Bienaventurados los ociosos

Gracias a una inexplicable devoción por lo que algunos llaman ocio, he llegado a olvidar por completo qué significa aburrirse. De igual manera he olvidado el significado de eso que se conoce como “tiempo libre” u “horas muertas”. Entre la libertad y la muerte quizás no haya distancias relevantes y de ahí los adjetivos para hacer del tiempo una huella un poco menos carnicera.

            No es que me debata entre el “tiempo de ocio” y el “tiempo productivo”, pues nunca he creído ni creeré que ver una película o contemplar el techo por dos horas es algo ocioso ni tampoco que el tiempo o es productivo o no es. Se trata, creo, de una desviación en mis particulares nociones de utilidad, ocio y aprovechamiento del tiempo que me ha llevado a creer que nunca tengo tiempo libre ni vacaciones, que trabajo demasiadas horas, y que ninguna de esas construcciones sobre mi disposición del tiempo importa en realidad.

            Lo que pasa es que el tiempo discurre de modos muy otros cuando la vida se te va en cada cosa que haces y así, de repente, en una tarde de domingo o en cualquier otra tarde muy parecida a la de un domingo, te encuentras reconcentrada en una lectura “no obligatoria” según los esquemas del tiempo de trabajo y el productivo, pero que en ese justo momento resulta crucial para tu porvenir. Y lo mismo sucede cuando acicalas hasta la somnolencia al perro o al gato sabiendo que el tiempo transcurrido en esta empresa no puede estar mejor aprovechado; o cuando tu mente maquina con el más mínimo detalle cómo sería tu vida si no fueras quien ahora eres, no por inconformidad con tu ser actual sino por explorar las posibilidades de tu curiosidad más insana.

Y así, en este curso de cosas, se me pierden los espacios para el aburrimiento, ahí mismo donde se esconde mi total incomprensión para con los seres que viven alegando estar siempre aburridos. Si de pronto una pausa de letargo amenaza con empezar a abrirse camino en medio de mis días, sucede de inmediato que una urgencia nueva hace acto de presencia, algo así como deshierbar los arriates o salir al patio a mirar el magnífico cielo de esta ciudad o escuchar la radio, algo fútil en apariencia pero que en mi fuero interno se vuelve impostergable y que además, me llena la sangre de una suave felicidad. Ya me lo decía la buena Emilia: bienaventurados los ociosos, porque de ellos serán los reinos del presente.

 

Karla Marrufo

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Sin filtros

Después de todo, ¿qué es la verdad, y el amor,

y el renombre, y el buen parecer?

E. L. R.

Y todo comienza con un pequeño olvido: la cafetera encendida, la puerta del patio abierta, las llaves del carro en el fondo mismo del misterio. Un pequeño olvido que se va transformando en otras cosas, en asuntos de otras dimensiones porque de repente uno busca y busca tanto que termina por olvidar el objeto perdido mientras contempla con nostálgica devoción el álbum que da fe de aquella remota costumbre de imprimir las fotografías o de escribir cartas en hojas rústicas y con la impronta de la emoción en el trazo de cada palabra.

Todo comienza con un pequeño olvido que cual bola nieve se va nutriendo de diversas materias: incertidumbres, miedos irracionales, manías varias y situaciones hipotéticas. Si yo fuera crema de cacahuate, ¿sería cremosa o con trocitos? ¿Por qué al dar el siguiente paso el suelo no se despeña hacia un abismo? ¿Por qué la línea del horizonte da la impresión de una intachable línea recta? Y así se nos van ciertas tardes, haciendo lo que es debido pero con la mente en lo más distante.

Y con el olvido también vienen otras cuestiones, pues uno siempre se olvida de lo que se olvida y de algo más. Es entonces cuando surge el comentario impertinente, espontáneo y sin malicia o cuando uno se desborda en carcajadas hasta el llanto o se desborda de llanto hasta la carcajada. Y es también cuando uno se olvida de darle demasiada importancia al hecho de llevar calcetines que no hacen par o al huequito en el costado de la blusa o al delineador de ojos barrido por el rumbo de las ojeras o a los cabellos que juegan a imitar los rumbos del viento.

A pesar de las consecuencias, me gusta olvidar que olvido y pasar ciertas tardes en el placer efímero de vivir sin filtros.

