La vida muerta o la muerte viva

La diferencia entre un hombre que mata y el que no se atreve a hacerlo es mínima. Imperceptible. Porque en esencia todos llevamos el espíritu criminal adentro, nace con nosotros, pero logramos esconderlo a fuerza de educación, amistad y un amorfo sentimiento de justicia. Mas en ocasiones se vuelve incontenible y se libera de su enclenque encierro para regarse por todas las venas. Caliente y sublime. Eso es lo que anima al asesino. Esa es la diferencia.

Lo mismo sucede al tratar de diferenciar locura y genialidad.

Según el IMSS, 25 millones de mexicanos padecen un trastorno mental. Se trata de la cuarta parte. Uno de cada cuatro. Estremecedor, pero nos da una idea de cómo nos hemos acostumbrado a convivir con algún problema mental, sea de nosotros, o de quienes nos rodean.

El límite para traspasar esta cosa que conocemos como razón es transparente. Mas su regreso casi siempre es imposible.

Hay casos emblemáticos.

Armin Meiwes fue un niño normal en la escuela, algo retraído y apartado de sus compañeros. En su familia vivió las sucesivas separaciones de su madre y al final de su pubertad vivía sólo con ella, sometido a una estricta disciplina. Cuando tenía 40 años, previo acuerdo de por medio, un 10 de marzo mató al berlinés Bernd Brandes. Antes de morir, Brandes pidió a Meiwes que le cortara el pene y se lo comieran juntos tras sazonarlo en un sartén con cebolla y ajo. Después, Meiwes lo descuartizó y comió algunas partes de Brandes durante los días posteriores.

Al ser detenido, Meiwes no mostró arrepentimiento. Sus vecinos no podían creer que el Caníbal de Rotemburgo –como lo conoció todo el mundo– hubiera hecho semejante cosa. Los expertos que lo examinaron, concluyeron que Meiwes sufre una fuerte perturbación mental y que no podía ser curado por medio de terapia. Fue condenado a cadena perpetua.

Daniel Dale Johnston nació en California en 1961. Durante su adolescencia comenzó a padecer trastornos mentales que a la postre lo llevaron a un trastorno bipolar. Pero Johnston se aferró a la música y nunca ha dejado de creer en ella. Grababa en cassettes mediante una grabadora casera y luego los obsequiaba a quienes se los pidieran. Poco a poco, sus cintas se volvieron de culto. Gente como David Bowie, Sonic Youth, Beck, The Flaming Lips, Matt Groening y Kurt Cobain alabaron e interpretaron sus melodías. Su música ha sido catalogada como “chispazos de lucidez”. Sus conciertos pueden llegar a ser  tan irregulares, que a veces sólo canta dos temas. En 2005 su vida fue llevada al documental The devil and Daniel Johnston. Actualmente vive en Texas y sigue grabando, aunque ya de manera digital. Su disco más reciente es Lost And Found.

Hay muchísimos más locos geniales. Como el pintor Richard Dadd, quien en 1842 degolló y desmembró a su padre; toda su obra posterior la hizo en el manicomio. José María Panero, el último poeta maldito que ha parido España; quien pasó los últimos años de su vida en varias clínicas mentales. Martín Ramírez, el migrante mexicano que, una vez en Estados Unidos y con una esquizofrenia paranoide deteriorada, pintó hasta morir en el albergue donde fue enclaustrado. David Nebreda, el barcelonés que se encierra durante meses en una habitación para luego compartirnos mediante autoretratos fotográficos su descenso al sótano de la locura.

De otro bando tenemos a Jeffrey Dahmer, Andrei Chikatilo o los hermanos Otis y Henry Lee Lucas. Todos ellos, individuos que encabezan las listas de caníbales famosos. ¿Qué motiva a estos hombres al homicidio con propósito de ingesta? Tal vez la última respuesta sea el hambre. Dicen los enterados que los mueve un desbordado afán de poder y control, de apropiación última de la víctima.

¿Por qué tanta fascinación por estas personas?

Como dice José Luis Zárate en su libro En el principio fue la sangre, “tal vez si los ciervos tuvieran una civilización le dedicarían tanto espacio a los leones, como nosotros se los dedicamos a los asesinos seriales”.

