación. Después de un rato, el animalito se asomó, pero al verme volvió al instante a su escondite. Seguí esperando, esperé mucho más de lo que podría contarles ahora, pero el alacrán nunca volvió y yo, que no creo ser inmune a las picaduras, decidí mudarme a la habitación contigua hasta que salga de ahí.

Mi marido cree que cualquiera de estos días el bicho debe salir de la rendija. Yo sé que no es así. Que terminaremos abandonando esta habitación y la que sigue. Sé que si él, o algún otro de su especie, sale, será nada más para desaparecer al instante. Yo me he resignado porque sé que no queda más remedio. Estoy segura de que me han estado observando y decidieron que yo también necesito unas vacaciones.

 

Nidia Cuan

Este tranvía en el que vamos todos

 

Para las tranvía –y para quienes nos leen– en nuestro aniversario

 

Tranvía: Vehículo que circula
sobre rieles en el interior de una ciudad
o sus cercanías y que se usa principalmente
para transportar viajeros.

 

Lo que a continuación cuento son pedazos aislados de una misma historia, como las estaciones que conforman nuestro Tranvía donde el todo es mayor a la suma de sus partes.

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Enero del 2014. Conversación por whatsapp con Abby:

Deberíamos armar algo.
¡Sí!, ¿qué se te ocurre?
Me gustaría alguna revista o espacio que ayude a impulsar a autores del norte.
¡Yastás! Entonces ahorita abro un blog.
¡¿Ya?! Nombre, espérate, primero hay que ver lo de la convocatoria, qué autores, el diseño…
¡Ya tenemos blog!

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La vida, por ratos, te come los sueños.

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Tranvía ha pasado por dos etapas: una como revista y otra como colectivo.
La revista duró sólo tres números y casi 5 meses. Si bien de diseño hermosísimo –según nosotras–, resultó difícil compaginar las tareas editoriales con el día a día de todas esas otras actividades que alimentan más el cuerpo que el alma. Así que aunque nos sentíamos orgullosas de esos pocos números logrados y de los escritores que pasaron por sus páginas, debimos hacer un alto.

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Sucedió en el 2015:
Estimados postulantes:
Se les transcribe a continuación la lista de los alumnos seleccionados para recibir el Taller virtual y presencial de escritura documental y desapropiación impartido por Cristina Rivera Garza.
En ese taller conocí a Nidia Cuan.

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Siempre he pensado que, con un poco de suerte, los talleres –cualquiera que sea la disciplina– hermanan. A Asenat la conocí en el 2008 en un taller de Orlando Ortiz; A Abby, en Reynosa, allá por el 2011, en uno de Graciela Ramos; a Cata en el 2010, en un taller virtual de Alberto Chimal y a Nidia, como ya dije, en el 2015 con Cristina Rivera Garza.

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A Nidia le entusiasmó Tranvía, con el mismo entusiasmo frenético pero amable que pone en tantísimas cosas más.
Se lo platiqué en uno de los recesos del taller. Estábamos recargadas en la barda de Casa del Arte en Ciudad Victoria, Tamaulipas. Nidia opinó que debíamos sacar de nuevo la revista y quería ser parte del proyecto. Yo reí ante su frenesí y, por supuesto, me entusiasmé también. En eso de planear somos parecidas, en lo de meternos en broncas por no tener tiempo y no decir que no a casi nada, también. Pero éramos nosotras ideando, así que esas nimiedades pasaron desapercibidas.
El tiempo del receso se acabó. Nidia apagó su cigarro y volvimos a la clase pero la semilla del colectivo Tranvía estaba sembrada.

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Los sueños son semillas que con fortuna algún día, aún y a pesar de la vida misma, caerán en tierra fértil.

