Silencio personal

Cuando esperas algo con tanto amor e ilusión, intenta esperar en silencio. A veces compartimos de más, decimos cuanto nos viene a la mente y al corazón. Hacer partícipes a nuestros seres queridos de lo que nos ocurre, nos hace sentir más cerca de ellos. Las amistades se nutren con experiencias propias y compartidas. “Nada de lo que hagas en esta vida será legendario si tus mejores amigos no están ahí para verlo”.  Muchas veces es cierto, pero no necesariamente es una regla.

Es maravilloso descubrir la belleza de compartir los sueños sólo con uno mismo. Ser nuestros cómplices. Tener nuestros secretos. Disfrutarlo desde que es una cosquillita que se transforma en un sueño, hasta ver el proceso y, después, disfrutar del resultado. “Recordar es vivir”. ¿Qué si queremos compartirlo después? No pasa nada, pero nadie te quitaré el haberlo vivido en exclusividad.

Esta semana recordé tantísimas cosas (eso pasa cuando limpias tu habitación a profundidad) y me di cuenta que muchas no las había compartido con nadie: pensamientos, ideas, conclusiones, todas ellas encerradas en recuerdos, en objetos, cartas y fotos en mi habitación. Me sentí cómplice, sentí satisfacción y una pequeña pizca de maldad porque no se lo dije a nadie.

Por costumbre, guardo y tiro de todo, pero permanecen conmigo las cosas que para mí son más valiosas, ni una sola se va a la basura. “Sandra, ese suéter no volverá a quedarte, además,  ya no está de moda”, eso me dije cuando puse en la pila de “donar o vender” un suéter a rayas de colores talla chica, si me lo pongo me veré como tamalito.

La revelación llegó cuando por fin mi habitación estuvo de nuevo ordenada. “¿Cuántos años tengo?” pensé. ¿Cuántas de esas cosas guardé sin darme cuenta?

A veces es tan fácil sacar, tirar, dejar ir, y otras veces es impensable. No sé si es el tiempo surtiendo efecto, la edad que llega de golpe (y no me siento mayor) o simplemente las cosas dejaron de amarse o de doler porque todo tiene su función y tiempo de vida. En algún momento saldrán a la luz, en una plática casual o inspiradora. El tono de la conversación dirá si se comparte o no, pero comprendí que no es necesario compartirlo con todo el mundo.

Sí, sí se pueden ver cosas en mis redes sociales, y sí lo comparto sabiendo que la gente lo verá, No sé por qué lo hago. En general pienso que no me agradan las redes sociales. Aun así, tengo mi cuenta de Facebook y un cambio de foto de perfil cada cierto tiempo.

Es imposible no dejarse llevar, aunque sea un poco, por la marea, pero comprendí que intentar sostener el sueño de guardar las cosas para uno mismo tanto como sea posible, vale la pena.

 

Sandra Ramírez

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Ciclos de amistad

Al tratarse de amigos, cuando tenía ocho o diez años, tenía tantísimos que era imposible contarlos: mis vecinitos, mis amigas de la escuela, las niñas de la clase de natación en verano, el niño que conocí en un McDonald´s, la señora de la tiendita, mi amigo el que vendía elotes, la señora que me sonrió en la caja del supermercado y el chico que nos ayudó a subir las compras al taxi. O mi amigo el que limpiaba el parabrisas del auto de papá en el crucero.

Amigos por doquier. ¿Qué tan difícil era hacer amigos? ¡Claro que no lo era!

Cuando entré a la secundaria, hubo un cambio. Mis amigos ya no eran todas las personas con las que me topaba. Los maestros mantenían su distancia y se limitaban a enseñar; el guardia de la entrada nos saludaba amablemente cuando llegábamos. Pero todos mis compañeros de grado eran mis amigos, porque amigos son aquellos con los que convives, te ríes, vas a la escuela, haces grupos para hacer tarea y les hablas de lo que sea. También descubrí un par de palabras que juntas adquirían un gran significado: “Mejores amigos”. Ya en la secundaria ese término era común.

Era casi inimaginable que alguien no tuviera un amigo a quien otorgarle ese título. Yo tuve una mejor amiga, luego un mejor amigo, luego esa mejor amiga se convirtió en “muy buena amiga” porque ella adoptó a una nueva mejor amiga y yo también.

En la preparatoria ese término se desvaneció sin darme cuenta y la población escolar creció considerablemente (había por lo menos seis salones de primero y en la secundaria eran sólo tres) pero yo mantenía casi el mismo número de amigos que en la secundaria, aunque el título ya no tenía el mismo significado. ¿Amigos son todos aquellos con los que hablas, no?

