Nenitas

Nenitas

Yo no quería ser una niña, yo quería ser un pescador

Nenitas Sylvia Aguilar Zéleny Nitropress, 2013
Nenitas
Sylvia Aguilar Zéleny
Nitropress, 2013

1.- ¿Qué es una sutura?

La Real Academia Española la define como la costura con que se reúnen los labios de una herida. En el caso de las dieciséis protagonistas de Nenitas, las heridas que las aquejan pueden ser visibles o invisibles. Las manifiestas son tan concretas como la muerte, la violencia, la enfermedad o el duelo. Las subrepticias son oblicuas: un ligero síntoma, una secuela, un hábito, una manera de narrarse a sí misma.

Los cuentos de Sylvia Aguilar Zéleny son la clase de costura que zurce los bordes ficcionales de personajes que han sido rotos por sí mismos o por los otros, pero que al mismo tiempo tienen la capacidad de diseccionar las propias fracturas para poder llevar a cabo una reconstrucción de los hechos. Las Nenitas de Aguilar Zéleny reúnen sus jirones y los remiendan, en tanto les sea posible dadas sus circunstancias, a través de procesos como el autoescrutinio, la memoria/registro y la catarsis, aunque no siempre sean los más políticamente correctos.

2.- Somos una familia de monosílabos

A veces, para poder confeccionarse a sí mismas, las Nenitas rasgan, quiebran o trastocan su entorno. Las hay que hurtan la inminencia al llevar un registro fotográfico de la colección de ausencias que supone un nomadismo ínsito. Las hay que, usando un patio de recreos como tribunal, ejercen justicia con una lonchera de la Barbie en la mano. Hay, por una parte, las que agazapadas en el rincón de sus ocho años bregan en el bullicio de una fiesta familiar mientras juzgan a sus padres y avizoran el disfuncional futuro que les depara, y por otra, las que deben engullir enormes platos de infinita comida que parece multiplicarse a medida que las cucharadas avanzan hacia el paladar -ambas con las ochenteras pistas musicales de Marisela o Lupita D’Alessio como música de fondo-. Están también las que desearían haber sido tragadas por el mar y las que sólo se encuentran a sí mismas en el oscuro y secreto deseo de lanzarse desde el trampolín de una alberca. También (des/re)aparecen las que han sido fragmentadas por un padre enfermo o una madre muerta, es decir, las que han convertido cuartos de hospital en campos de batalla, las que han erigido en los objetos cotidianos un memorial para enumeración de lo perdido. Las hay que sus nombres y sus vidas comienzan exactamente con la misma letra y, quizá precisamente por ello, están signadas a llevar una doble vida paralela. Las hay que suelen dormir en los sitios más insospechados como si el lugar del sueño y el lugar de la huida fueran una y la misma cosa.

3.- Me gusta cómo la cámara atrapa un momento justo antes de que desaparezca

Esto es ficción. Los nombres, personajes, lugares e incidentes son productos de la imaginación del autor dice, en el cuento El día que murió papá, Sylvia-Cynthia, quien es protagonista, al tiempo que narradora y versión ficcionalizada de sí misma. En Nenitas, libro que en 2012 recibió del Instituto Sudcaliforniano de Cultura el Premio Regional de Cuento Ciudad de La Paz, Sylvia Aguilar Zéleny explora los vasos comunicantes entre la infancia, adolescencia a incluso la vida adulta de mujeres con historias cotidianas que las colocan en situaciones límites. Lo hace con un lenguaje que en ocasiones se cuestiona a sí mismo: También sé que debo decidir si voy a usar una “p” o una “P” cada vez que lo menciono. Las letras, también, se resisten. Un lenguaje que, por momentos, se aproxima a lo confesional, a lo episódico y, de igual manera, se permite jugar con el elemento gráfico del texto: la versión del diario íntimo, la secuencia del reporte y la redacción telegráfica, la yuxtaposición de distintas tipografías que convergen en la misma caja.

Una película corre en mi mente. Estoy ahí, tengo ¿diez, once años? Todas las nenitas de Aguilar Zéleny parecen haber extraviado algo que tuvieron o que pudieron haber tenido. Esa película que corre es la evidencia de lo que se les ha ido. Esa película es lo que Sylvia nos revela en su escritura.

Por Sara Uribe

Cuando hallen las sombras

Cuando hallen las sombras

O como todo rostro es uno mismo. Aunque esté narrado en tercera persona.

