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Estaba perdida

Miré por cuarta vez el letrero pegado en la pared que indicaba los horarios de parada del autobús. Y estaba claro pero sólo si se sabía el número de autobús. Sin saberlo, primero debía descifrar qué significaba tanto número porque en ninguna parte decía el nombre de las estaciones.

No había nadie cerca de mí. Mis datos de internet se terminaron porque, sin querer, dejé la carga de fotografías automática que consumió todos mis megas.

Pasó un rato y cuando estuve a punto de ver por quinta vez aquella inútil información, llegó más gente a la parada del autobús. Un hombre alto, barbón, rubio con atices pelirrojos, se colocó justo al final de la acera. Al cabo de unos segundos una pareja adulta nos hizo compañía. Ambos se veían tan concentrados en su plática, que no me atreví a molestarlos.

Me acerqué al hombre rubio y le pregunté si sabía cuál era el número de autobús que me pudiera llevar a la estación que buscaba. Me contestó amablemente que no era de la ciudad y se disculpó por no poder ayudarme.

Agradecí y por un momento me rendí. Me imaginé caminando hasta encontrar una red wifi abierta para conectarme y revisar la ruta que me marcara el Google Maps, pero mis pies no daban para más. Tampoco quería descansar, anochecía y si de algo estaba segura era que mínimo estaba a una hora de distancia de mi destino. Asustada, lejos de casa, sin datos, cansada y con hambre. Jamás se me ocurrió que podía hacer algo tan sencillo: esperar el siguiente autobús y preguntarle al chofer.

Mientras imaginaba lo peor, escuché la voz de un hombre, noté que la edad ya había hecho de las suyas en él. Aun así, su tono amable me tranquilizó.

–¿Qué sucede señorita?, ¿puedo ayudarle?

Me miró preocupado. La señora que lo acompañaba me sonrió y analizó una hoja de periódico que llevaba consigo. Dejó que su –quizá– marido me ayudara.

–Quiero llegar a esta estación– señalé el mapa que había grabado en mi celular e inmediatamente me arrepentí. Probablemente el señor no se sentiría cómodo con estos artefactos tan nuevos. Su rostro hizo un gesto de intentar entender. Me sentí un poco mal.

–¡Ah ya!, sí, sí conozco… déjame ver – sentí una punzada de culpa por haber hecho un juicio anticipado. El señor analizó conmigo la tabla de información y murmuró algo.

–A estas cosas nunca le entiende uno – dijo finalmente.

Reí con él.

–Disculpa por no poder ayudarte, quizá lo que puedes hacer es esperar el siguiente autobús y preguntar al chofer.

Sonreí por la sencillez del asunto. “Pues sí, Sandra”, pensé.

Agradecí su amabilidad y me aparté un poco para sentarme a esperar.

Pensé por un momento en las veces que hago cosas porque considero que podría arrepentirme de no haberlas hecho: comprar algo que me gustó, ir a algún lado porque “ya estoy por aquí”, preguntarle el nombre a algún chico que me gustó en la calle pues, al final de cuentas, “no volveré a verlo”, tomar una fotografía “especial” porque así quiero recordar las cosas; y entonces me acordé que en alguna ocasión un amigo se tomó una foto con una mujer mayor que le pidió ayuda, para recordar lo bonito que se sintió ayudarla. “Quiero una foto con ese señor”, se me ocurrió “¡Ay! No, qué pena, ¿por una duda sobre el autobús?… bueno pero, me arrepentiré si no…”

Mientras decidía si sí o si no, el autobús llegó y en automático interrumpí mis pensamientos y me levanté a preguntarle al chofer quien me respondió de manera amable que tendría que esperar quince minutos más a que llegara la ruta 304ª para llegar a mi destino.

El hombre rubio subió mientras yo anotaba en mi celular la ruta. No podía olvidarla. Después alisté la cámara y busqué a la pareja. No me percaté de que ya habían subido hasta que los vi por la ventana.

Lamenté mi pequeña distracción, pero quería conmemorar su ayuda de alguna forma. Ésta fue la que encontré, espero que las letras le hagan justicia.

 

Sandra Ramírez

Rosas rojas

Hubo una ocasión que –malamente– todos en casa olvidamos. Despertamos, nos alistamos para ir a la escuela, mi mamá preparó el almuerzo, vistió a mi hermana pequeña y nos despidió a todos desde el auto al dejarnos en nuestros destinos.

Pasó la mañana sin ningún contratiempo. Normal. Como cualquier jueves.

