Objects in mirror (1)

*

Me recuerdo colgada de la ventana del asiento trasero, con la boca bien abierta, llenando los pulmones a tope

            ¿sí respiro más aire, viviré más?

mientras me perdía en el paisaje barrido por la velocidad y me dejaba golpear el rostro por el sol.

Me recuerdo con la mano extendida afuera del auto en movimiento, venciendo con trabajo el empuje del aire

            ¿podría la fuerza del aire arrancarme los dedos uno a uno?

 o disfrutando en secreto del punzante dolorcillo de los goterones de lluvia impactándose contra mi palma pequeña.

Me recuerdo repitiendo seis, quince, treinta y tres veces, “objects in mirror are closer than they appear”, como una suerte de mantra incomprensible,

            ¿sabías que cuando repites tu nombre muchas veces dejas de reconocerlo

                        de reconocerte en él?

nomina barbara, sonido y eco que a mis ocho años no era suficiente para invocar a dios ni para terminar de darle sentido a lo que yo empezaba a entender como vida.

**

Pero hoy soy yo quien va al volante y ya no recuerda. Le sostengo la mirada al semáforo en rojo porque sé que he olvidado el aire a tope en los pulmones, el dolor gozoso de la lluvia en las manos, el paisaje embarrado siguiéndonos durante todo el viaje.

Hoy me encuentro absorta en la calamidad del entorno, en las calles grises, en el calor, en la hostilidad de las palabras arrojadas por las ventanas de los automóviles, en la improcedencia de estar aquí.

Hoy encuentro en mí un dolor antiguo que se me desborda del cuerpo. Y lloro. A mares. A lágrima viva. A raudales

            como dicen.

Como Magdalena. Y como María. Y como Laura. Y como Beatriz. Y como Cecilia. Y como Fátima. Y como todas las mujeres que han llorado desde hace siglos con los ojos muy abiertos y el cuerpo entero comprometido, sintiendo la insuficiencia de los pulmones y la estrechez del pecho para contener la estampida de un llanto así.

Hoy lloro, en medio del tráfico, frente a un semáforo en rojo y alguien me mira. El espejo lateral me sorprende de pronto con la imagen de una mujer que llora y no soy yo. Nos miramos temblando en la misma incontinencia de nuestras lágrimas

            otra vez el punzante dolorcillo

            otra vez el aire a punto de hacer explotar los pulmones

                        ¿es esto la vida? ¿es esto el cuerpo?

y nos reconocemos, la mujer que llora y yo, nos acompañamos, de algún modo, nos abrazamos en medio del espejo. Seguimos llorando y no importa si nuestros nombres son Karla, María, Magdalena, Beatriz o Fátima. En este instante somos, hemos sido y seremos la misma mujer que llora desde hace siglos un dolor milenario, inexplicable.

***

La impaciencia de un claxon nos devuelve al tiempo. La luz verde nos urge a separarnos y continuar nuestros respectivos caminos. Nos incorporamos, corroboramos la permanencia de nuestros rostros en el otro espejo, nos sincronizamos para hacernos rápidamente de un pañuelo y eliminar los rastros del encuentro inesperado.

Regreso a buscarla. El espejo lateral ha quedado vacío de su imagen, pero lleno de la única certeza que tengo el día de hoy: “objects in mirror are closer than they appear”.

Karla Marrufo

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La casa no pierde

En algún pozo sin memoria nos arrojaron de este día.

El agua ya no existe,

pero a veces la humedad presiente nuestros labios

y deja en ellos la tristeza de una casa en ruinas.

G.F.

La casa no pierde.

La casa cae hacia adentro de sí como un gusano

protegiéndose en medio de sus filamentos más oscuros,

palpita en sus entrañas azarosas,

se remueve escarabajo adormecido

pulmón de ave alerta

y resplandece de súbito como si recordara.

 

La casa no pierde, se renace

:

explota de placer en las bombillas

despilfarrando en un instante la luz

tan solo para dejarnos luego en la oscuridad más bruja.

 

A veces cosquillea de termitas

y se ríe, cómo ríe,

desmenuzándose una a una las repisas,

las mesas sin migajas, las patas de las sillas y las cercas

convierte en polvorón las impostadas geometrías humanas.

 

Arroja sus techos al olvido de las tempestades

y los vientos del Norte

para atragantarse de cielos y de pájaros

de eclipses y constelaciones.

