EL CUENTO DE CUANDO FUIMOS TODO

  1. La primera vez que alguien se miró al espejo quiso arrojarse a él con la esperanza de convertirse en flor. Antes de estrellarse, dicen, vio su nombre en latín, grabado con unas letras blancas que descifraban con esfuerzo un puñado de niños exploradores.
  2. Del primer hombre que trepó a un árbol, la historia registra que estaba tan deseoso de convertirse en ceniza o fénix, daba igual, que no dudó en abalanzarse contra el sol. Fue tal el impulso que en el momento preciso en que las llamas de la velocidad abrasaban sus precario vuelo, el hombre se vio a sí desde las alturas, trinando su nombre en una lengua extraña que décadas más tarde un grupo de expertos se empeñaría en transcribir.
  3. De la primera mujer que escaló la cima de una montaña se dice que, una vez que hubo echado una ojeada al mundo de los hombre, se negó rotundamente a bajar, y entre lágrimas gritó su nombre con tal fuerza que las rocas, que habían permanecido indiferentes, se cimbraron para sí hasta que por acción del calor, la mujer transmutó en una nube alargada que a los estudiosos les dio por llamar cúmulo.
  4. Desde entonces, cuando un niño se ve por primera vez en un espejo su reflejo florece.
  5. A partir de entonces, cuando alguien ve por primera vez las hojas remeciéndose, despuntan en sueños dos pequeñas alas.
  6. Desde entonces, cuando una niña da el primer paso, de su danza nace la lluvia.
  7. Desde entonces, cuando alguien nace, por brevísimo tiempo se sabe flor, se sabe pájaro, se sabe nube, hasta el día en que pide, en su propio nombre, otra historia.

Nidia Cuan

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ELOGIO DE LA SAL

                                                                                                          Para N.

 

Dicen que en la mesa hay que cuidarse las manos y los labios. Dicen que quien derrama la sal como una conjuro abre las puertas de los muertos.

Sal es una palabra tan simple. Un tercio de alas.  Un plural enmascarado.

Dicen, te cuento, que hay cuidarse los ojos. Que si se es mujer, mejor no voltear el rostro. Mejor no abrir los cajones ni robar fotografías ni gestos ni nombres. Mejor no sentir nostalgia y tragarse la curiosidad de doblar la esquina porque la sal se hace cuerpo, carne de los desiertos, de un rumor siempre invisible cuando se es mujer.

Dicen que quien gira el rostro desaparece. Que si se es mujer siempre es mejor mirar hacia al piso y mantenerse alerta. La  boca. Tus ojos. Alerta por si el rastro salino de otra roza los labios. Dicen que si es así, hay que atesorarlo en la lengua para repetir su nombre hasta que el polvo se haga carne.

Sal es una palabra terriblemente fácil. Es también el verbo para convertirse de adentro hacia afuera.

Lo que yo te digo, lo que sé, es que cuando dos lloran juntas las lágrimas son prodigio. Que si dos lloran juntas el mar florece a sus pies. Que si tú y yo lloramos juntas, toda la sal que ha sido escurre por los ojos hasta cerrar las heridas.

Y aún más, te cuento, que si dos están juntas, juntas serán la sal de la tierra. Que serán la sal que preserva la memoria. El tacto de los días. Serán la sal que curte las noches solas, juntas, para tiempos insípidos. Que dos, si juntas, siempre serán la sal. Simples. De una sola pieza. Y su mirada sobre la otra sobrevivirá a los espejos y a los huracanes.

Es más, te digo, que si dos que están juntas se encuentran. Y una se alimenta de la otra. Y una sostiene mientras la otra se deja sostener. Te digo que si eso ocurre, que si la que sostiene se hace de pronto niña y las dos se encuentran, nacen de la boca las palabras: blancas, justas, como dos granos de sal.

 

Nidia Cuán

DESPEDIDAS

Quiero comenzar con la verdad: no puedo con las despedidas. Y con la misma ingenuidad de quien elige la clase de estadística para escapar de cálculo diferencial, parece que todas mis decisiones vitales giran alrededor de eso. Vamos, que si ya era costumbre, en los últimos tiempos despedirme se ha vuelto el pan.