En ese entonces todos nos reuníamos en casa de mi abuela para comer. Algunos permanecíamos ahí hasta ya entrada la tarde y regresábamos a casa, y otros, como mis tíos y mi abuelo, regresaban a trabajar.

Llegué pasadas las dos de la tarde. Dejé mi mochila en el primer sillón enseguida de la puerta y vi a mi papá sentado con mi abuelita en el comedor.

—¿Y cómo es que se te olvidó?— Preguntó mi abuelita desconcertada. Mi papá sonrió tímidamente.

—¿Qué cosa?— pregunté.

—El cumpleaños de tu mamá.

¡Zaz!

¡Era ese día!

Reviví en mi cabeza todo lo que había sucedido en el día y la naturalidad con la que fluyeron todos los acontecimientos. En ningún momento mamá dijo algo o hizo algún gesto que delatara su incomodidad.

Me sentí culpable. Hasta le dije que a lo mejor llegaba tarde porque había quedado con unos amigos después de la escuela. Al final sólo nos estuvimos conversando un rato y cada quien para su casa.

De pronto mi mamá salió de la habitación y me lancé a sus brazos.

—¡Feliz cumpleaños!

Mi mamá sonrió de oreja a oreja y me devolvió el abrazo.

Cuando llegamos a casa, mi papá le tenía sobre la mesa del comedor un enorme ramo de rosas rojas.

Nos disculpamos con ella. Todos estábamos apenados. No había excusa. Pero mi mamá siguió sonriendo, ahora mientras veía sus rosas rojas. Fue hasta el anochecer cuando, con su tono de regaño, nos dijo.

—¡¿Cómo que se les olvidó mi cumpleaños?!… Ahí, todo el día en el salón mis alumnos felicitándome y ustedes… ¡Nada! ¡já!

Platicamos sobre el tema durante la cena y no paramos de reír por un rato.

Mi mami es grandiosa. Dedicada, lucha y no se rinde jamás. Me enseñó a seguir adelante, a ser trabajadora y a hacer magia con las cosas que Dios nos pone enfrente. Me falta callo, pero ahí voy.  Aun sin ser una niña, las enseñanzas que me da, son para continuar mi formación.

Mami, te queremos mucho. Te quiero mucho.

Ahora estamos lejos una de otra, pero cuando te vea te daré los abrazos que me faltaron todos estos días y uno más grande por tu fecha especial.

¡Feliz cumpleaños!

Compañeras

Cerca de mi casa, hay un supermercado; acostumbro ir desde que lo inauguraron. Conozco su distribución y puedo organizar lo que voy a comprar recorriendo los pasillos mentalmente cuando hago la lista de víveres.

La primera sección que encuentras es la florería. Siempre decorada por varios grupos de globos de colores, formas y frases emotivas sujetados a un enorme aparato de helio. Al fondo, una pared acondicionada para albergar flores diversas de las cuales solo puedo apreciar su belleza porque no sé sus nombres. Las más comunes tienen recipientes adicionales distribuidos por el resto del lugar. Rosas rojas, blancas, lilis o margaritas. La sección tiene un aroma delicioso, el aroma verde de las flores y las plantas es reconfortante. Un pedacito de naturaleza entre tanta superficialidad.

Justo a la división de la florería colocan estantes donde ofrecen nochebuenas de diferentes tamaños apenas se asoma el invierno.

Hace algunos años, un antiguo jefe nos regaló a cada empleado una pequeña pero con grandes hojas rojas. Mi compañera de escritorio y yo decidimos solo tener una y compartirla. Era nuestra nochebuena. Pero aquella se entristeció y para finales del siguiente enero, murió.

Hace un par de años, fui al supermercado en vísperas de navidad y me detuve a verlas. Recordando la primera que tuvimos, me animé a comprar una. Tenía ya tres brillantes flores rojas y la llevé a la oficina.

No sé mucho de plantas, mucho menos de una tan especifica como esa, pero dicen que es una planta de mucho cuidado. El clima, la luz y el riego influyen mucho en su bienestar. Por supuesto la época del año también hace su trabajo, como con todas las plantas y su florecimiento, pero escuché que la nochebuena es especial.

Nos decían que no duraría más allá de la primavera, pues la delicadeza de su ser no soporta los extremos de temperatura. Para nuestra sorpresa (y gusto), la plantita sobrevivió ese invierno. Despidió sus hermosas hojas rojas y cuando caímos en cuenta, era otoño y la pequeña nochebuena seguía con nosotras, vistiendo de verde esperando de nuevo el invierno. A veces se le veía triste, pues de pronto por tanto trabajo, las dos olvidábamos darle de beber, pero apenas nos dábamos cuenta del estado de sus hojas, inmediatamente remediábamos el descuido esperando que volviera a alegrarse. A ambas nos invadía el temor de verla morir por su delicadeza.