 

Se desnuda las paredes

y en su obsceno espectáculo de pronto es posible

asomarnos a un laberinto

de vigas y hormigones, cucarachas, tindarapos,

de pasajes oscuros como el ciego rincón donde alguna vez lloramos

siendo niños.

 

Retoños de un verdor impecable se cuelan por las ventanas,

se adhieren a los bordes que fijan

aquello que día a día nos sostiene

en amor sin la cama el agua clara de nuestras voces el aire vivo de los sueños

e incluso se permite acunar las raíces

de un árbol imposible en la base del inodoro.

 

Pero la casa nunca pierde

se abraza a sí misma y se contiene

se transforma

se embellece cuerpo adentro cuando intuye

la cercanía de la vejez o el abandono.

 

Así, a veces, nosotros.

Autorretrato en un lunes por la mañana

Y es cuando pienso si no vamos bebiéndonos la vida a tragos, ansiosamente, como intentando despertar a la fuerza hasta que nos damos cuenta de que ya se mira el fondo del vaso y nunca logramos despertar del todo.

                        : pero esta no soy yo. Los lunes por la mañana no llevo prisa. Más bien soy la lenta, la sorda, la un poco estrábica, la sin palabras. Me pongo los ojos entrecerrados y el ropón negro que resuelve todas las inseguridades; el labial apenas rojo que sabe a beso fresco y disimula cualquier nostalgia.

Como todos los días, rehúyo de la gente, o más bien, de ese pozo negro de otros abismos mediados por el lenguaje que son los otros. Los saludo sin dar pie a la conversación sobre el clima o el tráfico o el fin de semana. No contesto el teléfono, miro los mensajes con recelo y evito las zonas concurridas del edificio. Me encierro en la oficina e inicio la rutina detrás del escritorio con mi lentitud de espera improcedente, a pesar de mi devoción por resolver a la brevedad los asuntos de la vida práctica.

Y al paso de las horas los resuelvo.

Los lunes en particular, advierto que mi cuerpo sigue debilitándose día con día, como si le urgiera desaparecer de una vez de este mundo. Yo intento frenarlo en su carrera: consumo proteínas, suplementos alimenticios y cantidades industriales de bromuro de piridostigmina. Cuando no tengo más fuerzas para continuar con esta empresa, sencillamente duermo, con los ojos abiertos, frente al monitor, como si descubriera la cura al mal mortal que padece mi trabajo.

Aunque me pase toda la mañana y parte de la tarde en una jaula de vidrio, me dejo estremecer por el viento fresco que anuncia la proximidad de noviembre y reactiva a su paso el recuerdo de otros tiempos y otras ciudades: ciertas calles olorosas a café y a pan recién horneado, los mercados tapizados de flores para el día de muertos, las calaveras multicolor asomando la sonrisa en cada esquina, y la vida y la muerte, y el privilegio de seguir en esta dimensión.

Los lunes por la mañana se recrudecen mi condición de entrega a la añoranza, mis ansias de fabulación y mi incapacidad para la estafa y la mentira. Peco de honesta hasta la imprudencia, de despistada y abúlica. Nada que no se cure  -u olvide-, al anochecer del lunes, con una copa de vino y una pizza.

 

Karla Marrufo

Credo

Creo en la primera partícula de energía que despertó la vida en la sopa probiótica de la cual emergieron los cielos y la tierra, los mares y todo lo que en ellos hay, creadora de todo lo visible y lo invisible y más allá.

Y en la Luz que nace en las miradas de quienes aman, odian, ríen, bailan, son profundamente felices o miserables con cada partícula de su ser.

Que por nosotros, los seres de risa fácil, de llanto fácil y de fáciles enamoramientos sin distinción de sexo, raza, especie, naturaleza o estatus ontológico, se realiza la vida en toda su plenitud, en toda su armonía y en toda su contradictoria complejidad.

Creo en la discreta utilidad de las cosas inútiles.

Y en la gente que cree ferviente, apasionada, ciegamente en lo que cree, porque ellos moverán los engranajes del mundo, para bien y para mal.

Sigo creyendo en los ojos reptilíneos de Tununa y en todos los universos posibles, alternos y amables que se revelan en los ojos de los gatos.

Creo en el milagroso poder de consolación que habita en los abrazos, en las palabras justas, en los nombres donde la alquimia transforma la coincidencia en amistad, en los libros y en su perfecta sincronía con las vidas de quienes los necesitan; en los vasos muy fríos de cerveza, en las copas de vino y en ciertas rebanadas de pizza.