Cualquiera pensaría que el arte de despedirse no es difícil de aprender. Que después de la primera, de la segunda, de la quinta, uno desarrolla un protocolo infalible para decir adiós: la espalda recta, esclerótica blanquísima, y en el mejor de los casos un “nos-vemos-muy-pronto” con la “u” alargada y sabor a sopa para enfermo. Pero la experiencia me dice que no es tan sencillo como eso de andar perdiendo.

Cuando me di cuenta de que tenía un problema con decir adiós, lo primero que se me ocurrió fue que me podía ahorrar las despedidas. Practiqué mucho lo de no volver el rostro atrás y también aquello de no mirar directamente a los ojos, sino a un lado, al infinito que se abre justo arriba de la oreja del despedido. La estrategia no funcionó porque –igual que las matemáticas– las despedidas parecen ser de esas cosas necesarias. Necesarias a la manera de las inyecciones o del “mejor-me-desvelo-ahorita-y-mañana-duermo-de-corrido”. La dosis de sufrimiento es ineludible, pero decir adiós hace saber al otro que su ausencia importa. Que al día siguiente, algo habrá cambiado en el mundo, y que ese algo solo se restaurará –si acaso– el día del reencuentro.

Ahora que el problema de despedirme me acosa casi todas las noches, he pensado que tal vez podría ingeniármelas para decirles a los que se marchan que hay algo en su ausencia que transforma. Imagino cosas como

una carta a la mitad

un corcho lleno de fotografías

una pastilla de jabón fosilizada

un cepillo de dientes verde fosfo

un domingo sin tener que salir de casa

una almohada llena de olores buenos

un silencio particular

dos versos subrayados

O tal vez, la promesa de un día aprender a decir adiós, así, sin desfiguros.

El sueño del tigre, el perro y el perico

Hace un par de años tuve un sueño que recuerda a uno de esos acertijos que se pasan de boca en boca. Había tres habitaciones: en una un tigre, en otra mi perro Matías, y en otra un perico. Yo, consciente de la distancia natural entre las especies, cerraba con diligencia cada habitación, pero un poder sobrenatural hacía que al instante se abriesen. Entonces, mi perro se acercaba peligrosamente al perico, el tigre se agazapaba de esa manera particular en que los tigres se agazapan antes de atacar, el perico se hacía notar silbando “lorito toca la marcha”, y yo corría de un lado para otro intentando dejar a cada cual en su habitación o, al menos, que respetaran su espacio vital.  Por la mañana, después de haber pasado una noche de soñada angustia, pensé que el sueño tenía toda la lógica del mundo. El tigre, el perro y el perico eran la representación onírica de todos mis asuntos —familia, trabajo, pareja—, yo era yo, y el correr de un lado para otro no era más que un atisbo de mis esfuerzos por intentar prestar suficiente atención  a todo.

Nunca imaginé que una mañana lluviosa de abril, muchos años después, constataría que ese sueño no fue sino una profecía. Pero sí. Heme aquí, con una niña dormida en un cuarto, dos perros con miedo a los truenos en el otro, una gotera en la cocina y un texto, que iba de otra cosa, a la mitad. Llevo ya un buen rato de aquí para allá, que consolando a los perros, que haciéndole shúshú a la criatura mientras seco el piso con una jerga en el pie para no morir desnucada en los trayectos. Una parte de mí, la racional, me dice que si el sueño se convirtió en profecía es porque es un sueño versátil, un sueño que se amolda a la vida: algo muy parecido a un acertijo, extrañamente familiar a “darse cuenta” de todo siempre en desfase, cuando han pasado ya tantos años que la angustia es sólo un residuo. Pero otra, la de mi instinto, tiene miedo; temo al aciago día en el que me encuentre en el sueño en el que me caigo de un trapecio o, peor, en aquel en el que la casa sale volando por los aires mientras yo la persigo sin éxito por paisajes, eso sí, paradisiacos.

 

 

Nidia Cuan

EL GATO EN EL ALFÉIZAR

El gato me mira desde el alféizar. No hay en esos ojos nada de conmiseración ni tampoco de la fragilidad propia de lo doméstico. Esa que entrega una promesa tan parecida al amor.

Es un lugar común, pero me doy cuenta de que ahí no importa la búsqueda; poco caso tiene buscar en la mirada de los gatos algo de este mundo, algo con un nombre que no sea el de más allá. Aun así, me da la impresión, de que desde el alféizar soy la otra. Con los gatos, y esto lo he comprobado, no hace falta dialogar. Desde ese punto, indiscutible, jamás viajamos juntos, no hubo carreteras de ida vuelta con el mar colgando en el costado, tampoco dormimos en la misma cama ni hicimos maletas procurando lo elemental hasta que un día no hubo más donde guardarnos y él se plantó en el sitio donde está ahora como una estatua.