Mi grupo se conformaba de chicas, con las que salía, estudiaba, iba al descanso y ocasionalmente se nos unía el grupo de chicos que empataba el nuestro. Estas chicas lo eran todo para mí en la preparatoria, y todas pensaban lo mismo. Sentíamos esa unión que duraría toda la vida (y así fue) incluso nos vimos en la necesidad de hablar con la directora y pedirle nos pusiera juntas el siguiente semestre, ¡y lo hizo!

La facultad pasó de largo, me enfoqué tanto en la escuela que las amistades, lamentablemente, se quedaron en segundo plano sin que me percatara. ¡Claro que tenía a mis amigos!, pero ya no me sentaba a platicar con cualquiera en el salón, y ni siquiera supe cómo se llamaban los alumnos de otros salones. Llevaba una relación cordial, amable y simpática, pero mi círculo de amistades era pequeño.

Me di cuenta de pronto que hoy ya no llamo “amigo” a todo el mundo. En retrospectiva, descubrí que utilizo palabras como compañero, conocido, una chica, un chico, pero el título de amigo lo reservo para mis más cercanos.

Hace poco, mi sobrina me platicó sobre un amigo de su nueva escuela. Me contó que jugaba con él en el recreo y que le caía muy bien. Cuando le pregunté cómo se llamaba me dijo “¡No sé!, sólo es mi amigo”

Se rio y me siguió contando. No pareció importarle la falta de información y estoy segura que seguirá jugando con él sin hacer esa pregunta, pues no es importante. Recordé la belleza en la inocencia de convivir con quien sea, ofrecer una amistad sincera sin importar absolutamente nada, y recibirla de regreso.

Me encanta haber pasado por cada una de esas etapas, en las que poco a poco descubrí y pulí el significado de una verdadera amistad. Se nutre conforme vamos entregando a esa otra persona una pequeña parte de nuestro ser. Agradezco cada oportunidad de conocer a alguien nuevo, un nuevo prospecto (y ser uno también) y comenzar a sembrar lo que pudiera cosecharse por muchos años más.

 

Sandra Ramírez

Historias Inconclusas

No recuerdo que día fue, pero fue entre semana. Me senté en la esquina del café a terminar el libro de poco más de mil páginas que tenía pendiente. (O esa era la intención)

Esperé mi bebida, paciente, mirando y disfrutando de la vista: un par de mesas ocupadas por una pareja cada una. En la que estaba más cerca de mi había un par de jóvenes de secundaria. (Su uniforme los delataba). Él, moreno, alto y delgado, ojos delineados con un negro natural. Ella con su cabello recogido en una larga trenza. Se coqueteaban sin tocarse siquiera. Él la hacía reír, ella procuraba no escupir su bebida en cada ocasión que la provocaba.

Un poco más allá, la otra pareja se tomaba de la mano por debajo de la mesa, ambos veían sus bebidas sin ánimos de tocarlas. El usaba una camisa azul, barba poblada y lentes sin armazón. Ella cubría su rostro con un largo fleco y acompañaba sus hombros con el resto de su cabello largo. Luego de un momento, ella guio la mano de él y la puso sobre la mesa, acercó su rostro para que solo su pareja pudiera escucharle y él asintió. Él murmuró algo en respuesta y por un segundo la chica me vio y desvíe la mirada lo más pronto que pude. Creo que se dio cuenta que los observaba. Volví a mirar a la pareja de estudiantes y por fin el chico se atrevió a tocar a su compañera, pero solo para molestarla picándole la nariz. Ella se alejaba y reía pidiendo que parara, que no fuera sucio, pero su risita animaba al muchacho a continuar con el contacto.

El hombre de la otra pareja se paró de pronto y me asustó. La mujer bebió un poco de su vaso y se levantó detrás de su pareja. Lo siguió buscando su mano y el respondió sin mirarla. Salieron del café y con la intención de saber algo más los observé hasta que se perdieron de vista. Antes de que lo hicieran, el hombre acercó la mano de su pareja y la besó como por mero reflejo, luego miró hacia el otro lado y deje de verlos.

Lo sé. Sí los miré y sí me intrigó más su pequeña y extraña conversación que el desenlace de la pareja de estudiantes. Los jóvenes apenas comenzaban su historia, recién compartían los momentos más bellos, los primeros pasos, la novedad. Los segundos ya habrían recorrido la etapa del enamoramiento, el coqueteo, las chispas y mariposas en el estómago. Habían llegado al punto de ser fuertes. Al punto quizá de amarse lo suficiente para dejarse ver molestos entre sí. Ambas partes tienen su propia y única belleza.

Me entregaron mi bebida, abrí mi libro, intenté concentrarme en el capítulo que había dejado inconcluso la noche anterior. Un movimiento brusco del chico estudiante me hizo levantar mi cabeza de nuevo a mirar el momento justo en que besaba a su chica.

Sentí mariposas. En serio. Es hermoso ver el nacimiento de una primera vez. Pienso que lo fue, por lo menos el primer beso entre ambos. Ella se ruborizó y sonrió sin despegar la nariz de la del chico.