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Meses después le platiqué mi conversación con Nidia a Abby y al entusiasmo se le aunó la impaciencia milenial de Abby quien de inmediato, como en aquella primera etapa, ya quería tener el blog listo.
En mayo del 2016 iniciamos la búsqueda de las participantes y se ideó el formato. Deseábamos algo distinto. Queríamos escribir desde distintas partes de un mismo México. Ver la vida desde varios puntos de este mismo territorio nacional. Combinar personalidades y escrituras. Al esfuerzo (de Abby y mío) se sumó el de Nidia. Ella agregó la inteligencia de Karla y la sensibilidad de Lolbé. De Reynosa, se incorporó el realismo de Asenat y de Monterrey, la inocencia de Sandra. Del centro, la genialidad de la querida Cata, quien a su vez me habló de una guionista buenísima, Mónica, con la que trabajaba y quien a los pocos días se convirtió en nuestra estación Tormenta.
Cada una se volcó a la tarea de crear su estación, de darle un nombre y un lugar: una cara. Mentiría si digo que ha sido una tarea fácil. También mentira –aunque por omisión– si no les contara del enorme orgullo y alegría que siento cada que recibo sus textos y noto el camino que llevan sus palabras.
Hoy el colectivo Tranvía está de aniversario. Hoy el colectivo cumple un año de su primera publicación, hoy somos las mismas pero tenemos algo en común: la escritura en este espacio.

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Tranvía somos todos.

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A Cristina Rivera Garza le escuché decir que la escritura no es un acto solitario sino uno que sucede en comunidad. Porque se escribe con otros, decía.
Me gusta pensar que eso hacemos en Tranvía: escribir para y con el otro. De temas que nos interesan a cada una pero que también le pueden interesar a alguien más. Porque nos unimos a las pláticas que escuchamos en la calle o en las redes y las ampliamos en cada entrada. De esta forma, ese micro mundo nuestro que nace de lo que nos angustia o hace reír se vuelve parte de lo que vemos a diario. Fragmentos de otros.
Porque como bien apuntó Rivera Garza, no escribimos solas y nuestra escritura se ve afectada por nuestro entorno. Por eso escribimos para él y de él. Para entenderlo e iniciar una conversación desde este tranvía en el que vamos juntos.

 

A todos los que leen y especialmente a todas las que escriben, mi gratitud y cariño infinito.

Alisma De León

LA QUE HACE BOLITAS DE PAPEL

Hace unas semanas me quedé un rato platicando después de una cena con amigos. Cuando me puse de pie para marcharme, alguien señaló mi porción de mesa y descubrí que había decenas de bolitas de papel formando una figura. Soy, por decir lo menos, una persona con niveles de ansiedad ligeramente más altos que el promedio, así que la confección de bolitas no me sorprendió. Lo que sí me inquietó es que, por más que lo intenté, no logré recordar el momento en el que tomé la servilleta, la hice añicos, amasé los papelitos entre índice y pulgar y los coloqué formando algo así como una espiral.

Me llevé esa preocupación hasta la cama. Pensé que seguramente se trataba de un problema de amnesia precoz y comencé a probarme a mí misma intentando recordar datos inservibles que sé bien que he intentado olvidar sin éxito durante los últimos veinte años, cuando me di cuenta de que a mi memoria no le cabría mucho más: la lista de cuarto año de primaria, el teléfono de mi mejor amiga en el preescolar, el anuncio radiofónico del Centro de Copiado Palmas. A los pocos minutos me quedé sin hipótesis alguna: todo lo recordaba con mucha exactitud; tal como recordaba gran parte de la cena, a excepción del momento que me atormentaba.

Como no podía dormir, encendí las luces de la habitación. Me quedé un buen rato viendo a la nada, al hueco de la ventana, a las aspas del ventilador que de repente parecían avanzar pasmosamente lento. Y de repente ocurrió. Posé la mirada en el librero nuevo y me di cuenta de que los libros, aparentemente en desorden, en realidad estaban clasificados siguiendo una sintaxis ininteligible para el resto del mundo pero que para mi resultaba no solamente familiar, sino espantosamente perfecta. Una espiral. Corrí hacia el armario y advertí que lo mismo pasaba con la ropa y con los trastes en el fregadero y las latas de atún en la alacena.

No sé muy bien cuándo una parte de mí comenzó a llevar esa doble vida. No guardo el menor recuerdo de mí organizando los estantes o doblando la ropa según los caprichosos de mis emociones. No podría ni siquiera explicar cuál es la lógica que sigue ese aparente orden que lo rodea todo. Tan parecido al azar. Pero debo reconocer que en todo caso la labor de esa otra que no soy me ha resultado de lo más útil. Estoy tan agradecida con ella que hoy por la noche, por ejemplo, he pensado en dejarle como ofrenda una decena de servilletas.