 O tal vez como una coordenada. Como un faro o una estación de paso.

Desde ese punto, me convenzo, desde ese alféizar que cada vez le queda más angosto, un poco más lejano a su cuerpo de gato viejo, no soy las manos, las que rascan,

ni la muchacha, ni las arrugas,

dejé hace mucho de ser las lágrimas o el calor de los pies en el invierno que inventábamos cada mañana cuando nos descubríamos profundamente solos vertidos en el otro.

En la mirada de mi gato viejo no hay recuerdos. Hay lo de más allá: la sustancia, el aliento que sostiene, un humor particular, un corredor de fantasmas que lo hacen, desde el alféizar, mirarme como la misma.

Nidia Cuan

OJOS

El gran ojo

Nos subimos en un auto compacto, tan compacto que apenas cabemos nosotras. La policía dice que lo que hacemos es un delito. Llevar a una niña así. No digo nada pero me consuela pensar que, si nos pillan, el fondo de ahorros para casos de emergencia y detenciones imprevistas por fin tendrá un sentido y con el paso de los años esa falta se habrá convertido en una inversión de la memoria.

Los ojos son legión

Llegamos a nuestro destino y pareciera que en esa visita de domingo no hay nada íntimo. Una multitud nos rodea: públicos son mis pasos en la carrera contra el sol, públicos los secretos que nos contamos en voz alta, lo mismo que el hambre de mi hija o el rugido inoportuno de su cuerpo. La resignación debe ser esto: entregarse sin temor a la mirada.

Ojos que miran hacia adentro

Nos toman una fotografía. Con poco sol, pido yo, porque los ojos de los niños muy pequeños y los ancianos muy ancianos sólo hablan en la oscuridad. El fotógrafo piensa que hay una sombra en el sol y nos guía para atravesar el lugar. Nosotras lo hacemos porque ahora esos ojos son los que mandan. Llegamos al punto exacto y las dos nos preparamos como  podemos; yo acomodo a la niña y me suelto el cabello; ella se pasa los dedos por el pelo y extiende la tela de colores sobre el césped. Justo antes de que el fotógrafo dispare, recuerdo algo importante: los lentes. Las dos nos ponemos lentes de sol, tal vez para cubrir la ojeras o quizá como una pista secreta, una clave, una contraseña para recordar que al ver esa fotografía hay que mirar hacia adentro, al infinito tiempo entre nosotras, a ese amoroso silencio que ningunos otros ojos lograrán descifrar cuando nos hayamos ido.

Nidia Cuan

 

LA VIDA EN PEDACITOS (RECETA INFALIBLE PARA MANTENER LA PAZ)

  1. Decimos que hay tiempo para todo. Lo decimos mientras hacemos otra cosa. Mientras procuramos no pensar en aquello que nunca pero nunca vamos a hacer. O por lo menos no juntos; no esta tarde ni mañana ni en los próximos meses.

  1. Cada uno termina con sus ocupaciones y dedicamos un momento a hablar. Lo hacemos mientras pensamos en otra cosa: en la primera vez que nos encontramos en una situación como ésta o en los recuerdos de infancia (por ejemplo, en una muñeca hecha de cuentas de colores). Hablamos. Nos decimos los días y las horas. Los espacios. Rellenamos los huecos como quien guarda el desorden en cajones, debajo de la alfombra o en el armario del desván. Nos contamos todo mientras pensamos en eso. En las palabras que jamás nos diríamos; en una profecía o en el mal agüero de una vela que se apaga a la mitad de una conversación.

  1. Uno de nosotros piensa que esto es insostenible.

  1. Uno de nosotros llora para adentro.

  1. Hablamos y uno de los dos comienza a decir algo de un espíritu oculto, de una profecía dicha hace muchos años, de una vela que se apaga a la mitad de una conversación o, peor aún, de una boda en un pueblo desértico. Uno dice las palabras no dichas. Se atreve y dice una palabra llave. Una palabra telón que devela. Uno dice por fin las cosas que no haremos. Los espacios. Pero nada de eso importa. El otro escucha mientras hace algo distinto. Intentar descifrar los secretos. En el rostro, la palabra que el otro jamás diría, seguro de que nada tiene que ver con esos sonidos que llegan de lejos, desde donde el otro le habla de la verdad de la única forma posible: en pedacitos.