 

Karla Marrufo

Deseos reciclados

Para quienes a veces olvidan

 

Luego recuerdo que a mí también me gusta vivir. Y lo recuerdo a pesar del cansancio y el calor. Me hablan de este gusto obstinado el sol rompedor y la serenidad de los gatos inmunes a la prisa y la tragedia, los árboles tirando hacia lo alto a pesar de la sequía, la indolencia del domingo y todos los pendientes acumulados en el escritorio. Y me digo que no importa, que realmente no importa porque sé que me gusta vivir al recordar aquella leyenda que dice que los espíritus de los muertos habitan en los objetos, las plantas y ciertos animales; y que cuando algún ser querido pasa cerca de esos objetos, los espíritus salen de ese habitáculo y se encuentran, por un momento, con sus seres amados. Entonces yo toco los objetos y hablo con las plantas y me digo que en ellos está el amor hecho espíritu y que todo va a estar bien. Y me acuerdo de que me gusta vivir cuando una canción yo adivino el parpadeo regresa de la nada de las luces que a lo lejos y me devuelve al todo de lo que alguna vez fue van marcando mi retorno. Hay días que así se me van entre no hay nostalgia peor, tráfico en las horas pico y añorar lo que nunca jamás sucedió. Y yo también me miro confiando en los encuentros y en la risa y en la mirada de quienes no saben fingir, y los abrazo a todos sin tocarlos, como si fueran ellos también el amor y el espíritu que todavía prevalece en esta dimensión. Luego fotografío los detalles y encuentro ahí la vida, esa que tanto me gusta y que según el día y la mirada se traduce en flor, en textura, en los colores de los mosaicos del piso más antiguo, en las formas de las nubes y en el tiempo perfecto del café, en la tela de la ropa que no siempre me atrevo a usar, y en fin, en esos sutiles espacios de cariño desde donde también se puede mirar pasar las horas. Recuerdo noches terribles y momentos aciagos, paréntesis donde el curso de la vida parece suspenderse con nuestro desgarramiento y nuestro dolor, pero luego viene la calma, la aceptación, la posibilidad de reciclar el deseo truncado y volver a empezar. Hoy recuerdo que a mí también me gusta vivir, tanto que, cuando muera, seguramente buscaré morada en objetos y plantas y animales que estén bien a la mano, en la taza del café de cada mañana, en la flor de mayo a la entrada de la casa, en el lomo de los gatos del barrio… y desde ahí les cantaré canciones ¿quién dijo que todo está perdido? a los seres que más amo y a los que podría llegar a amar yo vengo a ofrecer mi corazón…

 

Karla Marrufo

Tardes de sol

Es en el Tiempo Muerto donde se repite la mirada,
donde las cosas retoman el nombre de una falta.
Es como la piel que muestra, sin presunción, una huella,
un lunar, una mancha, tal vez ya vista,
pero de nuevo retomada por el asombro.
Algún resabio queda de las olvidadas tardes de sol.
H.C.M.

Y lo vuelvo a leer: es bello tener lazos, pero no siempre son conexiones.

De pronto conozco nuevas personas, nuevos horizontes, modos distintos de estar y contemplar el mundo. Yo misma me transformo en medio de esas novedades, me despojo de las palabras e intento sentir la vida vibrante en los objetos y las imágenes que ellos, los otros, se van apropiando:

            -entonces éramos jóvenes y las noches se nos iban en el encanto de estar juntos. Ahora volvemos al sitio de la fiesta, lo que es como volver el tiempo atrás pero con los años encima: uno no sale ileso de estos encontronazos con la memoria…

            .entonces yo era un niño, sólo un niño, abierto al asombro de los seres magníficos y las coincidencias, de las cacerolitas de mar y las piezas de barro. En ese entonces, el regreso a este sitio era el encuentro inconmensurable con el mar y el verano; nunca el destino ni la despedida, nunca la vida ni sus amores inciertos, ni sus fracasos…

            ~entonces yo era muy pequeña, pequeñita, y para mí la verdadera felicidad se traducía en agua: en todas las fuentes me transformaba en pez y en alga, en ola y espuma, en vida líquida… pero ahora, aquí, frente a esta visión de manantiales posibles, recuerdo de súbito que había olvidado por completo mi vocación por el agua, supongo que de esto se trata envejecer.

            *entonces yo también era pequeña y creía que el mundo entero se reducía al trópico, al sol implacable filtrado entre palmeras, a los huracanes indolentes del verano, a la fragilidad de las casas y las cosas nuestras… Ahora sé que no todo es trópico y que la fragilidad no es exclusiva de las casas y las cosas nuestras, sino que es condición inherente a la vida y a los asuntos que alguna vez pasaron por el corazón…

Y lo recuerdo otra vez, como si de una cita impostergable se tratara: es bello tener lazos, pero no siempre son conexiones… De entre todas estas historias voy sacando, uno a uno, los hilos que van tejiendo la belleza del encuentro y la posible conexión. Me apropio del recuerdo ajeno y me renuevo a través del asombro, algún resabio quedará de estas tardes de sol.