Dicen que las plantas se encariñan con sus cuidadores. Son seres vivos que sienten y de alguna manera entienden nuestro ánimo.

Llegamos de nuevo a diciembre y la plantita nunca pintó sus hojas de rojo, en cambio lucía unas enormes hojas verde brillante. No cambiamos nunca la macetita, la verdad es que no le dimos muchísimo mantenimiento, únicamente la procurábamos y ella lucía feliz. Mi amiga y yo somos así. Nos gusta ser, nos gusta mostrar nuestras atenciones y a la vez somos reservadas. Nos procuramos lo suficiente para saber que estamos ahí para la otra pero respetamos el espacio de cada una.

Sentimos que nuestra plantita adoptó nuestra personalidad, pero aun así, pensamos que quizá a ambas nos faltaba un poco de amor hacia ella en respuesta de su tiempo con nosotras. Llegamos a la conclusión que quizá necesitaba una nueva y más grande maceta que pudiera hacerla crecer. La idea quedó en el aire pues luego pensamos que moverla podría entristecerla. Vivió con nosotras tres inviernos, al finalizar el ultimo, vimos atices de su bello color. El rojo aterciopelado comenzó a propagarse en las hojas más pequeñas como manchas de pintura y nos alegramos de ver que nuestra amiga continuaba a gusto con nosotras.

Volvimos a la idea de obsequiarle un nuevo recipiente. La pequeña estaba pintándose de nuevo y quizá pronto volvería a estar en su máximo esplendor. ¿En primavera? No lo sé, no sé de plantas, solo sé lo que vimos y la plantita estaba pintándose de nuevo.

Llevamos tierra nueva y piedritas para decorarla. La cambiamos animadas esperando hacerla feliz y dejamos a un lado el recipiente de plástico que la sostenía desde que llegó.

“Que bárbaras, ni una macetita le hemos podido comprar en todo este tiempo, ya va siendo hora” pensé por un momento.

Penosamente, una semana después sus hojas comenzaron a arrugarse y se perdió el nuevo tono.  El tallo se secó.

Cuando supimos qué paso, era tarde ya. La maceta que antes tenía la ayudaba a drenar el agua que no consumía y la nueva que escogimos no. No lo sabíamos. Una maceta es una maceta. La plantita necesitaba agua y se la dimos, emocionadas porque estaba al inicio de su mejor temporada, según nosotras, pero la ahogamos sin querer.

Me entristece pensar que vivió a nuestro lado tres inviernos. La conocimos en su rojo brillante, la acompañamos cuando no pudo pintar y nos alegramos cuando vimos que lo haría de nuevo. Mi compañera y yo entendemos que entre nosotras el espacio es suficiente, las palabras no son tan necesarias, pero pudimos ser diferentes con nuestra plantita. Era delicada, hermosa y de un brillante color que, me gusta pensar, guardó esperando sentirse completamente en casa.

Sandra Ramírez

Sueños perpetuos

No sé de dónde vienen mis ganas de viajar.

Conocer el mundo, visitar lugares, comunes y no tanto. Escoger un destino, buscar vuelos, revisar itinerarios, preparar la maleta y esperar el despegue.

Disfruto los viajes en carretera, escoger la música perfecta y dividirla en carpetas virtuales. Una por si quiero pensar y filosofar acerca de mi vida mientras conduzco, o sobre la existencia y los errores cometidos. Otra por si quiero imaginar mi propia película romántica, desde el inicio y hasta el momento en que aparecen los créditos porque lo que sigue es tan extraordinario que no puede plasmarse en la pantalla. Y una más por si quiero cantar a todo pulmón sí caminaría quinientas millas y otras quinientas más sólo para ser quien camine mil millas para estar a la puerta del amor de mi vida.

Me encantaría viajar en tren. Probablemente aplicaría también el playlist perfecto quitando la parte de cantar a todo pulmón, aunque debo decir que existe la tentación de hacerlo solo porque sí, ¿qué más da?