Pensé en la pareja mayor. ¿Qué habrá sucedido? No se veían molestos, pero si alejados entre ellos. El hombre había tomado su mano cuando ella lo buscó, fantaseé pensando que ella había hecho algo, después, que él había provocado algo, pero luego pensé que lo que haya sido, lo hermoso continúa siendo cuando aún por silencios, sigues besando a tu pareja.

 

Sandra Ramírez

Viernes sociales

Eso de descansar los viernes se me da bien.

Luego de una intensa temporada de (intentar) mantener mi agenda ocupada por temor a quedarme en casa y no “vivir la vida como se debe”, he llegado al punto de desear con todas mis fuerzas llegar a mi habitación y tumbarme en mi cama a idear qué hacer: adelantar la serie que estoy viendo, avanzar un par de páginas, o muchas, del libro en turno, mi pasatiempo favorito cuando quiero relajarme: hacer limpieza: sacar papeles, ropa, cosas que no uso más y darle un nuevo orden a mi librero. O simplemente dormir. No es problema tomar una siesta, mi cuerpo lo asimila como un postre anticipado antes de ir a dormir por la noche, pero sucede que algo me levanta de mi cama y me pongo a hacer otra de esas cosas deseables en la lista por hacer. No siempre es posible.

“¿Qué haces encerrada un fin de semana? Tienes edad para salir y disfrutar, ¿por qué no te sales?, puedes desvelarte, mañana no irás a trabajar, ¿por qué duermes temprano?”

Lo cierto es que me gusta salir, ir a cenar, a pasear, al cine o a un café. Estas últimas semanas han sido pesadas en el trabajo, tupidas, sin parar, lo cual también es agradable pues, avanzar y ver un check en la lista de pendientes es por demás placentero. Pero al final es trabajo y energía consumida, mi gusto por lo que hago es una bendición, pero de que quiero salir a mi hora y olvidarme de él, lo quiero hacer. Todos los días busco que se logre.

Durante mis tardes libres, mientras dedico mi atención a esas actividades tan relajantes, el tiempo se detiene para mí. Pasa por mi cabeza una necesidad de poner pausa a la serie aunque esté en la parte más emocionante, de recargar el libro en mi pecho y mirar el foco prendido de mi habitación, o sólo observar el vacío justo cuando sacudo el polvo en mi librero.

¿Qué estaría haciendo un viernes en otras etapas de mi vida? ¿De antro? No, nunca fui antrera, y no es que no haya llamado mi atención, solo no tuve oportunidad. ¿Reuniones? Quizá, por el cumpleaños de alguien, por un reencuentro escolar, por un evento particular. ¿Cine? ¿Un concierto?, tampoco soy de conciertos, así que no sería algo común en mi pasado. ¿Novio? Sí, también. Festejos, aniversarios, cocinar y ver películas hasta quedarnos dormidos. De visita con la familia, un paseo por Fundidora.

Me he descubierto pensando y recordando. Cuánto ha pasado desde la última vez que me pregunté: ¿En un año, qué estaré haciendo? Y aquí estoy. Limpiando mi habitación.

Sueño despierta de nuevo, con deseos de leer muchísimo, conocer muchísimo, convivir y fortalecer amistades. Saber de películas, jugar, aprender.

Luego de esa pregunta viene la reflexión. Me veía completamente diferente “hace un año”, no en algo tan común, si no en algo especial. Diferente, extraordinario, legendario. Hace un año vivía cierta experiencia, ahora empiezo otra. Y durante ese tiempo he empezado y terminado pequeños capítulos que hacen mi libro personal un poco más interesante y a la vez un poco más común. Y me hace sentir bien. Mi pensar ha cambiado, mi perspectiva también. No es necesario tanto, es necesario lo suficiente. Incluso es mejor saber hasta dónde es suficiente y a partir de cuándo te estas esforzando demasiado.

Hace un año pensaba en actividades todos los días, y realmente las disfrutaba, si había algo que quería hacer, era impensable dejarlo pasar aunque un día antes me hubiera desvelado. Hoy, honestamente, veo un evento que llama mi atención, le doy “me interesa”, lo sigo, estoy al pendiente, veo mi agenda, fechas, horas, lugar… y cuando se llega el día y descubro no tener ganas, no pasa nada. Ya habrá otro.

¿Será la edad? ¿Será el cansancio? ¿Será que ya entendí que disfrutar el momento, funciona cuando realmente quieres disfrutarlo en el momento? ¿Será que ya descubrí, ahora sí, que un rato a solas es de lo más placentero que existe?

Eso de disfrutar los viernes sin hacer nada se me da bien. Porque no es literal “hacer nada”, es hacer lo que me plazca.

