No más príncipes

Ana Luisa desvariaba por encontrar a su príncipe, emocionada, describía al hombre que importunaba sus sueños. ¡Por el afán de encontrarlo se había dado cada costalazo! Sus ilusiones se derrumbaban cuando, después de un tiempo, se dada cuenta de cuán lejos estaban de ser los héroes que ella creía.

En la madurez, Ana Luisa entendió por fin que los príncipes no existían. Decidió clausurar su corazón y se dedicó a luchar contra otro gigante: el aislamiento. Navegaba en él con desesperación, tratando de llenar cualquier recoveco con actividades que alegraran su vida.

Era obstinada y todo lo que se proponía lo lograba. Estaba conociéndose, aprendiendo a vivir con ella y ser su amiga. Ya lo había decidido: era mejor estar sola. Lo declaraba ante el espejo en voz alta y sonreía.

Una mañana cuando se dirigía al trabajo, su coche se apagó en pleno tráfico. Nadie se acomedía para ayudarla; al contrario, se les veía la cara de molestia y tocaban el claxon desesperados. Empezaba a ponerse nerviosa. Cuando marcaba en el celular para que vinieran en su ayuda, un hombre maduro se paró al lado de la ventana y, con voz grave, ordenó:

—Póngalo en neutral y yo la pucho.

Como autómata obedeció. Agarró su bolsa y cerró el carro. Se disponía a agradecerle al hombre su ayuda, cuando él le ganó y dijo con firmeza.

—Vamos, yo la llevo a donde vaya— y la tomó del brazo.

Ella pensó en negarse, pero entonces, como una nube, le llegó el recuerdo de sus cuentos de niña. Con disimulo observó la cara del hombre y supo dónde había visto ese rostro.

Magnolia De la Rosa Govea
@MAGNOLADELARG

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La abue

Después de inmovilizar la pierna y cadera de Marina, el Dr. Manriquez dejó la habitación junto con los hijos de su paciente para darles las instrucciones que deberían seguir en casa. Cada hijo pidió a los propios que se quedaran cuidando a su “abue”, en lo que volvían, por si necesitaba algo.

—¿Te duele? —preguntó el menor de los nietos, mientras tocaba con curiosidad la pierna.

—Ya no —respondió tranquila.

—¿Y si toco más fuerte? ¿Así?

—Tampoco.

—Debes ser muy valiente, porque en navidad le hice lo mismo a mi papá y lloró como yo cuando me pegaron por hacerle eso.

—Bueno, no tanto —dijo— pero… ¿quieren saber cómo me hice esto? —les preguntó en tono misterioso.

—¡¡¡Sí!!! —contestaron en coro.

—Bien, todo empezó cuando yo tenía casi la edad de ustedes y quise bajar a un gato que estaba atrapado en lo alto de un poste, así que intenté subir primero por el árbol que estaba junto y después…

—¿Qué tiene que ver un gato y tú cuando eras niña, con lo que pasó ahorita? —interrumpió impaciente otro de los nietos.

—Es que fue cuando me di cuenta que podía hacer cosas que otros no.

—Los bomberos bajan gatos —añadió otro nieto—, yo los he visto.

—¡Sí es cierto! —Intervino un chiquillo más—, una vez los vi rescatar a un caballo de una coladera ¡y era enorme! Tuvieron que romper con martillos el suelo para que saliera.

—A mí me dan miedo los caballos —dijo el quinto nieto—. Tienen ojos muy grandes.

—¡Mi mamá se ríe como uno! —gritó espontáneo el primero.

Y mientras todos reían, en su mente, la abuela Marina continuó la historia de la niña que rescató a un gato.

Era verano y hacía un tremendo calor. Marina regresaba a casa después de haber ayudado a una vecina a limpiar su patio. Venía de prisa porque no tardaría en meterse el sol y a su mamá no le gustaba que llegara tarde. En el camino escuchó los maullidos lastimeros de un gato.

Descubrió al felino trepado en un poste pero le llamó la atención que el gato era pequeño, de solo algunos meses.

—¿Cómo llegaste hasta allá, amiguito? —dijo en voz baja mientras se acercaba al puntal de madera; examinó el paisaje y no vio a nadie. El gatillo, al verla, arreció los maullidos —No te preocupes, yo te voy a rescatar —volvió a decir quedito pero determinante.