Y por sobre todas las cosas creo en la literatura, esa zona donde se ha refractado la imaginación humana para desplegar múltiples modos de ser y de estar, desde donde podemos elegir amar o ser indiferentes, erigir puentes o dinamitarlos… Y creo que nada que contenga al menos en germen un poder de tales magnitudes puede ser condenado a la inutilidad.

 

Karla Marrufo

Sugerencias para sobrevivir al caos

Lleva el nombre de todo lo que amas

y el reflejo del polvo que te sueña…

A.R

 

Recuerda que la palabra se desgasta en el lugar común, pero la rosa es rosa y es perfecta y su hermosura nada la detiene. Así la esperanza.

Lleva contigo siempre, entre los dedos, entre los dientes, en la punta de la lengua, el nombre con que dices el amor y te sobrepones al llanto. Aunque los puños en alto exijan silencio, compártelo cuantas veces puedas: estrechando una mano, caminando a la par con los desconocidos solidarios, intercambiando miradas en medio de la lluvia o entre la obstinada bruma del polvo.

Recuerda también sonreír, en la duda y en la adversidad, en el enojo o la tristeza, en la euforia y la desidia; sonríe sabiendo que en el más inesperado espejo de los días la sonrisa volverá, multiplicada.

Recuerda que el sentido común es el menos común de los sentidos y que uno puede perder muchos sentidos en la vida, menos el sentido del humor. Por lo tanto, continúa riendo.

Aférrate a las preguntas más que a las respuestas, en la duda caben todas las posibilidades y somos seres diversos, cambiantes, abiertos al asombro y a la desmesura; mientras que las respuestas nos niegan todo lo que podría llegar a ser.

Y recuerda que aunque parezca lo contrario, nuestras vidas no nos pertenecen. Estamos ligados a los otros, en el pasado y en el presente, y con cada crimen y con cada acto de amabilidad vamos gestando nuestro futuro.

 

Karla Marrufo

Laringitis aguda

Se rompe a veces la voz de tanto decir hacia adentro lo que uno calla.

Se rompe desde el punto exacto donde se bifurcan los ligamentos y las decisiones, un poco por encima del pecho, en el punto exacto donde el timo nos precipita al extenuante dolor de su ruptura y que suele confundirse, vulgarmente, con el corazón.

Pero lo que es rompible está roto ya. Por eso la voz se rompe tan solo en apariencia, a raíz de la duda o el secreto, porque no es más que el reflejo exacto de lo que siempre ha sido: la abertura transparente de lo indecible, la agonía de lo efímero y una cierta rabia todos los días alerta.

Escuece la voz su transparencia cuando la humedad nos inunda de imprevistos o el calor recrudece la hostilidad de las horas. Entonces nos ahoga en su torpe discurrir, hasta que cae al fondo del origen de una herida fuera de la memoria y se manifiesta como otra cosa que asumimos inconexa: quizás la punzada agria en el borde de un juanete o en el retiro, carne adentro, de una uña mal cortada.

Dicen que es entonces cuando uno se recoge en el silencio más limpio, pero no puede ser limpieza el aniversario que traspasa obsceno nuestros sueños más absurdos y nos obliga en su dolor al despiste y la caquexia. No lo son tampoco los ciclos que en su retorno presentan variantes en sus cuotas de intensidad, recuerdos y lágrimas; ni lo será nunca la muerte en su impecable puntualidad.

Se rompe a veces la voz de tanto decir “aquí estoy” con palabras indescifrables, como queriendo volver al sitio donde el espejo mudo del “¿para qué?” se quiebra y pretendiendo encontrar una imagen sin fisuras.

Se rompen la voz y algunos años, y los sueños y ciertos deseos, solía decirme; pero quedan en silencio las ganas de no irse y el infalible té de buganvilia morada, clavo y ron para estos casos de laringitis aguda.