 

 

Nidia Cuan

VERSÍCULOS DEL ALMA QUE SE HIZO CUERPO

Yo me olvidé del cuerpo.

El cuerpo no se siente cuando nos hemos acostumbrado a él o cuando hemos creído que no somos cuerpo sino alma.

O cuerpo y alma, pero en una nota al pie, en los márgenes, alma sobre todas las cosas.

Con esa fantasía fui niña o un alma que se sorprendía de sí; la única en su especie, tan consciente de ser alma que no recordar la eternidad parecía un accidente.

Y un día supe que todas las almas creían ser almas únicas en su especie.

Almas nunca vistas pero en eterna travesía.

Almas nunca vistas pero con milenios inscritos en el alma.

Y entonces decidí que si no podía ser la única en mi especie, sería la mejor en mi especie, y como buena alma creí que yo podía hacerlo todo con el alma. Y conocer archipiélagos con el alma. Y reír con el alma. Y describir el olor del chapopote con el alma. Y cantar canciones enteras con el alma. Y  hacer muchas otras peripecias con el alma.

Incluso creí guardar recuerdos con el alma.

Y más tarde fui un alma joven. Más joven que todas las almas. Y como creí que yo podía amar con el alma me enamoré así. Con el alma. Y fracasó. Y yo no entendía por qué.

Y a la siguiente vez quise amar con el alma y un poquito con el cuerpo. Y fracasó. Y yo no entendía por qué.

Entonces decidí que de vez en vez me acordaría del cuerpo. A veces lo hacía. Cuando alguien dibujó una herida como alas de mariposa. Cuando la garganta quemaba como la duda o la palabra lejos. O cuando los huesos punzaban en las esquinas.

Y esas veces siempre supe que no era alma. Y cuando perdí toda ingenuidad quise recordar. Y para hacerlo no hurgué en el alma. Visité las cicatrices y los dientes fuera de sitio y las manos que tocaron el calor donde los huesos punzaban, como dije, en las esquinas.

Pero yo no sabía cómo amar con el cuerpo.

Y resulta que un día mi cuerpo dejó de obedecerme.

Por azar.

Por  obra de la multiplicación de los cuerpos.

Y entonces mis pies se hicieron grandes y la espalda y los huesos y el tiempo punzaban en las esquinas. Fue entonces que las noches se hicieron eternas y que el cuerpo no cupo en ningún lado porque un día creció como si fuese dos cuerpos.

Y entonces supe de cierto que el amor no ocurre en la fusión de las almas, sino en la transformación de los cuerpos.

En un cuerpo contra otro.

En un cuerpo que se siente en otro.

En un cuerpo que se esconde, crece o se cubre en otro.

Que crece o se duele en otro.

 

Nidia Cuan

 

PILDORITAS DE TRANQUILIDAD PARA EL QUE NO ESCRIBE

Hay cosas que he preferido dejar para los que sean capaces.

Pienso en ese hombre de la biblioteca que cuenta letras sobre las que escribe números con los que después hace líneas que se convertirán en mapas. Ni yo ni otros parroquianos sabemos de qué se trata con exactitud el asunto de las letras, pero a mí me da cierta paz pensar que ese hombre se encarga justamente de todo eso que frente a mí aparece como indescifrable.

Imagino que mientras yo escribo esto, mis letras se suman (o le restan) al infinito que él ordena todos los días en la edición matutina del Diario de Yucatán; quiero pensar que todas las letras cuentan y que no importa tanto lo que escriba mientras lo escriba cuando debo: no antes ni después, sino en el segundo en el que esta exacta combinación de grafías dibuja una coordenada en el mapa de la existencia que él, por paradójico que parezca, siempre leerá con un ligero atraso; quiero decir, en el tiempo de los humanos, que –como él bien lo ha sospechado– no es otro que el de las noticias del día siguiente.