Miró un gran árbol, junto al poste, con suficientes ramas para llegar a poco más de medio metro del micho. Empezó a subir y a subir sin mirar hacia abajo y cuando logró llegar a lo más alto, extendió los brazos, llamándolo.

Una piedra le pasó junto a su cabeza e hizo que se tambaleara un segundo, pero con rapidez se sujetó de las ramas.

—¡La primera fue de aviso, si lo vuelves a intentar te doy en la cabezota! —dijo una voz de niño desde el suelo.

—¡Eres un niño gallina, Aldo, y no te tengo miedo! ¡Nadie le tiene miedo a las gallinas! —gritó y volvió a levantar los brazos, esta vez más alto.

La segunda piedra salió disparada de la resortera. Un gritillo rompió el silencio. La caída de la niña sucedió sin que nadie pudiera evitarlo. El culpable salió corriendo. No llegaron bomberos, ni curiosos.

Marina yacía tirada sobre su costado; de pronto, de entre sus manos se asomó una bola de pelos. En el último instante había logrado alcanzar al gatillo. Unos minutos después se acercó a la cara de Marina. Los lengüetazos hicieron que ella recobrara, poco a poco, el sentido hasta que pudo sentarse allí mismo. No había rastros de sangre ni de cometas marcados en su cara. Lentamente tomó a su bigotón amigo y lo acarició con cariño.

—Te dije que iba a rescatarte, amiguito. Aún no estoy segura cómo lo hice, pero una cosa sí sé: ese Aldo, será muy gallina pero buen tirador no es… bueno, estamos bien, que es lo importante.

Marina se dio cuenta de lo tarde que era y emprendió la carrera. Unas casas antes de llegar a la suya, se detuvo y miró al gato.

—Te llevaría conmigo pero a mi mamá no le gustan las mascotas; te voy a dejar aquí, con la señora de los gatos, ella te va a cuidar y estarás bien. Yo te veré por ahí de vez en cuando.

Le dio un beso en la cabeza, tocó la puerta y continuó su camino a toda prisa.

—¿Te sientes bien, abue? —preguntó de nuevo el nietecillo que tocaba insistentemente la pierna lastimada.

—Nunca me he sentido mejor.

—Es que llevas como cincuenta horas sin decir nada.

—¿En qué me quedé?

—En lo del gato; que estabas subiendo al poste para rescatar al gato.

—¿Gato, qué gato?

—¡Ay, abuelita, a ti ya se te va el avión!

En ese momento se abrió la puerta y entraron los hijos con el médico.

—¿Todo bien, mamá?

—Sí, hijo, todo bien, estos nietos que me hacen reír mucho.

—Bien, niños, despídanse de la abuela que nos vamos. Vendremos mañana a ver cómo sigues.

Cada uno de los nietos se despidió con ternura de su abuela. Una vez solos, el doctor miró inquisitivamente  a su paciente.

—No les habrás contado cómo fue que te lastimaste, ¿o sí?

—Estoy vieja, no idiota, Aldo, aunque por un momento estuve tentada. Los niños necesitan más héroes conocidos y menos alcohólicos anónimos ¿no crees?

—Si tú lo dices, vieja decrépita.

—Lo digo y lo sostengo, niño gallina. ¿Quién iba a decir que tú serías quien guardaría mejor mi secreto?

—Ya lo ves, no seré bueno para disparar, pero sí para guardar secretos. En cuanto al autobús que se quedó sin frenos, todos a bordo están bien y en las noticias sólo dicen que fuiste atropellada por un chofer irresponsable, y ahora te llaman ¡la abuela indestructible!

—La abuela indestructible, ¡tu abuela!

 

Jaime Fernández

@SastreValiente

Maravilla en llamas

El incendio no fue el verdadero problema, aunque ustedes digan que sí y que por eso estoy aquí. El verdadero problema, si me permiten contarles, es que yo, el día que nos casamos, escuché con atención la epístola de Melchor Ocampo, ¿la conocen? En especial aquello que dice: “Éste es el único medio moral de fundar la familia, de conservar la especie y de suplir las imperfecciones del individuo que no puede bastarse a sí mismo para llegar a la perfección del género humano”. ¿Ven? “Suplir las imperfecciones del individuo para llegar a la perfección”, digo, ¿qué le costaba? Ah, no, pero en lugar de eso, vivimos bajo otras normas y sobrevino este desastre. Estoy tan pero tan molesta.