No conozco Cancún, jamás he ido a Las Vegas. Me encantaría conocer España, pero preferiría por mucho ir a Japón. Querétaro es uno de los lugares por ahora accesibles para mí. Está cerca y dentro de mi presupuesto. No tengo que cruzar fronteras internacionales ni mucho menos el mar (lo cual no es queja, me encantaría también), pero por alguna razón, a pesar de eso y mis ganas por conocerlo, no he ido.

Hay prioridades dentro de mi lista de destinos, que cada vez crece más, pero es verdad que quisiera volver a algunos lugares ya visitados, por dos razones principales, una: creo que lo disfrutaría aún más. Reviviría momentos, crearía nuevos, actualizaría otros. Viviría una nueva aventura en un lugar conocido. Puedo comer en ese lugar delicioso una vez más o visitar algunos que no tuve tiempo la vez anterior.

La segunda es que creo que dependiendo de mi edad y la situación emocional en la que esté, las enseñanzas podrían ser diferentes.

Ahora que estoy rota, ¿qué puede enseñarme ese lugar al que viajé estando feliz? Ahora que estoy feliz, ¿qué me enseñarán esos paisajes que me levantaron en mi tristeza?.

Si algo bueno te pasa, viaja para celebrar, si algo malo de pasa, viaja para olvidar, si nada te pasa, viaja para que algo pase.

Esta es una filosofía que me encanta y por la cual he recibido comentarios como “no estás conforme con lo que tienes, por eso te gusta salir de tu ciudad”, “estás huyendo de algo, por eso no te gusta estar aquí”, o la que más me ha sorprendido “tienes problemas de estabilidad, por eso no te estas quieta”

Sin tomar en cuenta la mala intención en esos comentarios, puedo ver que es verdad: no estoy conforme con quedarme con las ganas de salir de mi ciudad, también huyo de cosas tóxicas. Y ¡no!, no me gusta estar quieta.

Me encanta la sensación de explorar un lugar desconocido, me fascina la emoción que provoca saber que llegaste de nuevo más allá de tus fronteras. No es mi sueño literal conocer todo el mundo. Tampoco quiero desterrar mis raíces para ir a plantarlas en otro lugar.

Dicen que deja de ser un sueño cuando lo conviertes en realidad, pero el mío es seguir comprobando que puedes vivirlos realmente. Seguir viajando, revitalizar mi vida en cada aventura. Aprender y vivir. Mi sueño es, simplemente, seguir soñando.

 

Sandra Ramírez

Líneas delgadas

He aprendido con el tiempo que nuestro inconsciente va creando una lista de situaciones que no queremos vivir más, momentos que quisiéramos repetir o acciones que queremos mantener. De ahí nacen nuevas ilusiones, sueños o metas. Creo que es natural y válido para cada persona en su propia y única manera.

Esa lista aumenta o se define dependiendo de las experiencias y, al llegar a un punto en el que sabes qué quieres exactamente y buscarlo, te embarca de nuevo.

Has tropezado, has fracasado y eso te enseña y abre los ojos. Piensas, cambias, reaccionas y te pones la camiseta de ese sueño que quieres perseguir y lo haces con tantas ganas, tanto furor, que recargas energía de no sé dónde pero vas. Te levantas y lo encuentras. ¡Qué felicidad!

Es un proceso individual y no es necesario compartir cada paso con el resto de la gente. Y sé que no es obligación de los demás reconocer tu esfuerzo. Lo tengo claro, no es su obligación. Pero he vivido el narcisismo que nace en el pensamiento de la gente y te dice que te estás equivocando. Esa acción egoísta de dar su opinión de manera arbitraria.

Las personas cercanas a ti, darán su opinión, esa es otra acción natural. Quieres a alguien, y, tal vez no a detalle, pero sabes de sus bajones y tropiezos y apenas la ves en algo similar, tu reacción inmediata es levantar la mano y decirlo “hey, te estas equivocando”, “hey, recuerda lo que te pasó” o por lo menos sientes la tentación de hacerlo pues no quieres que vaya y repita el patrón.

Es humano.

Por otro lado, a veces caemos en una ceguera y necesitamos la sacudida. Agradezco a cada persona que ha estado ahí para hacerlo y me ha detenido de realizar acciones o tener pensamientos que, estando vulnerable, bien pudieran haberme hecho caer en algún lugar indeseable. Es parte de las amistades, de las relaciones, de la familia. Es parte de nuestra vida social.

Lo que hoy me duele es ver a una persona, que ha compartido conmigo esas partes bajas de la vida, de pronto con la camiseta de su sueño puesta un momento y ver la negatividad que le llega por todos lados.