Tal es el caso del Heidnik’s House of Horrors, la obra cumbre de una  banda de punk llamada Serial Killers. Grabado en 1988, este potente acetato es de esos que taladran los tímpanos sin piedad. Tras esta producción la agrupación se disolvió (antes grabaron un EP). Este disco es de culto por una macabra particularidad: como sello de autenticidad, se engrapó en cada una de las mil copias una bolsita con cenizas de algunos restos de las víctimas del asesino serial Gary Heidnik (cuyo método para someter a sus cautivas fue retomado en la novela de Thomas Harris, El silencio de los inocentes). De ahí el nombre del disco y la representación de Heidnik en la portada. Actualmente, este vinilo rojo sangre es una auténtica rareza y literalmente, inconseguible.

Existe una teoría que afirma que el consumo de carne animal proviene del canibalismo. Tal vez eso justifica nuestra inagotable sed de sangre.

Hace algunos ayeres comencé a leer un proyecto del periódico El Universal llamado La Revista, cada lunes me deleitaba con textos de mucha gente, ahí supe de un tipo llamado Alejandro Almazán. Me parecía y me sigue pareciendo que su labor periodística obedece a un olfato que poco a poco ha ido desapareciendo entre el gremio. Porque la inmediatez, las nuevas tecnologías y lo devaluado que resulta en estos días dedicarse al periodismo, nos somete a una atmósfera monótona y aburrida. Esa que nos quita las ganas de ir a recoger historias que ocurren por todas partes, esas que sólo esperan a que uno vaya por ellas.

Los de Almazán son textos sagaces y dinámicos, que demuestran que el autor, además de periodista, es también un gran lector, un hábito que muchos reporteros han olvidado o lo que es peor, despreciado.

En uno de esos textos de La Revista apareció en ese entonces la historia de Gumaro de Dios. Además de leerlo, también se lo recité a mi novia en turno mientras su mente estaba en alguna tienda de ropa departamental. Presté el ejemplar a cuanta gente se me puso enfrente hasta que ya no supe de él. En ese texto se cuenta la historia de un niño de campo que se convirtió en hombre y que en algún momento de su vida entró a la otra dimensión y desde ahí, mató y se comió a su pareja.

Después La Revista se convirtió en Emeequis. Y El caso de Gumaro se hizo un reportaje novelado (o una novela de no ficción). En ella, Almazán nos muestra el lado humano, común y afectivo de lo que para muchos es clasificado como un monstruo.

Si en un comienzo podemos sentir repulsión por este hombre, al final del libro, esta aversión se pulveriza. Como se evapora el odio que puede despertarnos Gary Gilmore, el protagonista en La canción del verdugo, de Normal Mailer, o también, como sucede con Dick Hickock y Perry Edward Smith, los homicidas de A sangre fría, de Truman Capote.

Almazán nos ofrece una especie de documental narrativo, en el que Gumaro le cuenta de sus demonios, de sus aberraciones, de sus recuerdos, pero también de sus sueños y sus tristezas. Percibimos el calvario de una familia humilde y abatida por los señalamientos, las carencias y la pena de que a su Gumaro le tocara ese destino. Casi visualizamos las condiciones inhumanas de las cárceles de provincia, así como su corrupción y su ineficacia como centros de readaptación social.

A Gumaro no le tocó ser pintor, músico o poeta. Su obra cumbre fue el canibalismo. Pero el de verdad, no el que fabricaron los notarrojeros, conocido como el poeta caníbal. Que en realidad no era lo uno, ni lo otro.

En Guerrero hubo el caso de un indígena que mató a su padre, lo cocinó y una vez guisado, lo repartió entre sus familiares. Éstos se dieron cuenta de su ausencia y al preguntarle al homicida, les contó sin tapujos lo que había hecho.

El caso no pasó de los notarrojeros y casi se olvidaba en mi disco duro de no ser porque una reportera, Marlén Castro, se atrevió a entrar al reclusorio de esta ciudad y entrevistarlo. Ahí le contó de las voces que le ordenaron cometer tan inusual acontecimiento.

Cuántos Gumaros en potencia habrá en cada ciudad. A cuántos los tenemos por compañeros de clase, vecinos, amigos, profesores, tíos o gobernantes. Con cuántas de estas atormentadas personas nos sentamos a lado en el camión, conversamos con ellos en un bar o en el chat.

Eso lo sabremos en breve. Cuando el siguiente de estos seres se atreva a cruzar la frontera más transparente. El camino sin retorno. La vida muerta o la muerte viva.

Por Paul Medrano