No pueden saberlo pero esa vida casi nos funcionó, hasta ahora. Verán, nos casamos a los veintidós, tuvimos a nuestro primer hijo a los veinticuatro y al segundo, a los veintiséis. Tengo estudios de maestría, pero alguien debía cuidar de los niños. El problema, supongo, es que todos nos cansamos en algún punto.

El día del siniestro, como ustedes le llaman, tuvimos una de tantas discusiones. Hacía tres meses que había vuelto a mi trabajo (él no estaba contento con eso, pero lo prefería a amarrarse el cinturón y tener que abstenerse de sus salidas nocturnas), los niños no estaban en casa y yo había recibido un llamado de la oficina para una audiencia de última hora. El boiler estaba apagado, le pedí que lo prendiera y dijo que si tanta prisa tenía, lo encendiera yo. ¿Pueden creerlo? Algo tan simple como prender el boiler y se puso aristócrata. No es que necesitara de su ayuda, en realidad lo que necesitaba era ahorrarme algo de tiempo para poder salir cuanto antes.

Como pasaban los minutos y nadie se movía, bajé para hacerlo yo misma. Él, al verme salir, pasó a mi lado y en un arranque de presunción, se detuvo frente el boiler, abrió la puertecilla, sacó el encendedor y, al maniobrar con el fuego, vi que olvidaba colocar el regulador en piloto. Al instante, se escuchó la explosión y todo a su alrededor se prendió. El viento desvió el fuego y éste alcanzó las ramas de los árboles más retirados, de ahí se extendió a todas partes y entonces, llamas a mí, y no quedó lugar de la casa y el patio sin calcinarse. ¿Qué dónde estaba yo? Pues al primer flamazo, corrí y lo observé todo a una cuadra de distancia.

Después llegó la ambulancia y ustedes detrás. Una vecina, que me odia, me señaló. Vi a mi esposo irse en la camilla y a los bomberos intentar controlar el fuego. A mí me esposaron y la patrulla me trajo aquí.

Sé que me acusan de intento de asesinato pero, en realidad, no es más que un malentendido. Sólo soy una pobre casi viuda, ¿lo ven? Porque nada, se los aseguro, nada de esto hubiera pasado si él no fuera tan necio y si tan solo recordara que, en este mundo de mujeres maravilla, la inmortal soy yo.

Alisma De León

@azul_silencio

Caprichica

Desde que nació la complacieron en todo. Bastaba que levantara su manita y enseguida tenía a su disposición mimos, biberones y juguetes. Parecía tener la facultad para convencer a todo el mundo de hacer lo que ella quería. Con una sonrisa era suficiente, todo se le concedía. Privilegios en el trabajo, trato especial en las tiendas y supermercados y ni mencionar de las atenciones de miles de galanes, dispuestos a lo que fuera por ganar su aprobación.

Para Jimena la vida era pues un camino pavimentado y adornado a su gusto, donde nunca se había tropezado con ningún contratiempo.

En ocasiones ella misma se ponía obstáculos probando la paciencia de la gente.

Iba a una zapatería, tenía al dependiente dos horas yendo y viniendo con distintos modelos, para de pronto, levantarse con un mohín desaprobatorio sin comprar nada. No importaba, de todas maneras le regalaban la bolsa de promoción.

Hacía que su novio fuera por ella al aeropuerto a altas horas de la noche, le llevara flores y cuando llegaban a su casa lo despedía argumentando dolor de cabeza. No había problema, el novio la despedía con un beso, después de regresar de la farmacia con aspirinas.

Todo estaría muy bien, de no ser porque Jimena se aburría. Nada, nada, nada de nada le hacía ilusión. Empezaba a sentir un vació en el estómago cada vez que alguien le volvía a decir que sí a todo.

Se volvió distraída y taciturna, no valía la pena siquiera hacer el esfuerzo de ser simpática, menos encantadora, si de todas formas la gente haría lo que ella quisiera.

Un día que parecía como cualquier otro estacionó el coche justo enfrente de su oficina en un lugar prohibido. Cuando bajó su coche no estaba. Los vecinos le dijeron que se lo había llevado la grúa. Jimena preguntó al portero lo que debía de hacer y se encaminó a sacar el coche del corralón.