 

Sandra Ramírez

Este tranvía en el que vamos todos

 

Para las tranvía –y para quienes nos leen– en nuestro aniversario

 

Tranvía: Vehículo que circula
sobre rieles en el interior de una ciudad
o sus cercanías y que se usa principalmente
para transportar viajeros.

 

Lo que a continuación cuento son pedazos aislados de una misma historia, como las estaciones que conforman nuestro Tranvía donde el todo es mayor a la suma de sus partes.

***

Enero del 2014. Conversación por whatsapp con Abby:

Deberíamos armar algo.
¡Sí!, ¿qué se te ocurre?
Me gustaría alguna revista o espacio que ayude a impulsar a autores del norte.
¡Yastás! Entonces ahorita abro un blog.
¡¿Ya?! Nombre, espérate, primero hay que ver lo de la convocatoria, qué autores, el diseño…
¡Ya tenemos blog!

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La vida, por ratos, te come los sueños.

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Tranvía ha pasado por dos etapas: una como revista y otra como colectivo.
La revista duró sólo tres números y casi 5 meses. Si bien de diseño hermosísimo –según nosotras–, resultó difícil compaginar las tareas editoriales con el día a día de todas esas otras actividades que alimentan más el cuerpo que el alma. Así que aunque nos sentíamos orgullosas de esos pocos números logrados y de los escritores que pasaron por sus páginas, debimos hacer un alto.

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Sucedió en el 2015:
Estimados postulantes:
Se les transcribe a continuación la lista de los alumnos seleccionados para recibir el Taller virtual y presencial de escritura documental y desapropiación impartido por Cristina Rivera Garza.
En ese taller conocí a Nidia Cuan.

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Siempre he pensado que, con un poco de suerte, los talleres –cualquiera que sea la disciplina– hermanan. A Asenat la conocí en el 2008 en un taller de Orlando Ortiz; A Abby, en Reynosa, allá por el 2011, en uno de Graciela Ramos; a Cata en el 2010, en un taller virtual de Alberto Chimal y a Nidia, como ya dije, en el 2015 con Cristina Rivera Garza.

***

A Nidia le entusiasmó Tranvía, con el mismo entusiasmo frenético pero amable que pone en tantísimas cosas más.
Se lo platiqué en uno de los recesos del taller. Estábamos recargadas en la barda de Casa del Arte en Ciudad Victoria, Tamaulipas. Nidia opinó que debíamos sacar de nuevo la revista y quería ser parte del proyecto. Yo reí ante su frenesí y, por supuesto, me entusiasmé también. En eso de planear somos parecidas, en lo de meternos en broncas por no tener tiempo y no decir que no a casi nada, también. Pero éramos nosotras ideando, así que esas nimiedades pasaron desapercibidas.
El tiempo del receso se acabó. Nidia apagó su cigarro y volvimos a la clase pero la semilla del colectivo Tranvía estaba sembrada.

***

Los sueños son semillas que con fortuna algún día, aún y a pesar de la vida misma, caerán en tierra fértil.

***

Meses después le platiqué mi conversación con Nidia a Abby y al entusiasmo se le aunó la impaciencia milenial de Abby quien de inmediato, como en aquella primera etapa, ya quería tener el blog listo.
En mayo del 2016 iniciamos la búsqueda de las participantes y se ideó el formato. Deseábamos algo distinto. Queríamos escribir desde distintas partes de un mismo México. Ver la vida desde varios puntos de este mismo territorio nacional. Combinar personalidades y escrituras. Al esfuerzo (de Abby y mío) se sumó el de Nidia. Ella agregó la inteligencia de Karla y la sensibilidad de Lolbé. De Reynosa, se incorporó el realismo de Asenat y de Monterrey, la inocencia de Sandra. Del centro, la genialidad de la querida Cata, quien a su vez me habló de una guionista buenísima, Mónica, con la que trabajaba y quien a los pocos días se convirtió en nuestra estación Tormenta.
Cada una se volcó a la tarea de crear su estación, de darle un nombre y un lugar: una cara. Mentiría si digo que ha sido una tarea fácil. También mentira –aunque por omisión– si no les contara del enorme orgullo y alegría que siento cada que recibo sus textos y noto el camino que llevan sus palabras.
Hoy el colectivo Tranvía está de aniversario. Hoy el colectivo cumple un año de su primera publicación, hoy somos las mismas pero tenemos algo en común: la escritura en este espacio.

***

Tranvía somos todos.

***

A Cristina Rivera Garza le escuché decir que la escritura no es un acto solitario sino uno que sucede en comunidad. Porque se escribe con otros, decía.
Me gusta pensar que eso hacemos en Tranvía: escribir para y con el otro. De temas que nos interesan a cada una pero que también le pueden interesar a alguien más. Porque nos unimos a las pláticas que escuchamos en la calle o en las redes y las ampliamos en cada entrada. De esta forma, ese micro mundo nuestro que nace de lo que nos angustia o hace reír se vuelve parte de lo que vemos a diario. Fragmentos de otros.
Porque como bien apuntó Rivera Garza, no escribimos solas y nuestra escritura se ve afectada por nuestro entorno. Por eso escribimos para él y de él. Para entenderlo e iniciar una conversación desde este tranvía en el que vamos juntos.