 

Karla Marrufo

Decálogo

  1. Saludarás a todo perro, gato, planta, invertebrado o molusco que se atraviese en tu diario andar. Lo harás con cariño y en silencio, como los cómplices de vida que son en ese momento específico de coincidir.
  2. Llorarás. Cuando te plazca hacerlo y sin importar la hora y el lugar, sea una convención o en un congreso, a las puertas de la iglesia o preguntando el precio de kilo de limones en el mercado; en plena clase, en compañía o en soledad, bajo el sol o la noche, a orilla de la lluvia o en el autobús. Llorarás porque sabes que nunca ha sido sabio posponer las lágrimas; así que llorarás porque sí y porque no, intermitentemente o sin parar, en silencio o emitiendo intraducibles gemidos semejantes a ciertas palabras. Llorarás porque en el fondo sabes que esa vida traducida en lágrimas se puede pudrir dentro si no la dejas salir.
  3. Reirás. Con todas las células de tu cuerpo, como si convulsionaras de felicidad, de nervios, de no sabes qué, de tristeza o de nostalgias, reirás y reirás mucho. Con locura y con las manos, con las piernas en estampida y el corazón desbocado, arrítmicamente y sin mesura, reirás porque el cansancio o la coincidencia, porque la adversidad o la dicha, porque a veces no hay razón más que la risa misma anulando cualquier frontera posible.
  4. Leerás. Por compulsión o con desidia, pero leerás todo lo que escrito caiga en tu campo de visión, sin importar su contenido específico o su naturaleza: el libro o la revista soez del pasajero de junto, el reverso de la caja del cereal, el desglose de la compra en el supermercado, el instructivo para abrir los “abre fáciles” y echar a andar el microondas, las tablas nutricionales de los comestibles, y libros, muchos libros. Leerás porque ahí está el otro, al que amas y temes, al que a veces desconoces, al que te recuerda, a cada segundo, que odias a los humanos, pero crees fervientemente en la humanidad.
  5. Dormirás. Después de leer, de reír, de saludar y, sobre todo, después de llorar, dormirás. Con toda la voluntad de tu ser entregado a los caprichos de tu pituitaria cuando juega al intercambio de personajes en tus sueños, tentando al duende más siniestro de tus pesadillas, dominando al genio de la razón y el sentido común. Dormirás como nunca y como siempre, sabiendo que un sueño se vive con la misma intensidad que la vigilia, aunque sepas que a veces, y sólo a veces, la única diferencia está en abrir los ojos para salvarse de la muerte.
  6. Contemplarás sin falta el cielo de todos los días. Es tu deber recordar que habitas esta ciudad, este país, este planeta, esta galaxia; que eres un punto hermoso como todos los demás puntos del rompecabezas, que no vas antes, ni después, ni arriba ni debajo de nadie, sino en tu justo lugar, al igual que las nubes y las estrellas, los perros y las plantas que saludas en tu diario andar.
  7. No robarás. Porque nada es ajeno y nada nos pertenece. Porque somos apenas una ola en suspenso siempre a punto de desaparecer en la caída, porque todo lo que llamamos nuestro se disolverá, irremediablemente, en la arena de la costa. Espuma somos y en espuma nos convertiremos al caer, llevándonos una maravillosa nada entre las manos.
  8. Olvidarás toda afrenta y toda muestra de admiración, no sea que te pierdas en los laberintos insondables del ego o en el aparente vacío del “nada soy”. Vive al día, vive a la noche y al mar, siguiendo, en la medida de lo posible, los puntos del uno al siete.
  9. Amarás a tu prójimo como si fuera tu propio perro (o gato): tu mejor amigo, la fuente perpetua de tu compasión, la razón de tu alegría al llegar a casa, al principio y al final de la jornada; la única presencia infalible en las tristes tardes de lluvia, la prueba irrefutable de que la felicidad se puede traducir en una mirada y que el amor más genuino no tiene nada que ver con las palabras.
  10. Y te amarás a ti mismo como si fueras tu propio perro (o gato).

Karla Marrufo

La soledad y los pueblos

para quienes saben de la hospitalidad

y no dudan en compartir su saber

 

 

Siempre he sido sola. Así, con la contundencia del ser y no el capricho pasajero del estar. Y digo que he sido sola no porque no guarde lazos estrechísimos con seres a los que me vinculan muchas formas de amor, sino porque cuando estoy conmigo encuentro un sentido muy puro de realidad que se proyecta en los espacios que habito y los objetos que me rodean, como si a través de ellos se manifestara la vida misma en su más nítida expresión.

Esta suerte de soledad no implica estar aislada o incomunicada del prójimo, sino que tiene lugar en un instante de contemplación donde lo observado me absorbe por completo y me devuelve otra. Ante nuevos paisajes, imágenes, músicas y ritmos de vida suceden el asombro y esa cápsula de tiempo capaz de iluminar las cosas con nuevos matices.

Suele ser difícil sumergirse en esta soledad cuando lo cotidiano nos apresura con sus urgencias y pendientes, pero de repente, un descanso de segundos posando la mirada en una planta, en el agua que corre, en el viento balanceando el césped, puede también transportarnos a ese sitio.