En las oficinas de tránsito se encontró con una fila larguísima en la que por supuesto, todos le iban cediendo el lugar, hasta que delante de ella sólo quedo una señora ya entrada en años, de aspecto humilde que no lograba hacerse entender con el tipo que atendía en la ventanilla.

El susodicho burócrata estaba en mangas de camisa y apenas prestaba atención a la señora. Estaba escuchando un partido de fútbol a todo volumen y gritaba eufórico con cada jugada de su equipo, haciendo un desagradable bailecito celebratorio a su compañero de oficina que por lo visto estaba perdiendo una apuesta por centésima vez.

Jimena sintió una extraña punzada en el estómago.

El tipo la vio por encima de la cabeza de la señora y le sonrió:

—Enseguida la atiendo, señorita.

Y volvió a la señora.

—Entonces, ya se lo dije, no puede recoger el coche a menos que me traiga copia de su credencial  de elector, de su licencia, de la tenencia, del pago de todas sus multas, comprobante de domicilio y recibo de teléfono.

—Pero en el reglamento dice que basta con los originales y es lo que yo traigo aquí…

—¿Y quién va a saber más señora, usted o yo? Vaya a sacar las copias y no pierda más mi tiempo y el de todos los que están esperando.

La punzada que remplazó el vacío que Jimena sentía en el estómago, le subió por la garganta, la boca y los ojos, hasta convertirse en una fuerte presión en las sienes que no le permitía mover la cabeza atenta a cualquier movimiento del burócrata.

—Es que no hay ninguna papelería por aquí y para cuando regrese con las copias, ya va a estar cerrado y es el tercer día que trato de sacar el coche y la verdad es que…

—¿Me está llamando flojo? ¡Eso es lo que siempre pasa con ustedes viejos ignorantes, uno se desloma trabajando para ustedes y no hay forma de hacerles entender nada!

La anciana bajó la cabeza y estaba a punto de dejar su lugar en la fila, cuando el tipo se agachó y casi de manera inaudible le dijo:

—Mire, pórtese bien, le saco las copias y el trámite hoy mismo, a mil pesos.

Una sensación de total tranquilidad se abrió paso en la cabeza de Jimena, al mismo tiempo que se puso frente al mostrador esbozando la mejor sonrisa que jamás había ocupado sus labios.

—Si escuché bien se ha ofrecido a agilizar el trámite a la señora, ¿no es así?

El tipo levantó la cabeza que se ruborizó y empapó de sudor en un solo segundo.

—Eh, este… no es lo que usted piensa, señorita, deme los datos de su coche y vemos enseguida que ha sido de él para que pueda seguir atendiendo a la señora.

—No, si me parece admirable que a pesar de que hace tan sólo un momento parecía tan molesto, haya recapacitado y vaya a solucionar el problema de esta dama, no sólo cumpliendo con su trabajo, sino además haciéndolo más rápido de lo normal.—El tipo la miraba estupefacto—. Porque dijo que le iba a sacar las copias y el trámite a mil por hora ¿no?

—Eso. Eso mismo dije, es cosa de cinco minutos a lo sumo.

En la radio el equipo contrario metió un gol, dándole la voltereta al partido.

 