 

cuando hallen las sombras
Cuando hallen las sombras, Surplus Ediciones, 2012

Únicamente donde haya palabra habrá mundo y solamente donde haya mundo hay historia, afirma Heidegger, Nuestras bocas están llenas de palabras de otros dice una de las voces, uno de los hilos diegéticos que tejen esta historia que no es unívoca ni lineal, sino más bien una yuxtaposición de historias y tipografías heteróclitas, un polifónico entrecruzamiento de tránsitos y territorios, una exploración por las múltiples maneras de habitar.

  1. Un paréntesis dentro de otro paréntesis, un guiño que se cuela en el hablar.

Cada lluvia es todas las lluvias anteriores y pienso que somos la corteza de un árbol, esperando siempre la primera lluvia para reverdecer. Con un flujo acompasado, como el de una lluvia que no amaina o la corriente continua de un chorro de agua que encuentra cauce entre nuestras manos mientras lavamos los platos en el espacio doméstico, la narrativa de Tania Barberán nos conduce por intersticios urbanos y temporales que van del presente al pasado como quien tuviera la facultad de poder recordar el futuro: por estaciones del metro y de café en café, por carreteras y aeropuertos, por puentes y abismos,  por mitos y sueños, por fragmentos de conversaciones antiguas y de epístolas que esperan ser leídas, por comunidades y escrituras, por cuentas regresivas y hacia las señales de un fin del mundo que no es sino el atisbo de un posible principio.

Como si al quitar la cáscara a una naranja descubriésemos otra naranja adentro. O como si las sombras proyectaran a su vez una suerte de eco o réplica de sí mismas. Las historias y los personajes que se intersectan discursivamente van abriendo resquicios que conectan con otras geografías y devenires, entretejiendo un entramado de lugares y temporalidades, de contextos y enclaves que se ramifican como sucesos diacrónicos y simultáneos.

Una mujer hace llamadas telefónicas al vacío. Otra es amada sin saberlo. Un hombre se ve impelido a elegir entre su vida y una de sus extremidades. Otro quiere cambiar el mundo y esgrime para ello principios incuestionables. Una mujer habla del monstruo que lleva dentro, de su dolor y de la certeza de que morirá sola. Otra,  postrada en una silla de ruedas, espera una indemnización que demora en llegar. Un hombre utiliza una liana para cruzar los precipicios. Otro coloca un mapa de Vietnam en la pared de su cuarto. Una mujer configura un nuevo sistema de símbolos. Otra confía en el poder curativo de las palabras. Un hombre y una mujer beben café una y otra vez como si fuesen una ejemplificación del eterno retorno. Otra mujer y otro hombre trazan complicidades y coincidencias a la distancia. Un hombre dialoga con las sombras. Otro busca una parte de sí aún que le pertenece y le dará la paz. Una mujer deshabita sus sombras. Otra es sombra esquiva que no halla sitio donde posarse.

Un hombre llamado Nadie viaja por sus recuerdos montado en una bicicleta fija que va hacia atrás en lugar de ir hacia adelante. Lo acompaña Persio, su perro y testigo. ¿Es su viaje un periplo? Nadie deambula por la ciudad de México, por su propia vida y por las vidas de todos esos otros que le son significativos. Todo esto mientras como música de fondo uno puede escuchar a Patti Smith, Lou Reed, Tom Waits, Bob Dylan y a los Beatles. Todo esto mientras vamos de un registro a otro, de una voz a otra sin mediar más que por el cambio de luces tipográfico. Impulsados por un anhelo de captura de lo cotidiano, de lo ajeno y lo propio. Un cuaderno de viajes y ventanas, de perímetros y fracturas, de abordajes y trasbordos. Un registro exhaustivo de conexiones improbables.

II. ¿Qué es habitar?

Pienso en una cartografía de ciudades, cuerpos y memoria. En el imperativo de inventar o de apropiarse de un lenguaje. En la premura por residir o anidar en un territorio, por recorrerlo, por reconocerlo en sus marcas y señales. Las fotografías que Tania usa como antesala o epígrafe en cada uno de los capítulos de este libro remiten a la necesidad literal de reescribir nuestros entornos, de reescribirnos a nosotros mismo en sus paredes, en sus calles, a través de palabras que den testimonio de un habitar que nos es común. A quién pertenecen las historias detrás de cada muro donde alguien ha escrito una consigna, un verso, una invitación tan simple y al mismo tiempo tan provocadora como: Mirémonos; o una declaración de absoluta permanencia como: Este espacio queda. Cada una de estas frases son puentes que alguien tiende hasta nosotros. Grafías evanescentes que ponen de manifiesto el deseo de registro, la urgencia de miradas.