 

A todos los que leen y especialmente a todas las que escriben, mi gratitud y cariño infinito.

Alisma De León

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Estaba perdida

Miré por cuarta vez el letrero pegado en la pared que indicaba los horarios de parada del autobús. Y estaba claro pero sólo si se sabía el número de autobús. Sin saberlo, primero debía descifrar qué significaba tanto número porque en ninguna parte decía el nombre de las estaciones.

No había nadie cerca de mí. Mis datos de internet se terminaron porque, sin querer, dejé la carga de fotografías automática que consumió todos mis megas.

Pasó un rato y cuando estuve a punto de ver por quinta vez aquella inútil información, llegó más gente a la parada del autobús. Un hombre alto, barbón, rubio con atices pelirrojos, se colocó justo al final de la acera. Al cabo de unos segundos una pareja adulta nos hizo compañía. Ambos se veían tan concentrados en su plática, que no me atreví a molestarlos.

Me acerqué al hombre rubio y le pregunté si sabía cuál era el número de autobús que me pudiera llevar a la estación que buscaba. Me contestó amablemente que no era de la ciudad y se disculpó por no poder ayudarme.

Agradecí y por un momento me rendí. Me imaginé caminando hasta encontrar una red wifi abierta para conectarme y revisar la ruta que me marcara el Google Maps, pero mis pies no daban para más. Tampoco quería descansar, anochecía y si de algo estaba segura era que mínimo estaba a una hora de distancia de mi destino. Asustada, lejos de casa, sin datos, cansada y con hambre. Jamás se me ocurrió que podía hacer algo tan sencillo: esperar el siguiente autobús y preguntarle al chofer.

Mientras imaginaba lo peor, escuché la voz de un hombre, noté que la edad ya había hecho de las suyas en él. Aun así, su tono amable me tranquilizó.

–¿Qué sucede señorita?, ¿puedo ayudarle?

Me miró preocupado. La señora que lo acompañaba me sonrió y analizó una hoja de periódico que llevaba consigo. Dejó que su –quizá– marido me ayudara.

–Quiero llegar a esta estación– señalé el mapa que había grabado en mi celular e inmediatamente me arrepentí. Probablemente el señor no se sentiría cómodo con estos artefactos tan nuevos. Su rostro hizo un gesto de intentar entender. Me sentí un poco mal.

–¡Ah ya!, sí, sí conozco… déjame ver – sentí una punzada de culpa por haber hecho un juicio anticipado. El señor analizó conmigo la tabla de información y murmuró algo.

–A estas cosas nunca le entiende uno – dijo finalmente.

Reí con él.

–Disculpa por no poder ayudarte, quizá lo que puedes hacer es esperar el siguiente autobús y preguntar al chofer.

Sonreí por la sencillez del asunto. “Pues sí, Sandra”, pensé.

Agradecí su amabilidad y me aparté un poco para sentarme a esperar.

Pensé por un momento en las veces que hago cosas porque considero que podría arrepentirme de no haberlas hecho: comprar algo que me gustó, ir a algún lado porque “ya estoy por aquí”, preguntarle el nombre a algún chico que me gustó en la calle pues, al final de cuentas, “no volveré a verlo”, tomar una fotografía “especial” porque así quiero recordar las cosas; y entonces me acordé que en alguna ocasión un amigo se tomó una foto con una mujer mayor que le pidió ayuda, para recordar lo bonito que se sintió ayudarla. “Quiero una foto con ese señor”, se me ocurrió “¡Ay! No, qué pena, ¿por una duda sobre el autobús?… bueno pero, me arrepentiré si no…”

Mientras decidía si sí o si no, el autobús llegó y en automático interrumpí mis pensamientos y me levanté a preguntarle al chofer quien me respondió de manera amable que tendría que esperar quince minutos más a que llegara la ruta 304ª para llegar a mi destino.

El hombre rubio subió mientras yo anotaba en mi celular la ruta. No podía olvidarla. Después alisté la cámara y busqué a la pareja. No me percaté de que ya habían subido hasta que los vi por la ventana.

Lamenté mi pequeña distracción, pero quería conmemorar su ayuda de alguna forma. Ésta fue la que encontré, espero que las letras le hagan justicia.

 

Sandra Ramírez

Rosas rojas

Hubo una ocasión que –malamente– todos en casa olvidamos. Despertamos, nos alistamos para ir a la escuela, mi mamá preparó el almuerzo, vistió a mi hermana pequeña y nos despidió a todos desde el auto al dejarnos en nuestros destinos.