Catalina Kühne

@laderaizquierda

El increíble

Nunca un coraje se le había pasado tan pronto. Ni siquiera antes de la primera mutación, cuando todavía era un hombre común, un fulano de huesos delgaditos que, multa de tránsito en mano, quiso desquitar su furia pateando un hidrante. Aquellos episodios de ira representaban una lista de quebrantos en su antigua economía de gente normal: platos, cristales, macetas, electrodomésticos, cajeros automáticos. Ni qué decir de esta época. “No me provoquen, que cuando me disgusto no suelo ser yo”, alcanzaba a advertirle a los fanfarrones justo antes de que su garganta adoptara el regusto, la solidez y el color de un limón empedernido. Desde luego no era él. Esa balumba nervuda, terremoto con pelo y piernas, no era él exactamente, sino una reinterpretación suya, una versión extraña por decir lo menos; algo perteneciente quizás al mundo de la botánica. “Una masa”. Tal fue el modo como lo describieron antes de llamarlo el Increíble. Pero una vez reconocida su ulterior identidad, Increíble allá y acá: en el cielo, en la tierra y en todo lugar, demoliendo edificios mal parados, atrapando aviones con sus manos, creando pequeños tsunamis cada que algún idiota osaba hincharle los renacidos cogollos. Esta vez, sin embargo, la furia le duró bien poco. El cambio no había llegado, ciertamente, de improviso, sino a pasitos, desde mediados de febrero. Primero un tono paliducho en vez del verde habitual; luego, la cada vez menos firme insurrección del cabello. También esa como sensación de llevar un paréntesis dentro del cuerpo. Más de una vez pensó en tomar vitaminas, en recetarse una buena dosis de rayos gamma o por lo menos tomar un baño de sol. Quizá debió hacerlo, así tal vez se hubiera evitado la pena. “No soy yo”, se dijo tras del primer gruñido. Y luego otra vez, cuando se miró las manos, que, en lugar de verdes, se iban poniendo rosadas. El coraje siguió la ruta de sus piernas hasta ser absorbido por el suelo. Lo que sentía ahora ya no era furia, sino miedo. A decir verdad, lo que estaba sintiendo era algo cercano a la renuncia, a la resignación. El rosa, que ya le cubría la mitad del cuerpo, fue haciéndose más brillante. Brillante también su cabello, que descendía en cadejos colorados hasta la división del pecho, insuflado al límite como para lanzar un rugido. Lo que salió de su boca fue, vaya cosa, una armonía de trinos, y luego una parvada de petirrojos que salpicó el cielo. La primavera comenzaba.

Julio Pesina

@Hulkio

Soldaditos de polvo

Cuando era chiquito, me ponía una toalla amarrada en el cuello. Siempre jugaba a que era Superman o jugaba con mi espada y mi garra de los Thundercats pero, como me sudaba mucho la mano siempre prefería ser Superman, además Superman vuela y el Thundercats más chido andaba con puro calzón y me daba vergüenza. Me gustaba ser un superhéroe.
¿Tienes frío? ¿O tienes sueño? ¿Quieres que te cuente más cosas?
Te contaré de la noche que salí de mi casa, no me acuerdo bien, muchas cosas pasaron cuando estaba oscuro. Cuando ellos llegaron, ya nos habíamos acostado. Mi papá nos mandaba a dormir temprano aunque no tuviéramos sueño. Siempre me la pasaba despierto acordándome de Superman y lo chido que sería salir volando y regresar cuando ya tuviera sueño.
A ellos nada más los había visto de lejos y la vez que se llevaron a mi hermano cuando veníamos de la escuela. Se metieron porque rompieron la puerta, les dispararon a mi mamá y a mi papá casi al mismo tiempo. Agarraron a Sofi, ¿ya te conté de Sofi? Sofi es mi hermana, o era…creo que todavía es. Siempre presumía que ya no tenía que pararse de puntas para ver sobre la mesa, yo la seguía viendo chaparra-chaparra. Pero ya no estaba tan chiquita, tenía cuatro años. Le quitaron la ropa y uno de los señores se empezó a desabrochar el cinturón. Sofi gritaba mucho. Yo casi no veía donde estaba porque eran como cuatro los que la tapaban y ella, chaparra-chaparra, no se veía. En la mesita que estaba por la cama había un caracol que mi hermano el mayor… ¿Te he contado de él? Se llama Chon, bueno, se llama José pero yo le decía Chon. Chon es mi hermano, o era…creo que todavía es. Chon le había traído a Sofi un caracol de la playa como, amm, así de grande, ¿ves mi mano? Bueno, así de grande. Como Sofi gritaba y gritaba y lloraba y lloraba, yo le grité: ¡Sofi, el caracol! Sofi alcanzó el caracol porque ya se estaba cayendo de la cama y se lo puso en el oído. Ella nunca fue a la playa pero Chon le dijo que así se escuchaba. Después de un rato Sofi se quedó dormida. Los niños cuando lloran mucho se quedan dormidos. Cuando cerró los ojos y dejo de moverse, los soldados la dejaron. Espero que Sofi, al escuchar el mar, se haya convertido en sirena.
¿Te sigo contando o ya te dormiste? Muévete para acá, ahí ya está muy mojado.
Bueno, me sacaron de mi casa, afuera había más como ellos y llevaban a otros niños que vivían cerca. Todos iban llorando. En la escuela cada vez que un niño lloraba, nos burlábamos de él, pero ahí nadie se burlaba de nadie porque la verdad sí teníamos miedo. Nos llevaron a una casa y nos sentaron en el suelo, el soldado hizo que dejáramos de llorar, nos gritaba ¡cállense, mariquitas!, y le pegó con una pistola a Chuy. Cuando vimos el chorro de sangre que le sacó, todos nos quedamos calladitos. Ahí fue donde me dieron esto, ¿la ves? Se parece a la tuya, pero la mía dispara más lejos y pesa más.
Muévete para acá, ya volviste a dejar todo mojado, quítate esa playera ya está toda roja y mojada. ¿Te duele? ¿Tienes sueño? ¿Te sigo contando? ¿Ya te dormiste, verdad?
Qué bueno, porque afuera se escucha mucho ruido, nos han de andar buscando. Aunque te hayas dormido, te voy a jalar para acá, porque de tanto que se mueve la tierra aquí, se está llenando de polvo y casi no te puedo ver.
Allá arriba, donde se escuchan esos ruidos, hay muchos niños durmiendo. Espero que estén soñando bonito. Los he visto tirados desde que estaba encerrado en otra casa y ayer que corría para acá, me tropecé con muchos de ellos. Han de tener nuestra edad. Yo tengo 8 años. ¿Tú cuántos tienes? ¿Tienes miedo?
Mi mamá siempre decía que cuando tuviéramos miedo le rezáramos a Dios para que desde arriba nos viera y nos cuidara. Yo ya no le rezo, no quiero que nada más me esté viendo desde arriba, quiero que venga y nos saque de aquí… como lo haría Superman.

