R-15

Entonces… ¿está decidido? No me va a salir con que siempre no, ¿verdad? Porque desde que metieron el reglamento ese de que se puede detener el trámite en cuanto se le ocurra al usuario… ¡No sabe qué de cancelaciones de último momento! No se vale, se pierde muchísimo tiempo. Y nos hacen trabajar el doble. Porque no se crea que es cosa nomás de decir “pues fíjese que siempre no”. Es un papeleo de nunca acabar, en serio. ¿Y usted cree que nos pagan las horas extra? Bueno… no nos quedamos horas extra, ni de locas, pero de todos modos es más chamba, que no nos pagan. Y seguro que si nos quedáramos más tiempo, los jefes ni nos agradecerían. Pero eso sí: bien que se quejan de que el trabajo se atrasa, y no ven que en parte es por lo que le digo, porque a cada rato nos cancelan los trámites al cinco para la hora… Ellos, los jefes, nomás quieren todo de volada y no se dan cuenta de que cada caprichito de ésos nos obliga a cancelar oficios, girar faxes, todo eso. Si no es tan fácil.

Pero es todavía peor con los que cambian de opinión de último último momento: ya que están en la sala, justo cuando Naty, la compañera que se encarga de eso, sacó todo lo que usa, salen con su “Oiga, señorita…”.

Dice la Naty que ella ya hasta se la sabe, desde que le dicen “Oiga, señorita”; y a veces desde antes, desde que abren la boca para jalar aire y luego lo sueltan en una especie como de ronquera, así como si tuvieran tos y se estuvieran como aclarando la garganta… y pues a ella le da muchísimo coraje, porque aunque no haya usado el equipo, de todos modos tiene que volver a limpiarlo todo, y guardarlo, y hacer un oficio de esos que no son de nomás cambiar la fecha y el nombre y la CURP, que son los normales, sino de los otros, en los que hay que explicar motivos y todo eso.

Y luego, ¡otro oficio! Uno que diga bien clarito lo de los recursos materiales que no se usaron, para el inventario, ¿no? Ese sí es más fácil, pero igual es trabajo extra.

Antes, el reglamento no decía nada de echarse para atrás, así que nosotras decidíamos según el caso, ya sabe: la carga de trabajo, la hora, hasta la forma de pedirlo. Porque como dicen, en el pedir está el dar, y luego hay cada gente… De ésos que la miran a una como de lado, por encima del hombro, y varias veces nos pasó que llegaban sin cita, o tarde, o con una actitud así como de prepotencia y en plan de “a ver cómo le hacen pero me cancelan el servicio”. Y a ésos sí, de plano, les decíamos que el sistema no permite cambios.

Casi todos se iban, muy enojados, casi corriendo, y luego ya no regresaban; pero después tenían que hacer todo el trámite de darse de alta otra vez, que es bien largo, y que tiene que hacerse allá arriba, en el piso 17, y con unas viejas que son… digo, son compañeras y todo, pero se cargan un genio bien feo. Pero pues esa gente sangrona se lo merece, ¿no cree?

Total, que una vez vino un muchachito de esos bien. ¿Sí sabe de cuáles? Su papá era senador, o diputado o una cosa así. Y que se arrepiente el muchacho, pero hasta el último último momento. Y que se pone en plan de “ustedes no saben en lo que se meten, se las van a ver con mi papá” y, al final ya nomás lloraba como niño chiquito. Que en paz descanse, pobre.

Y pues no faltó quien fuera con el chisme de que el chavito se había echado para atrás y que acá en el Departamento no le quitaron la jeringa. Seguro fue alguna de intendencia, porque esas son bien liosas, tendría usted que ver. Hasta lo que no comen les hace daño y todo el tiempo están con que si es pecado lo que hacemos y que si nos vamos a ir al infierno y no sé qué tanto. Como si ellas no trabajaran para el mismo ministerio, ¿no? Si es lo que dicen, entonces también los cheques de ellas estarían –¿cómo dicen?– “tintos en sangre”, hágame nomás el favor. Viejas ridículas. Pero bueno, alguien fue con el chisme y al ratito nos cayó una investigación. Para qué le cuento. Irma, la que entonces trabajaba con Naty, hasta salió en los periódicos. Uno decía “Hiena burócrata” y tenía su foto.