Pasó la mañana sin ningún contratiempo. Normal. Como cualquier jueves.

En ese entonces todos nos reuníamos en casa de mi abuela para comer. Algunos permanecíamos ahí hasta ya entrada la tarde y regresábamos a casa, y otros, como mis tíos y mi abuelo, regresaban a trabajar.

Llegué pasadas las dos de la tarde. Dejé mi mochila en el primer sillón enseguida de la puerta y vi a mi papá sentado con mi abuelita en el comedor.

—¿Y cómo es que se te olvidó?— Preguntó mi abuelita desconcertada. Mi papá sonrió tímidamente.

—¿Qué cosa?— pregunté.

—El cumpleaños de tu mamá.

¡Zaz!

¡Era ese día!

Reviví en mi cabeza todo lo que había sucedido en el día y la naturalidad con la que fluyeron todos los acontecimientos. En ningún momento mamá dijo algo o hizo algún gesto que delatara su incomodidad.

Me sentí culpable. Hasta le dije que a lo mejor llegaba tarde porque había quedado con unos amigos después de la escuela. Al final sólo nos estuvimos conversando un rato y cada quien para su casa.

De pronto mi mamá salió de la habitación y me lancé a sus brazos.

—¡Feliz cumpleaños!

Mi mamá sonrió de oreja a oreja y me devolvió el abrazo.

Cuando llegamos a casa, mi papá le tenía sobre la mesa del comedor un enorme ramo de rosas rojas.

Nos disculpamos con ella. Todos estábamos apenados. No había excusa. Pero mi mamá siguió sonriendo, ahora mientras veía sus rosas rojas. Fue hasta el anochecer cuando, con su tono de regaño, nos dijo.

—¡¿Cómo que se les olvidó mi cumpleaños?!… Ahí, todo el día en el salón mis alumnos felicitándome y ustedes… ¡Nada! ¡já!

Platicamos sobre el tema durante la cena y no paramos de reír por un rato.

Mi mami es grandiosa. Dedicada, lucha y no se rinde jamás. Me enseñó a seguir adelante, a ser trabajadora y a hacer magia con las cosas que Dios nos pone enfrente. Me falta callo, pero ahí voy.  Aun sin ser una niña, las enseñanzas que me da, son para continuar mi formación.

Mami, te queremos mucho. Te quiero mucho.

Ahora estamos lejos una de otra, pero cuando te vea te daré los abrazos que me faltaron todos estos días y uno más grande por tu fecha especial.

¡Feliz cumpleaños!

Compañeras

Cerca de mi casa, hay un supermercado; acostumbro ir desde que lo inauguraron. Conozco su distribución y puedo organizar lo que voy a comprar recorriendo los pasillos mentalmente cuando hago la lista de víveres.

La primera sección que encuentras es la florería. Siempre decorada por varios grupos de globos de colores, formas y frases emotivas sujetados a un enorme aparato de helio. Al fondo, una pared acondicionada para albergar flores diversas de las cuales solo puedo apreciar su belleza porque no sé sus nombres. Las más comunes tienen recipientes adicionales distribuidos por el resto del lugar. Rosas rojas, blancas, lilis o margaritas. La sección tiene un aroma delicioso, el aroma verde de las flores y las plantas es reconfortante. Un pedacito de naturaleza entre tanta superficialidad.

Justo a la división de la florería colocan estantes donde ofrecen nochebuenas de diferentes tamaños apenas se asoma el invierno.

Hace algunos años, un antiguo jefe nos regaló a cada empleado una pequeña pero con grandes hojas rojas. Mi compañera de escritorio y yo decidimos solo tener una y compartirla. Era nuestra nochebuena. Pero aquella se entristeció y para finales del siguiente enero, murió.

Hace un par de años, fui al supermercado en vísperas de navidad y me detuve a verlas. Recordando la primera que tuvimos, me animé a comprar una. Tenía ya tres brillantes flores rojas y la llevé a la oficina.

No sé mucho de plantas, mucho menos de una tan especifica como esa, pero dicen que es una planta de mucho cuidado. El clima, la luz y el riego influyen mucho en su bienestar. Por supuesto la época del año también hace su trabajo, como con todas las plantas y su florecimiento, pero escuché que la nochebuena es especial.

Nos decían que no duraría más allá de la primavera, pues la delicadeza de su ser no soporta los extremos de temperatura. Para nuestra sorpresa (y gusto), la plantita sobrevivió ese invierno. Despidió sus hermosas hojas rojas y cuando caímos en cuenta, era otoño y la pequeña nochebuena seguía con nosotras, vistiendo de verde esperando de nuevo el invierno. A veces se le veía triste, pues de pronto por tanto trabajo, las dos olvidábamos darle de beber, pero apenas nos dábamos cuenta del estado de sus hojas, inmediatamente remediábamos el descuido esperando que volviera a alegrarse. A ambas nos invadía el temor de verla morir por su delicadeza.