Esa línea delgada que separa la preocupación de un ser querido y la negatividad; la línea fina entre aconsejar y juzgar; apoyar y advertir que lo volverá hacer y amenazar con que no estará presente si lo hace. Creo que esa frase siempre está de más. ¿Para qué amenazar? Lastima. No da crédito al proceso previamente vivido por la persona para llegar al punto de decir “¡Va! Esto es lo que quiero”

¿Cómo saber si esa persona está cayendo en lo mismo que la llevará a fallar de nuevo o si es que ha llegado a ese punto en el que ya definió qué quiere y qué no?

No lo sabemos, entonces, ¿por qué imponer?

El apoyo ciego no es bueno, al contrario, a veces daña. Pero creo que por momentos se nos olvida el alcance que tenemos y lo que puede provocar nuestras palabras.

 

Sandra Ramírez

Amigos zodiacales

En algún momento de mi vida alguien me dijo que los signos zodiacales tienen una base real.

Que se vean extrapolados por creencias en el universo, alineaciones planetarias o energías, es diferente. Desconozco cuál sea la base y no soy conocedora de temas esotéricos. Tampoco baso mi vida en lo que mi horóscopo dice que sucederá, ni creo en el número de la suerte que acompaña cada predicción. Mi postura al respecto se debe a que con el tiempo me di cuenta de la similitud entre las personas de mis círculos sociales. Reconociendo su individualidad, hay algo en sus personalidades que es muy parecido y de alguna manera hace click con la mía.

No me atrevería a decir que entre ellos, todos se llevarían bien, pues sería otra mezcla de personalidades. Volviendo al origen de mi curiosidad, cuando ese alguien me dijo que los signos son y no son compatibles, hice mi repaso mental de todas las personas que permanecen en mi vida, repasé sus fechas de nacimiento y ¡vaya!… entonces supe que es real.

Una de mis amigas más cercanas gusta también de relacionar personalidades por el zodiaco. Pasamos ratos conversando y descubriendo coincidencias con lo que ha salido bien y mal en las relaciones que ambas hemos tenido. Mero juego, lo que asusta –o divierte– es que la descripción que dan los signos es casi exacta. Somos amigas cercanas desde hace años, y compatibles según el zodiaco. Nuestra amistad continúa a pesar de no estar en comunicación diaria. No hace falta mencionar lo que dicen nuestros signos al respecto, pero si he de hacerlo, dicen que nuestros signos no dejarán la amistad atrás, aunque haya largos periodos de tiempo sin contactarnos.

Es cierto que cada persona desarrolla un perfil que muta según sus vivencias. Que influye su edad, género, tiempos, gustos y un montón de cosas. Es demasiado complejo analizar el mundo de las personalidades y no cuento con grandes conocimientos en la materia, pero en mi experiencia puedo resumir que sí, sí hay muchas coincidencias con esas descripciones astrales.

Sobre relaciones amorosas, mi signo dice que tengo una alta afinidad con signos de Tierra y que, en cambio, con los de Agua implicaría demasiado esfuerzo de ambas partes. La relación más duradera que he tenido fue con un Tierra, con el que la dinámica fluía al cien por ciento. Terminó, es verdad. Influyeron al final también una mezcla de cosas: la edad que teníamos, nuestros pasatiempos más importantes dejaron de coincidir y nuestros caminos ya no iban a donde mismo.

Continúo con el repaso mental sobre aquellas amistades o relaciones que ya no existen más y encuentro que estaba previsto que no durarían mucho.

Lo que no me había tocado vivir era tener un amigo cercano regido por mi signo. Aunque lo conozco desde hace años, nunca había tenido la oportunidad de convivir con él como lo hago ahora. Es chistoso darnos cuenta que cuando conversamos de cómo nos va en el día parece que, en cierto nivel, vivimos lo mismo. Mientras él discute sobre no hacer un trabajo que no le corresponde, a mí quieren enviarme de viaje a atender una junta de un cliente que no es mío. Vivimos las mismas emociones, tenemos casi los mismos pensamientos y nuestras reacciones son muy parecidas. Cuando comenzamos a convivir y hablar más de los cinco minutos que nos permitía la escuela, nos preguntamos nuestro signo y ¡vaya sorpresa! Estamos regidos por el mismo.

Fue emocionante para mí descubrir que alguien entiende la importancia que tiene para mí viajar a otro continente y tomar un café. Me atrevo a decir que es la misma sensación que él siente cuando viaja kilómetros para asistir al único concierto por el que movería fronteras.