 

Karla Marrufo

Algo tiene que pasar

Es dulce ser nada más que un pedazo de madera, un corcho,

una gotita de agua en las aguas torrenciales del comienzo y del fin.

Es dulce abandonarse en el corazón destrozado de las cosas.

 

 

He dibujado puentes en idiomas extraños pero no inaccesibles, he escrito el nombre del mar en todas las hojas marchitas por si algún desahuciado de navegaciones hubiera olvidado el poder de las olas; he abierto caminos, senderos y brechas, ventanas al cielo y unas cuantas rendijas.

He cruzado los dedos porque en las vueltas del azar acontezca el amor entre los otros, he entregado monedas, flores, libros; palabras transparentes destiladas de un llanto secreto y verdadero.

He sido paciente, con la paciencia alerta de quien no sabe qué esperar ni cuándo, pero cree fervientemente en las altas probabilidades del acontecimiento y el milagro. Y aún no me canso de esperar.

He compartido el vuelo y la caída, la muerte y el nacimiento, los siglos que se conjugan en el recuerdo vago de lo que alguna vez fue y que celebramos porque sí, porque es lo único de lo que disponemos hoy para sentirnos vivos.

He escrito cartas aladas y salvajes, abiertas en canal con el furor de la sangre cuando no podemos contenerla más en el cauce las venas y sale desbocada como un grito, como un canto ritual y milenario, como un dolor incongruente danzando su crueldad.

He sido apacible y serena: el rocío cauteloso al amanecer de un día sin tiempo…

Pero nadie ha cruzado los puentes ni intuido las olas ni amortiguado la espera con su canto nuevo o con su diálogo herido. Sigo a la deriva en este tiempo muerto, sumergida en el dulce abandono de ser una migaja al borde de la mesa cuando todos los comensales ya han partido. Sigo escribiendo cartas, cruzando los dedos y ejercitándome en la paciencia. Algo tiene que pasar pronto en este corazón destrozado de las cosas.

 

Karla Marrufo

Más listas [1]

A veces hago listas. Bueno, siempre estoy haciendo listas: la de cosas pendientes por hacer, la del súper mercado, la de gastos, la de libros leídos, la de libros por leer, la de los pendientes que hay que hacer después de los pendientes de la primera lista. No sé cuánto tiempo de mi vida se me pasa en hacer listas. Hoy hice ésta:

Envolver dulces para un bautismo ayuda a escribir.

            Repasar en la memoria las escenas de una gran película ayuda a escribir.

           Volver a ver la gran película no siempre ayuda a escribir, pero evocarla varios días después sí.

            Hacer yoga ayuda a escribir.

            Cambiar de ruta de camino al trabajo ayuda a escribir.

            Mirar con atención los árboles que florecen en mayo ayuda a escribir.

            Mirar con atención cómo la ciudad se ve paulatinamente despojada de sus árboles no ayuda a escribir.

            Cuidar de un jardín a mí también me ayuda a escribir.

            Ser un poco feliz sin dejar de estar triste ayuda a escribir.

            No tener nada que hacer, nada que decir, nada en qué pensar no ayuda a escribir.

        Saber que se tienen muchos libros por leer no ayuda a escribir, pero empezar a leerlos inopinadamente sí ayuda a escribir.

       Reencontrarse con viejos amigos y por lo tanto con cierta versión de nosotros mismos no siempre ayuda a escribir.

         Guardar rencor, darle vuelta a una discusión pasada y arrepentirse no ayuda a escribir.

           Tener miedo no ayuda a escribir, pero saber que se tiene miedo y hacerlo a un lado y enfocarse sí ayuda a escribir.

            Estar de luto ayuda a escribir.

            Escuchar la radio atentamente ayuda a escribir.

           Leer que “el hombre, ser levísimo, es soñado por una figura incierta, y el estado del mundo indica que, más que la creación de un ser superior, somos el pasatiempo de uno cargado de defectos, un pobre tipo en todo caso capaz todavía de bosquejar horizontes”, definitivamente ayuda a escribir.

            No tener muchas certezas en la vida ayuda a escribir.

            Escuchar música tradicional del mundo ayuda a escribir.

      Leer el instructivo del shampoo, el reverso de la caja del cereal o las tablas nutricionales de los alimentos, a veces ayuda a escribir.

            Comer entre comidas ayuda a escribir.

            Bañarse ayuda a escribir.