 

Nidia Cuan

LOS OJOS DE MI PADRE

Me dicen que de mi padre soy los ojos. Los recuerdo. Cada vez más enrojecidos, cada vez más temerosos del polvo y el viento, ojos que he visto nublarse pero que guardan la misma precisión, la exactitud de un espejo.

Mi padre es el maestro de la mirada. A fuerza de mirar y mirar es capaz de distinguir lo que ya casi nadie ve. Más allá de sus estudios, mi padre es un médico forjado a la antigua. Un clínico. Si vamos por la calle le basta con observar los colores en los rostros, el cabello, las líneas, el tono de  los dientes, el matiz alrededor del iris, las manos. Así, observando, es capaz de decir si tal o cual persona come mal, si alguien padece de cirrosis o cualquier enfermedad hepática. El azul en los labios habla del pulmón, la oscuridad en los pliegues de la diabetes. Y lo mismo ocurre con las enfermedades del alma. Le basta mirar durante unos minutos el comportamiento de alguien para saber si el miedo, si la neurosis, si un antiguo dolor, si la migraña o una levísima propensión a los desordenes anímicos.

Incluso si no mira traduce lo mirado; para el diagnóstico es suficiente con una descripción escueta, nada fuera de lo habitual: derecha o izquierda, punzada o dolor continuo, rojizo o café. Ha aguzado la vista a tal punto que intuye lo mismo en los animales, pero también los mosaicos flojos en pisos y paredes, las casi imperceptibles desviaciones en los muros, la inexactitud milimétrica en la medida. Así, a mi padre no hay que decirle muchas cosas. Con él, que aprendió a mirar, es suficiente con guardar silencio. He ahí que a veces salgo con un vestido corto que deja al descubierto piernas y espalda. Él me mira de reojo y encuentra un moretón, una marca en el brazo, un piquete, un rasguño; en mi rostro un nuevo lunar, en mi hombro un golpe, en mis ojos un secreto, en mi boca un dolor que no tiene palabras ni nombres ni culpables. Casi nunca hace preguntas; con mi padre no hay necesidad de demasiadas explicaciones. Sabe, él lo sabe, si el moretón obedece a una caída o a un golpe; si el rasguño fue autoinflingido o alguien más dejó sus uñas, su paso, sobre mi piel. La convivencia diaria con decenas y decenas de seres humanos, seres en pena, seres que recuerdan su cuerpo a través del dolor, le ha enseñado a leer cada gesto, a descubrir la mentira y no menospreciarla por menos cierta que la verdad. Él reconoce la culpa, reconoce la fragilidad y valora, sobre todas las cosas, lo que no se dice. Por eso en días en los que todo parece estar fuera de lugar,  no hay otra persona cuya silenciosa presencia pueda devolverme a la cotidianeidad sin fisuras, sin sobresalto; devolverme entera, como si un pintor en su fantasía me colocara ahí y dibujara una infancia, trazando olas, una madre, un hermano y pasillos de hospital. En esos días revueltos sólo busco a mi padre y a sus ojos que me seguirán siempre, esos que ven todo lo que yo no: lo que viene, lo que está más allá.

 

Nidia Cuan

NICHOS DE OPORTUNIDAD

Últimamente me da por ver nichos de oportunidad en todas partes. Así con esas palabras que puestas en mi boca suenan  a todo menos a éxito rotundo.

Supongo que una parte de mí se ha dejado seducir por el discurso del emprendimiento, que entre otras cosas cumple con el objetivo de darme una razón para justificar el por qué hay que pasarse las vacaciones comiendo de abonado o acampando en la casa familiar: no he sido suficientemente emprendedora ni previsora ni libre ni atrevida ni ingeniosa ni innovadora.

Imaginé que el primer paso para ser una emprendedora era hacer una labor de introspección y ver cuáles son esas características de uno mismo que pueden servir para algo jamás imaginado por ningún otro ser. Descarté desde el primer momento mi facilidad para caer en pánico ante cualquier evento que ponga en peligro el frágil equilibrio universal, pues eso al parecer no le sirve a nadie para nada. Lo mismo hice con mi facilidad para carcajearme ante el más mínimo estímulo y con mi habilidad de hablar al revés.  Poco a poco advertí que mis mayores virtudes —ser capaz de comer lo mismo por muchos días, esconder el desorden en cajones y alacenas sin que nadie lo note y decir mentiras— no servían para absolutamente nada.