Un sonido inundó el lugar, la tierra tembló al caer una especie de pelota de futbol sobre una cueva. Las piedras cayeron sepultando todo. El polvo se levantó casi hasta tocar el cielo. Y Superman nunca llegó.

Asenat Velázquez Jiménez
@AsenatLdi

Los sueños de la Bella Durmiente

Durante su sueño de 100 años sólo las arañas sobre su cuerpo amaron a la Bella Durmiente.

***

Besó minuciosamente cada centímetro de la Bella Durmiente, excepto sus labios.

***

Cuando el beso del Príncipe no la despertó tuvieron que hacer uso del desfibrilador.

***

No fue feliz para siempre. La Bella Durmiente sufre, ahora, de un feroz insomnio.

***

Esperó inútilmente que la despertaran de su sueño de cien años, a los Príncipes no les gustan las mujeres mayores.

***

La Bella Durmiente sueña, camina dormida, abandona el Reino, recorre el mundo, el príncipe envejece esperando su regreso.

***

El Príncipe despierta a Bella, nunca le dice (a nadie) del hueco justo al lado de su lecho, esa silueta en su cama.

***

El Bosque Negro nunca se detiene. Cuando llegó por ella, la Bella Durmiente era ya una raíz.

***

El Príncipe despierta a todos con un beso. No le dice a nadie la excitación que sintió con los Caballeros.

***

La Bella Durmiente no existe. Es sólo un sueño del Bosque Negro.

***

En el Castillo todos le piden a la Bella Durmiente que les hable sobre el significado de los sueños.

***

Las voces en su cabeza siguen durmiendo.

***

Ha vivido más en sueños que en la realidad. No está aquí por entero. Al príncipe no le sorprende que flote.

***

Los Príncipes aman la comodidad y la corte entera los protege, hay bosques oscuros donde nunca entrarán por muchas princesas que los esperen.

José Luis Zárate
@joseluiszarate

Princesas

(I)

La princesa llegaba tarde a todas partes. Se quedaba un momento y luego se marchaba. No dejaba más rastro que su olor impregnado en tu ropa.

(II)

Aparecía y desaparecía silenciosa por la casilla de cada recuerdo que tenía vigente sobre un interminable tablero de serpientes y escaleras.

(III)

Vertía en cada una algún recuerdo nuevo sobre este viaje que terminaba al visitar de nuevo el lugar que había servido como punto de partida.

(IV)

Soltaba entonces su cabello y se tumbaba en el sofá mientras destapaba una cerveza y miraba a sus serpientes devorarse al conejo de la luna.

Juan Carlos Chávez

@Genrus