Dicen que las plantas se encariñan con sus cuidadores. Son seres vivos que sienten y de alguna manera entienden nuestro ánimo.

Llegamos de nuevo a diciembre y la plantita nunca pintó sus hojas de rojo, en cambio lucía unas enormes hojas verde brillante. No cambiamos nunca la macetita, la verdad es que no le dimos muchísimo mantenimiento, únicamente la procurábamos y ella lucía feliz. Mi amiga y yo somos así. Nos gusta ser, nos gusta mostrar nuestras atenciones y a la vez somos reservadas. Nos procuramos lo suficiente para saber que estamos ahí para la otra pero respetamos el espacio de cada una.

Sentimos que nuestra plantita adoptó nuestra personalidad, pero aun así, pensamos que quizá a ambas nos faltaba un poco de amor hacia ella en respuesta de su tiempo con nosotras. Llegamos a la conclusión que quizá necesitaba una nueva y más grande maceta que pudiera hacerla crecer. La idea quedó en el aire pues luego pensamos que moverla podría entristecerla. Vivió con nosotras tres inviernos, al finalizar el ultimo, vimos atices de su bello color. El rojo aterciopelado comenzó a propagarse en las hojas más pequeñas como manchas de pintura y nos alegramos de ver que nuestra amiga continuaba a gusto con nosotras.

Volvimos a la idea de obsequiarle un nuevo recipiente. La pequeña estaba pintándose de nuevo y quizá pronto volvería a estar en su máximo esplendor. ¿En primavera? No lo sé, no sé de plantas, solo sé lo que vimos y la plantita estaba pintándose de nuevo.

Llevamos tierra nueva y piedritas para decorarla. La cambiamos animadas esperando hacerla feliz y dejamos a un lado el recipiente de plástico que la sostenía desde que llegó.

“Que bárbaras, ni una macetita le hemos podido comprar en todo este tiempo, ya va siendo hora” pensé por un momento.

Penosamente, una semana después sus hojas comenzaron a arrugarse y se perdió el nuevo tono.  El tallo se secó.

Cuando supimos qué paso, era tarde ya. La maceta que antes tenía la ayudaba a drenar el agua que no consumía y la nueva que escogimos no. No lo sabíamos. Una maceta es una maceta. La plantita necesitaba agua y se la dimos, emocionadas porque estaba al inicio de su mejor temporada, según nosotras, pero la ahogamos sin querer.

Me entristece pensar que vivió a nuestro lado tres inviernos. La conocimos en su rojo brillante, la acompañamos cuando no pudo pintar y nos alegramos cuando vimos que lo haría de nuevo. Mi compañera y yo entendemos que entre nosotras el espacio es suficiente, las palabras no son tan necesarias, pero pudimos ser diferentes con nuestra plantita. Era delicada, hermosa y de un brillante color que, me gusta pensar, guardó esperando sentirse completamente en casa.

Sandra Ramírez

Sueños perpetuos

No sé de dónde vienen mis ganas de viajar.

Conocer el mundo, visitar lugares, comunes y no tanto. Escoger un destino, buscar vuelos, revisar itinerarios, preparar la maleta y esperar el despegue.

Disfruto los viajes en carretera, escoger la música perfecta y dividirla en carpetas virtuales. Una por si quiero pensar y filosofar acerca de mi vida mientras conduzco, o sobre la existencia y los errores cometidos. Otra por si quiero imaginar mi propia película romántica, desde el inicio y hasta el momento en que aparecen los créditos porque lo que sigue es tan extraordinario que no puede plasmarse en la pantalla. Y una más por si quiero cantar a todo pulmón sí caminaría quinientas millas y otras quinientas más sólo para ser quien camine mil millas para estar a la puerta del amor de mi vida.

Me encantaría viajar en tren. Probablemente aplicaría también el playlist perfecto quitando la parte de cantar a todo pulmón, aunque debo decir que existe la tentación de hacerlo solo porque sí, ¿qué más da?

No conozco Cancún, jamás he ido a Las Vegas. Me encantaría conocer España, pero preferiría por mucho ir a Japón. Querétaro es uno de los lugares por ahora accesibles para mí. Está cerca y dentro de mi presupuesto. No tengo que cruzar fronteras internacionales ni mucho menos el mar (lo cual no es queja, me encantaría también), pero por alguna razón, a pesar de eso y mis ganas por conocerlo, no he ido.

Hay prioridades dentro de mi lista de destinos, que cada vez crece más, pero es verdad que quisiera volver a algunos lugares ya visitados, por dos razones principales, una: creo que lo disfrutaría aún más. Reviviría momentos, crearía nuevos, actualizaría otros. Viviría una nueva aventura en un lugar conocido. Puedo comer en ese lugar delicioso una vez más o visitar algunos que no tuve tiempo la vez anterior.