Así, en lugar de pasarme horas intentando encontrar soluciones, cuando uno de esos misterios se me aparece me pongo a escribir y me encomiendo al señor de la biblioteca. Si se trata de algún problema existencial, practico con palabras antiguas o, si me es posible, de orígenes remotos, tratando de darle al mapa de las letras un cauce abierto, una respuesta con más –por decirlo así– variación genética, pues soy muy consciente de que no seré yo la única que se pregunta esas cosas. Si, por el contrario, se trata de algo más asequible, pensemos en algún asunto científico, me voy haciendo planas de palabras con la letra “x” intermedia o escribiendo de bajadita palabras en orden alfabético y sílabas en número ascendente. No quiero ya hablarles de esos misterios que me provocan escribir historias fantásticas o historias cualquiera, inventos o sonetos que, imagino, el pobre hombre de la biblioteca tiene que reconstruir porque si de por sí en las noticias las cosas nunca son como fueron, qué podríamos esperar de las rimas y el conteo silábico. Vaya, que por algo está él ahí.

A pesar de estos ligeros inconvenientes, hasta ahora todo ha funcionado de maravilla. Una vez que he escrito lo que me corresponde, voy al día siguiente a la biblioteca y observo con detenimiento al hombre de los periódicos. Sin falta, los días que más he escrito, él me dirige una miradita cómplice y entonces yo sé que la humanidad está un paso más cerca y que, por qué no, tal vez mañana, en el periódico, yo pueda leer la respuesta que busco hecha nada más y nada menos que de las mismitas letras que yo le mandé el día anterior.

Mientras tanto, cumplo con fe ciega y me resigno a averiguar cosas más sencillas, cosas para las que soy perfectamente capaz con solo guardar silencio.

 

Nidia Cuan

YO Y LOS ALACRANES

Mi signo zodiacal es escorpio. Y algunas veces he llegado a pensar que quizá esa es la razón por la que siento cierta simpatía hacia los alacranes; imagino que tal vez hay una conexión entre los caprichos de las estrellas, sus trazos, y nosotros; tal vez los escorpiones y yo recibimos los mismos influjos, benéficos o maléficos, las mismas melodías estelares.

Nunca había tenido la oportunidad de comprobarlo porque no me había topado frente a frente con uno. Todo esto que cuento era la pura teoría. Hasta que me mudé de casa.

Al primero de ellos lo encontramos un viernes. Un grupo de amigas estaba conmigo; era mi primera vez con un alacrán, y una de ellas, a quien considero una mensajera astral, fue la encargada de introducirlo en un botecito y de llevarlo a vivir a un terreno baldío, lejos de los constantes lloriqueos de los perros y de nuestra impredecible presencia.

A partir de entonces he encontrado por lo menos otros cinco. Los he hallado en la cama, en medio de las sábanas, en el patio de los perros, en el armario. Nos hemos vuelto hábiles al momento de la captura y tratamos de encontrar un sitio amigable, tranquilo, donde no corra peligro de ser capturado de nueva cuenta o, peor aún, masacrado.

A veces, cuando había pasado tiempo, me descubría pensando en los alacranes. En si eran felices, en si habrían sobrevivido a la falta de comida, a los zapatos, en si están de acuerdo conmigo en que un lugar despoblado es un mejor lugar para hacer la vida.

Por mucho tiempo no recibí señales de su parte; por supuesto, no hablo de postales o de notas de agradecimiento, pero imaginaba que si esa conexión existía, yo sería capaz de averiguar su parecer.

Pero ahora las cosas han cambiado. Ayer por la noche, casi a punto de dormir, encontré a uno de ellos. Habían sido días muy estresantes, llenos de trabajo y pendientes, y la verdad es que tardé un poco más de la cuenta en ir por el botecito en el que suelen pernoctar los huéspedes que reubico. Cuando regresé, se había esfumado, metiéndose en la parte hueca de un viejo escritorio. Esperé a que saliera, porque a pesar de mi simpatía nunca me planteé la cohabitación. Después de un rato, el animalito se asomó, pero al verme volvió al instante a su escondite. Seguí esperando, esperé mucho más de lo que podría contarles ahora, pero el alacrán nunca volvió y yo, que no creo ser inmune a las picaduras, decidí mudarme a la habitación contigua hasta que salga de ahí.

Mi marido cree que cualquiera de estos días el bicho debe salir de la rendija. Yo sé que no es así. Que terminaremos abandonando esta habitación y la que sigue. Sé que si él, o algún otro de su especie, sale, será nada más para desaparecer al instante. Yo me he resignado porque sé que no queda más remedio. Estoy segura de que me han estado observando y decidieron que yo también necesito unas vacaciones.

 

Nidia Cuan