A todos nos dio coraje, luego risa, y al final hasta lo ampliamos como póster y se lo pusimos en su cubículo. Pero Irma no aguantó porque sus vecinos la miraban feo y pidió su cambio, o se jubiló, ya ni me acuerdo. El chiste es que se fue a vivir a provincia. Y la chinga fue para las que nos quedamos: al final nos encajaron el reglamento ése que le digo.

¿Sabe qué es lo peor? Ya ni podemos preguntarle a la gente: en cuanto empiezan a llenar la hoja R-15, esa hojita gris que le di hace ratito, ya no podemos ni meternos a ver por qué solicitan el trámite. Y cuando se arrepienten, tampoco podemos preguntarles nada. Quesque es presión y si nos acusan, nos puede poner el jefe un acta administrativa. Y si se enteran en una auditoría, ¡para qué le cuento! Así que mejor no nos metemos en broncas y dejamos todo así, en “estricto plan profesional”, como dice el manual del ISO que nos obligan a aprendernos de memoria…

Yo soy buena escuchando, ¿sabe? Por eso platico con los usuarios antes de que empiecen a llenar la R-15, así como con usted. Si me quieren contar, los oigo; y si me preguntan, pues les opino. Casi siempre les digo que el trámite es rápido, que hasta donde sé, ni se siente; y que si yo tuviera una enfermedad de esas muy caras, o de plano muy feas, sí aprovecharía, al fin que el trámite es gratis, ¿no?

Pero así nomás por aburrición o por una cosa de amor… con todo respeto, no vale la pena. Porque lo aburrido luego se quita y la gente que de veras sufre de amores, o va y se tira al metro o busca otro clavo, como se dice. Pero no va a una oficina de gobierno a llenar una R-15 y a esperar 20 días hábiles a que le den una respuesta y lo manden a cita con Naty…

Usted es de ésos, ¿verdad? De esos que vienen con mal de amor, ¿no? No le dé pena, a cualquiera le pasa, no tiene que ver con la edad. Yo tiene dos años que me divorcié, así como me ve, y al principio, cuando el perro desgraciado de mi exmarido se fue, sí pensé un momento en venir como usuaria, pero luego pensé que qué pena con mis compañeras, luego unas son bien metiches y nomás hablan porque tienen boca. Así que mejor me metí a clases de danza folclórica y me puse a arreglar todo lo que había dejado a un lado por atender al zoquete ese, y mire que de veras ya estoy mejor, ya hasta quiero buscarme un galán, alguien así, sensible, que sepa lo que es perder a alguien, ¿sí me entiende? Alguien así como usted, con todo respeto… Y es que de veras, qué lástima usted, tan guapo así con sus sienes plateadas como de novela de la Corín Tellado, era para que estuviera con alguien que lo quiera y lo entienda y no para estarle llorando a una que seguro ni lo merecía… ¿a poco no es el caso? Le digo, yo nomás con verlos sé por dónde va la cosa cuando llegan a pedir la inyección. Perdón, es la costumbre: se supone que ya no podemos decirle “inyección letal”, ni siquiera “la inyección” a secas: tenemos que decir “procedimiento de cese de individuo”. Qué mamada, con perdón. ¿Ya vio? Tan bien que se ve cuando sonríe, como orita. Oiga, ¿por qué no me espera 10 minutos a que salga y nos vamos a tomar un cafecito? Así sirve que me cuenta bien todo, así “extraoficialmente”, como dicen en la tele. Capaz que platicármelo le ayuda, o le puedo dar algún tip para brincarse el papeleo si es que no cambia de opinión. Ándele, mire: de todas formas, su oficio ya no lo entrego hoy: los del despacho de arriba dejan de atender a la una y media.

Por Raquel Castro

@raxxie_

Raquel Castro (ciudad de México, 1976) es escritora, guionista, profesora y promotora cultural. En 2012 obtuvo el Premio de Literatura Juvenil Gran Angular y, dentro del equipo del programa Diálogos en confianza de OnceTV, ganó en dos ocasiones el Premio Nacional de Periodismo.Es autora de las novelas Ojos llenos de sombra (SM/CONACULTA, 2012)  y Lejos de casa (El Arca Editorial, 2013. Tiene una columna semanal sobre literatura infantil y juvenil en La Jornada Aguascalientes y su propia bitácora en www.raxxie.com.

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