Aun siendo acciones y significados diferentes, entendemos las emociones que nos provoca cumplir esos sueños. Nuestro signo así es.

Sé que hay personas que pudieran darme una cátedra respecto a los comportamientos y decirme de donde provienen las bases o las combinaciones ideales. Me parece que es interesante conocer gente experta en temas en los que no estoy muy familiarizada, para mí es uno de los saborizantes de la  vida. No me considero una persona que se deje llevar por el esoterismo, pero ¿cómo omitir tantas similitudes? Tal vez, sólo a veces lo soy. Es interesante convivir con varias personas del mismo signo y notar las variantes de vida que los hacen diferentes.

Sandra Ramírez

Compañeros inesperados

Hace unos días, llegué a casa con un amigo. Mientras él estacionaba su auto, escuché el inconfundible aviso del vendedor de elotes que andaba rondando las calles. Entré a casa a saludar a mamá, dejé mis cosas y salí de nuevo. Mi amigo esperaba afuera y entendió mis intenciones al verme con el monedero en las manos.

En el tiempo que yo entré a casa y mi amigo se estacionó, el señor había avanzado su ruta. Caminamos en su búsqueda y llegamos a una calle de la colonia que normalmente no transito, ni siquiera en auto. Vimos el carrito al final de la cuadra y nos apresuramos a alcanzarlo. Luego de cumplir nuestro cometido, paramos en –literalmente– la tienda de la esquina.

Al entrar escuché a una señora hablando con la dependiente. Hablaban sobre una bolsa de arroz, no le di importancia. Mi amigo se formó detrás de ella luego de tomar un bote de agua y un par de chicles. Tuve oportunidad de ver quién era el cliente. Una señora mayor, bajita, cabello corto debajo de un gorrito viejo y con un inconfundible suéter de abuelita que, por su desgaste, quizá ha tenido durante años. “Ande, llévese el arroz, no se preocupe, Doña Petrita”, dijo la dependiente. La señora agradeció murmurando bendiciones y nos dio paso para pagar lo nuestro.

Salimos de la tienda y la señora aún estaba organizando sus cosas en la bolsa de plástico que le dio la dependiente. Continuaba diciendo cosas a las que no encontré sentido, pero que seguramente la dueña de la tienda sí. Nos detuvimos fuera de la tienda para guardar el cambio y tomar un poco de agua y la vimos caminar con dificultad. En una mano colgaba la bolsa de sus compras y sostenía un bastón, con la otra se agarraba de donde podía para continuar su camino. Había un par de escalones afuera de la tienda y cuando logró llegar a ellos, mi amigo extendió el brazo “Señora, le ayudo, deme la mano”

Ella volteo a verlo a la cara y se le dibujó una sonrisa de sorpresa. “Ay, mijo, gracias”, dijo con dulzura. Extendió la mano en respuesta y luego se giró a verme a mí. Sus ojos se humedecieron en un instante, y sonrió de nuevo. “Qué esperanzas que mi viejo me hubiera ayudado a bajar”. Su voz se quebró pero no reparó en ello. Nos contó que un día él fue a trabajar a la fábrica, se sentó y “ahí quedó”. Dijo que no volvió a verlo sino “hasta que estaba en la caja”. Inmediatamente después, su voz cambió y nos contó que de verdad era un canijo, que hasta tenía otra mujer. De nuevo su voz se quebró y confesó que lo extrañaba muchísimo.

“¿Va para su casa?”, le preguntó mi amigo, “¿Dónde es?”. Ella contestó que sí y alzó la barbilla en dirección a su casa. Sin ninguna pena ni reserva me tomó del brazo para apoyarse y caminar a mi lado. Continuó contándonos lo canijo que era su viejito mientras nos dirigía a su hogar. La plática de pronto se giró en torno a su única hija, que vive en una casota y que su yerno trabaja en otra fábrica cercana, pero que él nunca la va a visitar. “¿Cómo no le dice mija que venga a verme?, de perdido una vuelta. Pero no vienen, y quiere que me vaya pa’llá con ella. No, yo no me muevo. Aquí tengo mi casa, ni lo que me costó”, dijo con un tono de lamento y me recordó a una niña pequeña.

Caminamos a paso lento, la señora nos contó una serie de cosas que había vivido, hablaba de sus queridos santitos y cómo le hablaban o se le aparecían. Ella habló todo el tiempo. Parecía querer platicarlo todo antes de llegar a casa. Cambiaba de tema con la misma facilidad en que, supongo, llegaban los pensamientos a su mente.