Estos últimos días he visitado algunos pueblos pequeños, pequeñísimos a decir verdad (dos de ellos rondaban los 150 habitantes). Repasé sus callejuelas y sus monumentos históricos, sus ruinas y sus campos, sus iglesias y plazas. Más allá de los siglos que cargan a cuestas, en cada palmo de tierra, en cada muro derruido, en cada jardín cuidado con esmero y en cada fuente, fui encontrando múltiples espacios de esa soledad donde la vida se revela en todo su esplendor, como si en cada porción de espacio palpitara algo que florece únicamente para quien se detiene a mirar.

Ahora vuelvo a una de esas que llaman grandes ciudades y recuerdo con una enorme gratitud la hospitalidad de los pueblos, recuerdo también las palabras de Pavese que desde hace mucho tiempo me acompañan y explican a la perfección el sentido de esta soledad: “un pueblo se necesita, aunque sólo sea por el gusto de abandonarlo. Un pueblo, quiere decir no estar solo, saber que en las gentes, en las plantas, en la tierra, hay algo nuestro y, a pesar de que uno se marcha de allí, siempre nos aguarda”.

 

Karla Marrufo

Este tranvía en el que vamos todos

 

Para las tranvía –y para quienes nos leen– en nuestro aniversario

 

Tranvía: Vehículo que circula
sobre rieles en el interior de una ciudad
o sus cercanías y que se usa principalmente
para transportar viajeros.

 

Lo que a continuación cuento son pedazos aislados de una misma historia, como las estaciones que conforman nuestro Tranvía donde el todo es mayor a la suma de sus partes.

***

Enero del 2014. Conversación por whatsapp con Abby:

Deberíamos armar algo.
¡Sí!, ¿qué se te ocurre?
Me gustaría alguna revista o espacio que ayude a impulsar a autores del norte.
¡Yastás! Entonces ahorita abro un blog.
¡¿Ya?! Nombre, espérate, primero hay que ver lo de la convocatoria, qué autores, el diseño…
¡Ya tenemos blog!

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La vida, por ratos, te come los sueños.

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Tranvía ha pasado por dos etapas: una como revista y otra como colectivo.
La revista duró sólo tres números y casi 5 meses. Si bien de diseño hermosísimo –según nosotras–, resultó difícil compaginar las tareas editoriales con el día a día de todas esas otras actividades que alimentan más el cuerpo que el alma. Así que aunque nos sentíamos orgullosas de esos pocos números logrados y de los escritores que pasaron por sus páginas, debimos hacer un alto.

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Sucedió en el 2015:
Estimados postulantes:
Se les transcribe a continuación la lista de los alumnos seleccionados para recibir el Taller virtual y presencial de escritura documental y desapropiación impartido por Cristina Rivera Garza.
En ese taller conocí a Nidia Cuan.

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Siempre he pensado que, con un poco de suerte, los talleres –cualquiera que sea la disciplina– hermanan. A Asenat la conocí en el 2008 en un taller de Orlando Ortiz; A Abby, en Reynosa, allá por el 2011, en uno de Graciela Ramos; a Cata en el 2010, en un taller virtual de Alberto Chimal y a Nidia, como ya dije, en el 2015 con Cristina Rivera Garza.

***

A Nidia le entusiasmó Tranvía, con el mismo entusiasmo frenético pero amable que pone en tantísimas cosas más.
Se lo platiqué en uno de los recesos del taller. Estábamos recargadas en la barda de Casa del Arte en Ciudad Victoria, Tamaulipas. Nidia opinó que debíamos sacar de nuevo la revista y quería ser parte del proyecto. Yo reí ante su frenesí y, por supuesto, me entusiasmé también. En eso de planear somos parecidas, en lo de meternos en broncas por no tener tiempo y no decir que no a casi nada, también. Pero éramos nosotras ideando, así que esas nimiedades pasaron desapercibidas.
El tiempo del receso se acabó. Nidia apagó su cigarro y volvimos a la clase pero la semilla del colectivo Tranvía estaba sembrada.

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Los sueños son semillas que con fortuna algún día, aún y a pesar de la vida misma, caerán en tierra fértil.