            Llorar hasta caer dormida y levantarse con dolor de cabeza y los ojos hinchados no ayuda a escribir, pero rememorar el motivo del llanto y el evocar el dolor palpitando en cada célula ayuda a escribir.

            Que sea domingo o día festivo no ayuda a escribir.

            Volver a ciertos episodios de la infancia ayuda a escribir.

            Ser miserable un día ayuda a escribir.

            Leer viejas cartas en los días sin sol no ayuda a escribir.

            También creo que viajar y regresar no ayuda a escribir, pero moverse sí.

            Escuchar tangos y sones ayuda a escribir.

            Bailar cumbias ayuda a escribir.

            Dejar de reconocernos en el espejo ayuda a escribir y a muchas cosas más.

          Leer a Virginia Woolf, a Cristina Peri Rossi, a Elsa Cross y a Manuel Puig ayuda a escribir.

            También creo que exagerar y no darle demasiada importancia ayuda a escribir.

            Y sobre todo que escribir a pesar de todo ayuda a escribir.

[1] Imitando a Leila Guerriero y a todos los maniáticos de las listas.

 

 

Karla Marrufo

Días de no guardar

Hay días así, abiertos en canal, mirando al sol y dispuestos para la manifestación de cualquier maravilla. Son días en que una busca –cómo busca– señales en el viento alborotado en cada árbol, en la sonrisa media de ciertos desconocidos que van en bicicleta, en el jardín ajeno de camino a la oficina.

Y una va libre por la vida como si algo de ella le perteneciera, como si el tráfico fuera una gran oportunidad para hacer nuevos amigos, como si la lluvia hubiese caído sólo para limpiarnos de la angustia imprudente de sabernos provisionales.

En días así, la quijada se me descuelga en un gesto de ligereza que desde ciertos ángulos parece una sonrisa. Y yo la dejo estar, a ver qué pasa, siguiendo mi camino como si en verdad, a la vuelta de la esquina, me esperara un pequeño milagro de esos que casi siempre pasan inadvertidos.

No son días de evasión, no podrían ser. Las catástrofes siguen estando aquí al alcance de la mano, a la altura de los ojos, en la grieta más honda del corazón, pero hay un influjo inexplicable sosteniéndonos íntegros en medio de lo terrible. Por eso son días tan claros, tan transparentes que una puede asumir el privilegio de mirar al cielo, de salir a la calle, de detenerse en el trayecto del algodoncillo que baja flotando lentamente de las ceibas y en cómo se dispone sobre el pasto como una alfombra de nube.

Son días de no guardar, de salir y expandir la mirada hacia los mundos posibles que todavía el universo nos depara, de impulsar los pasos de quienes no han encontrado motivos para seguir de pie. En días así ignoro mi torpeza e intento la generosidad, procuro contar y contarme historias: las más sublimes y divertidas, las más entrañables, pues al final –y esto nunca hemos dejado de saberlo– volverá la nota oscura en la mirada y la certeza, cada vez más vaga, de que quizá algún día se repita el milagro de otro día como éste.

 

Karla Marrufo

Donde se escribe

Y si hay un otra parte que puede escapar a la repetición infernal

está por allí, donde se escribe, donde se sueña,

donde se inventan los nuevos mundos.

H.C.

 

Y yo también me digo que debe existir otra parte, otro horizonte tambaleando los espejismos al final de una carretera ardiente. Ahí sucede el viaje y lo que lo convoca, el anhelo de mirar desde otro punto del mundo lo que nos sigue doliendo, lo que continuamos amando.

Otra parte, me digo, donde la maravilla trastorne nuestra percepción, la dimensión de las cosas, su naturaleza. Un sitio plagado de mutaciones, de cefalópodos inconmensurables, de anfibios antropomorfos o donde los viajes en el tiempo sean moneda corriente. Un espacio que nos ponga en contacto con el horror, sabiendo que en él anidan las pulsiones más oscuras que nos hacen humanos.

Debe existir un lugar donde el amor brote de las pieles como de las aves el canto, donde si el tiempo se suspende sea sólo para retener mejor en la memoria el calor de otra mirada y en el que sea posible volar. Pero también donde se albergue una zona precisa para el duelo, para el cansancio, para el dolor y las lágrimas, un área dispuesta para sostener nuestras debilidades cuando nuestro cuerpo falle. Ahí tendría lugar el reposo de lo que somos y de lo que se supone que deberíamos ser, ahí nos convertiríamos en lo más deseado: en un muchacho o en una muchacha, en una manzana o un cardo, en un mudo pez en el mar.