La señora me sujetaba fuerte, mi amigo caminaba y la veía la mayor parte del tiempo y ella lo miraba, parecía agradecerle con sus gestos. Cuando llegamos a su casa, nos miró de nuevo con agradecimiento. “Mijo, muchas gracias”, dijo su voz quebradiza y mi amigo le entregó la bolsa de sus compras. Me vio a mí después y sonrió. Sentí algo bonito. Lo que para nosotros fue ayudarla a bajar los escalones, se convirtió de pronto en un andar camino a casa.

La necesidad de ser y saberse escuchado, la tenemos todos. Los niños platican y platican sus aventuras e ideas que para ellos son un descubrimiento que necesitan transmitir. Con las personas mayores es algo similar. Experiencias y sentimientos que tal vez se quedan varados por no tener con quién compartirlos. Quizá se nos olvida un poquito, pero cada uno tenemos algo que decir y algo que necesitamos soltar.

Sandra Ramírez

Libre empatía

Creo que es imposible ser completamente empáticos, conscientes y tolerantes, porque también el amor propio existe. Creo que el equilibrio entre ambos es parte de la belleza que nos forma como seres humanos.

Ser empáticos es un sentimiento que nos nace, pero también es una decisión.

Ver a través de los ojos de la otra persona no significa alejarnos de nuestra esencia. Somos individuos con una manera de pensar, una historia escrita tras nosotros, vínculos que nos forman y cicatrices que nos recuerdan dónde hemos estado. Elegimos ser empáticos de acuerdo a eso.

Mantener nuestra postura y al mismo tiempo ser abiertos al sentimiento y opinión de los demás también es parte de nuestra definición y calidad humana.

En nuestro andar y convivencia con el resto del mundo, seguramente hemos pensado que el otro está feliz mientras nosotros estamos decaídos. Por añoranza. Deseamos estar felices “como él”. Felices “como ella”.

Es más común compararnos con el resto cuando nuestra vida va mal. ¿Qué pasaría si cuando es a la inversa, abrimos un poco más los ojos y nos volvemos empáticos aunque no sea exactamente algo que hayamos vivido?

Las actitudes disfrazan sentimientos, no todos malos, pero tampoco todos buenos. No podríamos pensar por todo el mundo y olvidarnos de nosotros mismos. Es solamente tener un espacio especial en nuestra mente para darnos cuenta que el resto también sufre.

¿Cuántas veces hemos cerrado la boca y empujado un sentimiento hasta las entrañas para no dejarlo salir? Por temor, por dolor, por vergüenza u orgullo.

¿Hemos pensado que no somos los únicos?

La gente se rinde todos los días. La gente sana todos los días. La misma que se guarda sentimientos es la misma que los hace explotar en otro momento.

Jamás quedarán en las entrañas. Salen con palabras en tonos agresivos,  con llanto, con violencia y si no es así, la opción del cuerpo es quejarse dejando entrar alguna enfermedad.

Disfrutar la felicidad que sentimos no es un placer culposo. Es algo que deberíamos disfrutar al cien. Alargarlo, compartirlo, atesorarlo. Y ese es el motivo por el que viendo la tormenta caer sobre alguien, pudiéramos ponernos mentalmente en su lugar y pensar en el sentir del otro. Porque hemos estado ahí, en una situación indeseable y sabemos qué tan miserable te puedes sentir cuando no deja de llover sobre ti.

Nuestro impulso natural es pensar en lo que el otro hizo mal. Juzgar de acuerdo a nuestra opinión fría, sin antecedentes en el caso, pero especialista en lo propio.

La belleza de ser humano es la decisión. Nuestros valores pueden jugar un rol más importante.

Podemos ser empáticos sin dejar a un lado nuestra felicidad, nuestra opinión o nuestras enseñanzas. Darnos cuenta que no todos vivimos lo mismo, cada quien es fuerte en su propia medida, pero no tenemos la misma fortaleza, a veces necesitamos que alguien nos la comparta.

Sandra Ramírez

Pequeños regalos

El invierno tiene un aroma en particular, no sé qué es.

—Son los microbios en el ambiente que se perciben más por la temporada –dijo un amigo.

No le hice caso.

Sí, soy una romántica del invierno y, de paso, de la Navidad.

Es una escenografía que toma forma poco a poco, con el pasar de los días y con la disminución de la temperatura en el termómetro. El invierno es la recta final del año que se llena de posadas, intercambios, cenas y nuevos –o viejos– propósitos.