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Meses después le platiqué mi conversación con Nidia a Abby y al entusiasmo se le aunó la impaciencia milenial de Abby quien de inmediato, como en aquella primera etapa, ya quería tener el blog listo.
En mayo del 2016 iniciamos la búsqueda de las participantes y se ideó el formato. Deseábamos algo distinto. Queríamos escribir desde distintas partes de un mismo México. Ver la vida desde varios puntos de este mismo territorio nacional. Combinar personalidades y escrituras. Al esfuerzo (de Abby y mío) se sumó el de Nidia. Ella agregó la inteligencia de Karla y la sensibilidad de Lolbé. De Reynosa, se incorporó el realismo de Asenat y de Monterrey, la inocencia de Sandra. Del centro, la genialidad de la querida Cata, quien a su vez me habló de una guionista buenísima, Mónica, con la que trabajaba y quien a los pocos días se convirtió en nuestra estación Tormenta.
Cada una se volcó a la tarea de crear su estación, de darle un nombre y un lugar: una cara. Mentiría si digo que ha sido una tarea fácil. También mentira –aunque por omisión– si no les contara del enorme orgullo y alegría que siento cada que recibo sus textos y noto el camino que llevan sus palabras.
Hoy el colectivo Tranvía está de aniversario. Hoy el colectivo cumple un año de su primera publicación, hoy somos las mismas pero tenemos algo en común: la escritura en este espacio.

***

Tranvía somos todos.

***

A Cristina Rivera Garza le escuché decir que la escritura no es un acto solitario sino uno que sucede en comunidad. Porque se escribe con otros, decía.
Me gusta pensar que eso hacemos en Tranvía: escribir para y con el otro. De temas que nos interesan a cada una pero que también le pueden interesar a alguien más. Porque nos unimos a las pláticas que escuchamos en la calle o en las redes y las ampliamos en cada entrada. De esta forma, ese micro mundo nuestro que nace de lo que nos angustia o hace reír se vuelve parte de lo que vemos a diario. Fragmentos de otros.
Porque como bien apuntó Rivera Garza, no escribimos solas y nuestra escritura se ve afectada por nuestro entorno. Por eso escribimos para él y de él. Para entenderlo e iniciar una conversación desde este tranvía en el que vamos juntos.

 

A todos los que leen y especialmente a todas las que escriben, mi gratitud y cariño infinito.

Alisma De León

Antípodas

La soledad es una amputación no visible, pero tan eficaz como si te arrancaran la vista y el oído y así, aislada de todas las sensaciones exteriores, de todos los puntos de referencia, y sólo con el tacto y la memoria, tuvieras que reconstruir el mundo, el mundo que has de habitar y que te habita.

J. Millás

Dicen que exactamente del otro lado del mundo tenemos un antípoda, una suerte de doble cuya vida transcurre de manera paralela a la nuestra, pues su pensar, sentir y actuar encuentran eco en el devenir de nuestra vida y viceversa. Aunque la vida propia y la de nuestro antípoda se interrelacionen con tal intensidad, dicen que resulta imposible llegar a coincidir con nuestro doble, ya que en el momento en que decidamos recorrer la mitad del mundo para llegar al otro extremo, es muy seguro que nuestro antípoda haya tenido el mismo pensamiento y llegue al punto de donde hemos partido.

Recordando las pésimas decisiones que he tomado en la vida, imagino a mi antípoda (a quien por razones que ahora desconozco llamaré Emilia) maldiciéndome por meterla en problemas con sus padres, por ser irresponsable, por decir que sí a todos, por no saberse perdonar, por no arriesgarse lo suficiente. Pero también, evocando aquellas situaciones en que no logro explicarme las razones de mis actos y mis palabras, un gesto de reclamo hacia Emilia se me escapa hasta el otro lado del mundo.

Quizás ahora Emilia esté escribiendo algo sobre mí, mientras combate un obstinado dolor de cabeza en una ciudad ajena fundada a la orilla de un río. Debe encontrarse en un punto de su vida donde ha depurado sus días de preocupaciones y compromisos, y aspira a llegar en cualquier instante a una serena calma largamente añorada. O no, tal vez esté preparando una gran sorpresa para nosotras y que yo aún no he logrado identificar en mi pensamiento.        

Saber que Emilia existe podría ser un modo de evadir mi responsabilidad, de escudarme en ella y culparla por mis actos y omisiones. Sin embargo, también es una forma de estar acompañada, de no enfrentarme tan sola a esa reconstrucción del mundo que he de habitar y que me habita. Ella, ahí, del otro lado, debe estar pensando lo mismo.

 

Karla Marrufo