Y por supuesto, los lugares extraordinarios de la aventura deben existir, en las tardes lluviosas y en las noches a solas, en el lento verano y en las horas muertas, en los mapas que recorremos presurosos con las puntas de los dedos y la imaginación.

Y yo también me digo que debe existir otro sitio, libre y liberador, magnífico e ingobernable, y que ese sitio está donde se escribe.

 

Karla Marrufo

Por qué [1]

A veces no entiendo nada y vuelvo a tener cuatro años, pregunto por qué y por qué y por qué. Nunca aventuro respuestas ni tampoco las espero, pero a veces el sólo hecho de formular las dudas y lanzarlas al aire equivale a despejar el camino para seguir a paso ligero a dondequiera que me lleve la vida:

Por qué a veces nos sentimos irremediablemente iluminados por una persona apenas conocida.

Por qué el llanto de felicidad no es tan reparador como el del desconsuelo.

Por qué mi nombre se vuelve irreconocible cuando lo repito un sinfín de veces, lo mismo que mi rostro cuando lo miro largamente en el espejo.

Por qué soy la que soy y no alguien más.

Por qué lloramos tanto al nacer, ¿será que esa nada de la que venimos es mucho más amable que el mundo al que hemos llegado? (sigo y seguiré parafraseando a Baroja)

Por qué una gota de desasosiego es a veces más aplastante que el torrente de belleza múltiple que nos rodea.

Por qué lo irremediable de la vida se traduce en muerte.

Por qué somos tan tontos para amar.

Por qué el dolor nos hace transparentes.

Por qué solemos ser más egocéntricos que generosos.

Por qué seguimos creyendo en las jerarquías.

Por qué a veces nos parece que la noche tiene el poder de resolverlo todo.

Por qué después de tantas evidencias de su falibilidad seguimos confiando a plenitud en nuestra memoria.

Por qué los perros no hablan.

Por qué pensamos que a los perros les haría falta hablar.

Por qué tememos a lo desconocido cuando aquello con lo que convivimos todos los días ha dado claras muestras de ser lo más aterrador.

Por qué nos aferramos a nuestras pesadillas.

Por qué somos los eternos inconformes, los insatisfechos, los perpetuos infelices.

Por qué no admitimos la vida sin preguntarnos por qué.

 

Karla Marryfo

Continuar soñando

pescador de insomnios y pesadillas

con la caña cenital del mediodía y con el anzuelo de la pereza,

yo continuaba soñando porque nada importa más

que lo que se intenta salvar.

E. L. R.

 

Y así empecé a juntar la primera brisa de la mañana con el primer pensamiento del día, como si en esa mezcla equilibrada alcanzara el sentido del porvenir. Repasé la sombra de los árboles sobre los muros blancos de la casa y los juegos del sol entre las ventanas. Me concentré en el cielo, imposiblemente azul, en su claridad enceguecedora, y en las nubes que apenas se atreven a figurar en las mañanas.

Pero eso era sólo al principio. Luego retrocedí y sostuve entre mis manos regordetas un pedazo de ola, la torpeza de mis pies bajo la arena, el contacto aterrador de una cosa imprecisa en el mar. Y las brazadas, y la tibieza salada del agua, y el sol posándose sobre el horizonte con una placidez envidiable. Y así las horas y las tardes de aquellos veranos que aún no sé cuándo terminaron.

Recuperé de pronto el sinsentido de los juegos, las palabras que se repiten hasta perder consistencia y peso, hasta ser amasijo y risa, guijarro, globo, garabato, escarabajo, loúnicoqueimportaenestemomento.

Y así volvieron a mí las casas en los árboles, la nieve; la gruta y el zaguán, el puerto y la montaña; la ciudad violenta y el pueblo sin nombre, y los ríos, cuántos ríos. Volvieron como vuelve la consciencia al sueño recurrente, a la pesadilla, en el instante preciso pero con una inutilidad irreparable.

Y también vinieron las voces y los nombres, los abrazos eternos que caducan al día siguiente, la promesa y los pactos, la esperanza; la soledad proteica cambiando su ropaje a cada paso y las despedidas definitivas, el tiempo muerto donde se han suspendido las esperanzas latentes.

Ahora intento guardarme en los bolsillos las hojas que siguen cayendo de los árboles, el rumor a veces violento de este río soberbio, la serenidad de ciertas calles antiguas y la vitalidad renovada de mi mirada en este sitio.

Continúo en esta empresa de recolectar los instantes que habitarán mis sueños y los días por venir, tal vez algún día descubra, de entre todo eso, qué es lo que merece ser salvado.

 

Karla Marrufo