Dicen que la Navidad es también un tiempo para compartir y reflexionar nuestras acciones; una época de dar amor y perdón. Pasar las fiestas con los tuyos y disfrutar. No diré que no lo es, tampoco que lo sea por completo. ¡Pero siempre hay regalos por doquier!

Recuerdo uno en particular. Cuando era niña soñaba con ser una defensora de la justicia y pilotear un enorme robot en forma de animal prehistórico. Deseaba un aparato increíble que fuera capaz de cambiar mi vestimenta por un traje unicolor y protegiera mi identidad con un casco resistente. Como niña lista, dejé mi carta secreta a Santa Clós en el pino de Navidad de mi abuela. La oficial la dejé en mi casa. El señor del traje rojo era capaz de obtener cualquier cosa para regalarle a un niño si había sido bueno durante todo el año. Yo lo fui, por lo que me tomé la libertad de pedirle ese regalo especial en una carta adicional.

En Navidad, acostumbramos ir a casa de las abuelitas a dar el abrazo correspondiente. La mañana del 25 salimos hacía allá, luego de abrir los regalos bajo nuestro árbol. Cuando por fin llegamos, saludé a los presentes y aproveché que todos estaban ocupados dándose abrazos y felicitaciones, para ir al árbol y que nadie supiera mi secreto.

¡Ahí descubrí una pequeña caja con mi nombre!

La tomé emocionada y fui a la habitación de mi tía. Era un momento privado.

Abrí ansiosa el regalo y descubrí el pequeño artefacto. Aspiré de emoción.

Tomé en mis manos el obsequio. Negro y plateado. Con una moneda dorada al centro y un tigre dientes de sable grabado en ella. Sentí mi sonrisa dibujarse. Omití que lucía muy diferente a lo que había visto en la televisión. Era de plástico y tenía una pequeña correa para usarlo como hebilla de cinturón pero… ¡Era mi Morpher!

Santa sí había llegado a ambas casas y leyó mi carta. Fui buena ese año y él lo supo.

Hay una pequeña parte dentro de mí que sigue siendo esa niña. La que me recuerda la existencia de esa felicidad incontrolable que sentía desbordarse de mi cuando salí de la habitación.

Mi familia continuaba en la euforia navideña. Tíos y abuelos preguntaban por los niños y sus regalos, pero el mío se mantendría en secreto.

Mi faceta como defensora de la justicia comenzaría ese invierno.

Sandra Ramírez

Vínculos verbales

Cierto es que convivir un tiempo prolongado con una persona provoca que parte de su vocabulario se adhiera al tuyo. Frases, palabras, modos, incluso gestos. Es inevitable.

A pesar de ya no ser unos niños con la capacidad de absorción al cien por ciento, seguimos siendo una esponja que se impregna de cuanto puede (y cuando quiere, si es algo consciente). De pronto te ves expresando una idea con las mismas palabras que usa otra persona y en ocasiones podemos identificar de dónde (o de quién) provienen, pero en otras no. El resto de la gente a nuestro alrededor se encarga de enterarnos.

Esas palabras brincan de persona a persona y se quedan en algunas. No se convierten en algo único, pero sí en algo que puede caracterizar al individuo. A mí me gusta pensar que hay palabras y frases especiales; aquellas dentro de una amistad, por ejemplo, que sólo en ella pueden entenderse. Los integrantes les dan el significado, aunque éste no sea el más profundo en ellos.

Las palabras se convierten en un vínculo difícil de romper.

Una buena parte de mi vida la compartí con mi mejor amigo. Convivimos muchos años en los que se forjaron vínculos verbales que se transformaron con el tiempo. Algunos desaparecieron, otros permanecieron intactos. Nuestras palabras de despedida eran mi pregunta y su respuesta. Me es imposible no pensar en él cuando por algún motivo formulo la pregunta en otro contexto; la pregunta es simple, común, carente de significado para el resto del mundo pero llena de significado para nosotros dos.

Tengo la dicha de contar con amistades que permanecen. Con las que he formado esos lazos particulares. Creo que a todos nos pasa, todos tenemos esa complicidad, muchas veces inentendible para los demás.

Aunque las personas ya no estén, si los vínculos fueron fuertes, ahí quedarán. Se forman de la nada, se crean sin planearlo, sólo pasa.

Como mi inercia que reacciona al escuchar la simple muletilla “¿Qué te iba a decir?” e intento responder “que me amas”. Hoy es inevitable no recordar a quién pertenece ese lazo. La inercia es traicionera, y los vínculos son fuertes.

Sandra Ramírez