Sin ninguna idea en la cabeza, decidí ir mejor por rubros de negocio. Creí que tal vez podía dedicarme a vender algo, pero pensé que mi terror a incomodar a los demás me prohíbe insistir lo suficiente como para vender cualquier cosa, así sea el periódico por entregas. Lo mismo me pasó con las áreas de “asesorías” y “finanzas”, áreas que además no son para nada innovadoras ni atrevidas ni libres.

Ya con el cerebro seco, estaba a un paso de sentirme completamente desilusionada de mí misma por no ser capaz de encontrar nichos de oportunidad para mí, aunque bien lo he hecho con otros. Pero, ¡oh, sabio universo!, después de 24 horas de pensarlo, después de hiperventilar, dar vueltas como una loca alrededor de la casa y de googlear varias veces “1000 ideas de negocios” o “Ideas de emprendimiento”, me di cuenta de una cosa: soy suficientemente emprendedora como para levantarme todos los días e ir a mi nada innovador y poco estresante trabajo. Y eso ya es bastante.

 

Nidia Cuan

PERDERSE EN LOS AÑOS

Hace un par de meses que vivo en otras coordenadas. En otro año. Cuando alguien me pregunta por una cita o un pendiente impostergable, no puedo hacer más que guardar silencio, abrir la agenda y repasar las hojas en blanco mientras intento recordar, aunque sea vagamente, los números, las fechas, los datos exactos que mi interlocutor exige.

Pero la verdad es que vivo en otro año y lo de revisar la agenda es un gesto inútil. Ni siquiera sirve que anote en una de las hojas en blanco la fecha que me piden con números gigantes o que marque los pendientes con plumones fosfo y letreritos de urgencia.

Esta vuelta atrás, este vivir en otro año, es algo irremediable.

Por eso, en lugar de pelearme con el asunto he preferido aceptarlo. Abro los ojos y con solo ver la luz me doy cuenta de que estoy otra vez en 1992, el año del eclipse, y que ahí afuera se siente exactamente el mismo calor, se respira la misma humedad cargada, el mismo brío de espejos contra el cielo. Otras, despierto y veo que estoy en 2009, el año que regresé a mi casa, y que las nubes lucen exactamente igual que aquellas tardes de café junto a amigos que, sin saberlo, me enseñaban otra vez por primera vez a hablar, a caminar, a reír, a comer.

Y es que al parecer llega un momento en que la vida se nos desborda. En que los recuerdos se acumulan y el cuerpo tiene que sacar los remanentes. La vida se nos ordena de maneras inusitadas: se nos ordena en la piel y basta un roce; se nos guarda en la nariz, y un aroma; en los dedos de los pies y la piedra en el zapato. Y de pronto el más mínimo estímulo, la hace estallar. O, mejor dicho, abalanzarse. Avasallar. Tal como una bola de nieve.

Así, de año en año, me he pasado los días de abril y los de mayo. Nunca sé en qué año voy a parar. Si voy a terminar el día sonriendo o extrañando tocar lo que apenas es un olor, el vago recuerdo de una voz que nunca volveré a escuchar. En todo caso, no importa. Si hago falta, búsquenme allá: en 2010, el año en que soñaba que para tanta vida sólo bastaría con una nueva.

Nidia Cuan

LO QUE APRENDÍ EN LA PRIMARIA

Nunca voy a olvidar el día en que me regañó mi maestra de primaria. Estaba de pie, mostrándole mi cuaderno, mientras ella hablaba con alguien más. Yo había observado muchas veces a mi papá hacer un juego con la lengua y la mejilla, una especie de chasquido muy leve que me gustaba repetir porque me parecía algo muy de adulto, una expresión entre solemne y reflexiva que siempre antecedía a un comentario perspicaz.

¡Tú, deja de hacerme muecas!, gritó de repente.

Es que no…

No me contestes, interrumpió antes de continuar su conversación.

Creo que es probable que ese sea mi recuerdo más antiguo de la palabra frustración. De la frustración cayendo sobre mí como cemento fresco, como arenas movedizas. Sin dobles intenciones, había hecho algo con mi cuerpo, algo que no sabía que estaba prohibido, que no sabía que era igual a rebelarse contra la autoridad, que hasta ese momento no cabía en la larga lista de faltas que repasaba a diario con el propósito de no caer. De ser perfecta.