Cuando hallen las sombras es una ciudad y también muchas ciudades y el mapa de esas ciudades y cada uno de los hitos del tránsito por éstas. Somos nuestros espacio vital, un espacio que se extiende y abarca objetos y aconteceres cotidianos. Una suerte de ubicuidad en todo aquello que tocamos con el cuerpo o el lenguaje, con aquello que somos cuando somos un nosotros, con otros, en otros. Yo ya no soy yo, me interpela el mensaje escrito con aerosol. Habitar es construir. De eso habla esta novela, en ello nos implica.

Sara Uribe

@RaraUribe

Car-to-gra-fí-a

Car-to-gra-fí-a

Recorrer una ciudad para amarla.

Tal vez de eso podría tratarse todo.

Lo digo porque tu cuerpo es una ciudad.

Lo digo porque tu yo no físico es también una ciudad.

Lo digo porque los sueños a veces son ciudades

y uno sale del sueño como quien sale de una conversación

o de un cuerpo

y no puede volver a casa

porque la casa es entonces el sueño

y la ciudad un cuerpo.

Lo digo porque a veces tus palabras

andenes / plazas / puentes

hoteles donde pasamos la noche y despertamos

en otras ciudades

en otros cuerpos.

Lo digo porque somos estos cuerpos

que son esos otros que somos.

Lo digo porque a veces

toda ciudad y todo sueño.

Lo digo porque quiero recorrer todos los sitios

donde alguna vez

alguien cruzó una calle o miró un semáforo

y se detuvo un instante.

Lo digo porque quiero trazar algunos mapas

y decir: en esta esquina, a la derecha

y saber que ahí está algo del presente

que construimos.

Lo digo porque tengo recuerdos

que son sueños y ciudades

y fotografías de cosas que nunca ocurrieron

pero sí. Como si el futuro fuera una ciudad

invisible que invocamos al tocarnos.

Lo digo como si el futuro fuera una ciudad

que se recorre si proferimos las palabras indicadas.

Tal vez de eso podría tratarse todo.

Invocar sueños o ciudades

para amarlas en futuros invisibles.

Para deletrearlas como quien avanza por calles

y avenidas.

Como quien frente al tráfico hace un alto

y decide tomar una ruta alterna.

Y la ruta alterna es un siempre recorrer más.

Registro #2

Hablábamos de cosas que caen

de cosas que al caer se precipitan hacia el lenguaje.

Hablábamos de piedras angulares

y otros asuntos de la pertenencia.

El verbo edificar.

El verbo rebobinar.

Hablábamos de los registros simultáneos.

De nuestra escritura entre todas las otras escrituras.

De entre todos nuestros cuerpos

hablábamos del que duerme del lado derecho de la cama.

De las constelaciones que tu mano dibujó

sobre mi espalda.

De asteroides y no besos

y del macho cabrío de Goya.

Hablábamos, sin duda

del polvo y las yeguas

que sucumben a los incendios.

De habitar tu risa hablábamos

como una casa o como una isla.

Hablábamos de fundar un reino

para producir el presente

de este hilo narrativo.

Hablábamos en femenino y en masculino.

Los cuatro hablábamos sin saber

qué decía quién.

Ordenanza

Lenguaje es cuerpo [inserte aquí la imagen del envío]

[inserte aquí no la imagen, el cuerpo]

[inserte no el cuerpo: las palabras que describen la imagen]

[inserte las palabras que son también cuerpo]

[inserte el cuerpo o la imagen del cuerpo]

[inserte lo que el cuerpo le dice a través de la imagen que lo representa]

[inserte aquí la representación del cuerpo]

[inserte sin palabras y sin lenguaje al cuerpo]

[inserte aquí la advocación, la invocación, el exvoto]

[inserte aquí no el cuerpo: inserte aquí el cuerpo].

Por Sara Uribe

@RaraUribe

(Querétaro, Qro., 1978). Poeta. Desde 1996 radica en Tamaulipas. Licenciada en Filosofía. Premio Regional de Poesía Carmen Alardín 2004, Premio Nacional de Poesía Tijuana 2005 y Premio Nacional de Poesía Clemente López Trujillo 2005. Becaria del FONCA, 2006-2007 y del PECDA, 2010 y 2013. Ha publicado: Lo que no imaginas (CONARTE, 2005); Palabras más palabras menos (IMAC, 2006); Nunca quise detener el tiempo (ITCA, 2008); Goliat (Letras de pasto verde, 2009); Magnitud –en coautoría con Marco Antonio Huerta– (Gusanos de la nada, 2012); Antígona González (Sur+, 2012) y Siam (FETA, 2012). Poemas suyos han aparecido en publicaciones periódicas y antologías de México, Perú, España, Canadá y Estados Unidos.