La segunda es que creo que dependiendo de mi edad y la situación emocional en la que esté, las enseñanzas podrían ser diferentes.

Ahora que estoy rota, ¿qué puede enseñarme ese lugar al que viajé estando feliz? Ahora que estoy feliz, ¿qué me enseñarán esos paisajes que me levantaron en mi tristeza?.

Si algo bueno te pasa, viaja para celebrar, si algo malo de pasa, viaja para olvidar, si nada te pasa, viaja para que algo pase.

Esta es una filosofía que me encanta y por la cual he recibido comentarios como “no estás conforme con lo que tienes, por eso te gusta salir de tu ciudad”, “estás huyendo de algo, por eso no te gusta estar aquí”, o la que más me ha sorprendido “tienes problemas de estabilidad, por eso no te estas quieta”

Sin tomar en cuenta la mala intención en esos comentarios, puedo ver que es verdad: no estoy conforme con quedarme con las ganas de salir de mi ciudad, también huyo de cosas tóxicas. Y ¡no!, no me gusta estar quieta.

Me encanta la sensación de explorar un lugar desconocido, me fascina la emoción que provoca saber que llegaste de nuevo más allá de tus fronteras. No es mi sueño literal conocer todo el mundo. Tampoco quiero desterrar mis raíces para ir a plantarlas en otro lugar.

Dicen que deja de ser un sueño cuando lo conviertes en realidad, pero el mío es seguir comprobando que puedes vivirlos realmente. Seguir viajando, revitalizar mi vida en cada aventura. Aprender y vivir. Mi sueño es, simplemente, seguir soñando.

 

Sandra Ramírez

Líneas delgadas

He aprendido con el tiempo que nuestro inconsciente va creando una lista de situaciones que no queremos vivir más, momentos que quisiéramos repetir o acciones que queremos mantener. De ahí nacen nuevas ilusiones, sueños o metas. Creo que es natural y válido para cada persona en su propia y única manera.

Esa lista aumenta o se define dependiendo de las experiencias y, al llegar a un punto en el que sabes qué quieres exactamente y buscarlo, te embarca de nuevo.

Has tropezado, has fracasado y eso te enseña y abre los ojos. Piensas, cambias, reaccionas y te pones la camiseta de ese sueño que quieres perseguir y lo haces con tantas ganas, tanto furor, que recargas energía de no sé dónde pero vas. Te levantas y lo encuentras. ¡Qué felicidad!

Es un proceso individual y no es necesario compartir cada paso con el resto de la gente. Y sé que no es obligación de los demás reconocer tu esfuerzo. Lo tengo claro, no es su obligación. Pero he vivido el narcisismo que nace en el pensamiento de la gente y te dice que te estás equivocando. Esa acción egoísta de dar su opinión de manera arbitraria.

Las personas cercanas a ti, darán su opinión, esa es otra acción natural. Quieres a alguien, y, tal vez no a detalle, pero sabes de sus bajones y tropiezos y apenas la ves en algo similar, tu reacción inmediata es levantar la mano y decirlo “hey, te estas equivocando”, “hey, recuerda lo que te pasó” o por lo menos sientes la tentación de hacerlo pues no quieres que vaya y repita el patrón.

Es humano.

Por otro lado, a veces caemos en una ceguera y necesitamos la sacudida. Agradezco a cada persona que ha estado ahí para hacerlo y me ha detenido de realizar acciones o tener pensamientos que, estando vulnerable, bien pudieran haberme hecho caer en algún lugar indeseable. Es parte de las amistades, de las relaciones, de la familia. Es parte de nuestra vida social.

Lo que hoy me duele es ver a una persona, que ha compartido conmigo esas partes bajas de la vida, de pronto con la camiseta de su sueño puesta un momento y ver la negatividad que le llega por todos lados.

Esa línea delgada que separa la preocupación de un ser querido y la negatividad; la línea fina entre aconsejar y juzgar; apoyar y advertir que lo volverá hacer y amenazar con que no estará presente si lo hace. Creo que esa frase siempre está de más. ¿Para qué amenazar? Lastima. No da crédito al proceso previamente vivido por la persona para llegar al punto de decir “¡Va! Esto es lo que quiero”

¿Cómo saber si esa persona está cayendo en lo mismo que la llevará a fallar de nuevo o si es que ha llegado a ese punto en el que ya definió qué quiere y qué no?

No lo sabemos, entonces, ¿por qué imponer?

El apoyo ciego no es bueno, al contrario, a veces daña. Pero creo que por momentos se nos olvida el alcance que tenemos y lo que puede provocar nuestras palabras.

 

Sandra Ramírez