Un rato después, la maestra se acercó a mí. Recuerdo con claridad ese sentimiento ambiguo entre el deseo de replicar y la impotencia; por los ojos casi se me escurrían las lágrimas.

¿Qué tienes?, preguntó.

No estaba haciendo muecas…

Yo sé que no estabas haciendo muecas…

¿Y entonces por qué me regañó?, pregunté.

Porque a veces me equivoco.

Yo nunca pensé que iba a dedicar varios años de mi vida a dar clase. Pero cada que pienso en lo que eso significa recuerdo a esa maestra, porque quizá –entre muchas otras cosas– de eso se trate enseñar: de aprender en conjunto, de reconocer en comunión que hay un espacio en donde alumno y maestro somos iguales; ese espacio, mucho más elocuente que cualquier frase célebre, mucho más definitivo que los años que nos separan, que nos hace iguales: vulnerables, seres humanos que inevitablemente se equivocan.

El último día de abril

A veces me imagino que soy otra persona.

Imagino que soy, por ejemplo, la que a finales de abril se queda dormida mientras los alumnos dan la clase y que despierto nada más para decir que tendré que seguir durmiendo porque resulta que esta medicina que tomo para un mal incurable provoca somnolencia. Me imagino a veces que coloco todos mis libros en el patio frontal y que me siento junto a ellos fingiendo leer, en espera de que alguna vecina me vea y se decida a acompañarme.

Pienso, a veces, que soy esa persona que va a la tiendita de la esquina, se roba un dulce y después regresa llorando a pagarlo. Imagino que soy una persona que tira todo el champú en la coladera nada más por el incontrolable deseo de probar un champú nuevo con olor a chicle. Me imagino que soy esa que es capaz de reconocer a su pez entre todos los peces y que al regresar del trabajo sabe que el pez que está en la pecera es un pez usurpador que alguien ha colocado ahí para ahorrarse explicaciones.

Me gusta imaginar que soy una mujer dedicada a incubar polillas en nidos de gel y papel de baño. O la que se dedica a escribir cartas que digan lo que los otros no pudieron decir. O que soy la persona que no tiene miedo de buscar fotografías en la parte más alta de los armarios o los árboles. Pienso que yo podría ser esa persona que se tatúa las cejas con Esterbrook, que se pega monedas en las manos y se dibuja círculos rojos en los mejillas.

Imagino que soy la que se cuelga un amuleto de la suerte y la que repite una frase mágica que la hace sentir segura. Que soy la mujer que llora porque los pájaros se mueren y un pájaro nunca resucita ni con frases ni amuletos. Que soy la mujer que se come un tazón de palomitas, cinco sabalitos y dos bolsas de papas sin vomitar. Imagino que soy la mujer que duerme siestas largas y despierta para la merienda con una caricia familiar en la mejilla y una canción en los labios. Imagino, en suma, que soy esa que fui cuando fui niña.

 

Nidia Cuan

ESTRATEGIAS PARA LLORAR

Para K y L

 

Una niñita se me acerca. Yo a veces no sé qué hacer con las niñitas cuando se me acercan, pero esta vez no tengo que hacer nada. La niñita tiene un objetivo muy claro: limpiarse las lágrimas y los mocos con la mano y  la mano con mi falda.

¡Ya no llores!, le grita su mamá mientras sigue viendo entre los percheros.

Todavía retumba la voz de su madre cuando la niña comienza a suspirar de manera entrecortada como si se fuese a ahogar. No parpadea y mantiene erguido su pequeño cuerpo. Conozco esa sensación. Está haciendo un esfuerzo sobrehumano para no llorar.

Me agacho junto a ella y le pregunto por qué llora.

No sé, me contesta. Lloro.

Ven acá. Te va a llevar la señora, le dice su mamá. Las señoras se llevan a las niñas berrinchudas.

La niñita me mira con terror y se aleja de mí como si hubiese tenido una visión. Corre en dirección a su mamá e inmediatamente deja salir todas las lágrimas que se había esmerado en tragar.  Gime como si un dolor muy añejo, de muchos más años que los que tiene, se le acurrucase dentro. Súbitamente la niña recuerda que existo, me busca con los ojos llenos de rencor y saca la lengua en un gesto de claro desprecio. En un segundo ha echado al traste una ley tácita de convivencia: como a muchos, le han enseñado que llorar está mal; llorar sin motivo es un absurdo. Especialmente porque nadie sabe qué hacer con una lágrima. Sólo los débiles lloran y se limpian las lágrimas con las faldas de los extraños. Pero ahora no tiene por qué temer. Llora por una razón: hay una señora que se lleva a las niñas que lloran. La niña tiene un pretexto para dejar salir las lágrimas de ayer, de hace una semana, de hace un mes. Y yo también. Si alguien me pregunta, diré que lloro porque una niñita preciosa me ha mirado con rencor. Salgo de la tienda y discretamente comienzo a llorar.

 

Nidia Cuan

Superheroína

Para Alisma

 

Yo no sé muy bien cómo pero un día desperté sintiéndome SuperWoman. Hay mañanas que tengo suerte; días de sueño pesado en los que suena el despertador y no sé muy bien dónde estoy. Por dos gloriosos segundos pienso que estoy en París o que volví a los diecisiete y no he terminado la tarea de Biología. Me basta con abrir bien los ojos para descubrir el rectángulo de luz que se cuela muy tímido por la ventana de mi habitación; me paro a regañadientes mientras todos los habitantes de la casa continúan durmiendo y me convenzo de que hoy, otra vez, me toca ser SuperWoman porque ni conozco París ni me casé con Marty McFly.

Y entonces empieza el día. Reviso el Bullet Journal y veo que –maldita sea mi estampa–  tengo la nada despreciable cantidad de 18 pendientes impostergables para el día 15 de marzo: cinco están en la sección “cosas de la casa”,  diez repartidos entre mis cuatro trabajos y los dos restantes en “asuntos personales”. Por supuesto, paso de largo la sección “proyecto doctoral”, que casi todos los días amanece mirándome muy feo y enseñándome unos colmillitos harto simpáticos pero temibles. Y es justo en ese momento en el que me digo: “no, Nidia; no puede ser que unos cuantos pendientillos te derroten. Siempre has cumplido con todo”. Y no se diga más, me pongo mi capa, me como dos galletas y me lanzo por el mundo a desfacer entuertos y socorrer menesterosos.

Mientras manejo pienso en todo lo que haré cuando termine esos pendientes. Y me digo algo muy parecido a esto: “Voy a usar ese tiempo para dormir. No. Mejor para leer. ¡No, para escribir! No es suficiente.  Mejor para pintarme las uñas. O no porque pintarme las uñas implica mucho tiempo, mejor para limar las uñas. O no, mejor solo me las corto y el tiempo que me sobre me siento a no hacer nada”. A esas horas de la mañana, la resolución me parece sensata y justa, pero conforme va avanzando el día la malhadada capa me va pesando como si fuera un anorak, las mallitas me acaloran y el calzón se va encogiendo o tal vez mi compulsiva ingesta de carbohidratos para sobrevivir al día hace que las caderas se me ensanchen en un par de horas. A estas alturas siempre me topo con alguien que me dice algo como: “pero te ves muy mal, ¿no has dormido?” o “y eso que no tienes hijos” o “estás muy distraída, vives en la luna”.

Y aquí viene lo interesante. Cuando en días como hoy me pongo a reflexionar por qué rayos me comporto así, por qué se me rompen las ilusiones cuando me dicen que ando en la luna y que debo concentrarme, no tengo una respuesta. Nadie me dijo que tenía que ser Superwoman. Al parecer, nadie espera que haga todo lo que hago y permanezca fresca como una lechuga.  Y digo al parecer porque probablemente, para muchos, sí es lo esperado de una mujer adulta en etapa productiva. Esto de jugar al incansable es una cuestión aprendida: a veces somos los rescatadores y a veces los rescatados. En algún momento, mientras comía palomitas con mi hermano o quizá mientras mi mamá preparaba mi lonchera, se me quedó muy grabado que no bastaba con lo que soy, que al ser adulta tendría que convertirme en alguien, y qué mejor alguien que la mujer maravilla. Y así vamos por el mundo: para amar hay que rompernos los corazones; para trabajar, la espalda; para estudiar, quedarnos ciegos; para ser hermosos, mutilarnos. Somos, en suma, un ansia de no ser nuestros cuerpos, débiles, vulnerables, finitos, sin batería: demasiada carne para unos mallones de licra por lo demás ridículos.

 

Nidia Cuan